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“Pues
la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea
ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro
que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni
desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una
cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se
crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree
estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar.”
Platón. Banquete,
203e-204a
1. Definición de la
palabra filosofía
[i].
Etimológicamente la palabra filosofía se compone a su vez de las
palabras griegas “philo” que indica amistad”, “amor”, y “sophia”
que significa “sabiduría”; de modo que filosofía etimológicamente
significa “amor a la sabiduría”
[ii].

El significado varió rápidamente y “filosofía” pasó a significar la
sabiduría misma. Sin embargo qué sea la sabiduría, y por tanto, qué sea
la filosofía se ha hecho en sí misma una pregunta filosófica sobre la
que los propios filósofos discuten. Aunque no haya acuerdo pleno sobre
qué sea la filosofía puede definirse, en un sentido amplio, como
un saber teórico y racional sobre los
primeros principios.
En lo que sigue se aclarará qué significan los términos técnicos de la
definición.


1.1. Saber teórico y
saber práctico.
Existen distintos tipos de saberes. Están los saberes prácticos y los
teóricos. Los saberes prácticos consisten en un saber hacer
que puede ejecutarse sin tener porqué conocer la teoría.
Por ejemplo el saber hablar, o el ser moral, pueden
realizarse sin conocer, respectivamente, ni gramática ni ética.
En cambio los saberes teóricos consisten en ser teoría; es decir,
en un conjunto de conocimientos según conceptos, y por tanto son
un saber comunicable a través de las palabras.
En términos generales se considera que la filosofía, o cuanto menos una
parte sustancial de ésta, consiste en ser un saber teórico
[iii].
La capacidad de poseer saber teórico es una característica del ser
humano que lo diferencia de los animales.
La estrategia básica de supervivencia de los animales descansa en los
instintos, con los que nace. Ellos les indican, en gran medida, qué
deben de hacer en el mundo para sobrevivir. Es decir, nacen “sabiendo”
hacer las cosas.
Las arañas nacen sabiendo hacer sus telas de araña,
o las abejas nacen sabiendo realizar sus panales. Si, por ejemplo,
separamos nada más nacer a una araña de sus congéneres y la hacemos
vivir aislada de cualquier otra araña, no por ello dejará de construir
sus telas con la misma perfección que si no la hubiéramos aislado del
mundo.
Cuanto más inteligente es la especie animal más capacidades tiene de ir
aprendiendo nuevas conductas, conductas no instintivas, a partir de su
experiencia con sus congéneres y con el mundo.
Algunos chimpancés han aprendido la técnica de
coger en sus manos hormigas, mezcladas con arena, y soltarlas en la
orilla del mar. Como las hormigas pesan menos que el agua ocurre que
quedan flotando mientras que la arena se hunde. Esa conducta de los
chimpancés corresponde a un saber aprendido, ya que otros chimpancés del
grupo que realiza esa conducta, si se les educa en otras comunidades en
las que no pueden ver esa técnica, no la desarrollan.
Así, pueden ajustar su conducta de un modo más preciso al entorno en el
que les ha tocado vivir. Pero esta capacidad está limitada por dos
razones, primero porque muchas de sus conductas instintivas no pueden
ser alteradas, es decir, no puede modificarlas, y segundo por la
imposibilidad de adquirir conocimientos teóricos de sus congéneres, o de
transmitirlos.
En cambio el ser humano dispone de un muy escaso repertorio de conductas
instintivas. Eso le lleva a necesitar de una estrategia de
supervivencia distinta de la del animal. En el caso del ser humano es la
cultura. En la cultura se incluyen todos los conocimientos,
creencias, técnicas, artefactos, ideas y obras que un grupo humano
desarrolla para sobrevivir en el medio ambiente en el que le ha tocado
vivir.
Por ejemplo, el conocimiento para construir
edificios, la religión, el arte, el lenguaje, el derecho, las
carreteras, el automóvil..., todos ellos son elementos de nuestra
cultura con los que nuestra sociedad da respuesta al problema de
sobrevivir en el medio en el que vivimos. Otras sociedades pueden
producir culturas distintas. En el presente asistimos a un proceso de
asimilación de las distintas culturas en una única global, en un proceso
que podría denominarse globalización cultural.
Como el ser humano apenas tiene instintos necesita
enseñar los saberes de la cultura a sus descendientes. Muchos de esos
saberes son prácticos, otros son una mezcla de saberes teóricos y
prácticos, y otros son eminentemente teóricos.
Por ejemplo, sabemos bostezar sin aprender ninguna
teoría, es algo innato en el ser humano. Saber montar en bicicleta no es
innato, debemos aprenderlo, pero es fundamentalmente un saber práctico,
porque apenas dispone de teoría, y sabiendo la teoría no se sabe aún
montar en bicicleta; es a través de la práctica que la persona aprende a
mantener el equilibrio y no caerse. En cambio, saber derecho es un saber
eminentemente teórico, o saber biología, o geometría; aquí saber la
teoría equivale a saberlo todo, porque no hay nada más que aprender.
Al poder transmitir a través de conceptos los
saberes teóricos a las nuevas generaciones se facilita, a su vez, la
mejora e incremento de estos.


1.2. Saber mítico y
saber racional.
Existen diferentes clases de saberes teóricos. Históricamente la primera
clase de saber teórico, y por tanto la primera forma en que el hombre
intenta conocer teóricamente el mundo, son los mitos.
Los mitos
[iv]
son relatos de acontecimientos fabulosos que narran cómo ha llegado a la
existir, tras la hazaña de seres sobrenaturales, alguna realidad de
importancia e interés para el ser humano.
Y así en los mitos se narra la creación del mundo,
la aparición del propio ser humano, la de la tierra, la muerte...,
A diferencia de los cuentos los mitos son creídos como verdaderos; es
decir, narran acontecimientos que quien los cree toma como ciertos. Los
cuentos, en cambio, narran acontecimientos que no se pretenden
verdaderos.
Los cuentos, en general, cumplen funciones
sociales; como la de representar cómo se debe actuar en situaciones
especiales. El niño, al oírlos, va internalizando maneras típicas de
actuar en su sociedad; así puede aprender cómo actúan los héroes, cómo
debe precaverse del engaño, etc.
La religión, por su parte, adopta como verdaderas una serie de
proposiciones que no son demostradas racionalmente, sino que son aceptan
por fe, y en ese sentido se parece al mito.
Sin embargo, una vez adoptadas tales proposiciones, y a diferencia de lo
que hace el mito, la religión no se para ahí, sino que utiliza la razón
para construir un edificio sistemático de conocimientos en los que, por
un lado, las proposiciones adoptadas por fe son interpretadas de modo
que se eviten incoherencias entre ellas, y por otro, y a partir de esas
proposiciones aceptadas por la fe, se deduzcan otras proposiciones con
las que se va construyendo ese edificio de conocimientos compacto que se
denomina teología.
El teólogo es consciente del valor de la razón. Con
todo, como teólogo, acepta una serie de proposiciones primeras sin
ninguna crítica racional, más bien lo hace por fe. Pero tras hacer esto
intenta compatibilizar esas proposiciones primeras consigo mismas, para
que no haya contradicción entre ellas, y con el resto del conocimiento
que adopta como verdadero.
Y así, por ejemplo, si entre las proposiciones que
debe aceptar por fe se encuentra una que dice que Dios es omnipotente, y
otra que afirma que el séptimo día de la creación Dios descansó, el
teólogo debe intentar compatibilizar ambas, ya que de entenderlas
literalmente podría haber contradicción. Esa labor de hacer coherentes
las diferentes proposiciones es típica de la teología.
Por tanto, la característica esencial del mito y de la religión,
que los diferencia del saber racional, es que en todo, o en parte,
carecen de posibilidades de contrastación o demostración racional. Es
decir, no pueden aportar razones que justifiquen su validez.
Una forma distinta de intentar conocer y explicar el mundo es a través
de las teorías racionales, que son las producidas por la filosofía y la
ciencia.
La característica esencial de las teorías racionales es que
utilizan la razón para demostrar, seleccionar, y en la medida de lo
posible comprobar, las distintas teorías que puedan ocurrírsele a la
imaginación.
Una teoría racional pretende ser un pensamiento racionalmente bien
fundado, y ello se consigue a través de someter esa teoría a una
labor crítica por parte de la razón, de manera que se puedan ofrecer
razones que hagan preferible, y por tanto fundamenten, ese conocimiento.


1.3. Saber científico y
saber filosófico.
Tanto la ciencia como la filosofía son saberes racionales que no se
diferencian hasta el siglo XVI, momento en que las ciencias comienzan el
proceso mediante el cuál se van separando de la filosofía
[v].
La ciencia y la filosofía presentan distintas diferencias entre la que
destacan dos.
La primera es respecto al objeto de estudio de ambas. El modo de
proceder de la ciencia respecto a su objeto de estudio consiste en
acotar una parte de la realidad y, sobre esa parcela, aplicar un método
racional de estudio a fin de producir el conocimiento.
Por ejemplo, la astronomía acota de toda la
realidad los astros, la biología los seres vivos; e incluso dentro de
una ciencia, como la biología, puede haber otras ciencias que recorten
parcelas de esa realidad, como puede ser la entomología, que dentro de
los seres vivos estudia únicamente a los insectos.
En cambio la filosofía, cuando estudia la realidad, toma como objeto de
estudio a la realidad como una totalidad., no a una parte, sino que la
toma toda entera como un todo.
Y así se pregunta cosas como si es real el mundo
que se percibe, o cuales son las propiedades que tienen todos los seres
por el hecho de ser seres…; es decir, preguntas que no se aplican a un
sector concreto de lo real sino al conjunto global.
La segunda diferencia entre ciencia y filosofía se encuentra en los
supuestos de los que se parte. Mientras la ciencia supone la
existencia y validez de una serie de proposiciones iniciales la
filosofía intenta no suponer nada; intenta cuestionar todos los
supuestos.
Por ejemplo, todas las ciencias pretende producir
conocimiento verdadero, pero eso supone partir del supuesto de que
existe el conocimiento y la verdad; justificar que exista el
conocimiento y la verdad es labor de la filosofia, no de la ciencia.
Otro ejemplo, las ciencias, como se ha dicho,
estudian parcelas de la realidad, por lo que suponen que esas parcelas
existen realmente. Es la filosofía la que se preguntará si es real lo
que se percibe; es decir, la filosofía no supone la existencia de la
realidad, se la cuestiona en tanto que cuestiona cualquier supuesto.


2.
Clasificación de la filosofía.
La filosofía tiene como objeto de estudio propio la reflexión racional
sobre todos los supuestos —los últimos supuestos, también llamados
primeros principios— de la realidad, del conocimiento o de cualquier
actividad humana.
Y por tanto, mientras un moralista dice, por
ejemplo, que se haga el bien, la filosofía pregunta qué es el bien, y
qué el mal. Mientras un artista produce arte la filosofía se pregunta
qué es la belleza, o la fealdad. Mientras el juez imparte justicia, la
filosofía se pregunta qué son las leyes, qué la justicia.
Teniendo en cuenta que existen distintas clases de primeros principios
esto hace que puedan darse una clasificación de las distintas partes de
la filosofía, atendiendo a las distintas clases de primeros principios
que puedan establecerse.
En primer lugar está la realidad, y así se denomina metafísica a
la parte de la filosofía que estudia todos los supuestos que tengan que
ver con la realidad, con lo que hay, o con lo que es.
Algunos filósofos han considerado que no todo lo que es real lo es del
mismo modo. Y así diferenciarían los seres denominados “entes”,
que son aquellos seres que consisten meramente en ser cosas, y que
serían estudiados por la ontología.
Ejemplos de entes serían las mesas, las casas, las
personas, los colores, etc.
Pero además de los entes habría otra clase de seres que consistirían en
hacer que los entes valgan, se denominarían valores, y serían
estudiados por la axiología.
Una cosa es el ente cuadro y otra distinta sería
que el cuadro fuera bello. La belleza del cuadro no sería un ente, sino
un valor del cuadro. El valor puede diferenciarse de los entes en que no
son cosas, no pueden señalarse con el dedo, ni existen fuera de los
entes a los que hacen valiosos o disvaliosos, por que la fealdad también
es un valor, un valor negativo o disvalor.
Una clase distinta de supuestos serían los que atañen al conocimiento. Y
así, una segunda rama de la filosofía la constituirá la teoría del
conocimiento, que se ocuparía de todos aquellos supuestos que se
refieren al conocer.
Dentro de la teoría del conocimiento algunos filósofos distinguirían
entre la gnoseología, que se ocuparía de aquellos principios que
son válidos para todo conocimiento.
Por ejemplo ¿qué es la verdad?, ¿qué la certeza?,
¿qué podemos conocer con certeza?, ¿de qué distintos modos conocemos?,
etc.
De la epistemología, que estudiaría sólo aquellos principios del
conocimiento que se refieren a las ciencias.
Y que se ocuparía, por tanto de temas específicos
del conocimiento científico como la existencia del método científico, su
validez, la justificación de la inducción, etc.
Son varias las razones que pueden justificar hacer
una distinción entre el conocimiento científico y el conocimiento en
general. Entre ellas pueden señalarse la enorme eficacia que ha mostrado
la ciencia natural respecto a otros conocimientos, lo que la haría
merecedora de una atención especializada. Por otro lado muchos filósofos
considerarán que las leyes científicas no constituyen conocimiento, sino
que son sólo un instrumento para producir tecnología, pero que no debe
confundirse con el conocimiento.
Una tercera clase de supuestos corresponderían al ámbito de la acción
humana.
Aquí se estudiarían los supuestos tanto de la acción personal del ser
humano; lo que daría lugar a la ética como disciplina filosófica
que analizaría los principios del actuar del hombre en relación a la
felicidad y a la moralidad.
Y también daría lugar a la filosofía política que nacería de la
actividad humana en tanto que formadora de comunidades sociales bajo los
principios del derecho y la justicia.


3. Caracterización de
los primeros principios.
Nuestros pensamientos, y las acciones que son fruto de éstos, se apoyan
sobre diferentes supuestos que los enmarcan y dan sentido. Se les llama
supuestos porque en el momento de la acción las personas no son
conscientes de ellos, no los piensan, aunque actúen bajo su influencia.
Por ejemplo, cuando una persona se dirige al
trabajo no llevan en mente el por qué de esa acción. Si se pusiese a
reflexionar quizá concluyera que ese porqué se resume en su necesidad de
un sueldo para vivir, pero la cuestión es que el trabajador no piensa
cada vez que se dirige al trabajo en que esa necesidad es la que
justifica que se dirija a trabajar; las razones de su acción se
encuentran por debajo, dandole sentido a ésta.
Pero no sólo los motivos son supuestos de la
acción. Existen muchos otros supuestos sin los cuales el trabajador no
realizaría esa acción. Si el trabajador pensara que la fábrica ha sido
contaminada por un virus mortal durante la noche no se dirigiría hacia
ella; luego es un supuesto que eso no ha ocurrido. Si pensase que hay
una gran probabilidad de que en ese concreto día, durante el trayecto al
trabajo, tuviera un accidente, entonces tampoco iría; luego también
supone que eso no ocurrirá. Otros supuestos de su acción son sucesos
como que la ley de la gravedad no dejará de funcionar sobre él durante
su trayecto al trabajo, o que la tierra no se abrirá y lo tragará en el
camino. De hecho, ni una sóla vez se le ocurre pensar al trabajador en
la posibilidad de esos sucesos cuando cotidianamente se dirige al
trabajo; pero justo por eso son supuestos, porque sin pensarlos en el
momento de la acción los supone ciertos.
Aunque los supuestos sean muchos y de distinta clase todos coinciden en
que la persona que los tiene, en el momento de la acción, no duda de
ellos, no se los cuestiona en la mente, sino que los supone ciertos.
Los supuestos tienen varias características.
La primera es que no son conscientes, es decir, que la persona no
los tiene en la mente cuando realiza la acción, no se los plantea.
En ocasiones la persona puede plantearse de modo
consciente la validez de algún supuesto. En tanto que el supuesto pasa a
la consciencia, y mientras que está siendo pensado por la mente, deja se
ser supuesto y pasa a denominarse idea
[vi].
Por ejemplo, un conductor que se dirige al trabajo
supone, de forma habitual, que la carretera por la que transita no se
encuentra inundada por el agua. Sin embargo, si ese conductor oye por la
radio que ha habido inundaciones debido a un temporal de lluvia,
posiblemente deje de suponer la integridad de la carretera y tal
integridad pase a ser una idea en su mente, una idea que, por no poder
asegurar, quizá le produzca inquietud.
Además los supuestos dan sentido a la acción que se va a realizar,
de modo que sin contar con ellos la acción no se realizaría.
Una tercera característica de los supuestos es que presentan distinto
grado de generalidad y profundidad; es decir, que hay supuestos que,
a su vez, son soportados por otros supuestos más profundos y generales
que son los que justifican a los más superficiales.
Por ejemplo, el trabajador que se dirige andando al
instituto supone, entre otras cosas, que el suelo le sostendrá al
caminar. Si le preguntamos por qué supone eso podría decir que porque
cree que existe la ley de la gravedad; luego su creencia en la
existencia de esa ley es un supuesto más hondo y general que el
anterior, ya que “soporta” al anterior.
Si le preguntásemos porqué piensa que existe la ley
de la gravedad quizá dijese que porque hasta ahora esa ley parece haber
funcionado; luego la afirmación de que lo que hasta ahora ha funcionado
en la naturaleza seguirá haciéndolo en el futuro sería un supuesto más
hondo y que sostendría su creencia en la validez de la ley de la
gravedad.
Podríamos seguir ahondando en sus supuestos si le
preguntásemos porqué piensa que lo que hasta el momento ha funcionado en
la naturaleza seguirá haciéndolo en el futuro, y en su respuesta iría
profundizando en el nivel de sus supuestos, sacándolos a la luz de la
mente, es decir tomando conciencia de ellos al hacerlos ideas
conscientes, hasta presumiblemente llegar a algún o algunos supuestos
que no justifica en otros, que son primeros o principios, y que son los
que dan soporte a los demás.
Pues bien, es a los últimos supuestos, aquellos que siendo más generales
no se apoyan en otros, sino que son las base de todos los demás a los
que se denominan principios
[vii],
y constituyen el objeto de estudio más específico de la filosofía.
La mayor parte de las personas no son conscientes
de sus principios; es decir, nunca han intentado hacerlos conscientes.
Sin embargo, cada vez que realizamos una acción, incluso cada vez que
tenemos un pensamiento, éste se realiza “apoyado” en una serie de
principios que lo justifican y dan sentido.
Sin principios sobre los que percibir y entender lo
que nos rodea no se puede vivir, porque son la base sobre la que asentar
la comprensión que las personas tenemos de lo que somos y de la realidad
que nos rodea.
De una forma muy general podrían dividirse esos
principios en aquellos que dan soporte a nuestras creencias sobre cómo
es la realidad, sobre qué es el conocimiento y sobre cómo debemos
comportarnos; de ahí la división propuesta de la filosofía en
metafísica, teoría del conocimiento y filosofía de la acción.
La labor de la filosofía es doble; primero trata de escarbar en
nuestros supuestos hasta llegar a aquellos que son principios,
haciéndolos conscientes. Tras eso estudia cuál sea la justificación
racional de esos principios encontrados, porque en el caso de que no
tengan justificación racional, y no se cambien por otros que sí la
tengan, nada de los que hacemos, pensamos o planeamos, estaría
racionalmente justificado.
Las personas adquieren los principios al heredarlos de la cultura
a la que pertenecen a través de un proceso de educación infantil.
Para las culturas los principios
fueron inicialmente ideas conscientes con las cuales la cultura
se enfrentaba al problema de la realidad y la supervivencia que le
planteaba el medio ambiente. En la medida en que esas ideas tuvieron
éxito, fueron siendo asumidas por el colectivo social, hasta que se
internalizaron en las conciencias, tras lo cuál ya no se discute sobre
su validez, sino que parecen evidentes, naturales y sensatas, hasta el
punto de que parece inconcebible que las cosas puedan ser de otro modo;
es entonces cuando las ideas dejan de ser ideas y se convierten en
principios.
Por ejemplo, la noción de que existe un yo que nos
constituye como individuos distintos distintos es un principio del que
nos resulta muy difícil dudar; sin embargo muchas personas,
especialmente en Oriente, han dudado y dudan de que el yo exista.
Otro ejemplo, si se nos pregunta por qué no podemos
tirar un cigarro encendido desde un piso alto a la calle, solemos dar
por buena la respuesta de que puede caerle a alguien encima y quemarle,
pero si nos insisten en ¿y qué más da que queme a alguien?, posiblemente
nos asombremos de la pregunta, porque damos por supuesto que eso está
mal, pero ¿cómo sabemos que eso está mal?¿por qué eso está mal?


[i]
Las viñetas son de Quino. Todo Mafalda. Editorial Lumen,
Barcelona 1998 (1992)
[ii]
La leyenda menciona a Pitágoras como introductor del término.
[iii]
No todos los filósofos pensarían así. Por ejemplo, Kant diría que
no se aprende filosofía sino a filosofar, luego la filosofía no
sería un saber teórico sino que estaría más cerca de ser una
destreza.
[iv]
Existen dos tipos de mitos. El fundamental es el denominado mito
cosmogónico, que es el que explica la creación o aparición de
la totalidad del universo; es decir, del cosmos. “Al
principio no había nada más que una mera apariencia, nada existía
realmente. Era un fantasma, una ilusión que tocó nuestro padre; algo
misteriosos fue lo que palpó. Nada existía. Mediante un sueño,
nuestro padre, <el que es sólo apariencia, Nainema, apretó el
fantasma contra su pecho y se sumió en sus pensamientos. Ni siquiera
existía un árbol para sostener a este fantasma, y sólo mediante su
aliento mantuvo Nainema sujeta esta ilusión al hilo de un sueño.
Trató de descubrir qué había en el fondo de ella, pero nada
encontró. <Estoy sujetando algo que es un puro no existir>, dijo. No
había nada. Lo intentó de nuevo nuestro padre y rebuscó en el fondo
de aquello y sus dedos removieron el fantasma vacío. Ató el vacío al
hilo del sueño y prensó sobre él la papilla mágica. Así, gracias al
sueño, lo sostuvo como la pelusilla del algodón silvestre. Tomó el
fondo del fantasma y pisó sobre él repetidas veces, con lo que pudo
finalmente descansar sobre la tierra en que había soñado. Ya era
suyo el fantasma de la tierra. Escupió entonces varias veces para
que surgieran los bosques. Se acostó sobre la tierra y puso sobre
ella la cubierta del cielo. De la tierra alzó los cielos blanco y
azul y los puso encima.” Citado por
ELIADE, Mircea.- Historia de las creencias y de las ideas
religiosas. T |