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Fuentes Indirectas

 

 

1.     El razonamiento deductivo.

2.     El razonamiento inductivo: la inducción.

3.     La autoridad.

4.     La teoría de la justificación.

 

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Las fuentes indirectas de conocimiento son aquellas que necesitan los conocimientos que les suministren las fuentes directas para operar.

1         El razonamiento deductivo.

Realizamos un razonamiento cuando pasamos de ciertas proposiciones iniciales, denominadas premisas, a una nueva proposición, denominada conclusión.

Se llama argumento o deducción al conjunto de proposiciones que forman las premisas y la conclusión.

Por ejemplo, el siguiente argumento:

Todos los hombres son mortales.—  (Premisa)

Todos los europeos son hombres.— (Premisa)

Luego    Todos los europeos son mortales.— (Conclusión)

Los argumentos pueden ser correctos o incorrectos. Los argumentos correctos son aquellos en los que la conclusión está bien fundamentada en las premisas, es decir, que se sigue necesariamente de éstas. Sin embargo, en los argumentos incorrectos, denominados a veces falacias y sofismas, la conclusión no se sigue necesariamente de las premisas, aunque pueda aparentarlo.

Ejemplo de argumento incorrecto:

Cuando llueve las calles se mojan.

Las calles están mojadas.

Luego ha llovido.

Que la conclusión se siga necesariamente de unas premisas significa que si las premisas fueran verdaderas, la conclusión también lo sería necesariamente.

Es necesario diferenciar los conceptos de verdad y de corrección. A la lógica, que es la disciplina que estudia las deducciones, le interesa establecer qué argumentos son correctos. Es decir en qué argumentos la conclusión se sigue necesariamente de las premisas, pero la cuestión de si las premisas son realmente verdaderas o falsas queda más allá de la lógica.

Que las premisas de una argumentación sean verdaderas no puede afirmarse desde la lógica, se conoce por otras fuentes. Por eso la deducción no es una fuente directa sino indirecta de conocimientos.

Pero lo que la lógica sí puede establecer es si el argumento es, o no, correcto. Y sobre esa base se establece la afirmación fundamental de la lógica, que dice que si una argumento es correcto, y sus premisas verdaderas, entonces necesariamente la conclusión es verdadera.

En cambio, en el caso de que alguna premisa, o todas, sean falsas, y aunque el argumento sea correcto, no se puede predecir, a través de la lógica, el valor de verdad de la conclusión.

 Por ejemplo en el siguiente argumento correcto la conclusión es verdadera:

O los gatos son mamíferos o los elefantes tienen trompa.— (Verdadera)

Los elefantes no tienen trompa.— (Falsa)

Por lo tanto, los gatos son mamíferos.— (Verdadera)

Pero en éste otro resulta ser falsa:

Si España es un país europeo, entonces China es europea.— (Falsa)

España es un país europeo.— (Verdadera)

Por lo tanto, China es europea.— (Falsa)

Para establecer si una argumentación en concreto es correcta la lógica la reduce a lo que se denomina estructura argumentativa; es decir, la simboliza.

Toda argumentación concreta incluye una mate­ria del lenguaje, que son las palabras concretas y una estruc­tura, estructura argumentativa, que es la forma en que esa materia se organiza, o se relaciona entre sí, permitiendo que de unas oraciones se sigan otras.

Por ejemplo, dadas las dos siguientes argumentaciones (1) y (2):

(1)     Si Juan sabe griego, entonces traducirá el texto de Sófocles.

          Juan sabe Griego.

          Por lo tanto, traduce el texto de Sófocles.

 

(2)     Si Napoleón fuese inmortal, entonces viviría actualmente.

          Napoleón es inmortal.

          Por lo tanto, Napoleón vive actualmente.

Se puede comprobar que aunque las dos argumentaciones enuncian proposiciones distintas hay algo que las asemeja, y es que mantienen una misma estructura argumentativa, que en este caso, y de una manera semiformalizada, puede simbolizarse del siguiente modo, siendo "p" y "q" proposiciones:

Si            p entonces  q

               p

              Por lo tanto q

Una vez que se tiene la estructura argumentativa, que puede ser la misma para distintas argumentaciones, es analizada por la lógica para establecer si es, o no, correcta.

A tal fin la lógica es capaz de suministrar procedimientos y demostraciones que tienen como fin deslindar las estructuras argumentativas correctas de las que no lo son.

Conocer cuáles sean esos procedimientos es conocer lógica.

Además de establecer qué estructuras argumentativas son correctas la lógica suministra procedimientos para ir deduciendo nuevas conclusiones a partir de las estructuras argumentativas ya establecidas como correctas, de manera que se formen nuevas estructuras argumentativas que sean  todas ellas correctas.

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2         El razonamiento inductivo: la inducción.

El razonamiento inductivo es aquel que realiza una generalización a partir de ciertas experiencias singulares.

Por ejemplo, supongamos que hay cinco niños en la clase de un parvulario —Juan, Luis, Adela, Maite y Jose. Los vamos sacando uno a uno y comprobamos que tanto Juan, como Luis, Adela Maite y Jose son todos morenos. A partir de esas cinco comprobaciones singulares podemos afirmar que la proposición general "Todos los niños de la clase del parvulario, en el año presente, son morenos" es verdadera.

O supongamos que hasta el presente hemos tomado café y no ha resultado venenoso. Lo hemos tomado, supongamos, un millar de veces, lo hemos visto tomar, además, tres millares de veces. En ninguno de las experiencias singulares, nuestras o ajenas, hemos observado ningún envenenamiento que podamos achacar al café. A partir de ahí, y si generalizamos nuestra experiencia, podríamos afirmar que la proposición "El café no es venenoso" es verdadera.

La inducción es el procedimiento por el cuál afirmamos una proposición general a partir de un conjunto de proposiciones singulares que conocemos por experiencia.

En todo razonamiento inductivo se parte de la denominada base inductiva, que es el conjunto de observaciones, de una misma clase, que han sido adquiridas a través de la experiencia, y que servirán de fundamento para la inducción; la base inductiva consiste siempre en un número finito de observaciones.

En ocasiones puede ocurrir que la base inductiva sea completa; es decir, que en ella se encuentren registrados todos los posibles casos que comprende la generalización inductiva.

Por ejemplo, si en la clase A del parvulario del ejemplo anterior sólo hay cinco niños, y resulta que hemos comprobado que los cinco son morenos, entonces la base inductiva está completa, respecto a la inducción que afirme "Todos los niños de la clase de ese parvulario, en el tiempo presente, son morenos".

Se denomina inducción perfecta a la inducción que se realiza a partir de una base inductiva completa.

La inducción perfecta es, en realidad, reducible al razonamiento deductivo. Y como tal, si las premisas son verdaderas, su conclusión es necesariamente verdadera.

Sin embargo, las inducciones que habitualmente se realizan en la vida cotidiana, o las que pudieran realizarse desde un interés científico, no disponen de una base completa de inducción, sino de una base incompleta, que es la formada por un conjunto de observaciones que no es equivalente, sino menor en número, al de casos que se afirman en la proposición inducida.

A este tipo de inducciones se las denomina inducciones imperfectas, y son a las que nos referiremos.

Por ejemplo, supongamos que tenemos una definición de cuervo basada en su forma pero no en su color. Y comprobamos en n experiencias, siendo n un número finito tan grande como se quiera, que:

Premisa 1.       El cuervo 1º es negro.

Premisa 2.       El cuervo 2º es negro.

Premisa 3.       El cuervo 3º es negro.

Premisa …      El cuervo … es negro.

Premisa n.       El cuervo n es negro.

Si concluimos de ahí que "todos los cuervos son de color negro" estaremos realizando una inducción imperfecta, ya que "los cuervos" incluye a todos los cuervos que pudieran ser, son y fueron sin límite en el tiempo; por lo tanto de número potencialmente infinito, mientras que nuestras observaciones son de número necesariamente finito.

Cuando se afirma la validez de la propiedad inducida para todos los elementos del dominio se afirma mucho más de lo que se tiene en la base inductiva; es decir, más de lo que se ha visto.

Y así, no parece que sea completamente legítimo afirmar la proposición que habla de  “todos”, por el hecho de haber comprobado sólo “algunos”. A esta dificultad se la denominada el problema de la inducción, y fue señalada ya en el siglo XVIII por el filósofo escocés David Hume.

La importancia de la inducción es grande no sólo en la ciencia sino en el desarrollo de nuestra vida cotidiana. Esto se debe a que es el razonamiento inductivo el que nos permite concluir que el futuro será similar al pasado que ya conocemos. Y por tanto que las cosas seguirán comportándose como hasta ahora lo llevan haciendo. Sin este tipo de razonamiento nuestra vida aparentemente se acercaría al caos.

Por ejemplo, si en experiencias pasadas hemos observado que el pan alimenta, inducimos que seguirá haciéndolo; si hemos observado que el agua nos quitaba la sensación de sed, inducimos que volverá a ocurrir si volvemos a beber agua cuando tengamos sed; si hemos visto que los objetos caen cuando los soltamos de la mano inducimos que volverá a pasar cuando soltemos una piedra; si hemos observado que el fuego nos quemaba, inducimos que, si ahora acercamos la mano al fuego, éste volverá a quemarnos; si hemos observado que el Sol sale todos los días, inducimos que mañana volverá a salir.

Y sin embargo:"… pese a que la inducción desempeña un papel fundamental en la vida de todos los seres humanos, no resulta enteramente fiable […]. Sus conclusiones nunca son tan fiable como las de los argumentos deductivos que parten de premisas ciertas. Para ilustrar esta cuestión, Bertrand Russell empleó en sus Problemas de filosofía el ejemplo de una gallina que todos los días se despierta pensando que hoy vendrán a alimentarla, porque ayer la alimentaron. Pero lo que ocurre una mañana es que el granjero le retuerce el pescuezo. La gallina se había servido de una argumento inductivo basado en múltiples observaciones. ¿Seremos nosotros tan tontos como la gallina cuando nos basamos en la inducción? ¿Se justifica nuestra fe en ese método?" WARBURTON, Nigel.- Filosofía básica. Páginas 149-150. Editorial Cátedra, colección teorema. Madrid 2000.

Ahora bien, si en realidad la inducción no es un procedimiento seguro de inferencia ¿de dónde procede nuestra convencimiento de que el futuro será como el pasado?

Hume explica esto señalando que el ser humano cuando realiza inducciones, y debido a un mecanismo psicológico, dota al concepto de causa de un atributo especial, que es la capacidad de ser un poder productor del efecto consiguiente. Y así, cada vez que vemos una causa sabemos, por lo que vimos en el pasado, que ella obligará, por su poder productor, a que se produzca el efecto que le corresponde.

Sin embargo, nunca hemos podido observar ese “poder productor” de la causa; de lo único que tenemos experiencia, es de que ambos acontecimientos, la causa y el efecto, se suceden consecutivamente en el tiempo, pero no que uno produzca el otro.

Y así, la noción de causa como poder productor de un efecto sólo es un sentimiento, basado en el hábito y que se adquiere por la costumbre de verlos en la experiencia siempre juntos, de que cuando ocurre el primer acontecimiento –causa- se producirá el segundo –efecto.

Cuando tras el hábito nos acostumbramos a observar que a un acontecimiento A, como por ejemplo el chocar una bola de billar contra otra que estaba parada, le sigue sin excepción uno B, el movimiento de la bola parada, desarrollamos un sentimiento que nos hace psicológicamente esperar, tras ver el acontecimiento A –aproximación y juntarse de las dos bolas- ocurrirá el acontecimiento B –movimiento de la bola parada- y es esa “anticipación psicológica” que se nos crea la que hace que dotemos al acontecimiento A de un poder productor capaz de hacernos esperar tras su aparición se fuerce la aparición del acontecimiento B, pero en realidad, de lo único que tenemos experiencia es que cuando ha ocurrido A después ha pasado B; es decir, lo único que podemos afirmar es que, hasta el presente ambos acontecimiento se seguían consecutivamente en el tiempo; primero se aproximan y juntan las dos bolas y a continuación se movía la segunda bola, pero nunca observamos que el primero produzca el segundo, sólo que el segundo aparece tras el primero.

Una segunda dificultad que presenta la inducción es la imposibilidad de discriminar un único enunciado general como resultado de intentar explicar una base inductiva incompleta. Más bien ocurre que una misma base inductiva incompleta puede ser explicada por varios enunciado generales, sin que podamos distinguir por el análisis de la propia base inductiva cuál sea el válido.

Este dificultad suele ejemplificarse en el famoso problema del verdul.

El problema parte de definir la palabra “verdul” como la propiedad de algunos objetos de ser verdes si se han examinado antes del año 2010 y azules si se examinan después de esa fecha.

En esas condiciones, nuestras experiencias de observar el color de las esmeraldas , que va a ser lo que constituye nuestra base inductiva, podría ser explicada con el enunciado que dice “las esmeraldas son verdes” o con el enunciado que dice “las esmeraldas son verdules,” ya que ambos son explicativos de la misma base inductiva.

Por el mismo procedimiento que con el verdul podríamos construir infinitas proposiciones generales que puedan explicar la misma base inductiva. Y, por tanto, existe un número infinito de enunciados generales que pueden inducirse de una única y misma base inductiva.

Con todo, durante buena parte del siglo XX los filósofos, han intentado explicar y justificar la inducción desde distintas estrategias.

Para ello han apelando a su utilidad, considerando que la inducción es útil para descubrir las leyes de la naturaleza, y la prueba de ello es el nivel tecnológico que la sociedad actual ha alcanzado.

Sin embargo que la inducción haya sido útil en el pasado no nos puede servir para inferir que lo seguirá siendo en el futuro a no ser que realicemos una inducción.  Pero utilizar la inducción para probar la validez de la propia inducción es caer en un círculo vicioso.

También se ha apelado a la evolución considerándose que los seres humanos hemos nacido, según esa teoría, con una serie de categorías y modos de razonar que resultan innatos. Esos modos de razonar, entre los que se incluye la inducción, han mostrado su eficacia a través del proceso de selección natural. Por tanto, es la propia evolución la que nos asegura que la inducción es un procedimiento eficaz para predecir cómo es el mundo.

Si no fuera así, la selección natural habría hecho desaparecer al ser humano, ya que éste utiliza la inducción y ésta es un procedimiento ineficaz para predecir el futuro.

Como crítica a ese argumento puede señalarse que, aún suponiendo que la inducción fuera un procedimiento innato y natural, aún estaría por demostrarse que sea un sistema fiable de producir conocimiento y que hayamos sobrevivido por ella.

Por ejemplo, muchas culturas producen mitos, magia y sistemas de adivinación.  Es dudoso que los mitos, la magia y la adivinación sean procedimientos innatos. Pero aun que lo sean, eso no nos da un buena razón que nos garantizase la verdad de las proposiciones míticas y mágicas, y de las predicciones que surjan de la adivinación.

Es decir, el argumento de la evolución, de ser cierto, nos daría una explicación de porqué el ser humano realiza inducciones de forma natural. Pero no sería una justificación de la racionalidad de esa práctica.

Hoy en día se considera a la inducción formalmente incorrecta de forma mayoritaria. En una inducción incompleta, y aunque las premisas sean verdaderas, no puede garantizarse ni cuál sea el enunciado que haya que inducir, ni la verdad del enunciado inducido. Y por tanto, el hecho de que hasta el presente algo haya ocurrido algo no garantiza que seguirá ocurriendo en el futuro.

Algunos filósofos han considerado que las críticas a la inducción son ciertas si se considera que la inducción tuviera que proporcionar conocimiento en sentido fuerte. Pero quizá lo que suministre la inducción no sea conocimiento completamente seguro, pero sí conocimiento probablemente verdadero. A esta teoría se la denomina probabilismo.

Para los probabilistas el razonamiento inductivo se distinguiría del razonamiento deductivo en que mientras el primero puede aportar conclusiones necesariamente verdaderas, el segundo aporta conclusiones probablemente verdaderas.

Por ejemplo, si en un saco hay 100 bolas y he sacado al azar 90 de ellas, resultando que todas eran blancas, entonces puedo establecer que, aunque no tenga la completa seguridad de que la siguiente bola sea también de color blanca, sí puedo afirmar con total seguridad que es probable que así sea. Es más, utilizando la regla de Laplace puedo hasta cuantificar el grado de esa probabilidad. De acuerdo a esa regla tendría que los casos favorables -en los que salió bola blanca- son 90, los casos posibles –todas las posibilidades de sacar bola- son 100, luego la probabilidad de que la siguiente bola sea blanca será la división entre los casos favorables y los posibles, que da 0,9, siendo 1 la seguridad completa.

Análogamente, si se comprueba, durante una serie larga de observaciones y en una amplia variedad de circunstancias que, por ejemplo, el calor dilata los metales, entonces cada nueva observación que obtengamos hará más grande el número de casos favorables –aquellos en los que pasa lo que la ley a inducir dice- haciendo que el enunciado: “los metales se dilatan con el calor” sea, cada vez, con mayor probabilidad verdadero.

Sin embargo hay una objeción seria. Una ley científica es un enunciado general que, de ser verdadero, tendría que tener validez para un conjunto infinito de casos.

Si la teoría de la gravedad es cierta debe serlo para todos los casos del pasado, del presente y del futuro; debe ser válida con independencia del número de veces que se haya comprobado, y aunque se experimentase —idealmente— en un número infinito de casos debería funcionar siempre.

Y el hecho de que el número de casos posibles, de aplicación de la ley, sea infinito hace que, aunque hallamos observado muchísimas veces que las cosas ocurren como la ley indica, no podamos aplicar la regla de Laplace para obtener la probabilidad de que la ley sea cierta.

Si lo intentáramos tendríamos que aunque el número de casos favorables, aquellos en los que vimos que la ley de la gravedad funcionaba, sea tan grande como queramos, al tener como casos posibles un número infinito la división sería siempre cero. Y entonces, la probabilidad de que en una nueva experiencia veamos caer el objeto según dice la ley de la gravedad, sería cero.

Con lo que tenemos que no podemos establecer que la aparición del suceso, que la ley que hemos obtenido por inducción predice, sea más probable que su no aparición.

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3         La autoridad.

Se da la autoridad cuando se dice que se conoce una proposición porque alguien, que pasa por experto en la materia, la afirma.

Durante la vida hacemos acopio de una enorme cantidad de información que se obtienen mediante lecturas, a través de los medios de comunicación, por charlas con amigos, oírlo en clase, … Muchos de esos enunciados son aceptados sin una investigación que garantice su verdad; y de hecho, serían investigaciones que en algunos casos podría requerir años.

Y así, damos por cierto proposiciones como: "Existe la China", "El hombre ha llegado a la Luna". "La cicuta es capaz de matar al ser humano".... Aunque las hayamos comprobado personalmente.

Sin embargo no todos los supuestos conocimientos que nos comunican ofrecen el mismo grado de garantía y credibilidad.

Las predicciones de los adivinos y los astrólogos no parecen ser tan "creíbles" como las de los matemáticos y los físicos en tanto que se limiten a comunicarnos lo que conocen a través del desarrollo de su ciencia.

Por eso es necesario que antes de aceptar un conocimiento comunicado como bueno, y dado la imposibilidad material de comprobar directamente la veracidad de todo lo que se nos comunica, comprobemos si quien nos lo proporciona reúne los requisitos de racionalidad necesarios para convertirse en una fuente autorizada de conocimiento.

Estos requisitos son tres.

El primero es que la persona cuya palabra se acepta sea realmente un experto en el tema al que pertenece la proposición que aceptamos por su autoridad.

Porque en otro caso nos encontraríamos frente a una opinión, tan válida, en principio, como la opuesta.

El segundo requisito es que no deben encontrarse contradicciones entre las opiniones de los expertos en el tema en cuestión. Si lo hay más vale suspender el juicio.

Porque si los expertos en una materia no están de acuerdo sobre una cuestión, es que no se dispone de un procedimiento objetivo aún para validar la proposición de forma suficientemente incontrastable. Es decir, de acuerdo al conocimiento que se dispone en ese campo, representado por los expertos en él, no se puede afirmar con la garantía necesaria la verdad de la proposición.

Y por último, siempre que se acepta un conocimiento por autoridad se debe de ser capaz, idealmente, de descubrir por uno mismo si el enunciado así aceptado es verdadero