Principal Autores Filosofía Pau La Mancha Consaburum Autores Filosofia PAU La Mancha Consaburum

 

 

Filosofía de la Mente

 

 

1.    Introducción.

2.    El dualismo.

2.1     Distinción entre acontecimientos físicos y mentales.

2.2     Clases de dualismo.

2.3     Problemas dualistas.

3.    El monismo.

          3.1    Materialismo.

 

 

 

Introducción Filosofía
Identidad y Cambio
Filosofía de la Mente
Apariencia y Realidad
Gnoseología
Fuentes Directas
Fuentes Indirectas
Epistemología
La Actividad Científica
Lenguaje Natural
Lógica Enunciados
Tablas de Verdad
Ética

1         Introducción.

El problema de fondo que aquí se trata es de qué está hecha la realidad; es decir qué clase de propiedades o sustancias

[i], la componen.

Podríamos decir que, aparentemente, las sustancias que componen la realidad son muchas y variadas. Hay casas hechas de ladrillos, árboles de madera, seres vivos hechos de carne y huesos, además de otros seres como el agua, el fuego, etc. Sin embargo parece que todas esas materias resultan estar hechas, al final, de los mismos elementos; de átomos, los cuales, a su vez, parecen estar hechos de las mismas partículas subatómicas, como electrones, protones, neutrones. Es decir, que aunque aparentemente la realidad está hecha de muchas y distintas sustancias, parece que podemos reducirlas a una, o quizá varias, que pueden dar cuenta de la enorme variedad que aparentemente hay.

Entenderemos que dos sustancias son distintas cuando no son reducibles una a la otra. Y esto quiere decir que las leyes, el comportamiento, o modo de ser, de una de ellas pueda explicar las leyes, el comportamiento, o  modo de ser, de la otra.

Y así, tanto los ladrillos, los árboles, como el agua, que aparentemente son sustancias diferentes, resultan estar hechas de la misma cosa —electrones, protones y neutrones— y ser, por tanto, la misma sustancia pero en distintas condiciones.

Arriba

 

2      El Dualismo.

El conjunto de soluciones que afirman que existen dos tipos de elementos —lo físico y lo mental— que constituyen el universo se denomina dualismo.

Arriba

 

2.1.          Distinción entre acontecimientos físicos y mentales.

Aunque sea de manera aproximada podemos darnos cuenta que parece haber diferencias radicales entre los seres físicos y los contenidos mentales.

Por contenidos mentales, o qualias, entendemos ideas, sentimientos, voliciones...; es decir, aquellos contenidos que parecen tener una cualidad mental que los hace “darse” en nuestra mente, pero no fuera de ella. Mien­tras que por seres físicos entendemos aquellas entidades que parecen existir fuera de noso­tros, de forma independiente de nuestra mente.

Existen varias diferencias entre ambos tipos de acontecimientos. Las dos más claras son las siguientes.

La primera es que mientras todo lo físico parece espacial lo mental parece inextenso; es decir, su ocurrencia no ocupa espacio.

Los seres y acontecimientos físicos, como una mesa, la luz, o la lluvia, son seres y acontecimientos que ocurren en el espacio, y de hecho ocupan espacio.

Sin embargo, los qualia, como pueda ser un sentimiento o un color imaginado, no parecen ocupar espacio.

¿Cuánto espacio ocupa un sentimiento? O ¿cuánto pesa la idea de un piano de cien kilos? Las ideas, los sentimientos, las apetencias, no parecen ocupar espacio. Cuando de ellas se dice que son grandes o pequeñas se dice metafóricamente. La imagen que uno tiene en la mente de un caballo no mide nada en el espacio físico. Las neuronas que están actuando mientras alguien imagina un caballo sí ocupan espacio y se pueden medir, pero parece que una cosa son las neuronas —seres físicos— y otra distinta la imagen del caballo imaginada —contenido mental.

La segunda diferencia entre lo físico y lo mental es que los seres, y acontecimientos físicos, son públicos; es decir que todos podríamos, si se dieran las condiciones adecuadas, comprobar su existencia; es decir idealmente observables.

Que un ser, o acontecimiento, sea público indica que todos los observadores—por eso es público— podemos comprobar su existencia. Sin embargo, en ocasiones, aunque pudiéramos comprobar su existencia si estuviéramos presentes, no lo estamos, por ejemplo todos podríamos comprobar, si estuviéramos en Segovia, que en este mismo momento allí hay un acueducto, pero como no lo estamos en este mismo momento no podemos observarlo. Por eso se indica que los acontecimientos públicos son idealmente observables, queriendo decir con ello que si se dieran las condiciones favorables de observación cualquier observador podría comprobar el hecho.

Sin embargo los acontecimientos mentales son privados; es decir, no pueden ser comprobados por alguien diferente de la persona que los tiene.

Por ejemplo, el dolor que alguien pueda sentir sólo es perceptible por la persona que lo sufre. Desde “fuera” podríamos observar que la persona llora, que grita, que pone gestos de dolor; pero todos esos sucesos que podemos observar, y que por tanto se denominarían como físicos, no son el dolor que la persona siente. Y si un neurólogo pudiera observar el estado neuronal del cerebro de la persona que siente dolor, mientras lo siente, parece que seguiría sin estar percibiendo —sintiendo— el dolor que la persona padece, lo que vería serían neuronas, neurotransmisores y demás elementos cerebrales, pero no el dolor.

Aún se podría intentar sentir ese mismo dolor haciendo que el mismo impulso nervioso, que el cerebro de la persona “traduce” en dolor, vaya también al cerebro del experimentador y así se produzca también en él la sensación de dolor. Pero si pudiera hacer eso lo que sentiría es dolor, pero sería “su” dolor; es decir, que seguiría sin percibir el dolor que siente la otra persona, cada cual sentiría su propio dolor y, justamente, el dolor que siente cada uno sería imposible de percibir por el otro; es decir, el dolor sería una experiencia privada.

La manera en que las personas se dan cuenta de sus estados mentales es a través de un proceso de inspección, u observación interna, que se denomina introspección.

 “Siempre podemos localizar en el espacio las cosas físicas, los sucesos y los procesos. Tienen lugar en alguna parte. Los procesos sensoriales y neuronales asociados a la sensación tienen lugar en el interior de la cabeza de la persona. Pero, ¿dónde está la sensación? Suponga que oye un timbre; ¿dónde está su sensación auditiva? No está en las ondas sonoras físicas, éstas se hallan en el espacio exterior a su cuerpo, entre el timbre y sus orejas. Menos aún está en el timbre, que es un objeto físico que usted puede localizar en el espacio. Pero la sensación auditiva, ¿dónde está? ¿En algún lugar en el interior de su cabeza? ¿La encontraría un cirujano que le abriese la cabeza? Si su cráneo fuese transparente y un cirujano con un potente microscopio pudiese ver lo que está sucediendo dentro, podría ver la estimulación del nervio auditivo, pero ¿vería u oiría la sensación? (Y si lo hiciese, ¿no sería la sensación de él en vez de la de usted?). O tomemos el caso de la visión. Las ondas luminosas impresionan la retina del ojo, produciendo una imagen invertida del objeto visto. Esto es físico; la imagen invertida puede ser observada (aunque no es lo que usted está viendo). El nervio óptico es estimulado, a través de él pasa un impulso electroquímico y, finalmente en una pequeña fracción de segundo, el lóbulo occipital del cerebro es estimulado; entonces ocurre una sensación visual. Hasta que acaece la sensación, cada paso del proceso puede ser localizado en el espacio, en algún sitio en el interior de su cabeza. Pero suponiendo que usted esté mirando una pared sólida verde, ¿dónde está su sensación de verde? ¿Está en su cabeza, en algún lugar del interior de su cerebro? Si tal, ¿dónde? ¿Encontraría alguien abriendo su cabeza o mirándola por medio de un supermicroscopio de rayos X el verde que usted está viendo? ¿Tendría sentido decir que el verde estaba a 10 centímetros detrás de sus ojos? De un proceso neuronal sí que tendría sentido decir que estaba sucediendo a diez centímetros detrás de sus ojos. (...) En efecto, podríamos imaginar una máquina, llamada “autocerebroscopio”, por medio de la cual usted mismo pudiese ver lo que está sucediendo en su propio cerebro. Con una serie ingeniosa de espejos podría ver al cirujano cortando su corteza cerebral, mientras usted está bajo anestesia local. Usted podría ver qué conductos nerviosos serían estimulados cuando tuviese cada experiencia; por ejemplo, podría ver exactamente lo que sucediese en el lóbulo occipital de su corteza cuando experimentase el verde del árbol. No hay nada absurdo en tal posibilidad, y algún día puede llegar a ser realidad. Lo que aclara el ejemplo es que el verde que usted ve y cualquier cosa que esté sucediendo en su cerebro cuando ve el verde son cosas diferentes. Su cerebro es susceptible de inspección por parte del cirujano, así como por parte suya por medio del autocerebroscopio; pero la experiencia de verde es suya. Si pudiera ser establecida una ley de correlación psicológica acerca de lo que está sucediendo en su cerebro cuando usted tiene la experiencia de ver verde, el cirujano podría decir: “¡Ah! Usted debe estar viendo verde, pues ese pequeño ganglio se está meneando otra vez de esa manera tan divertida”, pero nunca sería capaz de tener su experiencia de verde. Sin duda podría tener una experiencia de verde mirando a su vez algo verde, pero ese verde estaría correlacionado con su propio estado mental, no con el de usted. Usted y el cirujano podrían observar los estado cerebrales uno de otro, pero cada uno no podría tener las experiencias del otro.”

[ii]

Arriba

 

2.2.         Clases de Dualismo.

Hay dos clases de dualismo; el dualismo de la sustancia o espiritualismo, y el dualismo de las propiedades. La diferencia entre uno y otro está en la autonomía que se de a lo mental respecto de lo físico.

Para el dualismo de la sustancia lo mental y lo físico constituyen sustancias distintas y diferenciadas. Las leyes mentales serían distintas de las físicas, y el origen de ambas clases de sustancias sería, a su vez, independiente; es decir, que ninguna ha producido o depende para existir de la otra. Para esta clase de dualismo la persona es esencialmente su mente.

Por eso, en este dualismo, es fácil identificar lo mental con un alma inmortal

[iii], aunque esta identificación no es necesaria.

“Al examinar, después, atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en el que me encontrase, pero que no podía fingir por ello que yo no existiera, sino que, al contrario, del hecho mismo de pensar en dudar de la verdad de otras cosas se seguían muy evidente y ciertamente que yo era; mientras que, con sólo haber dejado de pensar, aunque todo lo demás que alguna vez había imaginado existiera realmente, no tenía ninguna razón para creer que yo existiese, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza no es sino pensar

[iv], y que, para existir no necesita de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De manera que este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo e incluso más fácil de conocer que él y, aunque el cuerpo no existiese, el alma no dejaría de ser todo lo que es. [v]

El dualismo de las propiedades[vi] considera que sólo existe la sustancia física, pero ocurre que esa sustancia física es capaz de combinarse en modos cada vez más complejos, hasta llegar a producir –emerger- algo radicalmente diferente de ella misma; es decir, hasta llegar a producir lo mental. Técnicamente se diría que la mente y sus contenidos son propiedades emergentes del cerebro.

Como lo mental y sus contenidos no son una sustancia propia, si despareciera la sustancia física del universo, con ella desaparecería también todo vestigio de mentes y contenidos mentales. Lo mental, al no ser una sustancia sino una propiedad, no puede existir por sí misma

El problema de esta clase de dualismo es aclarar la noción de emergencia.

Una propiedad de un sistema es emergente cuando esa propiedad no puede ser explicada con las mismas clases de leyes que se aplican a los elementos que componen el sistema del que emerge.

Los sistemas físicos tienen propiedades que no pertenecen a los componentes del sistema sino al sistema entero. Por ejemplo, de un cristal diríamos que es transparente, pero eso no significa que las moléculas de las que está hecho el cristal sean transparentes, es el conjunto el que tiene la propiedad. De igual manera la mente sería una propiedad emergente del cerebro; al ser emergente se evita decir que las neuronas sean conscientes y que las leyes químicas que se aplican para comprender el comportamiento de las neuronas puedan aplicarse para comprender el comportamiento de la mente

“El materialismo emergentista sostiene que el sistema nervioso central no es una entidad físicas, ni en particular, una máquina, sino que es un biosistema; es decir, una cosa compleja dotada con propiedades y leyes peculiares de los seres vivos, algunas de ellas muy peculiares. O sea, algunas de las leyes y propiedades del sistema nervioso central no las comparten todos los biosistemas... La emergencia que el materialismo emergentista sostiene que se da en lo mental es doble: las propiedades mentales de un sistema nervioso central no las poseen sus componentes celulares sino qué son propiedades sistémicas que, además no son resultantes; estas propiedades han aparecido en algún momento del tiempo a lo largo de un prolongado proceso evolutivo biológico... La física y la química son necesarias para explicar el sistema nervioso central, pero son insuficientes. Tampoco basta la biología general, puesto que necesitamos saber las propiedades emergentes específicas y las leyes específicas del sistema nervioso central, no sólo las que comparte con otros subsistemas animales, como los sistemas cardiovascular y digestivo.

[vii]

Dependiendo de cómo se entienda la autonomía de aquello que emerge, respecto al sistema del que emerge, y de cómo se entienda la posibilidad de explicar a partir de las ciencias naturales lo que emerge, se diferencian distintas clases de dualismo de las propiedades.

 Y así, hay emergentistas que entienden que el proceso de emergencia produce algo  tan radicalmente novedoso que no sólo no puede ser explicado, o reducido, a las leyes que se aplican a las partes que lo componen, sino que no puede ser reducido o explicado por ninguna clase de leyes de las ciencias naturales. A esas propiedades emergentes que muestran la anterior característica se las denomina propiedades no naturales.

Esta forma de emergencia puede ejemplificarse con la noción de sonidos y belleza. Ciertos sonidos pueden, al combinarse de forma especial, producir una sinfonía musical, que puede adquirir la propiedad de ser bella. La belleza sería algo que emerge de los sonidos pero que no es una propiedad de los sonidos, ni tampoco una propiedad física del conjunto de sonidos; esa autonomía respecto al sonido, que es el sustrato material en el que se da, hace que no pueda ser explicable desde las leyes naturales; digamos que se convierte en una propiedad no-natural. De igual modo, la materia física, al organizarse de manera especial, puede producir la emergencia de lo mental; lo cual no sería ya reducible a la propia materia, aunque se asiente en ella, porque las leyes que describen el comportamiento de la materia física, o incluso las que describen las leyes biológicas, no sirven para describir la forma de ser de lo mental, éste tiene un modo de ser irreductible a leyes físicas o biológicas

[viii].

Arriba

 

2.3.          Problemas dualistas.

Si se acepta el dualismo aparecen una serie de problemas gnoseológicos y ontológicos.

Un primer problema gnoseológico es que, de ser el dualismo cierto, aparentemente no podríamos conocer la existencia de otras mentes y de otros contenidos mentales.

La razón está en que la mente y sus contenidos son privados; luego no hay manera experimental de comprobar que exista otra mente con sus contenidos mentales.

Podemos observar que otras personas tienen un comportamiento similar al nuestro, e intentar inferir de ahí que, si uno mismo realiza esos actos con la mente, entonces, si otro ser también los realiza, eso indicaría que también tiene una mente con la que realizarlos. Sin embargo no parece que sea necesariamente así. Por ejemplo, un ordenador puede jugar al ajedrez tan bien como uno mismo, y por tanto, o decimos que jugar al ajedrez se puede hacer sin mente, o tendríamos que decimos que un ordenador tiene mente

[ix]. Por tanto, es dudoso que haya acciones, que podamos observar en otras personas, para cuya realización necesariamente tengamos que suponer una mente que los realiza

Desde siempre hemos damos por supuesto que las personas que nos rodean tienen mentes y contenidos mentales. De hecho, y porque lo damos por supuesto desde el principio, aprendemos observándolos qué tipo de exclamaciones y gestos físicos son los adecuados para exteriorizar muchos de nuestros sentimientos. Sin embargo, y dado que ahora sabemos que las mentes y los contenidos mentales de las demás personas son acontecimientos privados, inobservables para nosotros, podemos preguntarnos si ese supuesto, el de que existen otras mentes con sus contenidos mentales, está racionalmente justificado o puede justificarse racionalmente.

Aparentemente, aunque no podamos observar otras mentes de modo directo, quizá podamos deducir su existencia a partir de los gestos y actos físicos que vemos hacer a las personas.

Por ejemplo, si vemos a Juan gritar y quejarse inferimos que siente dolor. Aunque tanto la mente como el dolor de Juan son privados y no podemos observarlos, si podemos observar la conducta física de Juan, y a partir de ella inferir cuáles son los procesos mentales que la producen.

Ahora bien, ¿es legítima esa inferencia?; es decir, ¿está bien hecha?

A menudo inferimos a partir de la observación de un suceso B, como pueda ser la aparición de humo, la existencia de un suceso A, como pueda ser el fuego. Y la legitimidad de nuestra inferencia parece descansar sobre el hecho de que hemos comprobado repetidamente en la experiencia que al hecho A —el fuego— le sigue el hecho B —el humo.

Sin embargo, ¿hemos comprobado alguna vez en la experiencia que al dolor de la mente de Juan le siga la conducta física de gritar y quejarse? Pues parece que no. Porque si la mente de Juan y su dolor son privados, jamás podemos haberlos observado, ni hemos podido nunca comprobar que a su existencia le sucedan los gestos y exclamaciones físicos que ahora vemos en Juan.

Por tanto, no podemos inferir legítimamente a partir de los gestos físicos que vemos en las personas la existencia de una mente y unos contenidos mentales que los producen, porque nunca hemos comprobado que tal relación se de ya que la mente y sus contenidos son privados y por tanto inobservables para un observador exterior.

Si tuviéramos una máquina que, al presionar un botón, emitiese un sonido de queja ¿estaríamos legitimados a inferir que siente dolor?

De todas formas, aunque jamás hemos observado ni la mente ni los contenidos mentales de otra persona sí podemos observar los propios por introspección.

A menudo nos damos cuenta que al sentir dolor realizamos ciertos gestos y exclamaciones que son muy semejantes, de la misma clase, que los que Juan hace cuando dice sentir dolor. Por tanto, parece que cuando decimos que Juan siente dolor, por verle realizar ciertos gestos, no lo estamos infiriéndolo de haber observado alguna vez que el dolor de Juan, o de otra cualquiera persona, produce gestos de la misma clase de los que realiza Juan ahora, sino de haber observado nuestro propio dolor, y comprobado que, al sentirlo, hacemos la misma clase de gestos y exclamaciones que realiza ahora Juan.

Sin embargo, suponer que toda mente del universo tiene que comportarse como yo me comporto cuando siente dolor, y que tiene que sentir lo mismo que yo cuando realiza ciertos gestos parece excesivo.

Pero entonces, ¿está justificado suponer que los demás tienen mente?

Cuando suponemos que los demás tienen mentes y contenidos mentales su comportamiento, los actos físicos y gestos que vemos en ellos, cobran un sentido que me permite predecir razonablemente bien su comportamiento futuro.

Así, si supongo que Juan siente como yo siento cuando le pinchan un dedo, puede suponer que al pincharle sentirá dolor, que el dolor le disgusta, que intentará evitarlo, que apartará la mano…

Es decir, al suponer que los demás sienten como yo siento, una buena parte del mundo, aquél que tiene que ver con el prójimo, incluso con los animales, cobra sentido; se hace comprensible. Y esa posibilidad de comprender el sentido de los gestos y exclamaciones de los demás me permiten, al tenerlos en cuenta, planificar con mayor eficacia mi comportamiento en el mundo.

Esto, a falta de algo mejor, parece servir para justificar racionalmente mi creencia en la existencia de otras mentes y sus contenidos mentales.

Sin embargo, el hecho de que la hipótesis de que existan otras mentes con sus contenidos mentales sea fructífera no demuestra aún que sea verdadera. Es decir, no demuestra que haya en la realidad otras mentes, sólo justifique la creencia.

Si una máquina pudiera en el futuro comportarse como un ser humano ¿no estaríamos obligados por la misma razón a decir que siente y que piensa.

Türing consideró una prueba, denominada test de Türing, para establecer cuando podríamos decir que una máquina piensa. Su idea consiste en establecer un investigador humano en una habitación de modo que pueda preguntar, y recibir las respuestas, de un ser situado en una habitación distinta. La cuestión está en si únicamente por las respuestas a las preguntas podríamos deducir que el ser que nos responde es máquina o humano. En el caso de que no pudiéramos el test indicaría que la máquina piensa.

Otras personas han considerado, en contra de lo anterior, que en el caso de la máquina disponemos de una explicación alternativa a su comportamiento. No hace falta suponer que tenga mente porque conocemos los intríngulis de su construcción, y sabemos cómo reaccionará a qué cosas. Pero respecto al ser humano aún no disponemos de una teoría que permita reducir su comportamiento a elementos físicos. Nos es necesario para explicar su modo de ser suponerle una mente.

Otras personas, como Searle, han puesto en duda la efectividad del test de Türing considerando la imposibilidad de que una máquina puede “comprender” lo que hace. Searle ha intentado ejemplificar esto con su argumento de las habitación china.

Además, y como segundo problema, suponiendo que las demás personas tengan experiencias mentales, no podríamos conocer nunca si sus qualias son de la misma clase que los propios.

Para ser más concretos; ¿cómo sabemos que cuando sentimos calor sentimos la misma clase de sensación que otra persona? O ¿cómo sabemos que cuando miramos el mismo objeto estamos viendo la misma clase de?

Podríamos suponer que cuando uno de nosotros mira la pizarra ve un qualia distinto al que los demás ven, sólo que lo llamaría del mismo modo. Y así, mientras uno ve al mirar la pizarra el color verde, otro vería el color rojo, aunque éste llama “verde” al color rojo porque desde siempre, a todo lo que él veía de color rojo, le dijeron que se llamaba “verde”, y viceversa

[x].

Este problema, como el anterior, se basa en la privacidad de la mente.

Un problema distinto a los anteriores es el de la comunicación de las sustancias. Este problema ya no es gnoseológico, sino ontológico, y se fundamenta en la no espacialidad de la mente y sus contenidos.

La cuestión viene a resumirse en cómo es posible que sustancias o acontecimientos tan diferentes, uno es espacial y el otro no, puedan aparentemente comunicarse entre ellos.

Si quiero mover la mano, que es algo mental, parece que soy capaz de moverla, que es algo físico. Pero ¿cómo puede un deseo, que no es extenso, mover algo como una mano que sí es extenso? Sabemos que el cerebro, puede estimular la mano a través de terminaciones nerviosas, pero la cuestión es cómo puede ser estimulado el cerebro, que es algo físico, por algo que no es un movimiento corporal, como es un deseo, algo que no es espacial ni extenso. Y al contrario, cómo algo que es físico y espacial, como un pinchazo en el dedo, puede producir un acontecimiento que no es físico como un dolor.

A lo largo de la historia los dualistas han propuesto distintas teorías explicativas aunque todas, en general, poco convincentes.

La primera de ellas se denomina Interaccionismo. Para esta teoría existe tanto lo físico como lo mental, y hay relación causal entre ambos, es decir ambos interaccionan. Y así acontecimientos físicos producen acontecimientos mentales y viceversa. Más que ser una solución es la exposición del ideal explicativo, porque, en realidad,  no dice cómo se produce esa interacción.

La siguiente teoría dualista se denomina Paralelismo Psicofísico, propuesta por Leibniz. Para esta postura aunque existen ambos tipos de acontecimientos, no hay comunicación causal entre ellos. Los acontecimientos físicos sólo pueden causar acontecimientos físicos, y los acontecimientos mentales, sólo mentales. Sin embargo ambos tipos de acontecimientos van sincronizados, y así cuando alguien quiere mover una mano, que es un acontecimiento mental, ocurre que de una manera paralela en el tiempo, pero autónoma, la mano se mueve en el mundo físico; es como si ambos acontecimientos se pudieran representar como dos relojes que andan sincronizados.

Una variante de la posición anterior es el Ocasionalismo, propuesto por Malebranche. La idea es aquí que las aparentes, que no reales, interacciones entre la materia y la mente se producen causadas por Dios de modo directo. Cuando se da la ocasión es Dios el que realiza la comunicación.

Una última teoría dualista se denomina Epifenomenalismo. Esta teoría considera que existe lo físico y lo mental. Según la teoría son los acontecimientos físicos los que producen los acontecimientos mentales, de forma que lo físico crea lo mental. Lo mental por su parte no tiene ninguna autonomía respecto a los acontecimientos físicos, y se limita a ser un mero reflejo de estos, algo así como la sombra de los acon­tecimientos físicos. Esta teoría sigue sin explicar parte del problema, el modo en que comunica lo físico con lo mental siendo tan dispares. Ni tampoco aclara como algo tan complicado como lo mental surja en un proceso tan selectivo, como es la evolución de las especies, sin que tenga ninguna función para la supervivencia del individuo, ya que se limitaría a ser un mero reflejo de lo físico. Es por eso que esta teoría tiene hoy poca aceptación.

Y de hecho, esta falta de explicación da lugar a una crítica general al dualismo, y es que el dualismo no parece compatible con nuestra explicación científica del mundo. La razón está en que la ciencia no puede observar la mente o sus contenidos mentales, al ser contenidos privados se sitúan más allá de su alcance.

La conducta, que si es pública, puede intentar explicarse a partir del comportamiento del cerebro, sin necesidad de recurrir a lo mental. Y como una teoría que admita la existencia de una única sustancia es mucho más simple y sencilla que la que explique con dos, se nos ofrece otra razón, ésta metodológica, para descartar la existencia de la mente y sus contenidos.

Arriba

 

3      El monismo.

Por monismo se entiende el conjunto de soluciones que afirman que todo el universo está hecho de una única sustancia o elemento. Dependiendo de cuál se considere que es esa sustancia se obtiene un tipo distinto de monismo.

Para el idealismo sólo existe la sustancia mental y sus contenidos, y por tanto, según el idealismo, no existe la sustancia física o materia.

Cuando percibimos un objeto material, como un edificio, una mesa, o cualquier otro, vemos colores y tenemos otras percepciones. Pues bien, lo que existe son esas percepciones, pero en la mente, y lo que no existe es una materia que cause las percepciones que tenemos en la mente. Análogamente a como en los sueños, o en las alucinaciones, las personas se representan en la mente qualias sin que la existencia de éstos sea causada por una materia.

Una posición distinta, denominada monismo neutral, considera que existe una única sustancia en el universo, pero no es ni material ni mental, sino una sustancia diferente que puede tomar el aspecto de ambas, sin que ella misma sea  ni lo uno ni lo otro. Y así, lo físico y lo mental serían propiedades –modos de darse- de esa sustancia neutral

[xi].

Sin embargo, es la teoría monista denominada materialismo la que se ha constituido, en la actualidad, como la teoría dominante.

Arriba

 

3.1.          Materialismo.

Originariamente el materialismo sostenía que la única realidad existente era la materia. Sin embargo, la investigación científica ha establecido que la materia y la energía son dos aspectos de una misma realidad, de manera que lo que el materialismo afirmará es que todo lo que existe en el universo es físico, y por “físico” debe entenderse lo espacial

[xii].

Existen, y han existido, distintos tipos de materialismo. La versión materialista  más influyente en la actualidad es la denominada Teoría de la Identidad, que viene a decir lo físico y lo mental no son dos cosas relacionadas sino que son numéricamente una y la misma cosa.

Un materialista no puede afirmar que, por ejemplo, un sentimiento es algo producido por el cerebro, porque si A –el cerebro-  causa B –el sentimiento-  entonces A es distinto de B, y por tanto lo mental existiría como algo diferente del cerebro, que el quien lo produce. El materialista afirma que lo físico es lo mental.

La noción clave aquí es la de “identidad”. Hay dos maneras de entenderla, bien como lo haría el Principio de Identidad

[xiii], o bien sólo como identidad en la referencia[xiv], y ésta segunda manera es la más fructífera para la Teoría de la Identidad[xv].

Existe identidad en la referencia cuando dos expresiones, que pueden tener distinto significado, tienen el mismo referente.

Por ejemplo, la expresión “el autor del Quijote” significa algo distinto de “el autor de las novelas ejemplares”, y decimos que significan algo distinto porque podríamos saber que la primera expresión se refiere a Cervantes y desconocer que la segunda también lo hace. Cuando se dice que dos expresiones tienen identidad en la referencia no se dice que signifiquen lo mismo, sino que se refieren a lo mismo.

Si alguien dice que el agua es H

2O la palabra “es” está indicando que aquello que se puede beber, se usa para ducharse, es incoloro, inodoro e insípido corresponde a la fórmula química H 2O; el agua es H2O porque “agua” y “H2O” se refieren a lo mismo. Sin embargo, podría no haber sido así, podría pasar que el agua no fuera H2O sino una fórmula química diferente; y esto es así porque “H2O” no significa lo mismo que “agua”; es la investigación científica la que ha averiguado que el agua –que conocemos en nuestra experiencia cotidiana- corresponde realmente a una molécula que contiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxigeno (H 2O).

La Teoría de la Identidad, entendida como identidad de la referencia, es en realidad una hipótesis científica.

Y así, de igual manera que una investigación científica establece que el agua es H

2O, cabe una investigación científica en la que se termine por establecer si el dolor es realmente un estado del cerebro.

Desde ese punto de vista cabe entender la identidad en la referencia como un predicado de composición.

Como cuando se dice que el rayo es, realmente, una descarga eléctrica. O que un sombrero que vemos en la distancia, al estar hecho de paja, es realmente paja. En la lejanía yo no tengo porqué conocer que el sombrero esté hecho de paja, pero si me acerco, si investigo, puedo descubrir que, en realidad, está hecho de paja; y en ese sentido no es más que paja.

Y así, afirmar la identidad de referencia entre mente y cuerpo indicaría que lo que llamamos mente está realmente compuesto de un estado cerebral.

Con eso no se dice que el dolor que se siente signifique lo mismo que el estado cerebral, porque de hecho, una persona puede sentir dolor y no saber que el dolor consiste en ser un estado cerebral. Lo que se dice es que el dolor está hecho, es, un estado del cerebro

Como crítica a este tipo de materialismo se ha señalado que el caso de la mente y el cerebro no es del mismo tipo que el del agua y el H

2O.

Los diferencia está en que comprobamos que el agua es H2O a través de la misma clase de experiencia. Pero en el caso de la identificación entre el dolor y el estado neuronal nos damos cuenta del dolor a través de la introspección, pero nos damos cuenta del estado del cerebro por el uso de instrumentos y a través de la experiencia visual.

Es decir, hay una discontinuidad radical entre ambas experiencias. La experiencia del dolor se produce a través de la introspección, que es privada, pero la ciencia natural se basa exclusivamente en la experiencia que puede ser pública. Y por tanto, la ciencia natural no puede observar que un dolor sea un estado neuronal simplemente porque el dolor es, para ella, inobservable.

Eso hace que la ciencia natural nunca pueda establecer la validez, o falsedad, de la Teoría de la Identidad, ya que no puede observar el estado mental del dolor para poder establecer que está compuesto de un estado cerebral.

A pesar de lo dicho el materialismo es en el presente la postura más popular entre filósofos y científicos.

El atractivo del materialismo se encuentra en que, para muchos filósofos, es la única postura compatible con el conocimiento científico, ya que prescinde de cualquier entidad no material en sus explicaciones. Sin embargo no esta, evidentemente, libre de críticas.

Arriba

 

[i] Existen diferentes maneras de definir "sustancia". Algo es sustancia si es soporte, o portador, de propiedades o características, sin ser él mismo una propiedad o una característica. También  se dice que algo es sustancia si puede existir independientemente; por tanto si puede existir sin depender de la existencia de algo que no sea él mismo.

[ii] HOSPERS, John.- Introducción al análisis filosófico”. pág 470,472. Alianza Editorial.

[iii] Como Platón o Descartes.

[iv] En la 2ª de las Meditaciones Metafísicas se aclara el término “pensar”: “¿Qué soy yo, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente”

[v] René Descartes. Discurso del método, pág 47.

[vi] Algunos autores denominan a este dualismo materialismo emergentista, y lo sitúan dentro del monismo, ya que, a fin de cuentas, se mantiene la existencia de una única sustancia: la física.

[vii] Mario Bunge. El Problema mente—cerebro.

[viii] También irreductible a leyes psicológicas, y en ese caso libre.

[ix] Esta última posibilidad es defendida, en el presente, por varios pensadores

[x] Sin embargo el daltonismo no sería problema. El daltonismo es la incapacidad de hacer ciertas discriminaciones de color, en general entre el rojo y el verde; un daltónico los percibe igual. En este caso si podemos convencerle de que él ve mal. Ya que si cogemos tarjetas de ambos colores en el anverso y un número en el reverso y las ordenamos por el color, el daltónico podría ver que siempre acertamos, como si realmente viéramos un color que él no ve. Pero en el caso que nos ocupa la cuestión es distinta.

[xi] El monismo neutral ha sido criticado señalando que introduce una sustancia nueva nunca vista, de la cual no hay ninguna evidencia, luego en vez de solucionar el problema parece que lo agrava.

[xii] Que una realidad sea espacial no significa que tenga que sea localizable con exactitud en el espacio. Los electrones, por ejemplo, pueden tener una localización probabilística en el espacio; pero sea de un modo u otro “están” en el espacio.

[xiii] “A” es idéntico a “B” sii las propiedades de “A” son las mismas que las de “B”

[xiv] Clarificada por el lógico alemán Gottlob Frege.

[xv] Así la entiende su primer formulador U. T. Place en “¿Es la conciencia un proceso cerebral?

Arriba

 

 


Esta página se actualizó por última vez el 18/03/2010