Existen dos tipos distintos de fuentes de conocimiento, las directas y
las indirectas. La diferencia entre ellas es que para que las fuentes
indirectas puedan utilizarse es necesario que antes se les suministre,
por las fuentes directas, el material sobre el que hacerlo.
Por eso, sólo las fuentes directas pueden considerarse como candidatas a
criterios de verdad.
1 La
experiencia.
La experiencia es el procedimiento por el que conocemos a través
de los órganos sensoriales la existencia de hechos, ya sean internos o
externos, al sujeto.
Hechos internos son la sensación de fiebre, de
dolor, de mareo, etc. Hechos externos son aquellos que conocemos a
través de los cinco sentidos; vista, oído, tacto, gusto y olfato.
Los hechos que se conocen siempre se refieren a algo que ocurre en un
tiempo concreto. Por eso, a partir de la experiencia, sólo se pueden
establecer proposiciones singulares, que son las que tratan sobre
un sujeto, o un grupo finito de sujetos, en un tiempo determinado; y no
proposiciones generales, que se referirían a un conjunto no
determinado de objetos –potencialmente infinito- en un tiempo también
indeterminado.
Y así, la proposición “Hoy llueve en Toledo” es una
proposición singular, ya que describe un hecho concreto que ocurre en un
tiempo concreto, y que podemos comprobar en la experiencia. En cambio,
la proposición “En verano hace calor en Toledo” no sería una proposición
singular, ya que no se refiere a un verano en concreto; es decir, a un
suceso que ocurrió en un tiempo determinado, sino que se refiere a “todos
los veranos”, siendo ese “todos” potencialmente infinito.
Una proposición singular, por tanto, enuncia un hecho que podríamos, en
las condiciones favorables de observación, comprobar en la experiencia
de modo directo. Pero una proposición general es tal que no podríamos
comprobar, en una o varias experiencias, siempre de número finito, si es
verdadera.
Por ejemplo, aunque habitualmente diríamos que
conocemos por experiencia que “el fuego quema”, sin embargo, nuestra
experiencia de que el fuego quema es limitada; hemos observado un número
determinado de veces que es así, pero afirmar que “siempre el fuego
quema”; es decir, que “en toda experiencia posible, por tanto
potencialmente infinita, el fuego quemaría” es ir más allá de la
experiencia que hemos tenido. Es posible que el hecho de haber observado
un número determinado de veces que el fuego quemaba sea una garantía
para afirmar que siempre quemará, pero aunque fuera así, nuestro
conocimiento de que “el fuego quema” no procedería de la experiencia,
aunque la tome como base para formarse.
La manera en que se produce la experiencia es la siguiente.
Primero ocurre que los órganos sensoriales son afectados por los
estímulos, tras lo cuál se produce la sensación. Las sensaciones
no son aún las percepciones, son el material con que se elaboran éstas.
Para llegar a tener una percepción, o intuición sensible,
es necesario agrupar las sensaciones recibidas en una unidad que
tenga sentido para el que tiene la experiencia.
Cuando miramos una flor no vemos un conjunto
desordenado de colores, vemos un conjunto de colores que forman una
unidad, y lo que hace que “se agrupen” formando ante mi esa unidad, es
que ese agrupamiento tiene sentido para mi. De igual forma con los
olores, sabores y sonidos; y así, distinguimos una unidad cuando dicen
nuestro nombre, no varios sonidos independientes y seguidos.
No somos pasivos a la hora de percibir. Al percibir
introducimos el orden de los conceptos en la materia de la sensación.
“Introducir” ese orden no es más que agrupar las sensaciones en formas
que tienen sentido para nosotros. Esas formas las recibimos de nuestra
cultura. Y así, una persona a la que nunca se la hubiera enseñado el
dibujo de las letras no distinguiría entre un garabato cualquiera y, por
ejemplo, la letra “F”, de igual modo que nosotros, quizá, no distingamos
un ideograma chino, o una letra árabe, de un garabato sin sentido.
Y así, al tener una intuición sensible se perciben agrupamientos de
sensaciones en formas que se reconocen como pertenecientes a una clase
concreta y conocida de seres.
Y por eso,
de una misma materia sensorial pueden obtenerse dos intuiciones
sensibles distintas. Como en el dibujo de “Mi mujer y mi suegra”, donde
a partir de un mismo conjunto de sensaciones pueden tenerse dos
percepciones diferentes, la de una mujer joven o la de una vieja.
Como nuestros órganos sensoriales son
de dos clases fundamentales
[1]
se ha considerado que existen dos clases diferentes de intuiciones
sensibles.
Las primeras de ellas se denominaría
intuición sensible externa, y sería aquella que se elabora a
través de las sensaciones obtenidas por los órganos sensoriales
denominados mundoceptores, que son aquellos que proporcionan
información del mundo exterior, y que consisten en los cinco sentidos
tradicionales. En cambio, a la intuición sensible elaborada a partir de
los órganos sensoriales denominados somatoceptores, que son los
que nos dan información de los estados corporales internos, se la
denomina intuición sensible interna.
Intuiciones sensibles externas son una canción que
oímos, el olor de una manzana, el sabor de la comida que comemos, el
mueble que vemos y tocamos… En
cambio, intuiciones sensibles internas, son la que informa del
frío o del calor que sentimos, de la sensación de cansancio, del dolor
en el pié, de la posición del cuerpo…
El hecho de que esa intuición sea
sobre estados internos hace que tales intuiciones se entiendan como
introspecciones, aunque no todas las introspecciones son sobre estados
corporales internos, también las hay sobre estados mentales.
1.1 La
experiencia como criterio de verdad.
Se ha considerado que la experiencia,
ya consista en intuiciones sensibles internas o externas, es un criterio
de verdad válido.
Y así, podríamos tener certeza en que una
proposición, que describa con exactitud lo que se percibe, es verdadera.
Si así fuera los enunciados
elaborados a partir de las intuiciones sensibles tendrían la categoría
de proposiciones infalibles.
Y así, cuando afirmásemos que “Ahí hay una rosa”,
siempre y cuando nuestro juicio se fundase en una intuición sensible,
sería con certeza verdadero.
Sin embargo, podría objetarse que, en
realidad, no siempre somos capaces de distinguir entre alucinaciones,
sueños y percepciones. De modo que indicar que la percepción es un buen
criterio de verdad, aunque fuera cierto, no sería útil; ya que no
tendríamos modo de saber si estamos percibiendo, soñando o alucinando.
Por otro lado, y en ocasiones,
podemos darnos cuenta que los sentidos muestran información ilusoria,
incluso contradictoria.
Por ejemplo cuando se percibe como se dobla un palo
parcialmente introducido en agua.
Luego, parece, que la experiencia no
podría ser un buen criterio de verdad, ya que en ocasiones proporciona
información falsa.
Sin embargo, aquellos que defienden
la experiencia como criterio de verdad piensan que esas críticas no les
afectan. Les afectaría si ellos estuvieran afirmando que aquello de lo
que tienen experiencia existe, tal y como ellos lo ven en la realidad.
Pero lo que afirman es otra cosa.
Ellos no afirman que la rosa que
perciben exista, o deje de existir, fuera de la experiencia que están
teniendo. Lo único que hacen es limitarse a afirmar que están teniendo
una tal intuición sensible. Y mientras no afirmen que lo intuido existe
en la realidad, y sólo se limiten a señalar que tienen una
representación suya, no parece que puedan equivocarse.
Una cosa es afirmar que, por el hecho de estar
percibiendo una manzana, ésta existe en la realidad, y otra decir que se
está teniendo la representación –la percepción- de una manzana. La
diferencia es que en el segundo caso no se afirma que lo percibido
existe fuera de la percepción, sólo se afirma que se está teniendo una
tal representación. Y así, la proposición que afirma “tengo una
representación de manzana” sería cierta tanto si la manzana representada
fuera real, fuera una alucinación, o un sueño, porque incluso aunque se
estuviera alucinando sería verdad que se está teniendo en la mente una
representación de lo alucinado. La persona podría equivocarse si
afirmara que aquello de lo que tiene intuición mental existe fuera de la
mente, pero mientras no haga ese juicio, aparentemente no puede
equivocarse.
Si uno se limita, cuando tiene una alucinación, a
decir que tiene la representación de, por ejemplo un dragón, que es lo
que se le representa en la mente, no parecería que pueda equivocarse. Se
equivocaría si fuese más allá de su intuición y afirmase que eso que
intuye existe ahí fuera en el mundo, pero mientras sólo se limite a
mantener que tiene la representación mental de un dragón aparentemente
no parece posible el error. Y de hecho, la proposición que dijese que no
tiene una tal representación de dragón, sería falsa.
Y así, se define lo dado como aquello que se me hace presente a
la conciencia de un modo inmediato, con independencia de que exista en
un mundo físico, o no sea así.
En la noción de lo dado no está que lo representado
tenga que existir fuera de la representación que tenga, en un mundo
físico, o que tenga que ocurrir en una mente en la que se represente,
solamente se indica que ocurre, que “está”, sin que tenga que acompañar
ninguna teoría adyacente sobre el “dónde” o el “cómo” se da.
Y entonces parecería que la experiencia sería un criterio de verdad para
nuestras afirmaciones sobre lo dado.
Sin embargo, esta teoría, que haría a la experiencia criterio de verdad
de lo dado, ha sido sometida a crítica intentando mostrar cómo, incluso
las proposiciones que se limitan únicamente a enunciar lo dado, son
falibles.
La razón de esto se encuentra en que a la hora de afirmar una
proposición utilizamos un lenguaje; es decir, palabras y conceptos. Pero
la estrategia de hablar únicamente sobre lo dado no evita que pudiera
ocurrir las palabra y conceptos que usamos para hacerlo no estuvieran
siendo mal utilizados; es decir, mal aplicados a la intuición sensible
que pretenden describir.
Supongamos que una persona abre los ojos y describe
lo que ve como “la representación de una mesa”, ella no afirma que la
mesa sea real, sólo dice que tiene la representación de una mesa, ¿es
esa proposición falible? Imaginemos que en ese momento se levanta, y
observa que, en realidad, era la foto a tamaño natural de una mesa.
Posiblemente ahora dijese que lo que tiene es “la representación de la
foto de una mesa”, luego parece que su afirmación anterior sí era
falible, ahora ya que ahora no podría decir que tuvo “la representación
de una mesa”, sino “la representación de la foto de una mesa”.
Ahora bien aún se podría pensar que cuando la
persona dijo “representación de mesa” se equivocó, y debía haber dicho
algo que no comprometiese si lo que se veía era una mesa o la foto de
una mesa. Pero la cuestión está en que al final tendrá que verter lo que
ve en el lenguaje para obtener una proposición verdadera; y al hacerlo
se pone en la situación de estar usando mal las palabras.
Incluso aunque el informe de experiencia sólo
quiera referirse a los colores, como cuando se dice: "tengo la
representación de una mancha roja", se están utilizando las palabras
"mancha", "una" y "roja"; pero esas palabras tienen un significado
independiente de lo que la persona quiera que tenga. Y podría pasar que
en vez de “roja” la palabra exacta fuera “naranja”, y en vez de “mancha”
la expresión exacta fuera "cien puntos juntos de color".
No se duda de que la persona tuvo la representación
de que se trate, lo que se discute es que, cuando describa en palabras
esa representación que tuvo, se tenga la absoluta seguridad de que las
palabras estén diciendo con absoluta fidelidad, sin poner de más ni de
menos, la experiencia que tuvo. ¿Acaso no puede equivocarse en las
palabras que elija para contarlo? El hecho de que habitualmente no
cometamos esos errores no hace imposible que, en una ocasión concreta,
lo estemos cometiendo.
Se puede señalar que, aunque no se pueda asegurar que no hay error en
las palabras que describen la experiencia, es indudable que tuvo esa
experiencia, que lo dado está ahí, se diga con las palabras que se diga.
Sin embargo nuestro conocimiento se expresa en proposiciones. Las
propiedades de “verdadero” o “falso” son propiedades de nuestras
proposiciones, no de nuestras percepciones. Y la cuestión que se trata
es la de si podemos tener conocimiento en sentido fuerte, no la de si
podemos tener percepciones.
Por eso muchos filósofos han considerado que la
noción de “verdad” exige un lenguaje en el que darse. Y que no tiene
sentido hablar de “verdad” fuera del lenguaje concreto en que se enuncia
la proposición.
2 Intuiciones
mentales.
Existen distintos estados mentales de los que nos damos cuenta
por introspección —como en el caso de las intuiciones sensibles
internas— pero que no se producen o conocen por la intervención de los
órganos sensoriales. Es a esos estados mentales a las que aquí
denominamos intuiciones mentales
[2].
Por ejemplo el recuerdo de haber ido al cine ayer,
el saber que se conoce el teorema de Pitágoras, o el propio nombre, el
estimar que la vida humana es valiosa...
Dentro de esas intuiciones mentales se pueden distinguir varias clases.
Están las intuiciones emocionales, que viene a ser un darse
cuenta de los estados emocionales: deseos, sentimientos, pasiones.
No hay que confundir las emociones, los deseos y
los sentimientos con las sensaciones. Mientras las sensaciones se
originan a partir de un estímulo, interno o externo, ni las emociones,
deseos o sentimientos proceden de estímulos. Así, por ejemplo, el deseo
de poseer algo no se origina a partir de ver lo deseado, aunque verlo
favorezca y posibilite ese deseo.
Por su parte, en las intuiciones valorativas, algunos estados
seres, o estados de cosas, se nos presenten como valiosos o disvaliosos.
La belleza de un cuadro es distinta del cuadro
físico que percibo. De igual forma una cosa es el hecho físico de un
asesinato y algo distinto es la valoración de ese asesinato como malo.
No hay un órgano sensorial que perciba la belleza, la bondad o lo
sagrado. Más bien ocurre que determinados estados de cosas, que se
perciben a través de los sentidos, son estimados como valiosos o
disvaliosos.
Una tercera clase de intuición mental, y de mayor interés como posible
criterio de verdad, lo constituyen las intuiciones racionales.
Si existiesen tales intuiciones -muchos filósofos niegan que existan-
tendríamos un procedimiento para saber con certeza que algunas
proposiciones son verdaderas, fuera del sentido pragmático de “verdad”,
sin recurrir a la experiencia y por el sólo uso de la razón.
Una de las manera de utilizar la razón es la de establecer
definiciones estipulativas, que son aquellas que estipulan como será
el significado de una palabra.
Por ejemplo, podría estipularse la definición de la
palabra “perprosa” como la de aquella persona que en una habitación dada
está más próxima a la salida. Esa definición sería una definición
estipulativa.
No es necesario que inventemos la palabra cuyo
significado estamos estipulando. Podríamos estipular que cuando
utilicemos la palabra “mesa” entenderemos un felino doméstico. Y así, la
proposición “las mesas tienen ojos” sería verdadera bajo la estipulación
acordada.
Pues bien, cuando se dice que la razón puede suministrar conocimientos
en sentido fuerte a través de la intuición racional no se trata
de esa clase de conocimientos, originados por las definiciones
estipulativas, y que suministrarían proposiciones verdaderas pero sólo
en un sentido pragmático y privado.
Para entender qué clase de conocimientos se trata es necesario
establecer una tipología de las proposiciones.
Las proposiciones pueden dividirse de acuerdo a varios criterios.
Atendiendo a la necesidad de su valor de verdad se encuentran las
proposiciones analíticas y las sintéticas.
Los enunciados analíticos serían aquellos que, si son verdaderos,
entonces su negación es autocontradictoria —es decir, se afirma y se
niega la misma cosa a la vez— y por tanto falso; en cambio, si el
enunciado analítico es falso, entonces su negación es necesariamente
verdadera
Por ejemplo, una vez estipulada la definición de
“perprosa” - aquella persona que en una habitación dada está más próxima
a la salida- el enunciado que dice “Si hay una perprosa en esta
habitación, entonces estará la más próxima a la salida” será
necesariamente verdadero, y su negación —“Si hay una perprosa en esta
habitación, entonces no estará la más próxima a la salida”— será
necesariamente falso, ya que es autocontradictoria. Y lo es porque si
sustituimos en la proposición la palabra “perprosa” por su significado
tendríamos: “Si hay una “persona que en una habitación dada está más
próxima a la salida”, entonces no estará la más próxima a la salida”, se
contradice, ya que afirma y niega la misma cosa.
En cambio, si partimos de un enunciado analítico
falso, como: “La perprosa de la habitación es la más alejada de la
puerta”, entonces su negación -“La perprosa de la habitación no
es la más alejada de la puerta”— será necesariamente verdadero.
Un enunciado autocontradictorio afirma y niega a la
vez una misma cosa. Si se dice “El triciclo no tiene tres ruedas” se
hace una afirmación autocontradictoria, ya que, significando “triciclo”
tres ruedas se afirma que “El triciclo (lo que tiene tres ruedas) no
tiene tres ruedas”.
Todas las definiciones estipulativas son enunciados analíticos.
Sin embargo ningún enunciado analítico nos puede decir cómo es el mundo
o la realidad, más bien se limitan a decirnos cómo usamos las palabras.
La clase opuesta a la de los enunciados analíticos es la de los
enunciados sintéticos. Un enunciado es sintético cuando, si es
verdadero su negación no es autocontradictorio; y si es falso, su
negación no es necesariamente verdadera, pudiendo ser falsa.
Las proposiciones sintéticas proceden de la experiencia, o se basan en
ella
[4].
Por ejemplo, “el Mulacén es el pico más alto de la
península ibérica”, “Juan no lleva un pantalón azul”, “el Sol calienta”,
"el fuego quema”, “la nieve es blanca”, “la nieve es azul”..., serían
todas proposiciones sintéticas..
Además de la clasificación “analítico-sintético”, las proposiciones
pueden dividirse, en función de cómo sabemos su valor de verdad, en a
priori y a posteriori.
Tenemos un enunciado a priori cuando podemos determinar el valor
de verdad de éste sin tener que acudir a la experiencia.
Por ejemplo, “el triángulo tiene tres lados”, “los
casados no están solteros”, “los triciclos tienen tres ruedas”.
Todos los enunciados analíticos son a priori.
En cambio, si para establecer el valor de verdad del enunciado es
necesario acudir a la experiencia, entonces tenemos un enunciado a
posteriori.
Por ejemplo, “la puerta de ésta clase está
cerrada”, “Juan mide cinco metros”, “Saturno no existe”, “En agosto de
1970 nevó en Aranjuez”.
Todos los enunciados a posteriori son sintéticos.
Para muchos filósofos, denominados empiristas, todos los
enunciados analíticos son enunciados a priori, y todos los enunciados
sintéticos son enunciados a posteriori.
Es decir, estarían los enunciados que conocemos a
través de la experiencia, que serían sintéticos a posteriori, y los
enunciados que establecemos en las definiciones estipulativas, que
serían los analíticos a priori. Y ninguna otra clase.
Sin embargo algunos filósofos, llamados racionalistas, han
considerado que además de los dos
tipos enunciados existen una nueva clase de proposiciones, que se
denominarían sintéticas a priori, las cuales conocemos que son
verdaderas porque nuestra razón es capaz de establecer que son
verdaderas de un modo directo
[5], sin acudir a la experiencia, en la denominada intuición racional.
Por tanto, para el racionalista, de
forma contraria al empirista, la intuición racional resulta ser una
fuente capaz de suministrar conocimiento en sentido fuerte.
2.1.2 Clases de
proposiciones sintéticas a priori.
Y entonces ¿cuáles son esas proposiciones sintéticas a priori?
No todos los racionalistas piensan sobre esto igual. En conjunto, las
distintas clases de proposiciones propuestas por unos y otros
racionalistas, han sido las siguientes:
1.
Las proposiciones morales. Estas son aquellas proposiciones que
establecen valoraciones morales. Para el racionalista moral, comúnmente
denominado intuicionista, algunas proposiciones morales, de
ordinario las más importantes, pueden establecerse como verdaderas sin
tener que acudir a la experiencia. Por al simple intuición racional de
su sentido, y con independencia de las consecuencias que pudiera tener
en la experiencia saltarse su cumplimiento.
Por ejemplo, la proposición que dice que “torturar
niños es malo” es verdadera sin tener que comprobarla en la experiencia.
De hecho, añade el intuicionista, el valor de verdad de las
proposiciones morales no pueden comprobarse en la experiencia, ya que
las palabras "malo" o "bueno", no designan propiedades físicas que
puedan observarse.
Los filósofos no empiristas han negado que sea así. Algunos de ellos,
denominados utilitaristas, dirán que conocemos la verdad de las
proposiciones morales por las consecuencias beneficiosas que por
cumplirlas se pueden observar en la experiencia
[6].
Por tanto serían proposiciones sintéticas a posteriori.
Por ejemplo, "no cumplir las promesas es malo"
porque, a la larga, los efectos de que las personas no lo hagan serían
desastrosos para el orden social y, consiguientemente, para la mayoría
de las personas. Si no pudiéramos fiarnos unos de otros saldríamos
todos, o la mayoría de nosotros, perjudicados. Por tanto, para conocer
si una proposición moral es verdadera o falsa hace falta acudir a la
experiencia y comprobar los efectos de su aplicación.
Otro clase de filósofos no empiristas, denominados emotivistas,
pensarán que los enunciados morales no son ni verdaderos ni falsos, tan
sólo se limitan a expresar una emoción, y como mucho tienen la función
de animar a los demás a que hagan lo mismo que a nosotros nos parece
emocionalmente mejor. Por tanto los enunciados morales no serían
proposiciones, ya que no son oraciones enunciativas, sino exclamativas o
imperativas.
Para los emotivistas cuando alguien afirma que
"matar es malo" lo que está haciendo es exclamar el desagrado que le
produce matar, y quizá también realiza un enunciado imperativo
equivalente "no mates". Pero el enunciado no tiene valor de verdad ya
que no describe nada, sólo exclama o, como mucho, ordena.
2.
Las proposiciones matemáticas. Ya sean proposiciones de la
aritmética, de la geometría, o de cualquier otro campo.
Por ejemplo las proposiciones "7 + 5 = 12", o el
Teorema de Pitágoras.
Los filósofos no racionalistas han mantenido, en general, que las
proposiciones matemáticas son proposiciones claramente analíticas.
3.
Los primeros principios de las ciencias. Y con esto se refieren a
aquellas proposiciones que parecen básicas para las distintas ramas del
conocimiento científico.
Por ejemplo “Todo cambio tiene una causa”.
Los filósofos no racionalistas han señalado que algunas de tales
proposiciones, con el tiempo, han resultado ser falsas, aunque durante
siglos se tuvieran por verdaderas.
Por ejemplo, hoy en día, la física afirmaría que
ocurren sucesos cuánticos sin ninguna causa que los provoque. Luego la
proposición "Todo cambio tiene una causa", que fue afirmada como
principio de la ciencia por algunos racionalistas, como Kant, resulta
ser falsa.
Otras nociones físicas que parecían verdaderas,
como que existiera un tiempo o un espacio absoluto, están, hoy en día,
descartadas.
Por tanto, y para los filósofos no racionalistas en teoría del
conocimiento, los principios de las ciencias no son más que
proposiciones sintéticas a posterior, cuyo valor de verdad se estable a
través de la experiencia.
Esas proposiciones serían sólo suposiciones que
expresan nuestra confianza en cómo tiene que ser el mundo, pero eso no
hace que ésta sea infalible. Y así, durante siglos se consideró evidente
que el Sol giraba alrededor de la Tierra, que la misma Tierra era plana,
o que los seres vivos podían generarse espontáneamente en la materia en
descomposición.
4.Y
sobre todo los primeros principios de la lógica que son aquellos
principios que incluso fundamentan el uso de la razón; el propio
razonar.
De estos principios lógicos los más importantes
históricamente han sido el Principio de Identidad (A es A), y el
de No Contradicción (nada puede ser A y no-A, a la vez y en el
mismo sentido).
No podríamos tener conocimientos, ni razonar, si esos principios de la
lógica no fueran ciertos. Porque si no fuera así cualquier proposición,
y su contraria, serían verdaderas simultáneamente, con lo que la
posibilidad del conocimiento desaparece.
Por ejemplo, si el Principio de Identidad no es
cierto, entonces “A es no A”, y si por A entendemos una proposición “p”
como “dos más dos son cuatro”, entonces también sería cierto que “dos
más dos no son cuatro”, ya que si “A es no A”, “p” sería equivalente a
“no p”.
2.1.3 El
argumento del dialelo.
Pues bien, a partir de esa consideración los filósofos escépticos han
diseñado un argumento, denominado argumento del dialelo, contra
la posibilidad de que exista conocimiento.
El argumento en cuestión discurre del siguiente modo.
1.
Hasta que no conozcamos con seguridad que los primeros principios
lógicos son verdaderos, y no son falsos, no podemos saber que existan
proposiciones verdaderas como opuestas a las falsas. Ya que el eso sólo
ocurriría si se supone la verdad de los primeros principios lógicos.
2.
Pero si intentamos demostrar que los primeros principios lógicos son
verdaderos, y no son falsos, estamos suponiendo que una misma
proposición no puede ser verdadera y no verdadera a la vez; es decir,
estamos suponiendo la validez de lo que queremos demostrar. Y por tanto
caemos en lo que se denomina un círculo vicioso
3.
Luego no hay forma de demostrar que los primeros principios de la lógica
sean verdaderos, porque a la hora de demostrar que son verdaderos y no
son falsos suponemos su verdad; y como todo nuestro conocimiento depende
de ellos, el escéptico saca la conclusión, de que cualquier conocimiento
es lógicamente injustificable
La forma en que los racionalistas contestan al argumento de dialelo es
diciendo que ellos no pretenden demostrar la verdad de los
primeros principio sino que saben que son verdaderos porque su verdad se
muestra en una intuición racional.
Y si el escéptico pregunta ¿cómo saben que lo que “ven” en la intuición
racional es verdadero?, el racionalista diría que es que él “ve” que es
verdadero; es decir, que la intuición racional conlleva no sólo “ver”
la proposición, sino “ver” que es verdadera; sabe que es verdadero
porque lo “ve”.
Muchos filósofos, y también los escépticos, han criticado que ese “ver”
sea suficiente para justificar la validez de los primeros principios de
la lógica.
Una manera no racionalista de criticar el argumento del dialelo
señalaría que los primeros principios no deben entenderse como
proposiciones normales que puedan ser, o no, verdaderas, sino como las
reglas de juego del pensar.
Según esto los primeros principios son los que establecen las
condiciones de aquello que podrá ser denominado posteriormente
“verdadero” o “falso”, pero ellos mismos no son ni una cosa ni otra. Son
principios válidos para establecer las reglas de juego del pensar
racional, nada más. Y sólo una vez que se aceptan esos principios es
cuando tiene sentido que haya proposiciones verdaderas o falsas, pero no
antes
Análogamente, las reglas de cualquier juego
establecen qué jugadas estarán permitidas y cuales prohibidas; pero
esas jugadas sólo están permitidas o prohibidas una vez que se aceptan
las reglas del juego.
Si las reglas del ajedrez establecen que un alfil
sólo puede desplazarse en diagonal, entonces, sólo después de aceptar la
regla, tiene sentido declarar ilegal o legal un movimiento concreto del
alfil. Ahora bien ¿son las reglas del ajedrez “legales”, no, ni lo son
ni lo dejan de ser, son las que se ponen y sólo después de puestas tiene
sentido preguntar qué movimientos son legales. Igualmente, las reglas
del pensar racional las ponen los primeros principios y sólo después de
aceptados tiene sentido preguntar si algo es, o no, verdadero.
Hoy en día pocos filósofos, a excepción del ámbito moral en donde el
intuicionismo tiene bastantes partidarios, aceptan la existencia de
intuiciones racionales, hoy en día.
Estas fuentes no racionales de conocimiento consisten en experiencias
privadas que, las personas que las tienen, pretenden elevar a
conocimiento, aunque no puedan aportar ninguna clase de razón que
justifique su validez.
Entre ellas están los presentimientos.
En un presentimiento la persona experimenta, de un modo intenso e
íntimo, hasta el punto de producirle certeza, que una proposición
cualquiera es verdadera. Sin embargo, en un presentimiento no se puede
alegar la razón a favor de la credibilidad de la proposición, sólo ese
presentir fuerte e íntimo.
Ahora bien, sin discutir que los presentimientos existan, de lo que se
trata es de establecer si son una fuente fiable de conocimiento.
Pues bien, parece que los presentimientos de distintas personas pueden
entrar en conflicto entre sí
Hay personas que dicen que tienen el presentimiento
de que su equipo de fútbol ganará la liga, mientras que otras personas
del equipo contrario pueden estar presintiendo que será su equipo el que
gane la liga.
Una vez que uno de los equipos ganó la liga, es
posible que la persona que se equivocó señale que en realidad no tuvo un
“verdadero” presentimiento sino que se dejó llevar por el corazón,
mientras que el que acertó señale que él ya sabía lo que iba a pasar
porque lo “presentía”. Sin embargo, si para saber cuándo estamos ante un
presentimiento “fiable” de cuando estamos ante un falso presentimiento
hemos de esperar a que el hecho “presentido” ocurra, la utilidad de esta
supuesta fuente de conocimientos desaparece.
Pero aunque los presentimientos no entrasen en conflicto unos con otros
su legitimidad seguiría siendo dudosa, sobre todo debido a la oscuridad
del origen de ese supuesto conocimiento, lo cuál no avala, precisamente,
su legitimidad.
Si una persona dijese conocer cosas por
presentimientos, y siempre acertase, entonces, pensaríamos que las
conoce de un modo que ella misma no conoce, porque afirmar que las
conoce por presentimiento es aún más oscuro.
Otra supuesta fuente de conocimiento no racional es la fe.
Lo que parece distinguir el presentimiento de la fe es que, en el caso
de la fe, la persona afirma conocer de dónde procede la proposición. Y
de hecho es la supuesta procedencia divina del conocimiento, lo que lo
legitima a sus ojos.
Sin embargo, al igual que ocurre con los presentimientos, esta supuesta
fuente tiene problemas.
Hay personas, de creencias religiosas distinta, que afirman
proposiciones opuestas entre sí
Por ejemplo, los musulmanes y los cristianos. O
dentro de los cristianos los protestantes y católicos, etc.
Además, señalar que Dios garantiza la verdad de la proposición no parece
suficiente si no se demuestra que Dios existe y que Dios garantiza esa
proposición que se adopta por fe.
Lo cierto es que, tanto la fe como los presentimientos, son sucesos
privados, subjetivos.
En ese sentido se parecen a las intuiciones racionales, pero mientras
éstas intentan fundamentar su experiencia apelando a la razón, ni la fe
ni los presentimientos lo hacen así
Mientras que la fe apela a Dios para fundamentarse, el presentimiento no
apela más que al sentimiento, fuerte e íntimo, en la verdad de lo
presentido.
“Me dije entonces: “primeramente debo buscar el conocimiento de las
verdaderas naturalezas de las cosas, pero para ello es preciso buscar
la verdadera naturaleza del conocimiento, ver en qué consiste este”.
Se me presentó como evidente que el conocimiento cierto es aquel en el
que se descubre lo conocido de un modo que no deja lugar a dudas, no
es compatible con la posibilidad de error ni de ilusión y no puede la
mente suponer siquiera tal eventualidad. Al contrario, la seguridad de
que no habrá error debe estar tan unida a la certeza que si alguien
desafiara para mostrar el error, por ejemplo, con la conversión de las
piedras en oro y del bastón en serpiente, este hecho no debería
producir duda ni negación de dicha certeza.
Así, conociendo que diez es más que tres, si alguno me dijere: “no, es
al revés, tres es más que diez y como prueba de ello transformaré este
bastón en serpiente”, y lo transformase efectivamente siendo yo
testigo de tal cosa, no debería dudar, sin embargo, de mi conocimiento
por ese motivo y no debería resultar de aquello más que mi admiración
ante aquel poder suyo, pero sin dudar en absoluto de lo que conozco.
En segundo lugar, sé que lo que conozco de esta manera y de lo que no
tengo esa clase de certeza es un conocimiento en el que no hay
garantía ni seguridad, y todo conocimiento en el que no hay seguridad
no es un conocimiento cierto.
Los procederes de la sofística y la negación de las ciencias.
Escudriñé a continuación mis saberes y me encontré desprovisto de un
conocimiento que pudiera ser descrito de esta manera, a no ser el
relativo a los datos sensibles y a los primeros principios y le dije:
“ahora, habiendo llegado a desesperar de poder conseguir un
conocimiento cierto, no hay posibilidad de abordar las cosas
problemáticas si no es a partir de claras, que son los datos sensibles
y los primeros principios”.
No obstante, era preciso, en primer lugar, probarlos a éstos también
para cerciorarme de si mi confianza en los datos sensibles y mi
seguridad de estar a salvo de error en los primeros principios era del
mismo género que la que tenía anteriormente en las cosas a las que
seguí ciegamente, o del tipo de confianza que la mayor parte de la
gente tiene en las cuestiones teóricas debatidas por los teólogos, o
si se trataba de una seguridad probada en la que no había engaño ni
trampa.
Acto seguido dedique una gran atención a considerar los datos
sensibles y a los primeros principios y a ver si me era posible
ponerlos en duda. Aquellas largas vacilaciones me determinaron a no
dar crédito tampoco a los datos sensibles pues empecé a extender la
duda a éstos también, ya que me decía: “¿cómo voy a confiar en los
datos sensibles cuando el más seguro es el que procede del sentido de
la vista y siendo así que está, cuando contempla una sombra, la ve
quieta e inmóvil y juzga que no hay movimiento. Sin embargo, luego, al
cabo de una hora, mediante una comprobación visual, reconoce que se ha
movido, y que no lo hizo, desde luego, de golpe, sino gradualmente,
milímetro a milímetro, de manera que la sombra no estuvo nunca en
estado de reposo. Igualmente la vista mira a una estrella y la ve
pequeña, del tamaño de un dinar pero las demostraciones geométricas
prueban que es de un tamaño mayor que el de la Tierra.
Sobre estos y otros datos sensibles semejantes decide el árbitro del
sentido, más el árbitro de la razón lo declara falso y engañoso de un
modo que no admite apelaciones. Por consiguiente me dije: “ha
resultado vana también la confianza en los datos sensibles, tal vez
ésta sólo sea posible en los inteligibles, que pertenecen a los
primeros principios como cuando decimos: diez es más que tres; la
afirmación y la negación no son posible sobre una misma cosa; tampoco
algo puede ser a la vez creado y eterno, existente y no existente,
necesario e imposible”.
Pero las datos sensible objetaron: “¿qué garantía tienes de que tu
confianza en los primeros principios no sea como la que tenías en los
datos sensibles?, pues te fiabas de nosotros, pero vino el árbitro de
la razón y nos declaró falsos. Si no hubiera sido por este árbitro
todavía seguirías dándonos crédito. Quizá más allá de la percepción de
la razón haya otro árbitro que cuando aparezca declare falso el juicio
de la razón de la misma manera que apareció el árbitro de la razón y
declaró falso el juicio del sentido. El que esa otra percepción más
allá de la razón no haya aparecido no prueba que sea imposible su
existencia”.
Me quedé entonces un tiempo sin saber qué responder y el ejemplo del
sueño afirmó aún más mi perplejidad, pues me dije: “¿no me veo en
sueños dando crédito a una serie de cosas e imaginando situaciones,
creyéndolo todo firme y decididamente, sin dudar, y luego cuando
despierto me doy cuenta de que todas aquellas cosas a las que daba
crédito no tienen ningún fundamento ni valor? ¿Qué garantía tengo de
que todo aquello a lo que doy crédito por medio del sentido o de la
razón estando despierto, sea verdadero en relación al estado en el que
estoy, pues es posible que me sobrevenga un estado cuya relación a mi
estado de vigilia sea como mi vigilia a mi sueño y con relación al
cual mi vigilia sea un sueño, de modo que si me sobreviniese dicho
estado estaría cierto de que todo lo que he concebido con mi razón son
imaginaciones inútiles?
Tal vez sea éste el estado que pretenden los sufíes es el suyo propio,
ya que, según ellos, cuando se quedan ensimismados y prescinden de los
sentidos contemplan estados que no corresponden a estas verdades
primeras de razón o tal vez este estado sea la muerte, como dijo el
Enviado de Dios: “los hombres están durmiendo y sólo despiertan cuando
mueren”. Quizá la vida de este mundo sea un sueño en relación a la
Otra y cuando se muera aparezcan las cosas de una manera distinta a
como se ven ahora y se le diga entonces al hombre: “te hemos quitado
el velo, tu vista es hoy aguda”.
Cuando me sobrevinieron estos pensamientos y prendieron en mi alma
intenté poner remedio, pero no me resultó fácil puesto que no podía
rechazarlos si no era recurriendo al raciocinio y no era posible
mantener en pie el raciocinio si no era a partir de la combinación de
los primeros principios, mas como la probidad de éstos no era
indiscutible resultaba imposible, por consiguiente, establecer el
raciocinio.
Se agravó, pues, esta enfermedad y pasé cerca de dos meses en un
estado de escepticismo, aunque no profesara explícitamente tal
doctrina, hasta que Dios me curó de aquella enfermedad y recobré la
salud y el equilibrio volviendo a aceptar los primeros principios en
la confianza de que estaban a salvo del error y de que había certeza
en ellos.
Este hecho no fue fruto de un raciocinio ordenado ni de un discurso
metódico, sino de una luz que Dios puso en mi pecho, luz que es la
llave de la mayor parte de los conocimientos. Aquél que cree que el
desvelamiento de la verdad se realiza por medio de raciocinios bien
dispuestos anquilosa la inmensa misericordia divina.
[1]
CLASIFICACIÓN DE ÓRGANOS SENSORIALES: 1. Exteroceptores o
Mundoceptores. (mundo exterior): Vista, oído, gusto, tacto, olfato.
2. Somatoceptores. (estados internos): 2.1 Propioceptores. Se sitúan
en el oído interno, músculos y articulaciones; su misión es
informar de la posición, movimiento y equilibrio del cuerpo. 2.2
Interoceptores. Receptores de cenestesia o sensibilidad visceral.
Informan al sujeto de sus estados internos en relación a las
vísceras (pulmones, corazón, estómago, intestinos). 2.3
Nocioceptores. Informadores especializados en el dolor.
[2]
Hay varias clasificaciones posibles de estos conceptos que hacen
variar levemente su significado respecto a la clasificación aquí
utilizada
[3]
Existen, en realidad dos versiones de analiticidad que se
complementan. Versión 1.- Un enunciado analítico es aquel cuya
negación es autocontradictoria. Versión 2.- Un enunciado analítico
es aquel cuya verdad se puede establecer mediante el mero análisis
del significado de las palabras de la oración que la expresa. La
versión kantiana, la segunda, está hoy en día descartada, ya que
diría que: un enunciado analítico es aquel en el que el predicado
repite al sujeto total o parcialmente; por ejemplo “todos los gatos
son gatos”, pero entonces un enunciado compuesto como “si esto es un
gato entonces, esto es un gato” no lo sería ya que no mantiene la
forma sujeto-predicado que la versión kantiana requeriría.