Quizá la característica más definitoria del ser humano sea su capacidad
de pensamiento. Nuestro pensamiento se expresa generalmente en forma de
oraciones a través del denominado lenguaje natural.
El lenguaje natural es el
lenguaje con el que normalmente nos expresamos, en nuestro caso el
castellano. Dentro de esa capacidad expresiva del lenguaje natural se
encuentra la posibilidad de expresar sentimientos, narrar
acontecimientos, dar órdenes, expresar razonamientos, etc.
La función del lenguaje natural que
nos interesa aquí es la de realizar argumentaciones. Y la cuestión es
que, si bien es cierto que nuestro conocimiento de la existencia de
argumentaciones se da al verlas expresadas en el lenguaje natural, sin
embargo, ese mismo lenguaje natural tiene una tal riqueza expresiva que,
aunque le hace enormemente útil como vehículo comunicativo, le hace al
mismo tiempo inadecuado para estudiar en él las argumentaciones.
Hasta tal punto es así que los
lógicos van a construir un lenguaje propio —del mismo modo que los
matemáticos construyen su lenguaje matemático— donde poder expresar con
eficiencia su objeto de estudio, y facilitar así su análisis.
La cuestión que aquí vamos a tratar
es la de qué propiedades presentan los lenguajes naturales que les hacen
especialmente inapropiados para poder estudiar, a través suya, el objeto
de estudio de la lógica que viene a ser el de las argumentaciones o
deducciones.
Una expresión lingüística es ambigua cuando puede significar
cosas distintas. La ambigüedad es una característica típica de los
lenguajes naturales.
La ambigüedad en el lenguaje escrito ocurre cuando varias palabras, o
expresiones, que mantienen significados diferentes se expresan con los
mismos signos gráficos.
Por ejemplo la palabra "banco", que puede referirse
a un mueble para sentarse o a un establecimiento financiero.
En el lenguaje oral sería cuando se da el mismo
sonido para distintos significados.
La ambigüedad puede denominarse
homonimia o polisemia.
Se dice que hay homonimia
cuando las palabras con idéntica grafía pero diferente significado no
tienen ninguna relación de significado entre sí.
Ejemplo de homonimia es el que se da entre las
palabras "nada", como forma verbal del verbo nadar, y "nada" como
palabra que designa la ausencia de algo.
En cambio la ambigüedad se denomina
polisemia cuando las palabras que mantienen la misma grafía,
aunque distinto significado, sí tiene una relación significativa entre
si.
Ejemplo de polisemia sería el que se establece
entre las palabras "pico" referido al pájaro, o "pico" referido a la
cima de la montaña. Ambas significan distinto pero mantienen una
relación común de significado: la prolongación alargada en forma de
cono.
Ya sea debido a la homonimia, o a
la polisemia, podemos encontrarnos que ciertas expresiones del lenguaje
natural son ambiguas.
Respecto al tipo de expresiones la
ambigüedad se divide en equivocidad y anfibología.
Cuando el segmento lingüístico
ambiguo es una sola palabra hablamos de equivocidad.
Por ejemplo el término "hombre" puede designar al
ser humano en general o al subconjunto de los varones. O la palabra
"gato" puede querer referirse al animal o una herramienta para levantar
pesos.
Si el segmento lingüístico
ambiguo es una oración se denomina anfibología:
Por ejemplo, la oración "El libro de Torrente
Ballester es rojo" puede querer designar un libro escrito por Torrente
Ballester, o un libro de su propiedad.
Otro ejemplo podría ser "El perro de Paulov es muy
listo", que puede estar refiriéndose a un perro cuyo propietario sea
Paulov, o bien estar llamando a Paulov "perro".
La ambigüedad que permite el
lenguaje natural puede provocar que argumentos incorrectos pasen por
correctos.
Un ejemplo de esto es el argumento del encubierto.
Ese argumento dice lo siguiente: "tú no conoces a esa persona cubierta
por un velo, pero esa persona es tu padre; luego tú no conoces a tu
padre."
Ese argumento es un caso de anfibología que se basa
en que la oración "tú no conoces a esa persona cubierta por un velo"
puede significar dos cosas:
Cuando se nos dice "tú no conoces a esa persona
cubierta por un velo" entendemos que esa premisa es verdadera porque
estamos entendiendo el significado a., pero cuando se concluye: "luego
tú no conoces a tu padre" se está concluyendo a partir del significado
b.
El lenguaje natural, al permitir
las expresiones ambiguas ya sean polisémicas u homónimas, oscurece la
forma lógica de los argumentos pudiendo llevarnos a error.
Inicialmente podría afirmarse que la sinonimia no debiera ser un factor
que distorsione de forma grave las argumentaciones, aunque es claro que
introduce una redundancia que contribuye a la oscuridad del lenguaje.
El principal problema de la sinonimia quizá se encuentre en las
dificultades que presenta precisar con claridad su significado.
Lo primero sería distinguir las
expresiones sinónimas de aquellas expresiones que meramente se estén
refiriendo a las mismas cosas.
Para que dos expresiones sean
sinónimas deben de estar refiriéndose a las mismas cosas o hechos, pero
aunque eso es necesario que ocurra, aún no es suficiente
Por ejemplo, la expresión "el autor de las Novelas
Ejemplares" y la expresión "el autor del Quijote" designan al mismo
individuo —Cervantes. Pero que ambas expresiones se refieran al mismo
sujeto no las hace sinónimas; es decir, las expresiones significan cosas
distintas, sólo que, casualmente, designan al mismo sujeto.
Durante siglos se consideró que el primer lucero
que se podía ver en el cielo por las mañanas —lucero matutino— era un
astro distinto del primer lucero de la tarde —lucero vespertino—,
con el tiempo se comprobó que ambas expresiones se referían al mismo
objeto —Venus— aunque cada una signifique algo distinto.
Por tanto, una forma más exacta de
definir sinonimia haría que dos expresiones fueran sinónimas cuando no
sólo tienen el mismo referente sino que se refieren a él con el mismo
sentido; es decir, con el mismo significado.
Sin embargo, eso no evita los
problemas. Puede haber palabras con el mismo referente y que comparten
algún significado pero que, debido a las connotaciones
–significados asociados que el uso pragmático del lenguaje conlleva-
sigan sin compartir todos sus significados, y por tanto sigan si ser
sinónimas.
Por ejemplo, ¿tienen el mismo sentido las palabras
"confidente" y "chivato"? Cuando se utiliza la palabra "confidente" no
se incluye, en su uso, ninguna carga negativa, pero si se utiliza la
palabra "chivato" sí.
No parece que la expresión "Juan es un confidente",
dicha por un policía, signifique exactamente lo mismo que la expresión
"Juan es un chivato", dicha por un delincuente. La segunda está dando
una visión peyorativa de Juan, pero la primera no lo hace.
Aún podría intentar precisarse el
significado de sinonimia en el lenguaje natural indicando que tenemos
tal propiedad cuando dos expresiones tengan el mismo referente, sentido
y connotación.
El problema está en que las
connotaciones son significados especiales que se asocian a la palabra
dependiendo de los contextos, en ocasiones subjetivos; y señalar
dos palabras de un mismo idioma, que tengan la misma connotación para
todos los contextos, parece una búsqueda imposible
Por tanto, nos encontramos con una
característica del lenguaje natural que, además de producir oscuridad en
las argumentaciones, puede llegar a ser causa de falacias al deformar la
estructura lógica de la argumentación.
Por ejemplo, si en una argumentación del lenguaje
natural tenemos algo así como:
1.Si el comisario Juan insulta a Luis éste se enfada.
2.“Chivato” es un insulto
3.El comisario Juan llamó “confidente” a Juan
¿Podríamos concluir que “Luis se enfada”? Si
“confidente” significa lo mismo que “chivato” tendríamos que decir que
sí, pero es posible que Juan no se enfadase porque “confidente” no es un
insulto.
La dificultad para precisar cuando hay o no hay sinonimia entre
expresiones dificulta establecer soluciones que puedan ser eficaces en
el lenguaje natural.
Los lenguajes naturales no disponen
de una sintaxis precisa que proporcione un conjunto de reglas completo
para la formación de enunciados.
Por ejemplo, la sintaxis afirma que para formar
oraciones del castellano hay que poner un sujeto y un predicado. Pero
eso es insuficiente, porque la siguiente expresión: "mesa resume
temblorosamente" respeta esa regla sintáctica, pero no es una oración
con sentido del castellano.
Para solucionar esas deficiencias
los gramáticos de los lenguajes naturales apelan al "buen sentido" de
los hablantes. Pero a la hora de estudiar argumentaciones ese "buen
sentido" deja de ser suficiente.
En cualquier caso, la ausencia de
reglas precisas sobre la formación de oraciones en los lenguajes
naturales hace que éstos puedan utilizarse para hablar de sí mismos; es
decir, puedan ser autorreferenciales.
Y es esa autorreferencialidad la
que permite la aparición de paradojas como la paradoja del mentiroso.
Existen muchas formulaciones de la
paradoja del mentiroso, la más clásica es la siguiente: "esta frase es
falsa"
Si la frase entrecomillada es
verdadera entonces es que, como ella misma dice, es falsa; lo que es
contradictorio, ya que si es verdadera es falsa. Pero si la frase
entrecomillada fuera falsa, entonces es que lo que ella dice no es
cierto, pero lo que dice es que es falsa, luego como eso no es cierto
tendrá que ser verdadera; con lo que de nuevo llegamos a una
contradicción: si es falsa es verdadera.
Una forma distinta de esa misma paradoja es la
siguiente:
1. "La oración de abajo —la numerada como 2— es
verdadera"
2. "La oración de arriba —la numerada como 1— es
falsa"
Si suponemos que 1 es verdadera, entonces, como
ella misma dice, es que 2 también lo es; pero 2 dice que 1 es falsa,
luego si 1 es verdadera es que es falsa. Y si suponemos que 1 es falsa
es que lo que dice no es cierto, pero 1 dice que 2 es verdadera, luego
como suponemos que 1 es falsa 2 no será verdadera, sino falsa; y si 2 es
falsa lo que dice 2 no será cierto, pero 2 dice que 1 es falsa, y como
eso no puede ser cierto sale que 1 tiene que ser verdadera; luego si
suponemos que 1 es falsa sale que 1 es verdadera, lo que también es
contradictorio
Una tercera formulación de la misma paradoja del
mentiroso se da en el conjunto de las tres siguientes oraciones:
1. "Esta oración contiene cinco palabras."
2. "Esta oración contiene ocho palabras."
3. "Una de las tres oraciones —y sólo una—es
verdadera."
La cuestión está en si la oración número 3 es
verdadera o falsa. Siendo la número 1 siempre verdadera y la 2 siempre
falsa, ocurre que si 3 fuera verdadera entonces sería falsa, ya que ella
dice que sólo una de las tres oraciones es verdadera y entre la 1 y la 3
serían dos oraciones verdaderas. Pero si decimos que 3 es falsa,
entonces ocurre que lo que ella dice se hace verdad, ya que entre las
tres sólo una, la número 1, sería verdadera, y eso es lo que dice 3,
pero entonces 3, si dice lo que ocurre, no tendría que ser falsa…
En cualquiera de los casos vistos nos encontramos con una misma
característica que termina por ser el origen de la paradoja, y es la
capacidad del lenguaje natural para hablar de sí mismo. Y es esta
posibilidad, al no evitarse por carecer de reglas precisas de formación
de enunciados, la que permite generar ese tipo de paradojas.
Para resolver este tipo de
paradojas deberá establecerse una distinción entre lenguaje-objeto y
metalenguaje, y una prohibición basada en ella que impida tomar como un
frase bien formada aquella que no esté totalmente formada en un lenguaje
sino en una mezcla de varios.
El lenguaje objeto es el
lenguaje que habla acerca de los objetos del mundo; de los seres y las
cosas que encontramos en el mundo.
Metalenguaje
significa etimológicamente más allá del lenguaje, y es un lenguaje que
habla acerca de lo dicho por otro lenguaje, en principio por lo dicho
por el lenguaje objeto.
Por ejemplo; "El puente está hecho de acero" es una
oración del lenguaje objeto, ya que no habla sobre entidades
lingüísticas, sino sobre objetos del mundo. Sin embargo, la oración que
dice "La oración <El puente está hecho de acero> contiene seis
palabras", es una oración que no habla sobre objetos sino sobre
lenguajes, exactamente sobre lo dicho por el lenguaje objeto. Y por eso
se dice que esa oración está dicha en el metalenguaje del lenguaje
objeto, queriendo significar con ello que el Metalenguaje es un lenguaje
distinto del lenguaje objeto.
Naturalmente puede establecerse un lenguaje que hable sobre lo dicho por
el metalenguaje.
A ese nuevo lenguaje se le denomina Metalenguaje I. Y de igual manera, y
de forma recursiva, podemos ir generando nuevos metalenguajes de orden
superior que tomen como lenguaje objeto el metalenguaje anterior.
A que todo metalenguaje pueda constituirse en el lenguaje objeto de un
metalenguaje de orden superior se le denomina jerarquización de
Tarski.
A su vez, la frase "Cuando leí <La oración 'El
puente está hecho de acero' contiene seis palabra> comprendí la
distinción entre lenguaje y metalenguaje" es una oración que habla sobre
el metalenguaje, y por ello se dice de ella que pertenece a un lenguaje
de orden superior que se denominaría Metalenguaje I.
Y de similar manera podríamos crear una nueva
oración, en un lenguaje superior al Metalenguaje I y que se denominaría
Metalenguaje II, si nos pusiéramos a hablar de las oraciones del
Metalenguaje I. Como por ejemplo en: "El ejemplo que afirma <<Cuando leí
<La oración 'El puente está hecho de acero' contiene seis palabras>,
comprendí la distinción entre lenguaje y metalenguaje.>> es un buen
ejemplo"
Pues bien, hecha esa distinción ya
podemos establecer una condición para la formación de oraciones que
evite la paradoja del mentiroso.
Esa regla viene a decir que toda
oración bien formada tiene que serlo en un lenguaje concreto —ya sea
lenguaje objeto o metalenguaje— pero no hay oración bien formada si la
expresión se da en una mezcla incompleta de lenguajes.
Y así, si recuperamos la frase paradójica "Esta
frase es falsa" y la separamos en los niveles de metalenguaje,
tendríamos "<Esta frase> es falsa", y entonces vemos que la expresión
"Esta frase" no es una frase del castellano que pueda ser falsa o
verdadera, ya que le falta el verbo, luego no es una oración bien
formada.
La expresión: <"El azul" es falso> sería una
expresión similar, "El azul" no es una oración enunciativa, luego no
puede ser ni falsa ni verdadera; como mucho es una expresión poética. En
este caso no se genera paradoja, pero en el anterior la expresión "Esta
frase" casa con la expresión "es falsa", aunque ambas pertenezcan a
niveles distintos, para formar la pseudo oración "Esta frase es falsa"
Los lenguajes naturales, como el
castellano, no diferencian entre lenguaje objetos y los distintos
metalenguajes, esa no diferenciación permite utilizar el castellano para
hablar del propio castellano, y por tanto permite la posibilidad de
generar argumentaciones paradójicas.
6.
Discursos sin referentes.
El lenguaje natural posibilita la
formación de discursos que presentan una referencia vaga, o incluso
que no pretende tener ninguna en absoluto.
En realidad eso no se una
desventaja del lenguaje natural, lo sería si se pretendiera estudiar en
él las argumentaciones por la dificultad para entender con exactitud el
sentido de sus frases.
Ejemplo de un uso del lenguaje
natural que no pretende tener una referencia clara es el lenguaje
poético.
¿Pueden los himnos devorar olas? O
¿pueden las olas extasiarse?
El lenguaje natural permite usarse
para finalidades que no tienen nada que ver con establecer
argumentaciones. Y es esa misma capacidad la que le hace inadecuado para
estudiar en él la argumentación.
Otro ejemplo está en el lenguaje
místico.
Nunca te pares en el camino,
vuélvete inexistente;
inexistente incluso a la idea de
volverse inexistente.
Y cuando hayas abandonado tanto
individualidad como conocimiento,
Este mundo se volverá aquel.
¡Levántate ahora! Deja de lado
este mundo de bajeza
y encuentra tu camino a lo
inefable;
deja de lado vida y cuerpo, fe y
razón,
y en el camino hacia Dios,
adquiere un alma.
Hakim Sanai. El Jardín Amurallado
de la Verdad. Editorial Sufí.
¿Qué quiere decir eso de volverse
inexistente incluso a la idea de volverse inexistente?
¿Cómo puede encontrar un camino a
lo inefable?
¿Cómo es posible dejar la vida y
adquirir un alma?
El lenguaje místico, como el
poético, quiere contar algo que no tiene una referencia clara, que no se
refiere a algo objetivo. Eso mismo impide poder precisar con claridad el
sentido, si lo tiene, de sus frases.
Incluso fuera de la mística y la
poesía, en el supuesto uso "normal" del lenguaje, se puede emitir
discursos cuya referencia sea tan imprecisa y vaga que justamente no se
acabe de decir algo.
Debido a las características señaladas se hace necesario construir un
lenguaje especial en el que poder estudiar las argumentaciones del
lenguaje natural, sin que las peculiares características de éste tiendan
a producir confusión y error.
Es en vistas a ese fin que se construye un lenguaje especial, denominado
lenguaje formal, en el que poder estudiar con claridad y
comodidad la argumentación lógica.
Los lenguajes formales se van a caracterizar por intentar representar la
forma lógica; es decir, la estructura argumentativa, que es la
responsable de la formación de argumentaciones correctas. A tal fin el
lenguaje lógico evitará toda materia de lenguaje cuya presencia sólo
podría oscurecer y ocultar la estructura argumentativa.
Todos los lenguajes se explicitan a través de una sintaxis y de una
semántica. Y así el lenguaje lógico en el que se evalúen las
argumentaciones deberá tener ambos niveles.
Sin embargo, las estructuras argumentativas, por carecer de materia del
lenguaje, se acercan mucho más al nivel sintáctico, o nivel de formación
de estructuras, que al semántico, o nivel de significado.
Eso ha hecho que la lógica, atendiendo exclusivamente al nivel
sintáctico del lenguaje, establezca una noción muy fecunda y de amplias
repercusiones que es la noción de cálculo. Con ella la lógica no
sólo intenta dar cuenta de las argumentaciones del lenguaje natural,
sino que amplia su horizonte
[3]
más allá de las propias argumentaciones que pueden darse en el
lenguaje natural.
[1]
La lógica, por su parte, eludirá la idea de "connotación" y
entenderá que dos expresiones son sinónimas cuando podemos
sustituir, en todas las proposición en que puedan participar esas
expresiones, una por otra sin que varíe el valor de verdad de
ninguna de las proposición en las que la sustitución fue efectuada.
[2]
Esta versión se basa, esencialmente, en la conocida como la
Tarjeta de Jourdain en honor del matemático inglés que la ofreció en
1913 como versión de la paradoja del mentiroso.