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Gnoseología

 

 

1.    La verdad.

2.    Conocimiento en sentido fuerte o estricto.

3.    Certeza y criterio.

 

 

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1.    La verdad.

Aunque utilizamos la palabra “verdad” cotidianamente y sin problemas, se trata de establecer cuál sea su significado y a qué cosas se aplica.

En ocasiones utilizamos la palabra “verdad” para referirnos con ella a la misma realidad.

Como cuando decimos “mira tras esa puerta y verás la verdad”.

Sin embargo, y en lo que sigue, entenderemos que las expresiones “verdadero” y “falso” son propiedades de algunas representaciones intelectuales de la realidad denominadas juicios, proposiciones [1], u oraciones enunciativas.

Las oraciones enunciativas son oraciones que se expresan en un determinado idioma, y con una determinada proferencia. En cambio, por proposición entenderemos lo que se afirma o expresa en una oración enunciativa; es decir, el contenido semántico de una oración enunciativa..

Una cosa es la oración enunciativa del castellano: “Mi nombre es Pedro” y otra distinta la oración enunciativa inglesa: “My name is Peter”; ambas son oraciones enunciativas distintas, aunque estén afirmando, o expresando, la misma proposición, ya que tienen un mismo contenido semántico.

No todas las oraciones del lenguaje son oraciones enunciativas. Las oraciones interrogativas o imperativas, en tanto que no pueden ser verdaderas o falsas, no pueden expresar proposiciones.

 “Ahora es de día”, “el agua se hiela a 0º Centígrados”, o “los elefantes vuelan”, son proposiciones, pero “¿qué hora es?” O “¡Cierra la puerta!” no lo son, porque no pueden ser ni verdaderas ni falsas.

Dependiendo de a qué clase de objetos se aplique la proposición que llamamos verdadera, queremos decir con esa expresión algo diferente.

Si la proposición se refiere a acontecimientos del mundo entonces parece que una proposición es verdadera cuando describe un hecho real del mundo. A esta noción de verdad se la denomina verdad como correspondencia.

Por ejemplo, “Napoleón nació en Córcega” es una proposición verdadera si, efectivamente, Napoleón nació allí, y falsa en otro caso.

Sin embargo, no es posible aplicar ese criterio a todo tipo de proposiciones.

Por ejemplo, la proposición que dice “3 + 6 = 9” está hablando de “seres” como 3, 6 y 9, que no son seres del mundo natural. Nadie ha visto al número 3, al 6 o al 9. Por tanto, decir que “3 + 6 = 9” es verdadera porque describe un hecho del mundo parece que no tiene sentido.

Sobre todo las proposiciones matemáticas y lógicas se dicen “verdaderas” en un sentido distinto a las proposiciones que describen acontecimientos del mundo. Para distinguir ese sentido se usa la expresión “verdad formal”.

Y así los enunciados matemáticos como “3+6=9” son formalmente verdaderos. También se dice de ellos que son correctos.

Lo que se indica cuando se afirma que una proposición es una verdad formal es que tal proposición se deduce y es coherente con el resto de proposiciones que conforman el sistema, matemático o lógico, al que pertenece. A esta noción de verdad se la denomina verdad como coherencia.

Y así, la proposición de la geometría que dice que la suma de los ángulos de un triángulo son 180º, llamémosla “p”, es una verdad de la geometría euclidiana porque su afirmación en coherente y se deduce con el resto de proposiciones de la geometría euclidiana.

Sin embargo, esa misma proposición “p” sería falsa en una geometría no euclidiana, por ejemplo la de Riemman o de Lobachensky, en las cuales los ángulos de un triángulo suman menos de 180º o más.

Por tanto la proposición “p” no es verdadera o falsa porque lo afirmado por ella describa un hecho del mundo. Sino que lo es porque lo dicho por ella es coherente, y se puede deducir, de los axiomas de la geometría de Euclides. En cambio, como lo que afirma no puede convivir sin contradicción con lo que se deduce de las geometrías no euclidianas, entonces, en esas geometrías, la proposición “p” es falsa.

Hay un tercer tipo de proposiciones, que también se denominan “verdaderas”, y que no lo son por ser coherentes o por corresponder lo que indican con la realidad, sino que se establecen como tales por razones pragmáticas; es decir, de utilidad. Lo cual da una tercera noción de verdad, la verdad pragmática.

Por ejemplo, podemos estipular las reglas de cómo jugar al tute. Una vez que hemos estipulado tales reglas podemos afirmar que quien gana una baza tiene que iniciar la siguiente. Si nos preguntan si esa regla es verdadera podemos decir que sí. Pero no lo sería porque lo dicho por ella corresponda con hechos que existan en la realidad, ni por ser coherente con otras reglas, ya que podríamos haber estipulado algo distinto, es una regla verdadera porque la hemos estipulado así debido a que sus consecuencias nos sirven, son útiles, para jugar al tute.

Una proposición se la puede considerar como verdadera de un modo pragmático cuando lo que dice no afirma un modo de ser de la realidad, ni se deduce de otras proposiciones distintas, sino que establece una estipulación arbitraria que se realiza con vistas a un fin determinado.

Muchos filósofos han considerado que no hay distintas clases de verdad dependiendo de a qué clase de objetos nos refiramos, han pensado que sólo existe una clase de verdad, ya sea la verdad como correspondencia, coherencia o pragmática, y que ésta se aplica a toda clases de objetos.

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2.     Conocimiento en sentido fuerte o estricto.

Conocer es uno de los posibles modos de relacionarse con la realidad. A la realidad se la puede estimar, amar, disfrutar, valorar…, y también conocer.

El modo de relacionarse con la realidad que se denomina conocer conlleva que nos hagamos una especial representación intelectual de la realidad, que se distingue de otras posibles representaciones, por tener la propiedad de ser verdadera.

Para poder afirmar que conocemos una proposición cualquiera, a la que simbolizaremos como “p”, se deben de cumplir tres requisitos.

El primero es que “p” ha de ser verdadera, ya que no se puede conocer lo que es falso.

Como mucho se puede creer que se conoce algo que es falso. Pero sólo si la proposición es verdadera se la puede conocer. Es la forma que tenemos de utilizar la palabra “conocer” la que hace imposible que se pueda conocer algo que es falso.

El segundo es que quien conoce “p” ha de pensar que “p” es verdadera, porque no se conoce lo que se piensa que es falso [2].

Si no fuera así alguien, sin conocer que “p” es verdadera, podría afirmarla queriendo mentir, y entonces, aunque él pensase que “p” es falsa, tendríamos que decir que conocía que era verdadera por el hecho de que la afirmó, aunque pensase que era falsa.

Por ejemplo, si Juan piensa que Milán, y no París, es la capital de Francia, e intenta engañar a un amigo diciéndole que es París la capital de Francia, tendríamos que decir que Juan conoce que París es la capital de Francia, cuando no es así. Por eso, además de que sea cierto lo que se afirma es necesario introducir la segunda condición, que quien hace la afirmación piense que ésta es verdadera.

Y por último se han de disponer de todas las razones, o elementos de juicio pertinentes, para pensar que “p” es verdadera; es decir, no se conoce sin razones. Si conocemos algo es porque, cuando lo afirmamos, podemos estar seguros de nuestra afirmación ya que disponemos de todas las razones.

El hecho de introducir la necesidad de tener “razones” para poder conocer algo impide que, por ejemplo, algún lunático haga una profecía estrambótica y, acertando por casualidad, se diga de él que lo sabía, cuando en realidad acertó por casualidad y no porque conociera que eso iba a ocurrir.

Por ejemplo, alguien podría afirmar que existe vida en el satélite de Júpiter llamado Europa, y que lo sabe porque se lo ha dicho el ratoncito Pérez. Si, con el paso del tiempo, descubrimos que hay vida en Europa tendríamos que, por un lado, la persona dijo algo que era verdad (1º condición), además ella pensaba que era verdad (2ª condición), pero en tanto que lo dijo por razones absurdas no diríamos que sabía que había vida en el satélite de Júpiter, es decir, acertó como podía no haberlo hecho, por eso, por no disponer de las razones necesarias para fundamentar lo afirmado (3ª condición) no diríamos que lo sabía.

Tradicionalmente esta condición se expresa diciendo que la persona debe disponer de “buenas razones” para afirmar “p”. Pero “buenas razones” no son “todas las razones”. Y la distancia entre una y otra expresión permite que pueda ocurrir que la persona tenga “buenas razones” para afirmar “p” pero “p” no ocurra.

Gloria cree justificadamente que se va a casar con Luis (los dos lo están deseando, la fecha de la boda ya está fijada y todos los preparativos están ultimados) y que Luis es zurdo (lo conoce perfectamente, lo ha visto mil veces comer y escribir con la mano izquierda). Por tanto, Gloria cree [piensa] que su marido va a ser zurdo. Nos encontramos con ella y nos dice “Me voy a casar con un zurdo”. Pero resulta que el día anterior al previsto para la boda Luis muere en un accidente. Más tarde, Gloria conoce a Evaristo, que también es zurdo, y acaba casándose con él. Cuando Gloria nos dijo que su marido iba a ser zurdo, (1) lo creía [pensaba que era verdad], (2) estaba justificada en creerlo y (3) resulto ser verdad. Por tanto, si estas son las únicas condiciones de saber, habría que concluir que Gloria sabía que su marido iba a ser zurdo. Pero ella pensaba eso porque Luis era zurdo, mientras que resultó ser verdad no porque Luis fuera zurdo, sino porque lo era Evaristo. ¿Diríamos que Gloria sabía que se iba a casar con un zurdo? Probablemente no [3].

Pocas veces los elementos de juicio, o razones, que tenemos para afirmar las proposiciones son totales. En ocasiones nos puede parece que el elemento que nos falta es ridículo o muy improbable, pero si no disponemos de todas las razones sería posible que lo que pensamos saber no pasase, luego aunque termine pasando, en realidad, no sabíamos, en sentido estricto o fuerte, que iba a ser así.

Sin embargo, usualmente utilizamos la palabra conocer, o saber, en contextos en los que no se produce conocimiento en sentido estricto; más bien ocurre que se disponen de las que estimamos como suficientes razones, aunque no completas, para afirmar que conocemos la proposición.

Por eso puede distinguirse entre conocimiento en sentido fuerte, o en sentido estricto, y que ocurre cuando se dispone, como se dice en la condición número tres, de la totalidad de los elementos de juicio pertinente; y conocimiento en sentido débil, o creencia racionalmente justificada, que se produce cuando no disponemos de todas las razones, pero sí de las suficientes como para pensar con razonable seguridad que la proposición es verdadera.

Si tenemos una bolsa que contiene 10.000 bolas, con sólo dos posibles colores, blanco y negro, y sacamos de la bolsa al azar  9.999 bolas, resultando que de ellas 9.996 eran de color negro y sólo 3 eran de color blanco, entonces aunque no conocemos en sentido fuerte que la bola que queda por sacar es de color negro, sin embargo, como conocemos en sentido fuerte, a través de la teoría matemática de la  probabilidad, que hay una mayor probabilidad de que sea negra a que sea blanca, por tanto, podemos tener la creencia racionalmente justificada de que la bola restante es de color negro; en cambio, la creencia de que la bola restante es de color blanco no estaría, si sólo disponemos de los elementos de juicio mencionados, racionalmente justificada.

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3.     Certeza y criterio.

Por certeza se entiende la completa seguridad subjetiva que se tiene en la verdad de un conocimiento. Es pues un estado mental en el que la persona acepta completamente y sin reservas de ningún tipo la verdad de una proposición.

El estado de certeza no es el único posible respecto a una proposición, la ignorancia, la duda, la opinión o la creencia son otros tantos posibles [4].

Sin embargo, que tengamos seguridad subjetiva en la verdad de un enunciado no garantiza aún que éste sea conocimiento en sentido fuerte; es decir, cierto con absoluta seguridad.

Y así, que una persona manifieste su completa seguridad en que, por ejemplo, la Tierra es plana, no garantiza que la Tierra sea realmente plana. Es decir, la sensación de certeza que se tenga en la verdad de una proposición no garantiza que esa proposición sea realmente cierta. En ocasiones nos damos cuenta de que creíamos completamente y sin reservas en la verdad de proposiciones que han terminado por resultar dudosas o falsas.

Por ejemplo, durante la Edad Media se pensaba que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Quien así lo afirmaba lo podía afirmar con la sensación de certeza porque podía apelar a que era lo que uno podía ver si se fijaba en el Sol, que salía y se movía hacia el otro lado de la Tierra, luego la experiencia garantizaba la verdad de que el Sol se movía.

Es necesario, pues, justificar objetivamente la sensación subjetiva de certeza, de modo que la proposición quede completamente garantizada. Esa es la función que realiza el denominado criterio de verdad.

El criterio de verdad es quien garantiza que una proposición sea realmente verdadera. Para poder hacer esto, el criterio, tiene que ser una fuente, o forma, de adquirir o validar conocimientos completamente segura.  Y para que pueda realizar ese papel debe de cumplir dos requisitos; tiene que ser infalible y último.

Infalible quiere decir nunca pueda ser falsa una proposición que el criterio de verdad garantice; es decir, el criterio de verdad no puede fallar en ningún caso.

Por ejemplo, si una persona afirma que el criterio de verdad para obtener conocimiento en sentido fuerte es la experiencia, entonces tiene que ocurrir que jamás sea posible tener una experiencia “falsa”, de algo que no sea “real”; porque en ese caso, y aunque la experiencia habitualmente suministrase conocimiento verdadero, no lo haría de modo totalmente seguro, luego la certeza que pudiera proporcionarnos no estaría garantizada.

Último indica que no haya otro criterio de verdad, de nivel superior, que justifique la validez de ese.

Es decir, si el criterio de verdad fuera la experiencia no debería de ocurrir que tuviéramos que demostrar que una experiencia es válida apelando a algo distinto a la propia experiencia. Por ejemplo, no podríamos decir que sólo las experiencias que no sean contradictorias con otras experiencias son las válidas, porque entonces el criterio de verdad último no sería la experiencia sino la coherencia entre las experiencias.

Algunos filósofos han pensado que no existe un criterio de verdad capaz de justificar la certeza de ninguna proposición. Y por tanto que, en sentido fuerte o estricto, no se puede conocer nada. Ya sea porque nada es verdadero, porque sólo existe conocimiento probablemente verdadero, o porque sólo hay creencias racionalmente justificables en sentido pragmático. A este grupo de filósofos se les denomina escépticos.

Otros filósofos han considerado que no sólo existe un criterio de verdad, sino que de hecho existen varios. Lo que no existe, según estos filósofos, es un criterio de verdad  universalmente válido; entendiendo por tal cosa un criterio que sea válido para todos los seres humanos. Estos filósofos se denominan relativistas.

Los filósofos relativistas afirman que los criterios de verdad son relativos a algo. Ese “algo” puede variar. Algunos relativistas consideran que la verdad es relativa a una cultura, a una sociedad, o incluso a cada persona, de manera que en este último caso lo verdadero depende de cada individuo y así, la proposición que para Juan es verdadera para Pedro podría ser falsa; es decir, la proposición no sería verdadera o falsa “realmente”, sino verdadera para uno, o falsa para otro.

Sin embargo la mayoría de los filósofos han considerado que sí hay uno, o varios criterios de verdad, válidos para todos los seres humanos; es decir, universalmente válidos, aunque no están todos de acuerdo en cuál, o cuáles, sean.

La cuestión es, por tanto, cuál o cuales sean los criterios de verdad.

Como el ser humano adquiere el conocimiento por distintas fuentes: a través de la experiencia sensible, por la enseñanza, utilizando su razón, a través de la revelación o la fe, etc., serán varios los candidatos a posibles criterios de verdad.

Y de lo que se tratará a continuación es de establecer cuáles, de las fuentes de posibles conocimientos que tiene el ser humano, son criterios de verdad.

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[1] Tradicionalmente la proposición se entendía como la proferencia física y el juicio indicaba el correlato mental de la proposición. Sin embargo, en el presente, y en el intento de desalojar cualquier referencia mental de las teorías, se entiende por “enunciado” lo que antes era “proposición”, mientras que “proposición” viene a ser la representación abstracta, lo significado, en el enunciado.

[2] Tradicionalmente esta condición se expresa diciendo que la persona debe creer que “p” es verdadera. Sin embargo eso identificaría “conocer” con “creer”, haciendo que quien sepa crea. Pero la operación de saber parece diferente de la de creer; si se sabe que “p”, entonces no se puede creer que “p”, ya que se sabe.

[3] Esta posibilidad es señalada por Edmund L. Gettier en el artículo Is justified true belief knowledge? Publicado en Analysis, vol 23, 1963. Una ejemplificación, debida a Jesús Mosterín, que la introduce en nota a pie de página (125), de Racionalidad y Acción Humana. Madrid 1987, es la escrita

[4] La ignorancia es un estado negativo de conocimiento. En la duda no somos capaces de discernir entre las distintas opciones que se nos presentan. En la opinión la mente se inclina ya hacia un extremo, se pronuncia afirmativa o negativamente pero no de un modo firme.

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Esta página se actualizó por última vez el 18/03/2010