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Fuentes Directas

 

 

1.    La experiencia.

          1.1     La experiencia como criterio de verdad.

2.     Intuiciones mentales.

2.1     La intuición racional.

     2.1.1     Clases de enunciados o proposiciones.

     2.1.2     Clases de proposiciones sintéticas a priori.

     2.1.3     El argumento del dialelo.

3.    Fuentes no racionales de conocimiento.

 

Introducción Filosofía
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Fuentes Directas
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La Actividad Científica
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Lógica Enunciados
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Existen dos tipos distintos de fuentes de conocimiento, las directas y las indirectas. La diferencia entre ellas es que para que las fuentes indirectas puedan utilizarse es necesario que antes se les suministre, por las fuentes directas, el material sobre el que hacerlo.

Por eso, sólo las fuentes directas pueden considerarse como candidatas a criterios de verdad.

1            La experiencia.

La experiencia es el procedimiento por el que conocemos a través de los órganos sensoriales la existencia de hechos, ya sean internos o externos, al sujeto.

Hechos internos son la sensación de fiebre, de dolor, de mareo, etc. Hechos externos son aquellos que conocemos a través de los cinco sentidos; vista, oído, tacto, gusto y olfato.

Los hechos que se conocen siempre se refieren a algo que ocurre en un tiempo concreto. Por eso, a partir de la experiencia, sólo se pueden establecer proposiciones singulares, que son las que tratan sobre un sujeto, o un grupo finito de sujetos, en un tiempo determinado; y no proposiciones generales, que se referirían a un conjunto no determinado de objetos –potencialmente infinito- en un tiempo también indeterminado.

Y así, la proposición “Hoy llueve en Toledo” es una proposición singular, ya que describe un hecho concreto que ocurre en un tiempo concreto, y que podemos comprobar en la experiencia. En cambio, la proposición “En verano hace calor en Toledo” no sería una proposición singular, ya que no se refiere a un verano en concreto; es decir, a un suceso que ocurrió en un tiempo determinado, sino que se refiere a “todos los veranos”, siendo ese “todos” potencialmente infinito.

Una proposición singular, por tanto, enuncia un hecho que podríamos, en las condiciones favorables de observación, comprobar en la experiencia de modo directo. Pero una proposición general es tal que no podríamos comprobar, en una o varias experiencias, siempre de número finito, si es verdadera.

Por ejemplo, aunque habitualmente diríamos que conocemos por experiencia que “el fuego quema”, sin embargo, nuestra experiencia de que el fuego quema es limitada; hemos observado un número determinado de veces que es así, pero afirmar que “siempre el fuego quema”; es decir, que “en toda experiencia posible, por tanto potencialmente infinita, el fuego quemaría” es ir más allá de la experiencia que hemos tenido. Es posible que el hecho de haber observado un número determinado de veces que el fuego quemaba sea una garantía para afirmar que siempre quemará, pero aunque fuera así, nuestro conocimiento de que “el fuego quema” no procedería de la experiencia, aunque la tome como base para formarse.

La manera en que se produce la experiencia es la siguiente.

Primero ocurre que los órganos sensoriales son afectados por los estímulos, tras lo cuál se produce la sensación. Las sensaciones no son aún las percepciones, son el material con que se elaboran éstas.

Para llegar a tener una percepción, o intuición sensible, es necesario agrupar las sensaciones recibidas en una unidad que tenga sentido para el que tiene la experiencia.

Cuando miramos una flor no vemos un conjunto desordenado de colores, vemos un conjunto de colores que forman una unidad, y lo que hace que “se agrupen” formando ante mi esa unidad, es que ese agrupamiento tiene sentido para mi. De igual forma con los olores, sabores y sonidos; y así, distinguimos una unidad cuando dicen nuestro nombre, no varios sonidos independientes y seguidos.

No somos pasivos a la hora de percibir. Al percibir introducimos el orden de los conceptos en la materia de la sensación. “Introducir” ese orden no es más que agrupar las sensaciones en formas que tienen sentido para nosotros. Esas formas las recibimos de nuestra cultura. Y así, una persona a la que nunca se la hubiera enseñado el dibujo de las letras no distinguiría entre un garabato cualquiera y, por ejemplo, la letra “F”, de igual modo que nosotros, quizá, no distingamos un ideograma chino, o una letra árabe, de un garabato sin sentido.

Y así, al tener una intuición sensible se perciben agrupamientos de sensaciones en formas que se reconocen como pertenecientes a una clase concreta y conocida de seres.

Y por eso, de una misma materia sensorial pueden obtenerse dos intuiciones sensibles distintas. Como en el dibujo de “Mi mujer y mi suegra”, donde a partir de un mismo conjunto de sensaciones pueden tenerse dos percepciones diferentes, la de una mujer joven o la de una vieja.

Como nuestros órganos sensoriales son de dos clases fundamentales

[1] se ha considerado que existen dos clases diferentes de intuiciones sensibles.

Las primeras de ellas se denominaría intuición sensible externa, y sería aquella que se elabora a través de las sensaciones obtenidas por los órganos sensoriales denominados mundoceptores, que son aquellos que proporcionan información del mundo exterior, y que consisten en los cinco sentidos tradicionales. En cambio, a la intuición sensible elaborada a partir de los órganos sensoriales denominados somatoceptores, que son los que nos dan información de los estados corporales internos, se la denomina intuición sensible interna.

Intuiciones sensibles externas son una canción que oímos, el olor de una manzana, el sabor de la comida que comemos, el mueble que vemos y tocamos… En cambio, intuiciones sensibles internas, son la que informa del frío o del calor que sentimos, de la sensación de cansancio, del dolor en el pié, de la posición del cuerpo…

El hecho de que esa intuición sea sobre estados internos hace que tales intuiciones se entiendan como introspecciones, aunque no todas las introspecciones son sobre estados corporales internos, también las hay sobre estados mentales.

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1.1           La experiencia como criterio de verdad.

Se ha considerado que la experiencia, ya consista en intuiciones sensibles internas o externas, es un criterio de verdad válido.

Y así, podríamos tener certeza en que una proposición, que describa con exactitud lo que se percibe, es verdadera.

Si así fuera los enunciados elaborados a partir de las intuiciones sensibles tendrían la categoría de proposiciones infalibles.

Y así, cuando afirmásemos que “Ahí hay una rosa”, siempre y cuando nuestro juicio se fundase en una intuición sensible, sería con certeza verdadero.

Sin embargo, podría objetarse que, en realidad, no siempre somos capaces de distinguir entre alucinaciones, sueños y percepciones. De modo que indicar que la percepción es un  buen criterio de verdad, aunque fuera cierto, no sería útil; ya que no tendríamos modo de saber si estamos percibiendo, soñando o alucinando.

Por otro lado, y en ocasiones, podemos darnos cuenta que los sentidos muestran información ilusoria, incluso contradictoria.

Por ejemplo cuando se percibe como se dobla un palo parcialmente introducido en agua.

Luego, parece, que la experiencia no podría ser un buen criterio de verdad, ya que en ocasiones proporciona información falsa.

Sin embargo, aquellos que defienden la experiencia como criterio de verdad piensan que esas críticas no les afectan. Les afectaría si ellos estuvieran afirmando que aquello de lo que tienen experiencia existe, tal y como ellos lo ven en la realidad. Pero lo que afirman es otra cosa.

Ellos no afirman que la rosa que perciben exista, o deje de existir, fuera de la experiencia que están teniendo. Lo único que hacen es limitarse a afirmar que están teniendo una tal intuición sensible. Y mientras no afirmen que lo intuido existe en la realidad, y sólo se limiten a señalar que tienen una representación suya, no parece que puedan equivocarse.

Una cosa es afirmar que, por el hecho de estar percibiendo una manzana, ésta existe en la realidad, y otra decir que se está teniendo la representación –la percepción- de una manzana. La diferencia es que en el segundo caso no se afirma que lo percibido existe fuera de la percepción, sólo se afirma que se está teniendo una tal representación. Y así, la proposición que afirma “tengo una representación de manzana” sería cierta tanto si la manzana representada fuera real, fuera una alucinación, o un sueño, porque incluso aunque se estuviera alucinando sería verdad que se está teniendo en la mente una representación de lo alucinado. La persona podría equivocarse si afirmara que aquello de lo que tiene intuición mental existe fuera de la mente, pero mientras no haga ese juicio, aparentemente no puede equivocarse.

Si uno se limita, cuando tiene una alucinación, a decir que tiene la representación de, por ejemplo un dragón, que es lo que se le representa en la mente, no parecería que pueda equivocarse. Se equivocaría si fuese más allá de su intuición y afirmase que eso que intuye existe ahí fuera en el mundo, pero mientras sólo se limite a mantener que tiene la representación mental de un dragón aparentemente no parece posible el error. Y de hecho, la proposición que dijese que no tiene una tal representación de dragón, sería falsa.

Y así, se define lo dado como aquello que se me hace presente a la conciencia de un modo inmediato, con independencia de que exista en un mundo físico, o no sea así.

En la noción de lo dado no está que lo representado tenga que existir fuera de la representación que tenga, en un mundo físico, o que tenga que ocurrir en una mente en la que se represente, solamente se indica que ocurre, que “está”, sin que tenga que acompañar ninguna teoría adyacente sobre el “dónde” o el “cómo” se da.

Y entonces parecería que la experiencia sería un criterio de verdad para nuestras afirmaciones sobre lo dado.

Sin embargo, esta teoría, que haría a la experiencia criterio de verdad de lo dado, ha sido sometida a crítica intentando mostrar cómo, incluso las proposiciones que se limitan únicamente a enunciar lo dado, son falibles.

La razón de esto se encuentra en que a la hora de afirmar una proposición utilizamos un lenguaje; es decir, palabras y conceptos. Pero la estrategia de hablar únicamente sobre lo dado no evita que pudiera ocurrir las palabra y conceptos que usamos para hacerlo no estuvieran siendo mal utilizados; es decir, mal aplicados a la intuición sensible que pretenden describir.

Supongamos que una persona abre los ojos y describe lo que ve como “la representación de una mesa”, ella no afirma que la mesa sea real, sólo dice que tiene la representación de una mesa, ¿es esa proposición falible? Imaginemos que en ese momento se levanta, y observa que, en realidad, era la foto a tamaño natural de una mesa. Posiblemente ahora dijese que lo que tiene es “la representación de la foto de una mesa”, luego parece que su afirmación anterior sí era falible, ahora ya que ahora no podría decir que tuvo “la representación de una mesa”, sino “la representación de la foto de una mesa”.

Ahora bien aún se podría pensar que cuando la persona dijo “representación de mesa” se equivocó, y debía haber dicho algo que no comprometiese si lo que se veía era una mesa o la foto de una mesa. Pero la cuestión está en que al final tendrá que verter lo que ve en el lenguaje para obtener una proposición verdadera; y al hacerlo se pone en la situación de estar usando mal las palabras.

Incluso aunque el informe de experiencia sólo quiera referirse a los colores, como cuando se dice: "tengo la representación de una mancha roja", se están utilizando las palabras "mancha", "una" y "roja"; pero esas palabras tienen un significado independiente de lo que la persona quiera que tenga. Y podría pasar que en vez de “roja” la palabra exacta fuera “naranja”, y en vez de “mancha” la expresión exacta fuera "cien puntos juntos de color".

No se duda de que la persona tuvo la representación de que se trate, lo que se discute es que, cuando describa en palabras esa representación que tuvo, se tenga la absoluta seguridad de que las palabras estén diciendo con absoluta fidelidad, sin poner de más ni de menos, la experiencia que tuvo. ¿Acaso no puede equivocarse en las palabras que elija para contarlo? El hecho de que habitualmente no cometamos esos errores no hace imposible que, en una ocasión concreta, lo estemos cometiendo.

Se puede señalar que, aunque no se pueda asegurar que no hay error en las palabras que describen la experiencia, es indudable que tuvo esa experiencia, que lo dado está ahí, se diga con las palabras que se diga. Sin embargo nuestro conocimiento se expresa en proposiciones. Las propiedades de “verdadero” o “falso” son propiedades de nuestras proposiciones, no de nuestras percepciones. Y la cuestión que se trata es la de si podemos tener conocimiento en sentido fuerte, no la de si podemos tener percepciones.

Por eso muchos filósofos han considerado que la noción de “verdad” exige un lenguaje en el que darse. Y que no tiene sentido hablar de “verdad” fuera del lenguaje concreto en que se enuncia la proposición.

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2           Intuiciones mentales.

Existen distintos estados mentales de los que nos damos cuenta por introspección —como en el caso de las intuiciones sensibles internas— pero que no se producen o conocen por la intervención de los órganos sensoriales. Es a esos estados mentales a las que aquí denominamos intuiciones mentales

[2].

Por ejemplo el recuerdo de haber ido al cine ayer, el saber que se conoce el teorema de Pitágoras, o el propio nombre, el estimar que la vida humana es valiosa...

Dentro de esas intuiciones mentales se pueden distinguir varias clases.

Están las intuiciones emocionales, que viene a ser un darse cuenta de los estados emocionales: deseos, sentimientos, pasiones.

No hay que confundir las emociones, los deseos y los sentimientos con las sensaciones. Mientras las sensaciones se originan a partir de un estímulo, interno o externo, ni las emociones, deseos o sentimientos proceden de estímulos. Así, por ejemplo, el deseo de poseer algo no se origina a partir de ver lo deseado, aunque verlo favorezca y posibilite ese deseo.

Por su parte, en las intuiciones valorativas, algunos estados seres, o estados de cosas, se nos presenten como valiosos o disvaliosos.

La belleza de un cuadro es distinta del cuadro físico que percibo. De igual forma una cosa es el hecho físico de un asesinato y algo distinto es la valoración de ese asesinato como malo. No hay un órgano sensorial que perciba la belleza, la bondad o lo sagrado. Más bien ocurre que determinados estados de cosas, que se perciben a través de los sentidos, son estimados como valiosos o disvaliosos.

Una tercera clase de intuición mental, y de mayor interés como posible criterio de verdad, lo constituyen las intuiciones racionales.

Si existiesen tales intuiciones -muchos filósofos niegan que existan- tendríamos un procedimiento para saber con certeza que algunas proposiciones son verdaderas, fuera del sentido pragmático de “verdad”, sin recurrir a la experiencia y por el sólo uso de la razón.

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 2.1           La intuición racional.

Una de las manera de utilizar la razón es la de establecer definiciones estipulativas, que son aquellas que estipulan como será el significado de una palabra.

Por ejemplo, podría estipularse la definición de la palabra “perprosa” como la de aquella persona que en una habitación dada está más próxima a la salida. Esa definición sería una definición estipulativa.

No es necesario que inventemos la palabra cuyo significado estamos estipulando. Podríamos estipular que cuando utilicemos la palabra “mesa” entenderemos un felino doméstico. Y así, la proposición “las mesas tienen ojos” sería verdadera bajo la estipulación acordada.

Pues bien, cuando se dice que la razón puede suministrar conocimientos en sentido fuerte a través de la intuición racional  no se trata de esa clase de conocimientos, originados por las definiciones estipulativas, y que suministrarían proposiciones verdaderas pero sólo en un sentido pragmático y privado.

Para entender qué clase de conocimientos se trata es necesario establecer una tipología de las proposiciones.

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2.1.1           Clases de enunciados o proposiciones.

Las proposiciones pueden dividirse de acuerdo a varios criterios. Atendiendo a la necesidad de su valor de verdad se encuentran las proposiciones analíticas y las sintéticas.

Los enunciados analíticos serían aquellos que, si son verdaderos, entonces su negación es autocontradictoria —es decir, se afirma y se niega la misma cosa a la vez— y por tanto falso; en cambio, si el enunciado analítico es falso, entonces su negación es necesariamente verdadera

[3].

Por ejemplo, una vez estipulada la definición de “perprosa” - aquella persona que en una habitación dada está más próxima a la salida- el enunciado que dice “Si hay una perprosa en esta habitación, entonces estará la más próxima a la salida” será necesariamente verdadero, y su negación —“Si hay una perprosa en esta habitación, entonces no estará la más próxima a la salida”— será necesariamente falso, ya que es autocontradictoria. Y lo es porque si sustituimos en la proposición la palabra “perprosa” por su significado tendríamos: “Si hay una “persona que en una habitación dada está más próxima a la salida”, entonces no estará la más próxima a la salida”, se contradice, ya que afirma y niega la misma cosa.

En cambio, si partimos de un enunciado analítico falso, como: “La perprosa de la habitación es la más alejada de la puerta”, entonces su negación -“La perprosa de la habitación no es la más alejada de la puerta”— será necesariamente verdadero.

Un enunciado autocontradictorio afirma y niega a la vez una misma cosa. Si se dice “El triciclo no tiene tres ruedas” se hace una afirmación autocontradictoria, ya que, significando “triciclo” tres ruedas se afirma que “El triciclo (lo que tiene tres ruedas) no tiene tres ruedas”.

Todas las definiciones estipulativas son enunciados analíticos. Sin embargo ningún enunciado analítico nos puede decir cómo es el mundo o la realidad, más bien se limitan a decirnos cómo usamos las palabras.

La clase opuesta a la de los enunciados analíticos es la de los enunciados sintéticos. Un enunciado es sintético cuando, si es verdadero su negación no es autocontradictorio; y si es falso, su negación no es necesariamente verdadera, pudiendo ser falsa.

Las proposiciones sintéticas proceden de la experiencia, o se basan en ella

[4].

Por ejemplo, “el Mulacén es el pico más alto de la península ibérica”, “Juan no lleva un pantalón azul”, “el Sol calienta”, "el fuego quema”, “la nieve es blanca”, “la nieve es azul”..., serían todas proposiciones sintéticas..

Además de la clasificación “analítico-sintético”, las proposiciones pueden dividirse, en función de cómo sabemos su valor de verdad, en a priori y a posteriori.

Tenemos un enunciado a priori cuando podemos determinar el valor de verdad de éste sin tener que acudir a la experiencia.

Por ejemplo, “el triángulo tiene tres lados”, “los casados no están solteros”, “los triciclos tienen tres ruedas”.

Todos los enunciados analíticos son a priori.

En cambio, si para establecer el valor de verdad del enunciado es necesario acudir a la experiencia, entonces tenemos un enunciado a posteriori.

Por ejemplo, “la puerta de ésta clase está cerrada”, “Juan mide cinco metros”, “Saturno no existe”, “En agosto de 1970 nevó en Aranjuez”.

Todos los enunciados a posteriori son sintéticos.

Para muchos filósofos, denominados empiristas, todos los enunciados analíticos son enunciados a priori, y todos los enunciados sintéticos son enunciados a posteriori.

Es decir, estarían los enunciados que conocemos a través de la experiencia, que serían sintéticos a posteriori, y los enunciados que establecemos en las definiciones estipulativas, que serían los analíticos a priori. Y ninguna otra clase.

Sin embargo algunos filósofos, llamados racionalistas, han considerado que además de los dos tipos enunciados existen una nueva clase de proposiciones, que se denominarían sintéticas a priori, las cuales conocemos que son verdaderas porque nuestra razón es capaz de establecer que son verdaderas de un modo directo

[5], sin acudir a la experiencia, en la denominada intuición racional.

Por tanto, para el racionalista, de forma contraria al empirista, la intuición racional resulta ser una fuente capaz de suministrar conocimiento en sentido fuerte.

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2.1.2          Clases de proposiciones sintéticas a priori.

Y entonces ¿cuáles son esas proposiciones sintéticas a priori?

No todos los racionalistas piensan sobre esto igual. En conjunto, las distintas clases de proposiciones propuestas por unos y otros racionalistas, han sido las siguientes:

1.        Las proposiciones morales. Estas son aquellas proposiciones que establecen valoraciones morales. Para el racionalista moral, comúnmente denominado intuicionista, algunas proposiciones morales, de ordinario las más importantes, pueden establecerse como verdaderas sin tener que acudir a la experiencia. Por al simple intuición racional de su sentido, y con independencia de las consecuencias que pudiera tener en la experiencia saltarse su cumplimiento.

Por ejemplo, la proposición que dice que “torturar niños es malo” es verdadera sin tener que comprobarla en la experiencia. De hecho, añade el intuicionista, el valor de verdad de las proposiciones morales no pueden comprobarse en la experiencia, ya que las palabras "malo" o "bueno", no designan propiedades físicas que puedan observarse.

Los filósofos no empiristas han negado que sea así. Algunos de ellos, denominados utilitaristas, dirán que conocemos la verdad de las proposiciones morales por las consecuencias beneficiosas que por cumplirlas se pueden observar en la experiencia

[6]. Por tanto serían proposiciones sintéticas a posteriori.

Por ejemplo, "no cumplir las promesas es malo" porque, a la larga, los efectos de que las personas no lo hagan serían desastrosos para el orden social y, consiguientemente, para la mayoría de las personas. Si no pudiéramos fiarnos unos de otros saldríamos todos, o la mayoría de nosotros, perjudicados.  Por tanto, para conocer si una proposición moral es verdadera o falsa hace falta acudir a la experiencia y comprobar los efectos de su aplicación.

Otro clase de filósofos no empiristas, denominados emotivistas, pensarán que los enunciados morales no son ni verdaderos ni falsos, tan sólo se limitan a expresar una emoción, y como mucho tienen la función de animar a los demás a que hagan lo mismo que a nosotros nos parece emocionalmente mejor. Por tanto los enunciados morales no serían proposiciones, ya que no son oraciones enunciativas, sino exclamativas o imperativas.

Para los emotivistas cuando alguien afirma que "matar es malo" lo que está haciendo es exclamar el desagrado que le produce matar, y quizá también realiza un enunciado imperativo equivalente "no mates". Pero el enunciado no tiene valor de verdad ya que no describe nada, sólo exclama o, como mucho, ordena.

2.        Las proposiciones matemáticas. Ya sean proposiciones de la aritmética, de la geometría, o de cualquier otro campo.

Por ejemplo las proposiciones "7 + 5 = 12", o el Teorema de Pitágoras.

Los filósofos no racionalistas han mantenido, en general, que las proposiciones matemáticas son proposiciones claramente analíticas.

3.        Los primeros principios de las ciencias. Y con esto se refieren a aquellas proposiciones que parecen básicas para las distintas ramas del conocimiento científico.

Por ejemplo  “Todo cambio tiene una causa”.

Los filósofos no racionalistas han señalado que algunas de tales proposiciones, con el tiempo, han resultado ser falsas, aunque durante siglos se tuvieran por verdaderas.

Por ejemplo, hoy en día, la física afirmaría que ocurren sucesos cuánticos sin  ninguna causa que los provoque. Luego la proposición "Todo cambio tiene una causa", que fue afirmada como principio de la ciencia por algunos racionalistas, como Kant, resulta ser falsa.

Otras nociones físicas que parecían verdaderas, como que existiera un tiempo o un espacio absoluto, están, hoy en día, descartadas.

Por tanto, y para los filósofos no racionalistas en teoría del conocimiento, los principios de las ciencias no son más que proposiciones sintéticas a posterior, cuyo valor de verdad se estable a través de la experiencia.

Esas proposiciones serían sólo suposiciones que expresan nuestra confianza en cómo tiene que ser el mundo, pero eso no hace que ésta sea infalible. Y así, durante siglos se consideró evidente que el Sol giraba alrededor de la Tierra, que la misma Tierra era plana, o que los seres vivos podían generarse espontáneamente en la materia en descomposición.

4.        Y sobre todo los primeros principios de la lógica que son aquellos principios que incluso fundamentan el uso de la razón; el propio razonar.

De estos principios lógicos los más importantes históricamente han sido el Principio de Identidad (A es A), y el de No Contradicción (nada puede ser A y no-A, a la vez y en el mismo sentido).

No podríamos tener conocimientos, ni razonar, si esos principios de la lógica no fueran ciertos. Porque si no fuera así cualquier proposición, y su contraria, serían verdaderas simultáneamente, con lo que la posibilidad del conocimiento desaparece.

Por ejemplo, si el Principio de Identidad no es cierto, entonces “A es no A”, y si por A entendemos una proposición “p” como “dos más dos son cuatro”, entonces también sería cierto que “dos más dos no son cuatro”, ya que si “A es no A”, “p” sería equivalente a “no p”.

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2.1.3          El argumento del dialelo.

Pues bien, a partir de esa consideración los filósofos escépticos han diseñado un argumento, denominado argumento del dialelo, contra la posibilidad de que exista conocimiento.

El argumento en cuestión discurre del siguiente modo.

1.        Hasta que no conozcamos con seguridad que los primeros principios lógicos son verdaderos, y no son falsos, no podemos saber que existan proposiciones verdaderas como opuestas a las falsas. Ya que el eso sólo ocurriría si se supone la verdad de los primeros principios lógicos.

2.        Pero si intentamos demostrar que los primeros principios lógicos son verdaderos, y no son falsos, estamos suponiendo que una misma proposición no puede ser verdadera y no verdadera a la vez; es decir, estamos suponiendo la validez de lo que queremos demostrar. Y por tanto caemos en lo que se denomina un círculo vicioso

3.        Luego no hay forma de demostrar que los primeros principios de la lógica sean verdaderos, porque a la hora de demostrar que son verdaderos y no son falsos suponemos su verdad; y como todo nuestro conocimiento depende de ellos, el escéptico saca la conclusión, de que cualquier conocimiento es lógicamente injustificable

[7].

La forma en que los racionalistas contestan al argumento de dialelo es diciendo que ellos no pretenden demostrar la verdad de los primeros principio sino que saben que son verdaderos porque su verdad se muestra en una intuición racional.

Y si el escéptico pregunta ¿cómo saben que lo que “ven” en la intuición racional es verdadero?, el racionalista diría que es que él “ve” que es verdadero; es decir,  que la intuición racional conlleva no sólo “ver” la proposición, sino “ver” que es verdadera; sabe que es verdadero porque lo “ve”.

Muchos filósofos, y también los escépticos, han criticado que ese “ver” sea suficiente para justificar la validez de los primeros principios de la lógica.

Una manera no racionalista de criticar el argumento del dialelo señalaría que los primeros principios no deben entenderse como proposiciones normales que puedan ser, o no, verdaderas, sino como las reglas de juego del pensar.

Según esto los primeros principios son los que establecen las condiciones de aquello que podrá ser denominado posteriormente “verdadero” o “falso”, pero ellos mismos no son ni una cosa ni otra. Son principios válidos para establecer las reglas de juego del pensar racional, nada más. Y sólo una vez que se aceptan esos principios es cuando tiene sentido que haya proposiciones verdaderas o falsas, pero no antes

Análogamente, las reglas de cualquier juego establecen qué jugadas estarán permitidas y cuales prohibidas; pero esas  jugadas sólo están permitidas o prohibidas una vez que se aceptan las reglas del juego.

Si las reglas del ajedrez establecen que un alfil sólo puede desplazarse en diagonal, entonces, sólo después de aceptar la regla, tiene sentido declarar ilegal o legal un movimiento concreto del alfil. Ahora bien ¿son las reglas del ajedrez “legales”, no, ni lo son ni lo dejan de ser, son las que se ponen y sólo después de puestas tiene sentido preguntar qué movimientos son legales. Igualmente, las reglas del pensar racional las ponen los primeros principios y sólo después de aceptados tiene sentido preguntar si algo es, o no, verdadero.

Hoy en día pocos filósofos, a excepción del ámbito moral en donde el intuicionismo tiene bastantes partidarios, aceptan la existencia de intuiciones racionales, hoy en día.

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3            Fuentes no racionales de conocimiento.

Estas fuentes no racionales de conocimiento consisten en experiencias privadas que, las personas que las tienen, pretenden elevar a conocimiento, aunque no puedan aportar ninguna clase de razón que justifique su validez.

Entre ellas están los presentimientos.

En un presentimiento la persona experimenta, de un modo intenso e íntimo, hasta el punto de producirle certeza, que una proposición cualquiera es verdadera. Sin embargo, en un presentimiento no se puede alegar la razón a favor de la credibilidad de la proposición, sólo ese presentir fuerte e íntimo.

Ahora bien, sin discutir que los presentimientos existan, de lo que se trata es de establecer si son una fuente fiable de conocimiento.

Pues bien, parece que los presentimientos de distintas personas pueden entrar en conflicto entre sí

Hay personas que dicen que tienen el presentimiento de que su equipo de fútbol ganará la liga, mientras que otras personas del equipo contrario pueden estar presintiendo que será su equipo el que gane la liga.

Una vez que uno de los equipos ganó la liga, es posible que la persona que se equivocó señale que en realidad no tuvo un “verdadero” presentimiento sino que se dejó llevar por el corazón, mientras que el que acertó señale que él ya sabía lo que iba a pasar porque lo “presentía”. Sin embargo, si para saber cuándo estamos ante un presentimiento “fiable” de cuando estamos ante un falso presentimiento hemos de esperar a que el hecho “presentido” ocurra, la utilidad de esta supuesta fuente de conocimientos desaparece.

Pero aunque los presentimientos no entrasen en conflicto unos con otros su legitimidad seguiría siendo dudosa, sobre todo debido a la oscuridad del origen de ese supuesto conocimiento, lo cuál no avala, precisamente, su legitimidad.

Si una persona dijese conocer cosas por presentimientos, y siempre acertase, entonces, pensaríamos que las conoce de un modo que ella misma no conoce, porque afirmar que las conoce por presentimiento es aún más oscuro.

Otra supuesta fuente de conocimiento no racional es la fe.

Lo que parece distinguir el presentimiento de la fe es que, en el caso de la fe, la persona afirma conocer de dónde procede la proposición. Y de hecho es la supuesta procedencia divina del conocimiento, lo que lo legitima a sus ojos.

Sin embargo, al igual que ocurre con los presentimientos, esta supuesta fuente tiene problemas.

Hay personas, de creencias religiosas distinta, que afirman proposiciones opuestas entre sí

Por ejemplo, los musulmanes y los cristianos. O dentro de los cristianos los protestantes y católicos, etc.

Además, señalar que Dios garantiza la verdad de la proposición no parece suficiente si no se demuestra que Dios existe y que Dios garantiza esa proposición que se adopta por fe.

Lo cierto es que, tanto la fe como los presentimientos, son sucesos privados, subjetivos.

En ese sentido se parecen a las intuiciones racionales, pero mientras éstas intentan fundamentar su experiencia apelando a la razón, ni la fe ni los presentimientos lo hacen así

Mientras que la fe apela a Dios para fundamentarse, el presentimiento no apela más que al sentimiento, fuerte e íntimo, en la verdad de lo presentido.

“Me dije entonces: “primeramente debo buscar el conocimiento de las verdaderas naturalezas de las cosas, pero para ello es preciso buscar la verdadera naturaleza del conocimiento, ver en qué consiste este”.

Se me presentó como evidente que el conocimiento cierto es aquel en el que se descubre lo conocido de un modo que no deja lugar a dudas, no es compatible con la posibilidad de error ni de ilusión y no puede la mente suponer siquiera tal eventualidad. Al contrario, la seguridad de que no habrá error debe estar tan unida a la certeza que si alguien desafiara para mostrar el error, por ejemplo, con la conversión de las piedras en oro y del bastón en serpiente, este hecho no debería producir duda ni negación de dicha certeza.

Así, conociendo que diez es más que tres, si alguno me dijere: “no, es al revés, tres es más que diez y como prueba de ello transformaré este bastón en serpiente”, y lo transformase efectivamente siendo yo testigo de tal cosa, no debería dudar, sin embargo, de mi conocimiento por ese motivo y no debería resultar de aquello más que mi admiración ante aquel poder suyo, pero sin dudar en absoluto de lo que conozco.

En segundo lugar, sé que lo que conozco de esta manera y de lo que no tengo esa clase de certeza es un conocimiento en el que no hay garantía ni seguridad, y todo conocimiento en el que no hay seguridad no es un conocimiento cierto.

Los procederes de la sofística y la negación de las ciencias.

Escudriñé a continuación mis saberes y me encontré desprovisto de un conocimiento que pudiera ser descrito de esta manera, a no ser el relativo a los datos sensibles y a los primeros principios y le dije: “ahora, habiendo llegado a desesperar de poder conseguir un conocimiento cierto, no hay posibilidad de abordar las cosas problemáticas si no es a partir de claras, que son los datos sensibles y los primeros principios”.

No obstante, era preciso, en primer lugar, probarlos a éstos también para cerciorarme de si mi confianza en los datos sensibles y mi seguridad de estar a salvo de error en los primeros principios era del mismo género que la que tenía anteriormente en las cosas a las que seguí ciegamente, o del tipo de confianza que la mayor parte de la gente tiene en las cuestiones teóricas debatidas por los teólogos, o si se trataba de una seguridad probada en la que no había engaño ni trampa.

Acto seguido dedique una gran atención a considerar los datos sensibles y a los primeros principios y a ver si me era posible ponerlos en duda. Aquellas largas vacilaciones me determinaron a no dar crédito tampoco a los datos sensibles pues empecé a extender la duda a éstos también, ya que me decía: “¿cómo voy a confiar en los datos sensibles cuando el más seguro es el que procede del sentido de la vista y siendo así que está, cuando contempla una sombra, la ve quieta e inmóvil y juzga que no hay movimiento. Sin embargo, luego, al cabo de una hora, mediante una comprobación visual, reconoce que se ha movido, y que no lo hizo, desde luego, de golpe, sino gradualmente, milímetro a milímetro, de manera que la sombra no estuvo nunca en estado de reposo. Igualmente la vista mira a una estrella y la ve pequeña, del tamaño de un dinar pero las demostraciones geométricas prueban que es de un tamaño mayor que el de la Tierra.

Sobre estos y otros datos sensibles semejantes decide el árbitro del sentido, más el árbitro de la razón lo declara falso y engañoso de un modo que no admite apelaciones. Por consiguiente me dije: “ha resultado vana también la confianza en los datos sensibles, tal vez ésta sólo sea posible en los inteligibles, que pertenecen a los primeros principios como cuando decimos: diez es más que tres; la afirmación y la negación no son posible sobre una misma cosa; tampoco algo puede ser a la vez creado y eterno, existente y no existente, necesario e imposible”.

Pero las datos sensible objetaron: “¿qué garantía tienes de que tu confianza en los primeros principios no sea como la que tenías en los datos sensibles?, pues te fiabas de nosotros, pero vino el árbitro de la razón y nos declaró falsos. Si no hubiera sido por este árbitro todavía seguirías dándonos crédito. Quizá más allá de la percepción de la razón haya otro árbitro que cuando aparezca declare falso el juicio de la razón de la misma manera que apareció el árbitro de la razón y declaró falso el juicio del sentido. El que esa otra percepción más allá de la razón no haya aparecido no prueba que sea imposible su existencia”.

Me quedé entonces un tiempo sin saber qué responder y el ejemplo del sueño afirmó aún más mi perplejidad, pues me dije: “¿no me veo en sueños dando crédito a una serie de cosas e imaginando situaciones, creyéndolo todo firme y decididamente, sin dudar, y luego cuando despierto me doy cuenta de que todas aquellas cosas a las que daba crédito no tienen ningún fundamento ni valor? ¿Qué garantía tengo de que todo aquello a lo que doy crédito por medio del sentido o de la razón estando despierto, sea verdadero en relación al estado en el que estoy, pues es posible que me sobrevenga un estado cuya relación a mi estado de vigilia sea como mi vigilia a mi sueño y con relación al cual mi vigilia sea un sueño, de modo que si me sobreviniese dicho estado estaría cierto de que todo lo que he concebido con mi razón son imaginaciones inútiles?

Tal vez sea éste el estado que pretenden los sufíes es el suyo propio, ya que, según ellos, cuando se quedan ensimismados y prescinden de los sentidos contemplan estados que no corresponden a estas verdades primeras de razón o tal vez este estado sea la muerte, como dijo el Enviado de Dios: “los hombres están durmiendo y sólo despiertan cuando mueren”. Quizá la vida de este mundo sea un sueño en relación a la Otra y cuando se muera aparezcan las cosas de una manera distinta a como se ven ahora y se le diga entonces al hombre: “te hemos quitado el velo, tu vista es hoy aguda”.

Cuando me sobrevinieron estos pensamientos y prendieron en mi alma intenté poner remedio, pero no me resultó fácil puesto que no podía rechazarlos si no era recurriendo al raciocinio y no era posible mantener en pie el raciocinio si no era a partir de la combinación de los primeros principios, mas como la probidad de éstos no era indiscutible resultaba imposible, por consiguiente, establecer el raciocinio.

Se agravó, pues, esta enfermedad y pasé cerca de dos meses en un estado de escepticismo, aunque no profesara explícitamente tal doctrina, hasta que Dios me curó de aquella enfermedad y recobré la salud y el equilibrio volviendo a aceptar los primeros principios en la confianza de que estaban a salvo del error y de que había certeza en ellos.

Este hecho no fue fruto de un raciocinio ordenado ni de un discurso metódico, sino de una luz que Dios puso en mi pecho, luz que es la llave de la mayor parte de los conocimientos. Aquél que cree que el desvelamiento de la verdad se realiza por medio de raciocinios bien dispuestos anquilosa la inmensa misericordia divina.

[8]”            

           

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[1] CLASIFICACIÓN DE ÓRGANOS SENSORIALES: 1. Exteroceptores o Mundoceptores. (mundo exte­rior): Vista, oído, gusto, tacto, olfato. 2. Somatoceptores. (estados internos): 2.1 Propioceptores. Se sitúan en el oído interno, músculos y articula­ciones; su misión es informar de la posición, movimiento y equilibrio del cuerpo. 2.2 Interoceptores. Receptores de cenestesia o sensibilidad visce­ral. Informan al sujeto de sus estados internos en relación a las vísceras (pulmones, corazón, estómago, intestinos). 2.3 Nocioceptores. Informadores especializados en el dolor.

[3] Existen, en realidad dos versiones de analiticidad que se complementan. Versión 1.- Un enunciado analítico es aquel cuya negación es autocontradictoria. Versión 2.- Un enunciado analítico es aquel cuya verdad se puede establecer mediante el mero análisis del significado de las palabras de la oración que la expresa.  La versión kantiana, la segunda, está hoy en día descartada, ya que diría que: un enunciado analítico es aquel en el que el predicado repite al sujeto total o parcialmente; por ejemplo “todos los gatos son gatos”, pero entonces un enunciado compuesto como “si esto es un gato entonces, esto es un gato” no lo sería ya que no mantiene la forma sujeto-predicado que la versión kantiana requeriría.