1. La verdad.
Aunque utilizamos la palabra “verdad” cotidianamente y sin problemas, se
trata de establecer cuál sea su significado y a qué cosas se aplica.
En ocasiones utilizamos la palabra “verdad” para referirnos con ella a
la misma realidad.
Como cuando decimos “mira tras esa puerta y verás
la verdad”.
Sin embargo, y en lo que sigue, entenderemos que las expresiones
“verdadero” y “falso” son propiedades de algunas representaciones
intelectuales de la realidad denominadas juicios, proposiciones
[1],
u oraciones enunciativas.
Las oraciones enunciativas son oraciones que se expresan en un
determinado idioma, y con una determinada proferencia. En cambio, por
proposición entenderemos lo que se afirma o expresa en una
oración enunciativa; es decir, el contenido semántico de una oración
enunciativa..
Una cosa es la oración enunciativa del castellano:
“Mi nombre es Pedro” y otra distinta la oración enunciativa inglesa: “My
name is Peter”; ambas son oraciones enunciativas distintas, aunque estén
afirmando, o expresando, la misma proposición, ya que tienen un mismo
contenido semántico.
No todas las oraciones del lenguaje son oraciones
enunciativas. Las oraciones interrogativas o imperativas, en tanto que
no pueden ser verdaderas o falsas, no pueden expresar proposiciones.
“Ahora es de día”, “el agua se hiela a 0º
Centígrados”, o “los elefantes vuelan”, son proposiciones, pero “¿qué
hora es?” O “¡Cierra la puerta!” no lo son, porque no pueden ser ni
verdaderas ni falsas.
Dependiendo de a qué clase de objetos se aplique la proposición que
llamamos verdadera, queremos decir con esa expresión algo diferente.
Si la proposición se refiere a acontecimientos del mundo entonces parece
que una proposición es verdadera cuando describe un hecho real del
mundo. A esta noción de verdad se la denomina verdad como
correspondencia.
Por ejemplo, “Napoleón nació en Córcega” es una
proposición verdadera si, efectivamente, Napoleón nació allí, y falsa en
otro caso.
Sin embargo, no es posible aplicar ese criterio a
todo tipo de proposiciones.
Por ejemplo, la proposición que dice “3 + 6 = 9”
está hablando de “seres” como 3, 6 y 9, que no son seres del mundo
natural. Nadie ha visto al número 3, al 6 o al 9. Por tanto, decir que
“3 + 6 = 9” es verdadera porque describe un hecho del mundo parece que
no tiene sentido.
Sobre todo las proposiciones matemáticas y lógicas
se dicen “verdaderas” en un sentido distinto a las proposiciones que
describen acontecimientos del mundo. Para distinguir ese sentido se usa
la expresión “verdad formal”.
Y así los enunciados matemáticos como “3+6=9” son
formalmente verdaderos. También se dice de ellos que son correctos.
Lo que se indica cuando se afirma que una
proposición es una verdad formal es que tal proposición se deduce y
es coherente con el resto de proposiciones que conforman el sistema,
matemático o lógico, al que pertenece. A esta noción de verdad se
la denomina verdad como coherencia.
Y así, la proposición de la geometría que dice que
la suma de los ángulos de un triángulo son 180º, llamémosla “p”, es una
verdad de la geometría euclidiana porque su afirmación en coherente y se
deduce con el resto de proposiciones de la geometría euclidiana.
Sin embargo, esa misma proposición “p” sería falsa
en una geometría no euclidiana, por ejemplo la de Riemman o de
Lobachensky, en las cuales los ángulos de un triángulo suman menos de
180º o más.
Por tanto la proposición “p” no es verdadera o
falsa porque lo afirmado por ella describa un hecho del mundo. Sino que
lo es porque lo dicho por ella es coherente, y se puede deducir, de los
axiomas de la geometría de Euclides. En cambio, como lo que afirma no
puede convivir sin contradicción con lo que se deduce de las geometrías
no euclidianas, entonces, en esas geometrías, la proposición “p” es
falsa.
Hay un tercer tipo de proposiciones, que también se denominan
“verdaderas”, y que no lo son por ser coherentes o por corresponder lo
que indican con la realidad, sino que se establecen como tales por
razones pragmáticas; es decir, de utilidad. Lo cual da una tercera
noción de verdad, la verdad pragmática.
Por ejemplo, podemos estipular las reglas de cómo
jugar al tute. Una vez que hemos estipulado tales reglas podemos afirmar
que quien gana una baza tiene que iniciar la siguiente. Si nos preguntan
si esa regla es verdadera podemos decir que sí. Pero no lo sería porque
lo dicho por ella corresponda con hechos que existan en la realidad, ni
por ser coherente con otras reglas, ya que podríamos haber estipulado
algo distinto, es una regla verdadera porque la hemos estipulado así
debido a que sus consecuencias nos sirven, son útiles, para jugar al
tute.
Una proposición se la puede considerar como
verdadera de un modo pragmático cuando lo que dice no afirma un modo de
ser de la realidad, ni se deduce de otras proposiciones distintas, sino
que establece una estipulación arbitraria que se realiza con vistas a
un fin determinado.
Muchos filósofos han considerado que no hay
distintas clases de verdad dependiendo de a qué clase de objetos nos
refiramos, han pensado que sólo existe una clase de verdad, ya sea la
verdad como correspondencia, coherencia o pragmática, y que ésta se
aplica a toda clases de objetos.


2. Conocimiento en
sentido fuerte o estricto.
Conocer es uno de los posibles modos de relacionarse con la realidad. A
la realidad se la puede estimar, amar, disfrutar, valorar…, y también
conocer.
El modo de relacionarse con la realidad que se denomina conocer conlleva
que nos hagamos una especial representación intelectual de la
realidad, que se distingue de otras posibles representaciones, por tener
la propiedad de ser verdadera.
Para poder afirmar que conocemos una proposición cualquiera, a la que
simbolizaremos como “p”, se deben de cumplir tres requisitos.
El primero es que “p” ha de ser verdadera, ya que no se puede
conocer lo que es falso.
Como mucho se puede creer que se conoce algo que es
falso. Pero sólo si la proposición es verdadera se la puede conocer. Es
la forma que tenemos de utilizar la palabra “conocer” la que hace
imposible que se pueda conocer algo que es falso.
El segundo es que quien conoce “p” ha de pensar que “p” es verdadera,
porque no se conoce lo que se piensa que es falso
[2].
Si no fuera así alguien, sin conocer que “p” es
verdadera, podría afirmarla queriendo mentir, y entonces, aunque él
pensase que “p” es falsa, tendríamos que decir que conocía que era
verdadera por el hecho de que la afirmó, aunque pensase que era falsa.
Por ejemplo, si Juan piensa que Milán, y no París,
es la capital de Francia, e intenta engañar a un amigo diciéndole que es
París la capital de Francia, tendríamos que decir que Juan conoce que
París es la capital de Francia, cuando no es así. Por eso, además de que
sea cierto lo que se afirma es necesario introducir la segunda
condición, que quien hace la afirmación piense que ésta es verdadera.
Y por último se han de disponer de todas las razones, o elementos de
juicio pertinentes, para pensar que “p” es verdadera; es decir, no
se conoce sin razones. Si conocemos algo es porque, cuando lo afirmamos,
podemos estar seguros de nuestra afirmación ya que disponemos de todas
las razones.
El hecho de introducir la necesidad de tener “razones” para poder
conocer algo impide que, por ejemplo, algún
lunático haga una profecía estrambótica y, acertando por casualidad, se
diga de él que lo sabía, cuando en realidad acertó por casualidad y no
porque conociera que eso iba a ocurrir.
Por ejemplo, alguien podría afirmar que existe vida
en el satélite de Júpiter llamado Europa, y que lo sabe porque se lo ha
dicho el ratoncito Pérez. Si, con el paso del tiempo, descubrimos que
hay vida en Europa tendríamos que, por un lado, la persona dijo algo que
era verdad (1º condición), además ella pensaba que era verdad (2ª
condición), pero en tanto que lo dijo por razones absurdas no diríamos
que sabía que había vida en el satélite de Júpiter, es decir, acertó
como podía no haberlo hecho, por eso, por no disponer de las razones
necesarias para fundamentar lo afirmado (3ª condición) no diríamos que
lo sabía.
Tradicionalmente esta condición se expresa diciendo que la persona debe
disponer de “buenas razones” para afirmar “p”. Pero “buenas razones” no
son “todas las razones”. Y la distancia entre una y otra expresión
permite que pueda ocurrir que la persona tenga “buenas razones” para
afirmar “p” pero “p” no ocurra.
Gloria cree justificadamente que se va a casar con
Luis (los dos lo están deseando, la fecha de la boda ya está fijada y
todos los preparativos están ultimados) y que Luis es zurdo (lo conoce
perfectamente, lo ha visto mil veces comer y escribir con la mano
izquierda). Por tanto, Gloria cree [piensa] que su marido va a ser
zurdo. Nos encontramos con ella y nos dice “Me voy a casar con un
zurdo”. Pero resulta que el día anterior al previsto para la boda Luis
muere en un accidente. Más tarde, Gloria conoce a Evaristo, que también
es zurdo, y acaba casándose con él. Cuando Gloria nos dijo que su marido
iba a ser zurdo, (1) lo creía [pensaba que era verdad], (2) estaba
justificada en creerlo y (3) resulto ser verdad. Por tanto, si estas son
las únicas condiciones de saber, habría que concluir que Gloria sabía
que su marido iba a ser zurdo. Pero ella pensaba eso porque Luis era
zurdo, mientras que resultó ser verdad no porque Luis fuera zurdo, sino
porque lo era Evaristo. ¿Diríamos que Gloria sabía que se iba a casar
con un zurdo? Probablemente no
[3].
Pocas veces los elementos de juicio, o razones, que tenemos para afirmar
las proposiciones son totales. En ocasiones nos puede parece que el
elemento que nos falta es ridículo o muy improbable, pero si no
disponemos de todas las razones sería posible que lo que pensamos saber
no pasase, luego aunque termine pasando, en realidad, no sabíamos, en
sentido estricto o fuerte, que iba a ser así.
Sin embargo, usualmente utilizamos la palabra conocer, o saber, en
contextos en los que no se produce conocimiento en sentido estricto; más
bien ocurre que se disponen de las que estimamos como suficientes
razones, aunque no completas, para afirmar que conocemos la proposición.
Por eso puede distinguirse entre conocimiento en sentido fuerte,
o en sentido estricto, y que ocurre cuando se dispone, como se dice en
la condición número tres, de la totalidad de los elementos de juicio
pertinente; y conocimiento en sentido débil, o creencia racionalmente
justificada, que se produce cuando no disponemos de todas las
razones, pero sí de las suficientes como para pensar con razonable
seguridad que la proposición es verdadera.
Si tenemos una bolsa que contiene 10.000 bolas, con
sólo dos posibles colores, blanco y negro, y sacamos de la bolsa al
azar 9.999 bolas, resultando que de ellas 9.996 eran de color negro y
sólo 3 eran de color blanco, entonces aunque no conocemos en sentido
fuerte que la bola que queda por sacar es de color negro, sin embargo,
como conocemos en sentido fuerte, a través de la teoría matemática de
la probabilidad, que hay una mayor probabilidad de que sea negra a que
sea blanca, por tanto, podemos tener la creencia racionalmente
justificada de que la bola restante es de color negro; en cambio, la
creencia de que la bola restante es de color blanco no estaría, si sólo
disponemos de los elementos de juicio mencionados, racionalmente
justificada.


3. Certeza y criterio.
Por certeza se entiende la completa seguridad subjetiva que se
tiene en la verdad de un conocimiento. Es pues un estado mental en el
que la persona acepta completamente y sin reservas de ningún tipo la
verdad de una proposición.
El estado de certeza no es el único posible
respecto a una proposición, la ignorancia, la duda, la opinión o la
creencia son otros tantos posibles
[4].
Sin embargo, que tengamos seguridad subjetiva en la verdad de un
enunciado no garantiza aún que éste sea conocimiento en sentido fuerte;
es decir, cierto con absoluta seguridad.
Y así, que una persona manifieste su completa
seguridad en que, por ejemplo, la Tierra es plana, no garantiza que la
Tierra sea realmente plana. Es decir, la sensación de certeza que se
tenga en la verdad de una proposición no garantiza que esa proposición
sea realmente cierta. En ocasiones nos damos cuenta de que creíamos
completamente y sin reservas en la verdad de proposiciones que han
terminado por resultar dudosas o falsas.
Por ejemplo, durante la Edad Media se pensaba que
el Sol giraba alrededor de la Tierra. Quien así lo afirmaba lo podía
afirmar con la sensación de certeza porque podía apelar a que era lo que
uno podía ver si se fijaba en el Sol, que salía y se movía hacia el otro
lado de la Tierra, luego la experiencia garantizaba la verdad de que el
Sol se movía.
Es necesario, pues, justificar objetivamente la sensación subjetiva de
certeza, de modo que la proposición quede completamente garantizada. Esa
es la función que realiza el denominado criterio de verdad.
El criterio de verdad es quien garantiza que una proposición sea
realmente verdadera. Para poder hacer esto, el criterio, tiene que ser
una fuente, o forma, de adquirir o validar conocimientos completamente
segura. Y para que pueda realizar ese papel debe de cumplir dos
requisitos; tiene que ser infalible y último.
Infalible quiere decir nunca pueda ser falsa una proposición que
el criterio de verdad garantice; es decir, el criterio de verdad no
puede fallar en ningún caso.
Por ejemplo, si una persona afirma que el criterio
de verdad para obtener conocimiento en sentido fuerte es la experiencia,
entonces tiene que ocurrir que jamás sea posible tener una experiencia
“falsa”, de algo que no sea “real”; porque en ese caso, y aunque la
experiencia habitualmente suministrase conocimiento verdadero, no lo
haría de modo totalmente seguro, luego la certeza que pudiera
proporcionarnos no estaría garantizada.
Último indica que no haya otro criterio de verdad, de nivel
superior, que justifique la validez de ese.
Es decir, si el criterio de verdad fuera la
experiencia no debería de ocurrir que tuviéramos que demostrar que una
experiencia es válida apelando a algo distinto a la propia experiencia.
Por ejemplo, no podríamos decir que sólo las experiencias que no sean
contradictorias con otras experiencias son las válidas, porque entonces
el criterio de verdad último no sería la experiencia sino la
coherencia entre las experiencias.
Algunos filósofos han pensado que no existe un criterio de verdad capaz
de justificar la certeza de ninguna proposición. Y por tanto que, en
sentido fuerte o estricto, no se puede conocer nada. Ya sea porque nada
es verdadero, porque sólo existe conocimiento probablemente verdadero, o
porque sólo hay creencias racionalmente justificables en sentido
pragmático. A este grupo de filósofos se les denomina escépticos.
Otros filósofos han considerado que no sólo existe un criterio de
verdad, sino que de hecho existen varios. Lo que no existe, según estos
filósofos, es un criterio de verdad universalmente válido;
entendiendo por tal cosa un criterio que sea válido para todos los seres
humanos. Estos filósofos se denominan relativistas.
Los filósofos relativistas afirman que los
criterios de verdad son relativos a algo. Ese “algo” puede variar.
Algunos relativistas consideran que la verdad es relativa a una cultura,
a una sociedad, o incluso a cada persona, de manera que en este último
caso lo verdadero depende de cada individuo y así, la proposición que
para Juan es verdadera para Pedro podría ser falsa; es decir, la
proposición no sería verdadera o falsa “realmente”, sino
verdadera para uno, o falsa para otro.
Sin embargo la mayoría de los filósofos han considerado que sí hay uno,
o varios criterios de verdad, válidos para todos los seres humanos; es
decir, universalmente válidos, aunque no están todos de acuerdo
en cuál, o cuáles, sean.
La cuestión es, por tanto, cuál o cuales sean los criterios de verdad.
Como el ser humano adquiere el conocimiento por distintas fuentes: a
través de la experiencia sensible, por la enseñanza, utilizando su
razón, a través de la revelación o la fe, etc., serán varios los
candidatos a posibles criterios de verdad.
Y de lo que se tratará a continuación es de establecer cuáles, de las
fuentes de posibles conocimientos que tiene el ser humano, son criterios
de verdad.




|