Acotar el campo de la ética ha tenido, y tiene, dificultades. Algunos
filósofos considerarán que no existe tal cosa como un hecho moral,
distintivo y diferenciado de otra clase de hechos, susceptible de ser
estudiado de forma separada.
Una manera usual de salvar esta dificultad es acotar el campo de la
ética a través de las oraciones del lenguaje.
Enunciados como “la casa es de color verde”, “El
Sol es una estrella”, “Juan es alto”..., son enunciados acerca del
mundo, acerca de lo que es. Sin embargo, enunciados como “Se debería
instaurar la pena de muerte de España para delitos terroristas” es un
enunciado que no describe cómo es la realidad, sino cómo debería de ser;
análogamente, el enunciado “EEUU no debió lanzar la bomba atómica en
Hiroshima” es un enunciado que aunque no dice cómo debería de ser la
realidad enuncia, hacia el pasado, que la realidad no debería de haber
sido como fue.
Y así, definiremos un enunciado ético como aquel
que contiene, o entraña, las expresiones: “deber moral”, “moralmente
bueno”, o expresiones sinónimas de éstas.
El enunciado “está mal que Juan pegue a su hermano”
no incluye ni la expresión “deber moral” ni “moralmente bueno”, sin
embargo parece traducible sin pérdida de significado en el enunciado
“Que Juan pegue a su hermano no es moralmente bueno”.
Este modo de proceder no es el ideal. Pero representa una ventaja
fundamental, consigue acotar el tipo de enunciados sobre el que se desea
una teoría sin comprometerse con una teoría previa que defina el
significado de esas expresiones claves.
De hecho, dar significado a esas expresiones claves va a ser uno de los
temas favoritos de discusión de los filósofos morales.
Por moral entendemos el tipo de acciones, valores,
actitudes ..., que siendo susceptibles de calificación moral, es decir
de formar enunciados éticos, son adoptados por las personas a lo largo
de su vida.
Mientras que por ética entendemos la reflexión
racional sobre la moral.
Es decir, las personas tienen una vida en la que se
enfrentan a situaciones y decisiones de corte moral. Por ejemplo, se
encuentran en la necesidad de decidir entre realizar actos que
consideran “moralmente buenos o malos”, como cuando se encuentran una
cartera perdida en la que se incluye, además del dinero, la dirección
del propietario. Tomar decisiones morales es vivir la vida moral, cada
cual vive su propia vida moral, y puede vivirla utilizando la razón para
conseguir sus fines.
Además de eso, la persona, puede realizar una
reflexión racional sobre la moral, en la que ya no se plantee cómo es
su vida moral, sino que reflexione, por ejemplo, en qué significa
“bueno moral”, o sobre si existe un principio capaz de unificar todas
esas conductas que a uno le parecen “moralmente buenas” de modo que
tenga la clave para que, en situaciones morales poco claras, pueda saber
qué es lo moral...
Dentro de la ética se distinguen dos ramas.
La ética normativa, que intentaría
establecer dos cosas; primero qué tipo de cosas son moralmente buenas, y
segundo cuáles sean los principios morales que se deben seguir para
realizar el bien moral.
Establecer qué cosa sea el bien moral ha sido una
investigación, en general, muy cercana a establecer cuál sea el
objetivo, consciente o no, de las personas que hacen el bien. Algunos
pensarán que tal objetivo es la conseguir el placer, otros pensarán que
es autorrealizarse como personas, o hacer real lo que es valioso en sí
mismo...
Encontrar el principio moral, o principios morales,
es establecer cuál sea el enunciado ético general del que se pueden
deducir las demás leyes y normas morales. Por ejemplo, la afirmación
moral: “Juan no debe torturar animales” parece que tiene menor extensión
que la que afirma “Nadie debe torturar seres vivos”; de modo que de la
afirmación de ésta última cabe inferir la que se refiere a Juan. Ahora
bien, aún podemos preguntar si la afirmación “Nadie debe torturar
animales” es la afirmación ética más general, o si podemos incluirla
dentro de otra afirmación más general de la que podamos deducirla, por
ejemplo, “No hagas a los demás seres sintientes lo que no te gustaría
que te hicieran a ti”. En este sentido, de lo que se trata, es de
encontrar aquel principio moral del cual las demás normas y leyes
morales sólo son particularizaciones
[i].
Y la metaética, que se ocuparía de
establecer, por un lado, cuál es el significado de los términos y
expresiones éticas tales como “deber moral”, “moralmente bueno”..., y
por otro, y a partir de ese significado, intentaría explicar cómo deben
de justificarse los enunciados éticos para entender que, en efecto, está
justificado aceptarlos
[ii].
En el campo de la ciencia no hay ningún problema
cuando un científico quiere, por ejemplo, establecer el enunciado que
afirma que la temperatura de un líquido es X. Simplemente se comprueba a
través de la experiencia visual. En cambio, en el campo de la ética, no
está nada claro cuando debemos aceptar que un hecho físico que vemos es,
o no, inmoral; al menos no está claro hasta que hemos definido qué
significan los términos éticos.
Si vemos cómo alguien dispara una pistola contra
otra personas podemos describir físicamente el hecho sin encontrar algo
así como una cosa física “inmoral” por la cuál podamos llamar al hecho
inmoral. Sin embargo, si contamos ya con una definición de qué sea
“inmoral”, por ejemplo si entendemos por “inmoral” “aquello que produce
dolor”, entonces sí contamos con un criterio que nos permite establecer
que el hecho es inmoral.
La metaética realiza el examen más radical
posible de los supuestos de cualquier ética normativa. Ya que, cuando la
ética normativa establezca que un cierto principio es moral, la
metaética deberá establecer qué significa “moral” para que tal principio
sea, realmente, moral.
Que la metaética pretenda establecer el significado
de las expresiones morales no hay que entenderlo en el sentido de que
pretenda estipular cómo deberíamos utilizar tales expresiones. Su
labor es la de informar de cómo las usamos, de cuál sea su
significado, en el lenguaje, no de cuál debería ser.
Hay una diferencia en decir que “bueno” significa
“placentero para uno mismo”, a decir que “bueno” debería significar
“placentero para uno mismo”. En el segundo caso no se está informando
de qué significado tiene la palabra “bueno” para las personas, sino que
se señala con qué significado deberíamos utiliza la palabra bueno. Es
decir, se está proponiendo una estipulación, o reformulación, del
significado de “bueno”,
Hay tres posturas clásicas en Metaética.
Para el naturalismo los términos y expresiones éticas serían
traducibles, sin ninguna pérdida en su significado, a enunciados
empíricos, de la misma clase sobre los que trabajan las ciencias
naturales.
De la misma forma que en las oraciones enunciativas
que usan la palabra “kilómetro” se puede sustituir esa expresión
por la de “mil metros” sin que se pierda el significado, es decir, sin
que ninguna de las oraciones sustituidas cambien de valor de verdad.
Para el naturalismo los enunciados éticos pueden ser confirmados o
refutados de la misma manera que los enunciados empíricos; a través de
la experiencia.
Supongamos que la expresión “ X es bueno”
signifique “X causa el máximo de placer y el mínimo de dolor a la
mayoría de los seres humanos”. En esas circunstancias podemos intentar
establecer el valor de verdad del enunciado que diga “Debemos lanzar la
bomba atómica sobre Hiroshima” calculando el número de muertes que esa
acción produciría, y compararlo con el número de muertes que se
producirían de continuar la guerra y que ésta terminase sin utilizar la
bomba. En esas circunstancias estableceríamos la verdad, o falsedad, del
enunciado moral a través de nuestro conocimiento empírico del mundo
Respecto a qué signifiquen concretamente las expresiones éticas, eso
depende del tipo del naturalismo que se trate, ya que el naturalismo es
una corriente que integra muy diferentes filosofías éticas.
Por ejemplo, algunos filósofos han considerado que
“X es moralmente bueno” significa “Yo apruebo X”; otros han considerado
que significa “La mayoría de la gente aprueba X”; y también que “Un
observador ideal, entendiendo por tal alguien imparcial y con
conocimiento completo, lo aprueba”. En todos esos casos lo que hace que
X sea bueno no es una cualidad de la cosa, no está en X, sino que está
en la relación de X con alguien. Sin embargo la corriente naturalista
más famosa viene a indicar que “X es bueno” significaría “X promueve la
máxima felicidad ...” y dependiendo de la escuela se terminaría la
oración señalando “para mi”, “para todos”, “a la larga”...
Una segunda teoría metaética se denomina no naturalismo, y señala
que las expresiones éticas no designan propiedades que puedan ser
observadas a través de la experiencia; es decir, a través de los órganos
sensoriales.
De una manera análoga a cuando nos piden que
definamos un color. Podemos hacerlo señalando su longitud de onda, pero
supongamos que nos piden que definamos la cualidad del rojo, es decir,
la “rojez”. Posiblemente no podamos decir nada, más que limitarnos a
señalar las cosas naturales que muestran ese cualidad de color. De igual
manera no se puede dar una definición verbal de las propiedades no
naturales, sólo cabe señalar la situación dónde se dan, y confiar en que
la persona que observa sea capaz de “captarlas”, con el añadido de
dificultad de que, al menos el rojo es una cualidad natural, pero una
propiedad moral no lo es.
Por eso, las expresiones éticas, no pueden ser definidas en términos que
no contengan a su vez otros términos éticos; es decir, no pueden ser
definidas en términos naturales.
El no naturalismo piensa que los términos y
expresiones éticas pueden ser definidas utilizando otros términos y
expresiones éticas. Por ejemplo, si definimos “X es bueno” como “X es
deseable”, tendríamos que “deseable” significaría “debe ser deseado” y
por tanto utilizaríamos la palabra “debe”, que es un término moral, para
definir “bueno”. Para el no naturalista no es posible definir una
expresión moral en términos de seres naturales, por la justa razón de
que la expresión moral designa algo no natural.
De ahí el nombre de “no naturalismo”, para indicar que no son
propiedades naturales, de hecho, muchos filósofos han acuñado el término
“valor” para diferenciar estas propiedades no naturales de las naturales
[iii].
Y así se hablaría no sólo de valores morales, sino
de valores estéticos o religiosos. La axiología sería la rama de la
filosofía que estudiaría ese modo tan peculiar de darse que tienen los
valores.
Para fundamentar su posición el no naturalismo ha
recurrido a un argumento, denominado falacia naturalista, para
mostrar la imposibilidad de que el naturalismo tenga razón.
El argumento viene a señalar que después de conceder al naturalista que
“X es bueno” signifique cualquier expresión natural, aún podemos
preguntarnos con sentido si esa propiedad natural es realmente “buena”.
Por ejemplo, supongamos que aceptamos que “X es
bueno” significa “X promueve la máxima felicidad”, aún podríamos
preguntar significativamente si la felicidad es buena.
Lo que el naturalista estaría haciendo no es describir cómo utilizamos
la palabra “bueno”, sino estipulando una definición —la definición
naturalista— de esa palabra. Y la clave para darnos cuenta de que es así
está en que aún después de aceptar la estipulación aún tiene sentido si
esa propiedad natural es buena.
En cualquier caso, si los términos éticos se refieren a propiedades no
naturales, que son propiedades que no podemos percibir a través de
nuestros órganos sensoriales, entonces se plantea la cuestión de cómo
conocemos su existencia.
Hay dos clases de respuesta a esa cuestión.
Los filósofos no naturalistas, de orientación racionalista,
piensan la aprensión de esas propiedades no naturales, o valores, se
produciría a través de una captación racional. Lo que daría lugar
a afirmar que las proposiciones morales son proposiciones sintéticas a
priori.
En cambio, para otro grupo de filósofos denominados intuicionistas,
la anterior teoría es excesivamente intelectualista. Según estos
filósofos las propiedades éticas se captarían en una intuición no
sensible denominada “intuición emocional".
La manera de conocer que matar es malo, por
ejemplo, no es a través de un acto de la razón, o del entendimiento, ni
por supuesto de la percepción sensible, ya que “malo” no es un objeto
natural, sino de una intuición emocional; es decir, la comprensión del
que se está matando a alguien produce en nosotros una emoción, a través
de la cual estamos en la seguridad de que tal acción es mala.
La tercera corriente metaética es el no
cognoscitivismo. Lo que distingue esta teoría de las anteriores es que
considera que los enunciados morales no son proposiciones, y que, por
tanto, no forman enunciados que puedan ser verdaderos o falsos.
No todos los enunciados de la lengua son oraciones
enunciativas. Las oraciones imperativas o exclamativas producen
comunicación pero no son veritativas. Por ejemplo, “Vete al cine”, o
“¡Ay!” no son oraciones veritables. El no cognoscitivismo considera que
las oraciones que incluyen términos éticos son de esa clase.
La función de las oraciones morales varía
dependiendo de la teoría no cognoscitivista que se trate.
El emotivismo ético, por ejemplo, considera
que las oraciones morales pretenden expresar los sentimientos y
actitudes del hablante, y, al hacerlo, influir en la conducta de los
demás. Por tanto los enunciados éticos serían, gramaticalmente hablando,
enunciados exclamativos.
Y así, una oración como “Matar es malo” no sería ni
verdadera ni falsa, sólo se limitaría a expresar que el que la enuncia
siente un sentimiento de desagrado ante los asesinatos. De forma similar
a cuando decimos “¡Viva!” o “Hurra”!, que son oraciones en las que
expresamos nuestro sentimiento a través de una exclamación.
La razón de realizar oraciones morales estriba en
que, en muchas ocasiones, las demás personas muestran sentimientos y
actitudes que colisionan con la propia. Sin embargo, al emitir nuestro
sentimiento en voz alta, podemos intentar influir en la actitud de los
demás haciendo, por simpatía y otros mecanismos psicológicos, que los
demás sientan lo mismo que nosotros; es decir, consiguiendo influir en
su actitud.
El prescriptivismo ético
[iv]
considera, por su parte, que los enunciados morales expresan órdenes,
que su función es la de prescribir un determinado curso de acción
universal, y que gramaticalmente el enunciado moral sería una oración
imperativa.
Y por tanto, cuando decimos la oración “Matar es
malo” estaríamos emitiendo de modo encubierto una prescripción, un
mandato o una orden. Y así, la oración anterior sería sinónima de
aquella que dice “No mates”,
Para esta teoría los enunciados morales son
prescripciones universales. Es decir, la afirmación que dice “Juan no
debe matar a Pedro” vendría a significar “Si Juan mata a Pedro
desobedecía una prescripción universal en la que yo estoy de acuerdo”.
Con independencia de que tengamos una
definición de qué signifique “bien” o “bueno”, la teoría del bien
tratará de indicar a qué cosas es aplicable esa definición; es decir,
qué cosas son buenas.
Las teorías del bien distinguen de modo
claro entre bien intrínseco y bien instrumental. Un bien instrumental es
aquel que se desea como medio para conseguir un bien intrínseco. El bien
intrínseco no se desea como medio para otra cosa, sino por sí mismo.
Por ejemplo, alguien puede desear conseguir dinero
como medio para ser feliz. El dinero sería un bien instrumental, pero no
un bien intrínseco, ya que no se desea por sí mismo, y así, en el caso
de un náufrago —Robinsón Crusoe— el dinero no serviría para nada y no
sería deseado.
En cambio, preguntar para qué se desea ser feliz
parece que carece de sentido. Las personas no desean ser felices para
algo, simplemente desean ser felices porque serlo es un bien en sí
mismo.
Generalmente se ha considerado que uno, si no el único, de los bienes
intrínsecos es la felicidad. Y aunque establecer en qué consista
la felicidad produce controversias, en general se la asocia con la
noción de felicidad a la de placer. Hasta el punto de que una de las más
importantes teorías de bienes va a consistir en identificar ambos
conceptos considerando al placer como el bien supremo.
El hedonismo ético es la teoría que sólo el placer, y la ausencia
de displacer
[v],
son bienes intrínsecos, y por tanto el placer, y la ausencia de dolor,
sería el bien supremo
Existen numerosas fuentes de placer, que además
proporcionan clases de placer distintos. De hecho, el hedonista, no
suele considerar que los mejores placeres sean los placeres sensuales,
como beber, comer y las relaciones sexuales; él se refiere a toda clase
de placeres, incluidos los que puedan provenir de escuchar un concierto
de Bach, escribir poemas, contemplar cuadros..., y por eso dependiendo
de cómo sea su educación, carácter y posibilidades, el hedonista intenta
conseguir clases distintas de placer, pero en la idea de que sólo el
placer es un bien en sí mismo.
Y así, si, por ejemplo, una música hermosa no es
valiosa por sí misma, sino que lo es sólo en tanto que bien instrumental
que produce en quien la escucha lo único bueno en sí mismo; el placer.
De igual modo, el hedonista, en ocasiones realiza
actos que no le proporcionan placer, sino displacer, pero los realiza
sólo en la medida en que considera que hacerlos le proporcionará, a la
larga, un mayor placer, o una mayor ausencia de displacer, que la que le
acontecer por hacerlos. Y así, el potencial de futuro placer, o ausencia
de displacer, es algo que el hedonista inteligente lleva en
consideración a la hora de “calcular” qué le interesa hacer.
Como contraposición al hedonismo ético se
encuentran una serie de filósofos que no niegan, en general, que le
placer sea bueno en sí; lo que niegan es que el placer sea el único bien
intrínseco. A esta posición ética se la denomina pluralismo ético.
Los candidatos a unirse al placer como bienes
intrínsecos son varios. Se ha señalado el conocimiento, las cualidades
morales —honestidad, amabilidad, fidelidad, ...— la fama —por ejemplo
ser recordado después de la muerte— la autorrealización.
Sin embargo, el hedonista ético viene a considerar
que el único bien intrínseco es el placer, y que los posibles bienes
intrínsecos señalados no son más que instrumentos para conseguir el
placer.
Es claro que el conocimiento es algo útil para la
vida, pero aun suponiendo que saber, por ejemplo, de donde procede el
universo no añadiera nada al goce de la vida, algunas persona consideran
que desean saberlo; pero si no lo desean saber por conseguir placer —ya
que nada consiguen— entonces es que lo desean por sí mismo. El hedonismo
diría que saber el origen del universo si produce placer por sí mismo, y
por eso es bueno.
Cualidades morales, como la valentía, la fortaleza,
la generosidad, etcétera, también se han postulado como bienes
intrínsecos. Por ejemplo, el carácter bondadoso de una persona que
sacrifica su vida por otra. El hedonismo ha señalado que quien hace eso
es porque salvar esa vida le proporciona a quien lo hace un tremendo
placer, y no sacrificarse por otra persona le proporcionaría un tremendo
displacer en modo de remordimientos y autoculpabilidad, luego si se
sacrifica es por el único bien; el placer.
El animo de ser famoso después de muerto no parece
indicar deseo de placer, ya que después de muerto uno nada le place. Sin
embargo el hedonismo señala que quien se sacrifica y muere para ser
recordado obtiene el saldo de placer al hacerlo, al pensar que será
recordado; es eso lo que le proporciona placer, y por eso lo hace.
Autorrealizarse viene a indicar que una persona
lleve a la perfección, realice, aquello que lleva dentro, en su
naturaleza; en el adagio de Píndaro “llegar a ser el que eres”. El
hedonismo, de nuevo, considera que quien realiza eso, sólo lo hace, en
la medida en que piensa que conseguirlo le es placentero.
Una crítica general al hedonismo ha
considerado que éste llega a convertirse en una teoría psicológica que
afirma que todo lo que el ser humano hace lo hace necesariamente debido
al placer. Pero al hacer esto se convierte en una teoría no falsable. Ya
que, al ser capaz de explicar toda conducta imaginable apelando al
placer como fuente de motivación, impide imaginar una situación en que
pudiera demostrarse que el hedonismo el falso.
De hecho el hedonismo consigue explicar toda la
conducta humana haciendo que, por definición, lo único que pueda mover
al ser humano sea el placer. Si se define “querer” como sinónimo de
“búsqueda del placer” entonces no es posible querer algo y no querer el
placer de realizarlo. Pero tal definición no sólo es arbitraria, sino,
además, epistemológicamente descartable por su no falsabilidad.
4.2
Teorías de la Obligación, o de la Conducta Moral.
Con independencia de qué cosas se consideren que
son buenas intrínsecamente, cabe preguntar qué principios y leyes
morales deben seguirse para realizarlas; de esto se encargan las teorías
de la obligación.
Existen dos maneras de establecer tales
principios y leyes morales.
La primera manera se denomina
deontologismo, y considera que para establecer las normas morales
basta con fijarse en la clase o naturaleza del acto que se trata. Para
el deontologismo las normas morales se establecen como tales sin tener
que acudir a los resultados de la acción.
Así, por ejemplo, se conoce que asesinar está mal
sin tener que observar cuáles sean los resultados del asesinato. Es
decir, con independencia de que nos beneficiemos o dejemos de
beneficiarnos, con independencia de que matar tenga los resultados que
tenga, matar está mal. Y para conocerlo no es necesario, y hasta puede
ser perjudicial, comprobar los resultados de esa acción en la
experiencia.
Existen diversas propuestas de principios morales dentro del
deontologismo. Una de ellas se denomina Regla de Oro, y viene a
señalar “Haz a los demás lo que quisieras que ellos hicieran por ti”, o
en su versión negativa “No hagas a los demás lo que no quieres que te
hagan a ti
A la Regla de Oro se le ha criticado su poca
claridad. Por ejemplo, si a mi no me gusta recibir regalos en Navidad
¿no debo regalarlos? Si a una persona se dedica a robar cajas de
caudales y me pide ayuda ¿debo ayudarle ya que a mi me gustaría que me
ayudasen?
Sin embargo el principio moral deontologista más nombrado es el
Imperativo Categórico de Kant. Este imperativo, que también presenta
varias versiones, viene a decir: “Obra de acuerdo a una máxima de acción
tal que puedas querer que se convierta en ley universal”.
Las críticas a los principios deontologistas van a intentar señalar que
tales principios sólo consiguen enunciar que hay que ser imparcial, pero
no consiguen señalar qué leyes son morales.
La segunda manera de establecer los principios
morales se denomina teleológica. Para el teleologismo es
necesario acudir a los resultados de las normas para establecer cuáles
de ellas son morales.
Y así, por ejemplo, para conocer que matar está mal
es necesario comprobar en la experiencia que realizar tal norma no
consigue hacer real el bien moral. Pero no se puede conocer tal cosa sin
acudir previamente a la experiencia.
En general suele diferenciarse dos tipos de teleologismo. El primero se
denomina egoísmo ético, y considera que uno está obligado a
realizar una acción sólo cuando hacerlo consiga hacer máximo el bien
intrínseco personal.
Por ejemplo, si ese bien es el placer uno sólo está
moralmente obligado a conseguir el máximo de placer para uno mismo. Y
por tanto, para establecer las normas morales hay que saber qué cosas de
la experiencia proporcionan el placer. Así, una norma será moral, cuando
debido al resultado de aplicarla en la experiencia.
Un egoísta ético podría considerar que “robar
cuando piensa que no le observan” no es una norma moral no porque le
preocupe robar, sino porque pudiera pasar que no se diera cuenta de que
le están viendo y, por poco beneficio, se arriesgue a ir a la cárcel una
temporada larga.
El egoísta ético no tiene porqué ser necesariamente
hedonista. Puede ser pluralista, o considerar que el bien está sólo en
conseguir el conocimiento, o en las cualidades morales de su carácter, o
en lo que sea. Por ejemplo, una egoísta ético puede considerar que lo
único valioso es su adquisición de conocimiento; su doctrina será,
además, teleológica si recurre a la experiencia para establecer qué
normas seguir para conseguirlo.
La segunda, y más importante, clase de teorías éticas teleológicas son
las utilitaristas.
El utilitarismo considera que un acto, o norma, está moralmente
obligado seguirlo conlleva, de entre todas las alternativas posibles, la
realización de la mayor cantidad de bien intrínseco.
Y así, por ejemplo, si el bien intrínseco que se
trata es el placer y la ausencia de displacer, entonces, que un rico
reparta su dinero entre los necesitados es un acto moralmente bueno, ya
que, aunque él pierde posibilidades de conseguir placer, sin embargo hay
una gran mayoría de personas que gana en placer, luego el saldo total de
la acción es positivo.
Dentro del utilitarismo hay dos versiones fundamentales. La primera se
denomina utilitarismo del acto. Esta teoría considera que la
persona debe realizar el acto que, de entre los posibles, haga mayor la
cantidad de bien intrínseco.
Si una persona conoce el delito de un millonario
podría considerar si debe chantajearlo y dar el dinero del chantaje a
los pobres, o entregarlo a la policía. En el primer caso las
consecuencias serían que habría una gran cantidad de felicidad, ya que
los pobres saldrían ganando y el millonario no sufriría ir a la cárcel.
Las consecuencias del segundo acto serían la de producir el displacer
del millonario, que iría a la cárcel, y nadie saldría beneficiado. En
esas circunstancias el utilitarista del acto señalaría que se debe
chantajear al millonario, ya que el principio de acción es el de hacer
el acto que mayor cantidad de bien intrínseco —en este caso placer—
produce.
Como alternativa, el utilitarismo de la regla, señalaría que la
persona debe aplicar la regla moral que, de aplicarla todo el mundo y en
toda circunstancia, produjese una mayor cantidad de bien intrínseco.
Y así, una persona puede considerar si debe de
mentir en un caso concreto en el que parece que sería el acto que más
bien intrínseco produciría. Por ejemplo, si ha habido un accidente donde
el conductor está cercano a morir y pregunta si sus seres queridos han
sobrevivido; en esas circunstancias, y si la realidad es que no lo han
hecho, parece que la mentira piadosa produciría una mayor cantidad de
bien. Sin embargo, si todo el mundo pudiera mentir en determinadas
circunstancias, el efecto global sobre la sociedad produciría menor bien
intrínseco que el mantener la norma. Por eso, y para este utilitarismo,
una norma es moral cuando el saldo de bien intrínseco de aplicarla de
forma general es mayor que el no hacerlo.
En general se ha considerado al utilitarismo de la regla como un intento
de mediar entre las teorías teleológicas y deontológicas de la
obligación moral. Lo que le da ese aspecto intermedio es que, para esta
teoría, no sólo importan los resultados de la acción, sino la clase de
acción —la regla— de que se trata.
[i]
En ocasiones no diferenciar entre las distintas clases de enunciados
morales puede dar lugar a equívocos. Por ejemplo, en una cultura
determinada puede ser una norma moral aquella que dice “Los ancianos
deben ser abandonados a su suerte cuando no son capaces de seguir la
marcha del grupo”, mientras que en otra cultura puede ser norma
moral algo así como “No se debe abandonar a ningún anciano a su
suerte”. Aparentemente hay una contradicción entre ambas normas. Sin
embargo, si consideramos que la primera es una norma producida en
una cultura nómada donde, en el caso de no poder seguir a los
rebaños, se pone en peligro la supervivencia de todo el grupo
social, y la segunda una norma establecida en una sociedad
sedentaria donde no existe ese riesgo, entonces quizá puedan
compatibilizarse ambas normas bajo una misma ley moral que podría
quizá enunciarse como “No se abandonará a ningún anciano a su suerte
mientras no se ponga en peligro la supervivencia del grupo” de forma
que las anteriores normas sólo sean particularizaciones ajustadas a
medios ambientes distintos de esa ley moral.
[ii]
Algunos filósofos incluyen dentro de la metaética la ocupación de
establecer cómo se produce el conocimiento mora; sin embargo, y en
sentido estricto, esa labor pertenecería a la gnoseología.
[iii]
Por último, una variante del no naturalismo de características
distintivas es el sobrenaturalismo. Para esta posición “X es bueno”
significa “X es querido por Dios”, y así el procedimiento de
adquisición de conocimiento ético podría ser la revelación.
[v]
La palabra “displacer” conlleva sensaciones que, aunque
desagradables, no parece que llegan a lo que denominamos “dolor”;
por ejemplo, esperar una cola de gente es displacentero, pero no
doloroso.
[vi]
En realidad existen distintas versiones de la regla. Una versión que
intenta conjugar el aspecto negativo y positivo dice: “Compórtate
con los demás como si tú tuviera que vivir los efectos de tu acción”
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18/03/2010