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Ética

 

 

1.     Introducción.

2.     Las Ramas de la Ética.

3.    Teorías Metaéticas.

4.     Ética Normativa.

4.1     Teoría del Bien.

4.2     Teorías de la Obligación o de la Conducta Moral.

 

Introducción Filosofía
Identidad y Cambio
Filosofía de la Mente
Apariencia y Realidad
Gnoseología
Fuentes Directas
Fuentes Indirectas
Epistemología
La Actividad Científica
Lenguaje Natural
Lógica Enunciados
Tablas de Verdad
Ética

1.          Introducción.

Acotar el campo de la ética ha tenido, y tiene, dificultades. Algunos filósofos considerarán que no existe tal cosa como un hecho moral, distintivo y diferenciado de otra clase de hechos, susceptible de ser estudiado de forma separada.

Una manera usual de salvar esta dificultad es acotar el campo de la ética a través de las oraciones del lenguaje.

Enunciados  como “la casa es de color verde”, “El Sol es una estrella”, “Juan es alto”..., son enunciados acerca del mundo, acerca de lo que es. Sin embargo, enunciados como “Se debería instaurar la pena de muerte de España para delitos terroristas” es un enunciado que no describe cómo es la realidad, sino cómo debería de ser; análogamente, el enunciado “EEUU no debió lanzar la bomba atómica en Hiroshima” es un enunciado que aunque no dice cómo debería de ser la realidad enuncia, hacia el pasado, que la realidad no debería de haber sido como fue.

Y así, definiremos un enunciado ético como aquel que contiene, o entraña, las expresiones:  “deber moral”, “moralmente bueno”, o expresiones sinónimas de éstas.

El enunciado “está mal que Juan pegue a su hermano” no incluye ni la expresión “deber moral” ni “moralmente bueno”, sin embargo parece traducible sin pérdida de significado en el enunciado “Que Juan pegue a su hermano no es moralmente bueno”.

Este modo de proceder no es el ideal. Pero representa una ventaja fundamental, consigue acotar el tipo de enunciados sobre el que se desea una teoría sin comprometerse con una teoría previa que defina el significado de esas expresiones claves.

De hecho, dar significado a esas expresiones claves va a ser uno de los temas favoritos de discusión de los filósofos morales.

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2.          Las ramas de la ética.

Es clásico diferenciar entre ética y moral.

Por moral entendemos el tipo de acciones, valores, actitudes ...,  que siendo susceptibles de calificación moral, es decir de formar enunciados éticos, son adoptados por las personas a lo largo de su vida.

Mientras que por ética entendemos la reflexión racional sobre la moral.

Es decir, las personas tienen una vida en la que se enfrentan a situaciones y decisiones de corte moral. Por ejemplo, se encuentran en la necesidad de decidir entre realizar actos que consideran “moralmente buenos o malos”, como cuando se encuentran una cartera perdida en la que se incluye, además del dinero, la dirección del propietario. Tomar decisiones morales es vivir la vida moral, cada cual vive su propia vida moral, y puede vivirla utilizando la razón para conseguir sus fines.

Además de eso, la persona, puede realizar una reflexión racional sobre la moral, en la que ya no se plantee cómo es su vida moral, sino que reflexione, por ejemplo, en qué significa “bueno moral”, o sobre si existe un principio capaz de unificar todas esas conductas que a uno le parecen “moralmente buenas” de modo que tenga la clave para que, en situaciones morales poco claras, pueda saber qué es lo moral...

Dentro de la ética se distinguen dos ramas.

La ética normativa, que intentaría establecer dos cosas; primero qué tipo de cosas son moralmente buenas, y segundo cuáles sean los principios morales que se deben seguir para realizar el bien moral.

Establecer qué cosa sea el bien moral ha sido una investigación, en general, muy cercana a establecer cuál sea el objetivo, consciente o no, de las personas que hacen el bien. Algunos pensarán que tal objetivo es la conseguir el placer, otros pensarán que es autorrealizarse como personas, o hacer real lo que es valioso en sí mismo...

Encontrar el principio moral, o principios morales, es establecer cuál sea el enunciado ético general del que se pueden deducir las demás leyes y normas morales. Por ejemplo, la afirmación moral: “Juan no debe torturar animales” parece que tiene menor extensión que la que afirma “Nadie debe torturar seres vivos”; de modo que de la afirmación de ésta última cabe inferir la que se refiere a Juan. Ahora bien, aún podemos preguntar si la afirmación “Nadie debe torturar animales” es la afirmación ética más general, o si podemos incluirla dentro de otra afirmación más general de la que podamos deducirla, por ejemplo, “No hagas a los demás seres sintientes lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. En este sentido, de lo que se trata, es de encontrar aquel principio moral del cual las demás normas y leyes morales sólo son particularizaciones

[i].

Y la metaética, que se ocuparía de establecer, por un lado, cuál es el significado de los términos y expresiones éticas tales como “deber moral”, “moralmente bueno”..., y por otro, y a partir de ese significado, intentaría explicar cómo deben de justificarse los enunciados éticos para entender que, en efecto, está justificado aceptarlos

[ii].

En el campo de la ciencia no hay ningún problema cuando un científico quiere, por ejemplo, establecer el enunciado que afirma que la temperatura de un líquido es X. Simplemente se comprueba a través de la experiencia visual. En cambio, en el campo de la ética, no está nada claro cuando debemos aceptar que un hecho físico que vemos es, o no, inmoral; al menos no está claro hasta que hemos definido qué significan los términos éticos.

Si vemos cómo alguien dispara una pistola contra otra personas podemos describir físicamente el hecho sin encontrar algo así como una cosa física “inmoral” por la cuál podamos llamar al hecho inmoral. Sin embargo, si contamos ya con una definición de qué sea “inmoral”, por ejemplo si entendemos por “inmoral” “aquello que produce dolor”, entonces sí contamos con un criterio que nos permite establecer que el hecho es inmoral.

La metaética realiza el examen más radical posible de los supuestos de cualquier ética normativa. Ya que, cuando la ética normativa establezca que un cierto principio es moral, la metaética deberá establecer qué significa “moral” para que tal principio sea, realmente, moral.

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3.          Teorías Metaéticas.

Que la metaética pretenda establecer el significado de las expresiones morales no hay que entenderlo en el sentido de que pretenda estipular cómo deberíamos utilizar tales expresiones. Su labor es la de informar de cómo las usamos, de cuál sea su significado, en el lenguaje, no de cuál debería ser.

Hay una diferencia en decir que “bueno” significa “placentero para uno mismo”, a decir que “bueno” debería significar “placentero para uno mismo”. En el segundo  caso no se está informando de qué significado tiene la palabra “bueno” para las personas, sino que se señala con qué significado deberíamos utiliza la palabra bueno. Es decir, se está proponiendo una estipulación, o reformulación, del significado de “bueno”,

Hay tres posturas clásicas en Metaética.

Para el naturalismo los términos y expresiones éticas serían traducibles, sin ninguna pérdida en su significado, a enunciados empíricos, de la misma clase sobre los que trabajan las ciencias naturales.

De la misma forma que en las oraciones enunciativas que usan la palabra “kilómetro” se puede sustituir esa expresión por la de “mil metros” sin que se pierda el significado, es decir, sin que ninguna de las oraciones sustituidas cambien de valor de verdad.

Para el naturalismo los enunciados éticos pueden ser confirmados o refutados de la misma manera que los enunciados empíricos; a través de la experiencia.

Supongamos que la expresión “ X es bueno” signifique “X causa el máximo de placer y el mínimo de dolor a la mayoría de los seres humanos”. En esas circunstancias podemos intentar establecer el valor de verdad del enunciado que diga “Debemos lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima” calculando el número de muertes que esa acción produciría, y compararlo con el número de muertes que se producirían de continuar la guerra y que ésta terminase sin utilizar la bomba. En esas circunstancias estableceríamos la verdad, o falsedad, del enunciado moral a través de nuestro conocimiento empírico del mundo

Respecto a qué signifiquen concretamente las expresiones éticas, eso depende del tipo del naturalismo que se trate, ya que el naturalismo es una corriente que integra muy diferentes filosofías éticas.

Por ejemplo, algunos filósofos han considerado que “X es moralmente bueno” significa “Yo apruebo X”; otros han considerado que significa “La mayoría de la gente aprueba X”; y también que “Un observador ideal, entendiendo por tal alguien imparcial y con conocimiento completo, lo aprueba”. En todos esos casos lo que hace que X sea bueno no es una cualidad de la cosa, no está en X, sino que está en la relación de X con alguien. Sin embargo la corriente naturalista más famosa viene a indicar que “X es bueno” significaría “X promueve la máxima felicidad ...” y dependiendo de la escuela se terminaría la oración señalando “para mi”, “para todos”, “a la larga”...

Una segunda teoría metaética se denomina no naturalismo, y señala que las expresiones éticas no designan propiedades que puedan ser observadas a través de la experiencia; es decir, a través de los órganos sensoriales.

De una manera análoga a cuando nos piden que definamos un color. Podemos hacerlo señalando su longitud de onda, pero supongamos que nos piden que definamos la cualidad del rojo, es decir, la “rojez”. Posiblemente no podamos decir nada, más que limitarnos a señalar las cosas naturales que muestran ese cualidad de color. De igual manera no se puede dar una definición verbal de las propiedades no naturales, sólo cabe señalar la situación dónde se dan, y confiar en que la persona que observa sea capaz de “captarlas”, con el añadido de dificultad de que, al menos el rojo es una cualidad natural, pero una propiedad moral no lo es.

Por eso, las expresiones éticas, no pueden ser definidas en términos que no contengan a su vez otros términos éticos; es decir, no pueden ser definidas en términos naturales.

El no naturalismo piensa que los términos y expresiones éticas pueden ser definidas utilizando otros términos y expresiones éticas. Por ejemplo, si definimos “X es bueno” como “X es deseable”, tendríamos que “deseable” significaría “debe ser deseado” y por tanto utilizaríamos la palabra “debe”, que es un término moral, para definir “bueno”. Para el no naturalista no es posible definir una expresión moral en términos de seres naturales, por la justa razón de que la expresión moral designa algo no natural.

De ahí el nombre de “no naturalismo”, para indicar que no son propiedades naturales, de hecho, muchos filósofos han acuñado el término “valor” para diferenciar estas propiedades no naturales de las naturales

[iii].

Y así se hablaría no sólo de valores morales, sino de valores estéticos o religiosos. La axiología sería la rama de la filosofía que estudiaría ese modo tan peculiar de darse que tienen los valores.

Para fundamentar su posición el no naturalismo ha recurrido a un argumento, denominado falacia naturalista, para mostrar la imposibilidad de que el naturalismo tenga razón.

El argumento viene a señalar que después de conceder al naturalista que “X es bueno” signifique cualquier expresión natural, aún podemos preguntarnos con sentido si esa propiedad natural es realmente “buena”.

Por ejemplo, supongamos que aceptamos que “X es bueno” significa “X promueve la máxima felicidad”, aún podríamos preguntar significativamente si la felicidad es buena.

Lo que el naturalista estaría haciendo no es describir cómo utilizamos la palabra “bueno”, sino estipulando una definición —la definición naturalista— de esa palabra. Y la clave para darnos cuenta de que es así está en que aún después de aceptar la estipulación aún tiene sentido si esa propiedad natural es buena.

En cualquier caso, si los términos éticos se refieren a propiedades no naturales, que son propiedades que no podemos percibir a través de nuestros órganos sensoriales, entonces se plantea la cuestión de cómo conocemos su existencia.

Hay dos clases de respuesta a esa cuestión.

Los filósofos no naturalistas, de orientación racionalista, piensan la aprensión de esas propiedades no naturales, o valores, se produciría a través de una captación racional. Lo que daría lugar a afirmar que las proposiciones morales son proposiciones sintéticas a priori.

En cambio, para otro grupo de filósofos denominados intuicionistas, la anterior teoría es excesivamente intelectualista. Según estos filósofos las propiedades éticas se captarían en una intuición no sensible denominada “intuición emocional".

La manera de conocer que matar es malo, por ejemplo, no es a través de un acto de la razón, o del entendimiento, ni por supuesto de la percepción sensible, ya que “malo” no es un objeto natural, sino de una intuición emocional; es decir, la comprensión del que se está matando a alguien produce en nosotros una emoción, a través de la cual estamos en la seguridad de que tal acción es mala.

La tercera corriente metaética es el no cognoscitivismo. Lo que distingue esta teoría de las anteriores es que considera que los enunciados morales no son proposiciones, y que, por tanto, no forman enunciados que puedan ser verdaderos o falsos.

No todos los enunciados de la lengua son oraciones enunciativas. Las oraciones imperativas o exclamativas producen comunicación pero no son veritativas. Por ejemplo, “Vete al cine”, o “¡Ay!” no son oraciones veritables. El no cognoscitivismo considera que las oraciones que incluyen términos éticos son de esa clase.

La función de las oraciones morales varía dependiendo de la teoría no cognoscitivista que se trate.

El emotivismo ético, por ejemplo, considera que las oraciones morales pretenden expresar los sentimientos y actitudes del hablante, y, al hacerlo, influir en la conducta de los demás. Por tanto los enunciados éticos serían, gramaticalmente hablando, enunciados exclamativos.

Y así, una oración como “Matar es malo” no sería ni verdadera ni falsa, sólo se limitaría a expresar que el que la enuncia siente un sentimiento de desagrado ante los asesinatos. De forma similar a cuando decimos “¡Viva!” o “Hurra”!, que son oraciones en las que expresamos nuestro sentimiento a través de una exclamación.

La razón de realizar oraciones morales estriba en que, en muchas ocasiones, las demás personas muestran sentimientos y actitudes que colisionan con la propia. Sin embargo, al emitir nuestro sentimiento en voz alta, podemos intentar influir en la actitud de los demás haciendo, por simpatía y otros mecanismos psicológicos, que los demás sientan lo mismo que nosotros; es decir, consiguiendo influir en su actitud.

El prescriptivismo ético

[iv] considera, por su parte, que los enunciados morales expresan órdenes, que su función es la de prescribir un determinado curso de acción universal, y que gramaticalmente el enunciado moral sería una oración imperativa.

Y por tanto, cuando decimos la oración “Matar es malo” estaríamos emitiendo de modo encubierto una prescripción, un mandato o una orden. Y así, la oración anterior sería sinónima de aquella que dice “No mates”,

Para esta teoría los enunciados morales son prescripciones universales. Es decir, la afirmación que dice “Juan no debe matar a Pedro” vendría a significar “Si Juan mata a Pedro desobedecía una prescripción universal en la que yo estoy de acuerdo”.

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4.          Ética Normativa.

4.1          Teorías del bien.

Con independencia de que tengamos una definición de qué signifique “bien” o “bueno”, la teoría del bien tratará de indicar a qué cosas es aplicable esa definición; es decir, qué cosas son buenas.

Las teorías del bien distinguen de modo claro entre bien intrínseco y bien instrumental. Un bien instrumental es aquel que se desea como medio para conseguir un bien intrínseco. El bien intrínseco no se desea como medio para otra cosa, sino por sí mismo.

Por ejemplo, alguien puede desear conseguir dinero como medio para ser feliz. El dinero sería un bien instrumental, pero no un bien intrínseco, ya que no se desea por sí mismo, y así, en el caso de un náufrago —Robinsón Crusoe— el dinero no serviría para nada y no sería deseado.

En cambio, preguntar para qué se desea ser feliz parece que carece de sentido. Las personas no desean ser felices para algo, simplemente desean ser felices porque serlo es un bien en sí mismo.

Generalmente se ha considerado que uno, si no el único, de los bienes intrínsecos es la felicidad. Y aunque establecer en qué consista la felicidad produce controversias, en general se la asocia con la noción de felicidad a la de placer. Hasta el punto de que una de las más importantes teorías de bienes va a consistir en identificar ambos conceptos considerando al placer como el bien supremo.

El hedonismo ético es la teoría que sólo el placer, y la ausencia de displacer

[v], son bienes intrínsecos, y por tanto el placer, y la ausencia de dolor, sería el bien supremo

Existen numerosas fuentes de placer, que además proporcionan clases de placer distintos. De hecho, el hedonista, no suele considerar que los mejores placeres sean los placeres sensuales, como beber, comer y las relaciones sexuales; él se refiere a toda clase de placeres, incluidos los que puedan provenir de escuchar un concierto de Bach, escribir poemas, contemplar cuadros..., y por eso dependiendo de cómo sea su educación, carácter y posibilidades, el hedonista intenta conseguir clases distintas de placer, pero en la idea de que sólo el placer es un bien en sí mismo.

Y así, si, por ejemplo, una música hermosa no es valiosa por sí misma, sino que lo es sólo en tanto que bien instrumental que produce en quien la escucha lo único bueno en sí mismo; el placer.

De igual modo, el hedonista, en ocasiones realiza actos que no le proporcionan placer, sino displacer, pero los realiza sólo en la medida en que considera que hacerlos le proporcionará, a la larga, un mayor placer, o una mayor ausencia de displacer, que la que le acontecer por hacerlos. Y así, el potencial de futuro placer, o ausencia de displacer, es algo que el hedonista inteligente lleva en consideración a la hora de “calcular” qué le interesa hacer.

Como contraposición al hedonismo ético se encuentran una serie de filósofos que no niegan, en general, que le placer sea bueno en sí; lo que niegan es que el placer sea el único bien intrínseco. A esta posición ética se la denomina pluralismo ético.

Los candidatos a unirse al placer como bienes intrínsecos son varios. Se ha señalado el conocimiento, las cualidades morales —honestidad, amabilidad, fidelidad, ...— la fama —por ejemplo ser recordado después de la muerte—  la autorrealización.

Sin embargo, el hedonista ético viene a considerar que el único bien intrínseco es el placer, y que los posibles bienes intrínsecos señalados no son más que instrumentos para conseguir el placer.

Es claro que el conocimiento es algo útil para la vida, pero aun suponiendo que saber, por ejemplo, de donde procede el universo no añadiera nada al goce de la vida, algunas persona consideran que desean saberlo; pero si no lo desean saber por conseguir placer —ya que nada consiguen— entonces es que lo desean por sí mismo. El hedonismo diría que saber el origen del universo si produce placer por sí mismo, y por eso es bueno.

Cualidades morales, como la valentía, la fortaleza, la generosidad, etcétera, también se han postulado como bienes intrínsecos. Por ejemplo, el carácter bondadoso de una persona que sacrifica su vida por otra. El hedonismo ha señalado que quien hace eso es porque salvar esa vida le proporciona a quien lo hace un tremendo placer, y no sacrificarse por otra persona le proporcionaría un tremendo displacer en modo de remordimientos y autoculpabilidad, luego si se sacrifica es por el único bien; el placer.

El animo de ser famoso después de muerto no parece indicar deseo de placer, ya que después de muerto uno nada le place. Sin embargo el hedonismo señala que quien se sacrifica y muere para ser recordado obtiene el saldo de placer al hacerlo, al pensar que será recordado; es eso lo que le proporciona placer, y por eso lo hace.

Autorrealizarse viene a indicar que una persona lleve a la perfección, realice, aquello que lleva dentro, en su naturaleza; en el adagio de Píndaro “llegar a ser el que eres”. El hedonismo, de nuevo, considera que quien realiza eso, sólo lo hace, en la medida en que piensa que conseguirlo le es placentero.

Una crítica general al hedonismo ha considerado que éste llega a convertirse en una teoría psicológica que afirma que todo lo que el ser humano hace lo hace necesariamente debido al placer. Pero al hacer esto se convierte en una teoría no falsable. Ya que, al ser capaz de explicar toda conducta imaginable apelando al placer como fuente de motivación, impide imaginar una situación en que pudiera demostrarse que el hedonismo el falso.

De hecho el hedonismo consigue explicar toda la conducta humana haciendo que, por definición, lo único que pueda mover al ser humano sea el placer. Si se define “querer” como sinónimo de “búsqueda del placer” entonces no es posible querer algo y no querer el placer de realizarlo. Pero tal definición no sólo es arbitraria, sino, además, epistemológicamente descartable por su no falsabilidad.

 

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4.2          Teorías de la Obligación, o de la Conducta Moral.

Con independencia de qué cosas se consideren que son buenas intrínsecamente, cabe preguntar qué principios y leyes morales deben seguirse para realizarlas; de esto se encargan las teorías de la obligación.

Existen dos maneras de establecer tales principios y leyes morales.

La primera manera se denomina deontologismo, y considera que para establecer las normas morales basta con fijarse en la clase o naturaleza del acto que se trata. Para el deontologismo las normas morales se establecen como tales sin tener que acudir a los resultados de la acción.

Así, por ejemplo, se conoce que asesinar está mal sin tener que observar cuáles sean los resultados del asesinato. Es decir, con independencia de que nos beneficiemos o dejemos de beneficiarnos, con independencia de que matar tenga los resultados que tenga, matar está mal. Y para conocerlo no es necesario, y hasta puede ser perjudicial, comprobar los resultados de esa acción en la experiencia.

Existen diversas propuestas de principios morales dentro del deontologismo. Una de ellas se denomina Regla de Oro, y viene a señalar “Haz a los demás lo que quisieras que ellos hicieran por ti”, o en su versión negativa “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti

[vi]”.

A la Regla de Oro se le ha criticado su poca claridad. Por ejemplo, si a mi no me gusta recibir regalos en Navidad ¿no debo regalarlos? Si a una persona se dedica a robar cajas de caudales y me pide ayuda ¿debo ayudarle ya que a mi me gustaría que me ayudasen?

Sin embargo el principio moral deontologista más nombrado es el Imperativo Categórico de Kant. Este imperativo, que también presenta varias versiones, viene a decir: “Obra de acuerdo a una máxima de acción tal que puedas querer que se convierta en ley universal”.

Las críticas a los principios deontologistas van a intentar señalar que tales principios sólo consiguen enunciar que hay que ser imparcial, pero no consiguen señalar qué leyes son morales.

La segunda manera de establecer los principios morales se denomina teleológica. Para el teleologismo es necesario acudir a los resultados de las normas para establecer cuáles de ellas son morales.

Y así, por ejemplo, para conocer que matar está mal es necesario comprobar en la experiencia que realizar tal norma no consigue hacer real el bien moral. Pero no se puede conocer tal cosa sin acudir previamente a la experiencia.

En general suele diferenciarse dos tipos de teleologismo. El primero se denomina egoísmo ético, y considera que uno está obligado a realizar una acción sólo cuando hacerlo consiga hacer máximo el bien intrínseco personal.

Por ejemplo, si ese bien es el placer uno sólo está moralmente obligado a conseguir el máximo de placer para uno mismo. Y por tanto, para establecer las normas morales hay que saber qué cosas de la experiencia proporcionan el placer. Así, una norma será moral, cuando debido al resultado de aplicarla en la experiencia.

Un egoísta ético podría considerar que “robar cuando piensa que no le observan” no es una norma moral no porque le preocupe robar, sino porque pudiera pasar que no se diera cuenta de que le están viendo y, por poco beneficio, se arriesgue a ir a la cárcel una temporada larga.

El egoísta ético no tiene porqué ser necesariamente hedonista. Puede ser pluralista, o considerar que el bien está sólo en conseguir el conocimiento, o en las cualidades morales de su carácter, o en lo que sea. Por ejemplo, una egoísta ético puede considerar que lo único valioso es su adquisición de conocimiento; su doctrina será, además, teleológica si recurre a la experiencia para establecer qué normas seguir para conseguirlo.

La segunda, y más importante, clase de teorías éticas teleológicas son las utilitaristas.

El utilitarismo considera que un acto, o norma, está moralmente obligado seguirlo conlleva, de entre todas las alternativas posibles, la realización de la mayor cantidad de bien intrínseco.

Y así, por ejemplo, si el bien intrínseco que se trata es el placer y la ausencia de displacer, entonces, que un rico reparta su dinero entre los necesitados es un acto moralmente bueno, ya que, aunque él pierde posibilidades de conseguir placer, sin embargo hay una gran mayoría de personas que gana en placer, luego el saldo total de la acción es positivo.

Dentro del utilitarismo hay dos versiones fundamentales. La primera se denomina utilitarismo del acto. Esta teoría considera que la persona debe realizar el acto que, de entre los posibles, haga mayor la cantidad de bien intrínseco.

Si una persona conoce el delito de un millonario podría considerar si debe chantajearlo y dar el dinero del chantaje a los pobres, o entregarlo a la policía. En el primer caso las consecuencias serían que habría una gran cantidad de felicidad,  ya que los pobres saldrían ganando y el millonario no sufriría ir a la cárcel. Las consecuencias del segundo acto serían la de producir el displacer del millonario, que iría a la cárcel, y nadie saldría beneficiado. En esas circunstancias el utilitarista del acto señalaría que se debe chantajear al millonario, ya que el principio de acción es el de hacer el acto que mayor cantidad de bien intrínseco —en este caso placer— produce.

Como alternativa, el utilitarismo de la regla, señalaría que la persona debe aplicar la regla moral que, de aplicarla todo el mundo y en toda circunstancia, produjese una mayor cantidad de bien intrínseco.

Y así, una persona puede considerar si debe de mentir en un caso concreto en el que parece que sería el acto que más bien intrínseco produciría. Por ejemplo, si ha habido un accidente donde el conductor está cercano a morir y pregunta si sus seres queridos han sobrevivido; en esas circunstancias, y si la realidad es que no lo han hecho, parece que la mentira piadosa produciría una mayor cantidad de bien. Sin embargo, si todo el mundo pudiera mentir en determinadas circunstancias, el efecto global sobre la sociedad produciría menor bien intrínseco que el mantener la norma. Por eso, y para este utilitarismo, una norma es moral cuando el saldo de bien intrínseco de aplicarla de forma general es mayor que el no hacerlo.

En general se ha considerado al utilitarismo de la regla como un intento de mediar entre las teorías teleológicas y deontológicas de la obligación moral. Lo que le da ese aspecto intermedio es que, para esta teoría, no sólo importan los resultados de la acción, sino la clase de acción —la regla— de que se trata.

 

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[i] En ocasiones no diferenciar entre las distintas clases de enunciados morales puede dar lugar a equívocos. Por ejemplo, en una cultura determinada puede ser una norma moral aquella que dice “Los ancianos deben ser abandonados a su suerte cuando no son capaces de seguir la marcha del grupo”, mientras que en otra cultura puede ser norma moral algo así como “No se debe abandonar a ningún anciano a su suerte”. Aparentemente hay una contradicción entre ambas normas. Sin embargo, si consideramos que la primera es una norma producida en una cultura nómada donde, en el caso de no poder seguir a los rebaños, se pone en peligro la supervivencia de todo el grupo social, y la segunda una norma establecida en una sociedad sedentaria donde no existe ese riesgo, entonces quizá puedan compatibilizarse ambas normas bajo una misma ley moral que podría quizá enunciarse como “No se abandonará a ningún anciano a su suerte mientras no se ponga en peligro la supervivencia del grupo” de forma que las anteriores normas sólo sean particularizaciones ajustadas a medios ambientes distintos de esa ley moral.

[ii] Algunos filósofos incluyen dentro de la metaética la ocupación de establecer cómo se produce el conocimiento mora; sin embargo, y en sentido estricto, esa labor pertenecería a la gnoseología.

[iii] Por último, una variante del no naturalismo de características distintivas es el sobrenaturalismo. Para esta posición “X es bueno” significa “X es querido por Dios”, y así el procedimiento de adquisición de conocimiento ético podría ser la revelación. 

[iv] Formulado por R. M. Hare

[v] La palabra “displacer” conlleva sensaciones que, aunque desagradables, no parece que llegan a lo que denominamos “dolor”; por ejemplo, esperar una cola de gente es displacentero, pero no doloroso.

[vi] En realidad existen distintas versiones de la regla. Una versión que intenta conjugar el aspecto negativo y positivo dice: “Compórtate con los demás como si tú tuviera que vivir los efectos de tu acción”

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Esta página se actualizó por última vez el 18/03/2010