El problema de fondo que aquí se trata es de qué está hecha la realidad;
es decir qué clase de propiedades o sustancias
[i],
la componen.
Podríamos decir que, aparentemente, las sustancias
que componen la realidad son muchas y variadas. Hay casas hechas de
ladrillos, árboles de madera, seres vivos hechos de carne y huesos,
además de otros seres como el agua, el fuego, etc. Sin embargo parece
que todas esas materias resultan estar hechas, al final, de los mismos
elementos; de átomos, los cuales, a su vez, parecen estar hechos de las
mismas partículas subatómicas, como electrones, protones, neutrones. Es
decir, que aunque aparentemente la realidad está hecha de muchas y
distintas sustancias, parece que podemos reducirlas a una, o quizá
varias, que pueden dar cuenta de la enorme variedad que aparentemente
hay.
Entenderemos que dos sustancias son distintas cuando no son
reducibles una a la otra. Y esto quiere decir que las leyes, el
comportamiento, o modo de ser, de una de ellas pueda explicar las leyes,
el comportamiento, o modo de ser, de la otra.
Y así, tanto los ladrillos, los árboles, como el
agua, que aparentemente son sustancias diferentes, resultan estar hechas
de la misma cosa —electrones, protones y neutrones— y ser, por tanto, la
misma sustancia pero en distintas condiciones.
El conjunto de soluciones que afirman que existen dos tipos de elementos
—lo físico y lo mental— que constituyen el universo se denomina
dualismo.
2.1. Distinción
entre acontecimientos físicos y mentales.
Aunque sea de manera aproximada podemos darnos cuenta que parece haber
diferencias radicales entre los seres físicos y los contenidos mentales.
Por contenidos mentales, o qualias, entendemos ideas,
sentimientos, voliciones...; es decir, aquellos contenidos que parecen
tener una cualidad mental que los hace “darse” en nuestra mente, pero no
fuera de ella. Mientras que por seres físicos entendemos aquellas
entidades que parecen existir fuera de nosotros, de forma independiente
de nuestra mente.
Existen varias diferencias entre ambos tipos de acontecimientos. Las dos
más claras son las siguientes.
La primera es que mientras todo lo físico parece espacial
lo mental parece inextenso; es decir, su ocurrencia no ocupa
espacio.
Los seres y acontecimientos físicos, como una mesa,
la luz, o la lluvia, son seres y acontecimientos que ocurren en el
espacio, y de hecho ocupan espacio.
Sin embargo, los qualia, como pueda ser un sentimiento o un color
imaginado, no parecen ocupar espacio.
¿Cuánto espacio ocupa un sentimiento? O ¿cuánto
pesa la idea de un piano de cien kilos? Las ideas, los sentimientos, las
apetencias, no parecen ocupar espacio. Cuando de ellas se dice que son
grandes o pequeñas se dice metafóricamente. La imagen que uno tiene en
la mente de un caballo no mide nada en el espacio físico. Las neuronas
que están actuando mientras alguien imagina un caballo sí ocupan espacio
y se pueden medir, pero parece que una cosa son las neuronas —seres
físicos— y otra distinta la imagen del caballo imaginada —contenido
mental.
La segunda diferencia entre lo físico y lo mental es que los
seres, y acontecimientos físicos, son públicos; es decir que
todos podríamos, si se dieran las condiciones adecuadas, comprobar su
existencia; es decir idealmente observables.
Que un ser, o acontecimiento, sea público indica
que todos los observadores—por eso es público— podemos comprobar su
existencia. Sin embargo, en ocasiones, aunque pudiéramos comprobar su
existencia si estuviéramos presentes, no lo estamos, por ejemplo todos
podríamos comprobar, si estuviéramos en Segovia, que en este mismo
momento allí hay un acueducto, pero como no lo estamos en este mismo
momento no podemos observarlo. Por eso se indica que los acontecimientos
públicos son idealmente observables, queriendo decir con ello que
si se dieran las condiciones favorables de observación cualquier
observador podría comprobar el hecho.
Sin embargo los acontecimientos mentales son privados; es decir,
no pueden ser comprobados por alguien diferente de la persona que los
tiene.
Por ejemplo, el dolor que alguien pueda sentir sólo
es perceptible por la persona que lo sufre. Desde “fuera” podríamos
observar que la persona llora, que grita, que pone gestos de dolor; pero
todos esos sucesos que podemos observar, y que por tanto se denominarían
como físicos, no son el dolor que la persona siente. Y si un neurólogo
pudiera observar el estado neuronal del cerebro de la persona que siente
dolor, mientras lo siente, parece que seguiría sin estar percibiendo
—sintiendo— el dolor que la persona padece, lo que vería serían
neuronas, neurotransmisores y demás elementos cerebrales, pero no el
dolor.
Aún se podría intentar sentir ese mismo dolor
haciendo que el mismo impulso nervioso, que el cerebro de la persona
“traduce” en dolor, vaya también al cerebro del experimentador y así se
produzca también en él la sensación de dolor. Pero si pudiera hacer eso
lo que sentiría es dolor, pero sería “su” dolor; es decir, que seguiría
sin percibir el dolor que siente la otra persona, cada cual sentiría su
propio dolor y, justamente, el dolor que siente cada uno sería imposible
de percibir por el otro; es decir, el dolor sería una experiencia
privada.
La manera en que las personas se dan cuenta de sus estados mentales es a
través de un proceso de inspección, u observación interna, que se
denomina introspección.
“Siempre podemos localizar en el espacio las cosas
físicas, los sucesos y los procesos. Tienen lugar en alguna parte. Los
procesos sensoriales y neuronales asociados a la sensación tienen lugar
en el interior de la cabeza de la persona. Pero, ¿dónde está la
sensación? Suponga que oye un timbre; ¿dónde está su sensación auditiva?
No está en las ondas sonoras físicas, éstas se hallan en el espacio
exterior a su cuerpo, entre el timbre y sus orejas. Menos aún está en el
timbre, que es un objeto físico que usted puede localizar en el espacio.
Pero la sensación auditiva, ¿dónde está? ¿En algún lugar en el interior
de su cabeza? ¿La encontraría un cirujano que le abriese la cabeza? Si
su cráneo fuese transparente y un cirujano con un potente microscopio
pudiese ver lo que está sucediendo dentro, podría ver la estimulación
del nervio auditivo, pero ¿vería u oiría la sensación? (Y si lo hiciese,
¿no sería la sensación de él en vez de la de usted?).
O tomemos el caso de la visión. Las ondas luminosas
impresionan la retina del ojo, produciendo una imagen invertida del
objeto visto. Esto es físico; la imagen invertida puede ser observada
(aunque no es lo que usted está viendo). El nervio óptico es estimulado,
a través de él pasa un impulso electroquímico y, finalmente en una
pequeña fracción de segundo, el lóbulo occipital del cerebro es
estimulado; entonces ocurre una sensación visual. Hasta que acaece la
sensación, cada paso del proceso puede ser localizado en el espacio, en
algún sitio en el interior de su cabeza. Pero suponiendo que usted esté
mirando una pared sólida verde, ¿dónde está su sensación de verde? ¿Está
en su cabeza, en algún lugar del interior de su cerebro? Si tal, ¿dónde?
¿Encontraría alguien abriendo su cabeza o mirándola por medio de un
supermicroscopio de rayos X el verde que usted está viendo? ¿Tendría
sentido decir que el verde estaba a 10 centímetros detrás de sus ojos?
De un proceso neuronal sí que tendría sentido decir que estaba
sucediendo a diez centímetros detrás de sus ojos.(...)En efecto,
podríamos imaginar una máquina, llamada “autocerebroscopio”, por medio
de la cual usted mismo pudiese ver lo que está sucediendo en su propio
cerebro. Con una serie ingeniosa de espejos podría ver al cirujano
cortando su corteza cerebral, mientras usted está bajo anestesia local.
Usted podría ver qué conductos nerviosos serían estimulados cuando
tuviese cada experiencia; por ejemplo, podría ver exactamente lo que
sucediese en el lóbulo occipital de su corteza cuando experimentase el
verde del árbol. No hay nada absurdo en tal posibilidad, y algún día
puede llegar a ser realidad. Lo que aclara el ejemplo es que el verde
que usted ve y cualquier cosa que esté sucediendo en su cerebro cuando
ve el verde son cosas diferentes. Su cerebro es susceptible de
inspección por parte del cirujano, así como por parte suya por medio del
autocerebroscopio; pero la experiencia de verde es suya. Si pudiera ser
establecida una ley de correlación psicológica acerca de lo que está
sucediendo en su cerebro cuando usted tiene la experiencia de ver verde,
el cirujano podría decir: “¡Ah! Usted debe estar viendo verde, pues ese
pequeño ganglio se está meneando otra vez de esa manera tan divertida”,
pero nunca sería capaz de tener su experiencia de verde. Sin duda podría
tener una experiencia de verde mirando a su vez algo verde, pero ese
verde estaría correlacionado con su propio estado mental, no con el de
usted. Usted y el cirujano podrían observar los estado cerebrales uno de
otro, pero cada uno no podría tener las experiencias del otro.”
Hay dos clases de dualismo; el dualismo de la sustancia o
espiritualismo, y el dualismo de las propiedades. La diferencia entre
uno y otro está en la autonomía que se de a lo mental respecto de lo
físico.
Para el dualismo de la sustancia lo mental y lo físico
constituyen sustancias distintas y diferenciadas. Las leyes mentales
serían distintas de las físicas, y el origen de ambas clases de
sustancias sería, a su vez, independiente; es decir, que ninguna ha
producido o depende para existir de la otra. Para esta clase de dualismo
la persona es esencialmente su mente.
Por eso, en este dualismo, es fácil identificar lo
mental con un alma inmortal
[iii],
aunque esta identificación no es necesaria.
“Al examinar, después, atentamente lo que yo era, y
viendo que podía fingir que no tenía cuerpo y que no había mundo ni
lugar alguno en el que me encontrase, pero que no podía fingir por ello
que yo no existiera, sino que, al contrario, del hecho mismo de pensar
en dudar de la verdad de otras cosas se seguían muy evidente y
ciertamente que yo era; mientras que, con sólo haber dejado de pensar,
aunque todo lo demás que alguna vez había imaginado existiera realmente,
no tenía ninguna razón para creer que yo existiese, conocí por ello que
yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza no es sino pensar
[iv],
y que, para existir no necesita de lugar alguno ni
depende de cosa alguna material. De manera que este yo, es decir, el
alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo e
incluso más fácil de conocer que él y, aunque el cuerpo no existiese, el
alma no dejaría de ser todo lo que es.
El dualismo de las propiedades[vi]
considera que sólo existe la sustancia física, pero ocurre que esa
sustancia física es capaz de combinarse en modos cada vez más complejos,
hasta llegar a producir –emerger- algo radicalmente diferente de ella
misma; es decir, hasta llegar a producir lo mental. Técnicamente se
diría que la mente y sus contenidos son propiedades emergentes del
cerebro.
Como lo mental y sus contenidos no son una
sustancia propia, si despareciera la sustancia física del universo, con
ella desaparecería también todo vestigio de mentes y contenidos
mentales. Lo mental, al no ser una sustancia sino una propiedad, no
puede existir por sí misma
El problema de esta clase de dualismo es aclarar la noción de
emergencia.
Una propiedad de un sistema es emergente cuando esa propiedad no
puede ser explicada con las mismas clases de leyes que se aplican a los
elementos que componen el sistema del que emerge.
Los sistemas físicos tienen propiedades que no
pertenecen a los componentes del sistema sino al sistema entero. Por
ejemplo, de un cristal diríamos que es transparente, pero eso no
significa que las moléculas de las que está hecho el cristal sean
transparentes, es el conjunto el que tiene la propiedad. De igual manera
la mente sería una propiedad emergente del cerebro; al ser emergente se
evita decir que las neuronas sean conscientes y que las leyes químicas
que se aplican para comprender el comportamiento de las neuronas puedan
aplicarse para comprender el comportamiento de la mente
“El materialismo emergentista sostiene que el
sistema nervioso central no es una entidad físicas, ni en particular,
una máquina, sino que es un biosistema; es decir, una cosa compleja
dotada con propiedades y leyes peculiares de los seres vivos, algunas de
ellas muy peculiares. O sea, algunas de las leyes y propiedades del
sistema nervioso central no las comparten todos los biosistemas... La
emergencia que el materialismo emergentista sostiene que se da en lo
mental es doble: las propiedades mentales de un sistema nervioso central
no las poseen sus componentes celulares sino qué son propiedades
sistémicas que, además no son resultantes; estas propiedades han
aparecido en algún momento del tiempo a lo largo de un prolongado
proceso evolutivo biológico... La física y la química son necesarias
para explicar el sistema nervioso central, pero son insuficientes.
Tampoco basta la biología general, puesto que necesitamos saber las
propiedades emergentes específicas y las leyes específicas del sistema
nervioso central, no sólo las que comparte con otros subsistemas
animales, como los sistemas cardiovascular y digestivo.
Dependiendo de cómo se entienda la autonomía de aquello que emerge,
respecto al sistema del que emerge, y de cómo se entienda la posibilidad
de explicar a partir de las ciencias naturales lo que emerge, se
diferencian distintas clases de dualismo de las propiedades.
Y así, hay emergentistas que entienden que el proceso de emergencia
produce algo tan radicalmente novedoso que no sólo no puede ser
explicado, o reducido, a las leyes que se aplican a las partes que lo
componen, sino que no puede ser reducido o explicado por ninguna clase
de leyes de las ciencias naturales. A esas propiedades emergentes que
muestran la anterior característica se las denomina propiedades no
naturales.
Esta forma de emergencia puede ejemplificarse con
la noción de sonidos y belleza. Ciertos sonidos pueden, al combinarse de
forma especial, producir una sinfonía musical, que puede adquirir la
propiedad de ser bella. La belleza sería algo que emerge de los sonidos
pero que no es una propiedad de los sonidos, ni tampoco una propiedad
física del conjunto de sonidos; esa autonomía respecto al sonido, que es
el sustrato material en el que se da, hace que no pueda ser explicable
desde las leyes naturales; digamos que se convierte en una propiedad
no-natural. De igual modo, la materia física, al organizarse de manera
especial, puede producir la emergencia de lo mental; lo cual no sería ya
reducible a la propia materia, aunque se asiente en ella, porque las
leyes que describen el comportamiento de la materia física, o incluso
las que describen las leyes biológicas, no sirven para describir la
forma de ser de lo mental, éste tiene un modo de ser irreductible a
leyes físicas o biológicas
Si se acepta el dualismo aparecen una serie de
problemas gnoseológicos y ontológicos.
Un primer problema gnoseológico es que, de ser el
dualismo cierto, aparentemente no podríamos conocer la existencia de
otras mentes y de otros contenidos mentales.
La razón está en que la mente y sus contenidos son
privados; luego no hay manera experimental de comprobar que exista otra
mente con sus contenidos mentales.
Podemos observar que otras personas tienen un
comportamiento similar al nuestro, e intentar inferir de ahí que, si uno
mismo realiza esos actos con la mente, entonces, si otro ser también los
realiza, eso indicaría que también tiene una mente con la que
realizarlos. Sin embargo no parece que sea necesariamente así. Por
ejemplo, un ordenador puede jugar al ajedrez tan bien como uno mismo, y
por tanto, o decimos que jugar al ajedrez se puede hacer sin mente, o
tendríamos que decimos que un ordenador tiene mente
[ix].
Por tanto, es dudoso que haya acciones, que podamos
observar en otras personas, para cuya realización necesariamente
tengamos que suponer una mente que los realiza
Desde siempre hemos damos por supuesto que las
personas que nos rodean tienen mentes y contenidos mentales. De hecho, y
porque lo damos por supuesto desde el principio, aprendemos
observándolos qué tipo de exclamaciones y gestos físicos son los
adecuados para exteriorizar muchos de nuestros sentimientos. Sin
embargo, y dado que ahora sabemos que las mentes y los contenidos
mentales de las demás personas son acontecimientos privados,
inobservables para nosotros, podemos preguntarnos si ese supuesto, el de
que existen otras mentes con sus contenidos mentales, está racionalmente
justificado o puede justificarse racionalmente.
Aparentemente, aunque no podamos observar otras
mentes de modo directo, quizá podamos deducir su existencia a partir de
los gestos y actos físicos que vemos hacer a las personas.
Por ejemplo, si vemos a Juan gritar y quejarse
inferimos que siente dolor. Aunque tanto la mente como el dolor de Juan
son privados y no podemos observarlos, si podemos observar la conducta
física de Juan, y a partir de ella inferir cuáles son los procesos
mentales que la producen.
Ahora bien, ¿es legítima esa inferencia?; es decir,
¿está bien hecha?
A menudo inferimos a partir de la observación de un
suceso B, como pueda ser la aparición de humo, la existencia de un
suceso A, como pueda ser el fuego. Y la legitimidad de nuestra
inferencia parece descansar sobre el hecho de que hemos comprobado
repetidamente en la experiencia que al hecho A —el fuego— le sigue el
hecho B —el humo.
Sin embargo, ¿hemos comprobado alguna vez en la
experiencia que al dolor de la mente de Juan le siga la conducta física
de gritar y quejarse? Pues parece que no. Porque si la mente de Juan y
su dolor son privados, jamás podemos haberlos observado, ni hemos podido
nunca comprobar que a su existencia le sucedan los gestos y
exclamaciones físicos que ahora vemos en Juan.
Por tanto, no podemos inferir legítimamente a
partir de los gestos físicos que vemos en las personas la existencia de
una mente y unos contenidos mentales que los producen, porque nunca
hemos comprobado que tal relación se de ya que la mente y sus contenidos
son privados y por tanto inobservables para un observador exterior.
Si tuviéramos una máquina que, al presionar un
botón, emitiese un sonido de queja ¿estaríamos legitimados a inferir que
siente dolor?
De todas formas, aunque jamás hemos observado ni la
mente ni los contenidos mentales de otra persona sí podemos observar los
propios por introspección.
A menudo nos damos cuenta que al sentir dolor
realizamos ciertos gestos y exclamaciones que son muy semejantes, de la
misma clase, que los que Juan hace cuando dice sentir dolor. Por tanto,
parece que cuando decimos que Juan siente dolor, por verle realizar
ciertos gestos, no lo estamos infiriéndolo de haber observado alguna vez
que el dolor de Juan, o de otra cualquiera persona, produce gestos de la
misma clase de los que realiza Juan ahora, sino de haber observado
nuestro propio dolor, y comprobado que, al sentirlo, hacemos la misma
clase de gestos y exclamaciones que realiza ahora Juan.
Sin embargo, suponer que toda mente del universo
tiene que comportarse como yo me comporto cuando siente dolor, y que
tiene que sentir lo mismo que yo cuando realiza ciertos gestos parece
excesivo.
Pero entonces, ¿está justificado suponer que los
demás tienen mente?
Cuando suponemos que los demás tienen mentes y
contenidos mentales su comportamiento, los actos físicos y gestos que
vemos en ellos, cobran un sentido que me permite predecir razonablemente
bien su comportamiento futuro.
Así, si supongo que Juan siente como yo siento
cuando le pinchan un dedo, puede suponer que al pincharle sentirá dolor,
que el dolor le disgusta, que intentará evitarlo, que apartará la mano…
Es decir, al suponer que los demás sienten como yo
siento, una buena parte del mundo, aquél que tiene que ver con el
prójimo, incluso con los animales, cobra sentido; se hace comprensible.
Y esa posibilidad de comprender el sentido de los gestos y exclamaciones
de los demás me permiten, al tenerlos en cuenta, planificar con mayor
eficacia mi comportamiento en el mundo.
Esto, a falta de algo mejor, parece servir para
justificar racionalmente mi creencia en la existencia de otras mentes y
sus contenidos mentales.
Sin embargo, el hecho de que la hipótesis de que
existan otras mentes con sus contenidos mentales sea fructífera no
demuestra aún que sea verdadera. Es decir, no demuestra que haya en la
realidad otras mentes, sólo justifique la creencia.
Si una máquina pudiera en el futuro comportarse
como un ser humano ¿no estaríamos obligados por la misma razón a decir
que siente y que piensa.
Türing consideró una prueba, denominada test de
Türing, para establecer cuando podríamos decir que una máquina piensa.
Su idea consiste en establecer un investigador humano en una habitación
de modo que pueda preguntar, y recibir las respuestas, de un ser situado
en una habitación distinta. La cuestión está en si únicamente por las
respuestas a las preguntas podríamos deducir que el ser que nos responde
es máquina o humano. En el caso de que no pudiéramos el test indicaría
que la máquina piensa.
Otras personas han considerado, en contra de lo
anterior, que en el caso de la máquina disponemos de una explicación
alternativa a su comportamiento. No hace falta suponer que tenga mente
porque conocemos los intríngulis de su construcción, y sabemos cómo
reaccionará a qué cosas. Pero respecto al ser humano aún no disponemos
de una teoría que permita reducir su comportamiento a elementos físicos.
Nos es necesario para explicar su modo de ser suponerle una mente.
Otras personas, como Searle, han puesto en duda la
efectividad del test de Türing considerando la imposibilidad de que una
máquina puede “comprender” lo que hace. Searle ha intentado ejemplificar
esto con su argumento de las habitación china.
Además, y como segundo problema, suponiendo que las demás personas
tengan experiencias mentales, no podríamos conocer nunca si sus qualias
son de la misma clase que los propios.
Para ser más concretos; ¿cómo sabemos que cuando
sentimos calor sentimos la misma clase de sensación que otra persona? O
¿cómo sabemos que cuando miramos el mismo objeto estamos viendo la misma
clase de?
Podríamos suponer que cuando uno de nosotros mira
la pizarra ve un qualia distinto al que los demás ven, sólo que lo
llamaría del mismo modo. Y así, mientras uno ve al mirar la pizarra el
color verde, otro vería el color rojo, aunque éste llama “verde” al
color rojo porque desde siempre, a todo lo que él veía de color rojo, le
dijeron que se llamaba “verde”, y viceversa
Este problema, como el anterior, se basa en la privacidad de la mente.
Un problema distinto a los anteriores es el de la comunicación de las
sustancias. Este problema ya no es gnoseológico, sino ontológico, y
se fundamenta en la no espacialidad de la mente y sus contenidos.
La cuestión viene a resumirse en cómo es posible que sustancias o
acontecimientos tan diferentes, uno es espacial y el otro no, puedan
aparentemente comunicarse entre ellos.
Si quiero mover la mano, que es algo mental, parece
que soy capaz de moverla, que es algo físico. Pero ¿cómo puede un deseo,
que no es extenso, mover algo como una mano que sí es extenso? Sabemos
que el cerebro, puede estimular la mano a través de terminaciones
nerviosas, pero la cuestión es cómo puede ser estimulado el cerebro, que
es algo físico, por algo que no es un movimiento corporal, como es un
deseo, algo que no es espacial ni extenso. Y al contrario, cómo algo que
es físico y espacial, como un pinchazo en el dedo, puede producir un
acontecimiento que no es físico como un dolor.
A lo largo de la historia los dualistas han propuesto distintas teorías
explicativas aunque todas, en general, poco convincentes.
La primera de ellas se denomina Interaccionismo.
Para esta teoría existe tanto lo físico como lo mental, y hay relación
causal entre ambos, es decir ambos interaccionan. Y así acontecimientos
físicos producen acontecimientos mentales y viceversa. Más que ser una
solución es la exposición del ideal explicativo, porque, en realidad,
no dice cómo se produce esa interacción.
La siguiente teoría dualista se denomina
Paralelismo Psicofísico, propuesta por Leibniz. Para esta postura aunque
existen ambos tipos de acontecimientos, no hay comunicación causal entre
ellos. Los acontecimientos físicos sólo pueden causar acontecimientos
físicos, y los acontecimientos mentales, sólo mentales. Sin embargo
ambos tipos de acontecimientos van sincronizados, y así cuando alguien
quiere mover una mano, que es un acontecimiento mental, ocurre que de
una manera paralela en el tiempo, pero autónoma, la mano se mueve en el
mundo físico; es como si ambos acontecimientos se pudieran representar
como dos relojes que andan sincronizados.
Una variante de la posición anterior es el
Ocasionalismo, propuesto por Malebranche. La idea es aquí que las
aparentes, que no reales, interacciones entre la materia y la mente se
producen causadas por Dios de modo directo. Cuando se da la ocasión es
Dios el que realiza la comunicación.
Una última teoría dualista se denomina
Epifenomenalismo. Esta teoría considera que existe lo físico y lo
mental. Según la teoría son los acontecimientos físicos los que producen
los acontecimientos mentales, de forma que lo físico crea lo mental. Lo
mental por su parte no tiene ninguna autonomía respecto a los
acontecimientos físicos, y se limita a ser un mero reflejo de estos,
algo así como la sombra de los acontecimientos físicos. Esta teoría
sigue sin explicar parte del problema, el modo en que comunica lo físico
con lo mental siendo tan dispares. Ni tampoco aclara como algo tan
complicado como lo mental surja en un proceso tan selectivo, como es la
evolución de las especies, sin que tenga ninguna función para la
supervivencia del individuo, ya que se limitaría a ser un mero reflejo
de lo físico. Es por eso que esta teoría tiene hoy poca aceptación.
Y de hecho, esta falta de explicación da lugar a una crítica general
al dualismo, y es que el dualismo no parece compatible con nuestra
explicación científica del mundo. La razón está en que la ciencia no
puede observar la mente o sus contenidos mentales, al ser contenidos
privados se sitúan más allá de su alcance.
La conducta, que si es pública, puede intentar explicarse a partir del
comportamiento del cerebro, sin necesidad de recurrir a lo mental. Y
como una teoría que admita la existencia de una única sustancia es mucho
más simple y sencilla que la que explique con dos, se nos ofrece otra
razón, ésta metodológica, para descartar la existencia de la mente y
sus contenidos.
Por monismo se entiende el conjunto de soluciones que afirman que
todo el universo está hecho de una única sustancia o elemento.
Dependiendo de cuál se considere que es esa sustancia se obtiene un tipo
distinto de monismo.
Para el idealismo sólo existe la sustancia mental y sus
contenidos, y por tanto, según el idealismo,
no existe la sustancia física o materia.
Cuando percibimos un objeto material, como un
edificio, una mesa, o cualquier otro, vemos colores y tenemos otras
percepciones. Pues bien, lo que existe son esas percepciones, pero en la
mente, y lo que no existe es una materia que cause las percepciones que
tenemos en la mente. Análogamente a como en los sueños, o en las
alucinaciones, las personas se representan en la mente qualias sin que
la existencia de éstos sea causada por una materia.
Una posición distinta, denominada
monismo neutral, considera que existe una única sustancia en
el universo, pero no es ni material ni mental, sino una sustancia
diferente que puede tomar el aspecto de ambas, sin que ella misma sea
ni lo uno ni lo otro. Y así, lo físico y lo mental serían propiedades
–modos de darse- de esa sustancia neutral
Sin embargo, es la teoría monista denominada materialismo la que se ha
constituido, en la actualidad, como la teoría dominante.
3.1. Materialismo.
Originariamente el materialismo sostenía que la única realidad existente
era la materia. Sin embargo, la investigación científica ha establecido
que la materia y la energía son dos aspectos de una misma realidad, de
manera que lo que el materialismo afirmará es que todo lo que
existe en el universo es físico, y por “físico” debe entenderse lo
espacial
[xii].
Existen, y han existido, distintos tipos de materialismo. La versión
materialista más influyente en la actualidad es la denominada Teoría
de la Identidad, que viene a decir lo físico y lo mental no son dos
cosas relacionadas sino que son numéricamente una y la misma cosa.
Un materialista no puede afirmar que, por ejemplo,
un sentimiento es algo producido por el cerebro, porque si A –el
cerebro- causa B –el sentimiento- entonces A es distinto de B, y por
tanto lo mental existiría como algo diferente del cerebro, que el quien
lo produce. El materialista afirma que lo físico es lo mental.
La noción clave aquí es la de “identidad”. Hay dos maneras de
entenderla, bien como lo haría el Principio de Identidad
[xiii],
o bien sólo como identidad en la referencia[xiv],
y ésta segunda manera es la más fructífera para la Teoría de la
Identidad[xv].
Existe identidad en la referencia cuando dos expresiones, que
pueden tener distinto significado, tienen el mismo referente.
Por ejemplo, la expresión “el autor del Quijote”
significa algo distinto de “el autor de las novelas ejemplares”, y
decimos que significan algo distinto porque podríamos saber que la
primera expresión se refiere a Cervantes y desconocer que la segunda
también lo hace. Cuando se dice que dos expresiones tienen identidad en
la referencia no se dice que signifiquen lo mismo, sino que se refieren
a lo mismo.
2O la
palabra “es” está indicando que aquello que se puede beber, se usa para
ducharse, es incoloro, inodoro e insípido corresponde a la fórmula
química H
2O; el agua es H2O porque “agua” y “H2O”
se refieren a lo mismo. Sin embargo, podría no haber sido así, podría
pasar que el agua no fuera H2O sino una fórmula química
diferente; y esto es así porque “H2O” no significa lo mismo
que “agua”; es la investigación científica la que ha averiguado que el
agua –que conocemos en nuestra experiencia cotidiana- corresponde
realmente a una molécula que contiene dos átomos de hidrógeno y uno de
oxigeno (H
2O).
La Teoría de la Identidad, entendida como identidad de la referencia, es
en realidad una hipótesis científica.
Y así, de igual manera que una investigación
científica establece que el agua es H
2O, cabe una
investigación científica en la que se termine por establecer si el dolor
es realmente un estado del cerebro.
Desde ese punto de vista cabe entender la identidad en la referencia
como un predicado de composición.
Como cuando se dice que el rayo es, realmente, una
descarga eléctrica. O que un sombrero que vemos en la distancia, al
estar hecho de paja, es realmente paja. En la lejanía yo no tengo porqué
conocer que el sombrero esté hecho de paja, pero si me acerco, si
investigo, puedo descubrir que, en realidad, está hecho de paja; y en
ese sentido no es más que paja.
Y así, afirmar la identidad de referencia entre mente y cuerpo indicaría
que lo que llamamos mente está realmente compuesto de un estado
cerebral.
Con eso no se dice que el dolor que se siente
signifique lo mismo que el estado cerebral, porque de hecho, una persona
puede sentir dolor y no saber que el dolor consiste en ser un estado
cerebral. Lo que se dice es que el dolor está hecho, es, un estado del
cerebro
Como crítica a este tipo de materialismo se ha señalado que el caso de
la mente y el cerebro no es del mismo tipo que el del agua y el H
2O.
Los diferencia está en que comprobamos que el agua
es H2O a través de la misma clase de experiencia. Pero en el
caso de la identificación entre el dolor y el estado neuronal nos damos
cuenta del dolor a través de la introspección, pero nos damos cuenta del
estado del cerebro por el uso de instrumentos y a través de la
experiencia visual.
Es decir, hay una discontinuidad radical entre ambas experiencias.
La experiencia del dolor se produce a través de la introspección, que es
privada, pero la ciencia natural se basa exclusivamente en la
experiencia que puede ser pública. Y por tanto, la ciencia natural no
puede observar que un dolor sea un estado neuronal simplemente porque el
dolor es, para ella, inobservable.
Eso hace que la ciencia natural nunca pueda establecer la validez, o
falsedad, de la Teoría de la Identidad, ya que no puede observar el
estado mental del dolor para poder establecer que está compuesto de un
estado cerebral.
A pesar de lo dicho el materialismo es en el presente la postura más
popular entre filósofos y científicos.
El atractivo del materialismo se encuentra en que, para muchos
filósofos, es la única postura compatible con el conocimiento
científico, ya que prescinde de cualquier entidad no material en sus
explicaciones. Sin embargo no esta, evidentemente, libre de críticas.
[i]
Existen diferentes maneras de definir "sustancia". Algo es sustancia
si es soporte, o portador, de propiedades o características, sin ser
él mismo una propiedad o una característica. También se dice que
algo es sustancia si puede existir independientemente; por tanto si
puede existir sin depender de la existencia de algo que no sea él
mismo.
[iv]
En la 2ª de las Meditaciones Metafísicas se aclara el término
“pensar”: “¿Qué soy yo, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué es una
cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que
niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente”
[vi]
Algunos autores denominan a este dualismo materialismo emergentista,
y lo sitúan dentro del monismo, ya que, a fin de cuentas, se
mantiene la existencia de una única sustancia: la física.
[viii]
También irreductible a leyes psicológicas, y en ese caso libre.
[ix]
Esta última posibilidad es defendida, en el presente, por varios
pensadores
[x] Sin embargo el daltonismo no sería problema. El
daltonismo es la incapacidad de hacer ciertas discriminaciones de
color, en general entre el rojo y el verde; un daltónico los percibe
igual. En este caso si podemos convencerle de que él ve mal. Ya que
si cogemos tarjetas de ambos colores en el anverso y un número en el
reverso y las ordenamos por el color, el daltónico podría ver que
siempre acertamos, como si realmente viéramos un color que él no ve.
Pero en el caso que nos ocupa la cuestión es distinta.
[xi]
El monismo neutral ha sido criticado señalando que introduce una
sustancia nueva nunca vista, de la cual no hay ninguna evidencia,
luego en vez de solucionar el problema parece que lo agrava.
[xii]
Que una realidad sea espacial no significa que tenga que sea
localizable con exactitud en el espacio. Los electrones, por
ejemplo, pueden tener una localización probabilística en el espacio;
pero sea de un modo u otro “están” en el espacio.
[xiii]
“A” es idéntico a “B” sii las propiedades de “A” son las mismas que
las de “B”
[xiv]
Clarificada por el lógico alemán Gottlob Frege.
[xv]
Así la entiende su primer formulador U. T. Place en “¿Es la
conciencia un proceso cerebral?
Esta página se
actualizó por última vez el
18/03/2010