Éste
es el martillo familiar. Mi abuelo le cambió el hierro, mi padre le
cambió el mango.
Dicho de la Europa del Este.
1. Cambio y Principio de Identidad.
El
problema del cambio es el problema con el que se inicia la filosofía, en
Grecia, en el siglo VII a. de C.
Y
se reduce a plantear una contradicción entre lo que el sentido común y
la razón nos dicen por un lado, y lo que un supuesto del sentido común
nos dice por el otro.
Podamos comprobar a través de los sentidos que las cosas que nos rodean,
y nosotros mismos, cambiamos.
Que
algo cambie significa que deja de ser idéntico a como era antes del
cambio, ya que incorpora o pierde alguna propiedad, y así pasa a ser
distinta de como era.
Los
cambios que pueden sufrir las cosas son de muy diverso tipo. Por
ejemplo, un objeto puede cambiar de color, puede hacerlo por recibir un
arañazo, o simplemente por envejecer,… En el caso de un ser vivo, como
pudiera ser un árbol, cambia, además, al crecer; si fuera una persona
podría cambiar, por ejemplo, tras aprender una lección, y entonces ha
cambiado porque ahora sabe algo que antes ignoraba, o por adquirir
nuevas experiencias…
Para entender en qué condiciones una cosa es idéntica a sí misma hay que
recurrir al Principio de Identidad, que es suministrado por la razón, y
que viene a decir que cualquier ser “A” es igual a sí mismo; es decir :
“A = A”, si y sólo si todas las propiedades que tiene la primera “A” las
tiene la segunda “A";
es decir, si y sólo si mantiene el mismo conjunto de propiedades.
Y
así, podemos distinguir entre dos objetos distintos, aunque tan
parecidos como se quiera, señalando que si desglosamos en dos listas
paralelas todas sus propiedades, al menos una propiedad deberá ser
distinta, es decir estará en una lista y no en la otra porque si
tuvieran todas y cada una de las propiedades en común, entonces
necesariamente diríamos que son el mismo objeto.
Pues bien, el problema aparece cuando intentamos compaginar por un lado
la información que nos suministra los sentidos más el Principio de
Identidad, y por el otro el supuesto, procedente del “sentido común”,
que afirma que las cosas siguen siendo las mismas cosas a pesar del
cambio.
Es
decir, pensamos que la silla en la nos sentamos es la misma ayer y hoy,
sin embargo, en ese tiempo, la silla ha sufrido pequeños cambios, por
ejemplo ha envejecido, lo que hace que sus propiedades no sean
exactamente las mismas.
Lo
que los sentidos nos muestran es que las cosas cambian, lo que Principio
de Identidad afirma es que si algo cambia no puede ser la misma cosa, y
lo que nuestro supuesto del sentido común afirma es que sí lo son; y ese
es el problema.
Por
ejemplo, supongamos que compro un gato de un año de edad al que bautizo
como Zenón. Mido al gato y resulta medir 15 cm desde el hocico a la
cola; sin embargo, medido dos años más tarde, el gato mide 25 cm, ¿es el
mismo gato?
Si
el Principio de Identidad es válido, y fuera el mismo gato, no sería
posible que Zenón midiese 15 cm y 25 cm a la vez, porque 15 cm no es lo
mismo que 25 cm. Luego como antes medía 15 cm., y ahora 25 cm, ha
cambiado y no es el mismo gato.
Podría afirmarse que sí es el mismo gato, sólo que los 15 cm los mide un
día y los 25 cm otro día, dos años después. Pero si los 15 cm que Zenón
medía era una propiedad de Zenón, y esa medida ha cambiado, es que Zenón
ha dejado de ser el mismo gato; es decir que Zenón ya no existiría,
aunque permanecería el mismo nombre del gato “Zenón” para designar a dos
gatos distintos.
Por
supuesto que esto mismo que se afirma de Zenón se extiende no sólo a los
gatos, sino a todos los seres vivos, incluidas las persona, y también a
los seres inanimados. La cuestión es ¿cómo es posible que si algo cambia
siga siendo la misma cosa?
Ante este problema los griegos
formularon distintas teorías explicativas.
Parménides de Elea considerará
que lo dicho por la razón -el Principio de Identidad-
es absolutamente cierto; luego si una cosa no puede cambiar y seguir
siendo la misma cosa, eso indica, piensa Parménides, que las cosas
en realidad no cambian; es decir, que no existe el cambio. La
consecuencia inmediata es que el aparente cambio de las cosas que
nos muestran los sentidos es mera ilusión.
Como la noción de cambio es absurda, y son los órganos
sensoriales quienes muestran el cambio, se sigue que éstos no son
dignos de crédito. Y por tanto, el mundo que se nos muestra a través
de la percepción no puede ser real, tiene que ser una ilusión,
porque lo que en él se muestra contradice lo que la razón afirma. Y
sólo así, afirmando que no hay cambio, es posible pensar que la
realidad no es autocontradictoria.
Una perspectiva contrapuesta a
la de Parménides es la de Heráclito de Éfeso.
Para Heráclito el mundo es
como suelen mostrarnos los sentidos, algo sujeto a constante cambio
y devenir, nada está quieto, todo fluye, y lo que no es cierto es el
supuesto del sentido común que indica que las cosas sigan siendo las
mismas tras el cambio. En realidad, nada permanece siendo la misma
cosa tras el cambio, y por eso no es cierto que existen “seres
fijos”, sólo un perpetuo fluir.
Se adjudica a Heráclito que señalase, para ejemplificar el cambio,
que no es posible bañarse dos veces en el mismo río, ya que la
segunda vez es otro el río, porque otras son sus aguas. Un seguidor
suyo, Crátilo, señaló que ni siquiera podemos decir que nos hemos
bañado una vez en el río, porque uno es el que entra en el río y
otro el que sale.
Cuando las cosas nos parecen las mismas es porque el cambio que
sufren es muy pequeño, a veces casi imperceptible, sin embargo el
cambio ocurre, luego nada es idéntico a sí mismo en el tiempo.
La postura de Heráclito tiene
como consecuencia la imposibilidad de justificar que exista el
conocimiento, porque conocer es afirmar algo de un sujeto, pero no
hay sujeto que permanezca en el tiempo, luego no hay posibilidad de
afirmar nada permanente de él; sólo existe una sombra de
conocimiento a la que denomina opinión (doxa).
"Llora en mi corazón la vieja melancolía de Heráclito: “Nada se
detiene, todo resbala; no miro dos veces el mismo río, pues el agua
que llega no es la misma que se fue; desaparece y se acumula de
nuevo, me busca y me abandona, se aproxima y se aleja”, y nunca el
agua, como la vida, remonta el curso ni vuelve a ser la misma, en
esta perenne fuga de todas las cosas... ¿Qué se hizo de mis amores,
de mis sueños, de mis esperanzas, de todo cuanto amé y poseí,
calentándolo con la lumbre de mi corazón? ¡Oh cielos! ¿En qué
ilusión clavaré los ojos que no huya? ¿Dónde hallaré un amor que no
me engañe?... Ni en mí mismo creo, pues que todo cambia y perece
dentro y fuera de mí..." Ricardo León. La Escuela de los Sofistas.
Pág 155.
2.2 Platón: La teoría de las Ideas.
Platón afirmará, de acuerdo
con Heráclito, que todo lo que existe en el mundo de los sentidos
cambia y que, por tanto, sobre ese mundo no hay conocimiento, sólo
opinión. Pero que existe otro mundo, distinto del mundo de los
sentidos y al que tenemos acceso a través de la razón, en el que
nada cambia, y en donde se hace posible el conocimiento, como decía
Parménides.
La teoría de las Ideas de
Platón afirma la existencia de un mundo que no vemos con los
sentidos, el mundo de las Ideas, en el que se encuentran unos seres
inmutables, las Ideas, que son los modelos, o arquetipos perfectos,
de las cosas que sí podemos ver en nuestro mundo de los sentidos en
continuo cambio y devenir.
Y así, por ejemplo, existe en
el mundo de las Ideas una Idea-Caballo, que nunca cambia, y que es
el Caballo perfecto, del que los caballos del mundo de los sentidos
son copias imperfectas en continuo cambio. Mientras los caballos del
mundo sensible cambian mientras existen en tanto que nacen, crecen y
mueren, la Idea-Caballo es un ser que nunca cambia. También es así,
por ejemplo, con los colores. Existe la Idea-blanco, la cual es un
blanco perfecto y puro que todas las cosas blancas del mundo
sensible copian, aunque sin llegar a su perfección; y así, cuanto
más perfecta es la cosa blanca del mundo sensible más se parece a la
Idea-blanco del mundo de las Ideas. De igual modo para todas las
demás realidades que podemos ver en el mundo de los sentidos, todas
ellas son copias más o menos imperfectas de un ser que existe eterno
y sin cambio en lo mundo de las Ideas.
El mundo de las Ideas no es un
mundo mental. Es decir las Ideas no existen en ninguna mente. Son
seres reales e indepedientes de los cuales tenemos noticia a través
de nuestra mente, pero ellos no son mentales.
Otras características de ese
mundo de las Ideas es que ni es espacial ni es temporal; es decir no
está ni en el tiempo ni en el espacio; y por eso no es a través de
los sentidos que sabemos de esos seres, sino a través de la razón. Y
como son inmutables de ellas si es posible el conocimiento.
Un caballo del mundo material
puede envejecer; y por tanto cambiar. Un triángulo dibujado en un
papel no tiene los lados perfectamente dibujados, además puede
desaparecer al quemarse el papel en el que está representado. Pero
ni la Idea-Caballo, ni la Idea-Triángulo cambian; son eternas e
inmutables. Si tenemos conocimiento del triángulo, o del caballo, no
puede ser conocimiento de algo que muere o se quema, de algo que
cambia; ese conocimiento tiene que serlo de la Idea-Triángulo y de
la Idea-Caballo que son eternamente iguales a sí mismas.
2.3 Aristóteles: La teoría
Hilemórfica.
Aristóteles,
que fue discípulo de Platón, se mostrará insatisfecho con la teoría
de su maestro, ya que ésta niega que haya conocimiento de los seres
del mundo sensible.
Por ello, y como alternativa a
esa teoría, propondrá la teoría hilemórfica, la cuál terminará
siendo la teoría predominante en Occidente durante más de un
milenio.
Aristóteles se da cuenta que
no todos los cambios parecen ser de la misma clase. Existen cambios
en los, desde el punto de vista del sentido común, decimos que el
sujeto que lo padece cambia y otros en que no.
Un cambio que no cambia al
sujeto que lo recibe es, por ejemplo, el crecimiento en los seres
naturales –por ejemplo en un gato o en una persona- un arañazo en un
mesa, pintar una casa de otro color, etc; en todos ellos el sentido
común parece indicarnos que el sujeto, tras sufrir ese cambio, sigue
siendo el mismo.
Sin embargo, hay otros cambios
en los que sí parecen cambiar al sujeto que los recibe haciendo que
deje de ser el que era. Por ejemplo la muerte en los seres vivos; o
el resultado de quemar una mesa de madera -la ceniza ya no es una
mesa; o el de derruir una casa -los elementos de construcción
derruidos: ladrillos, cemento, tejas..., no forman por sí mismos una
casa, etc.
Para intentar explicar esto
Aristóteles considerará que los seres están formados por dos clases
diferentes de propiedades: propiedades accidentales y propiedades
sustanciales. Las propiedades accidentales no forman parte de lo
sustancial del ser, sólo le pertenecen accidentalmente; y así pueden
variar sin que el ser en el que varían deje de ser el ser que es.
Por ejemplo, podemos pintar
una casa amarilla de color azul sin que la casa deje de ser la misma
casa. La razón está en que el color amarillo o azul es una propiedad
accidental de la casa; ésta tiene un color pero es un accidente que
sea ese el que tiene, pudiendo tener otro cualquiera sin que dejemos
de tener a la misma casa. Es decir; el color amarillo o azul no es
una propiedad de la casa, sino un accidente de la casa.
Cuando se produce un cambio en
los accidentes de un ser se produce un cambio accidental, pero con
este cambio el sujeto no deja de ser el que es.
Y así, si Juan toma el sol y
se pone moreno, no deja de ser Juan, ya que el color no es una
propiedad sustancial de Juan, sino un accidente. Lo mismo le ocurre
si come menos y adelgaza, o si estudia música y se hace músico,
sigue siendo Juan, porque esos cambios –el peso o su conocimiento
musical- sólo afectan a los accidentes de Juan, no a Juan mismo.
Además de los cambios
accidentales existen otros cambios en los que sí cambia el ser del
que se trata.
Por ejemplo, si Juan muere
deja de ser Juan, o si quemamos un papel éste deja de existir y
pasan a existir cenizas.
Estos cambios en los que el
sujeto deja de existir los denomina Aristóteles cambios
sustanciales. En ellos, con independencia de que además cambien
algunos accidentes, lo que cambian son las propiedades sustanciales
del ser, que son aquellas que hacen que el ser sea el que es, las
que constituyen su esencia, y sin las cuales el ser deja de ser
quien es.
Aristóteles piensa que las
propiedades sustanciales son dos, materia y forma.
La materia es de lo que están
hechas las cosas.
Por ejemplo, una jarra puede
estar hecha de cristal, una llave de hierro, una persona de carne,
huesos, sangre, etc.
Mientras que la forma es lo
que organiza esa materia para dar lugar a una clase de cosas u otra.
Por ejemplo, una llave y unos
tornillos pueden estar hechos los dos de hierro, y aunque cada uno
esté hecho de "su" propio hierro, ambos tienen el mismo tipo de
materia; el hierro. Pero la manera de organizar esa materia hace que
al objeto le llamemos tornillo o llave.
La forma no es la figura, y
aunque su definición no es precisa tiene más que ver con la función.
Hay muchas clases de
tornillos, con figuras diferentes, y todos son tornillos. O de
papeleras. Si se denominan “papeleras” a objetos con figuras
distintas es porque todas se construyeron pensando en cumplir la
misma función, la de recoger papeles inútiles.
Pues bien, cuando un ser sufre
un cambio ya sea en la materia, en la forma, o en ambas, éste ser
deja de ser el que es; deja de existir.
Un ejemplo de cambio de forma
sin cambio de materia sería cuando se funde el hierro del que está
hecho un tornillo, y se hace con esa misma materia una tuerca, el
tornillo original habrá dejado de existir. Otro podría ser, por
ejemplo, la muerte de una persona; el cadáver de la persona –la
materia que la constituye: carne, sangre, huesos, …- no es ya la
persona.
Un ejemplo de cambio de
materia sin cambio de forma podría ser cuando sustituimos pieza a
pieza cada uno de los elementos de una casa; es evidente que tras la
sustitución tendríamos una casa, pero no la misma casa que teníamos.
Un ejemplo de cambio de
materia y forma sería la combustión de una cuartilla de papel. El
resultado de ese proceso cambia la forma, ya que dejaría de haber
una cuartilla, y cambia la materia, ya que deja de haber papel, lo
que hay ahora es ceniza.
Por tanto, sólo cuando cambia
la materia o la forma cambia la sustancia y deja de existir el mismo
sujeto. Si lo que cambian son los accidentes entonces permanece el
mismo sujeto antes y después del cambio.
Como problemas de esta teoría
cabe señalar que ni la materia ni la forma son entidades que se
puedan percibir, y por tanto no se puede contrastar empíricamente su
existencia.
Cuando miramos la madera vemos
un color, si la tocamos sentimos una rugosidad concreta, si la
olemos tenemos un olor específico..., pero tanto el color, el olor o
la rugosidad no son más que accidentes que podríamos cambiar
pintando, perfumando o puliendo la madera, y seguiríamos teniendo el
mismo trozo de madera.
La forma de los objetos
tampoco es perceptible. En el caso de los seres vivos —el alma— no
es perceptible en modo alguno. Y en el caso de los objetos
artificiales, como una mesa, si identificamos su forma con la
función, nos damos cuenta de que esa misma función la pueden cumplir
otros objetos que no son mesa. Y así, por ejemplo, uno puede
utilizar una silla para escribir encima de ella.
La sustancia, que es el
conjunto de la materia y la forma, es un supuesto que Aristóteles
imagina para intentar, a través suyo, hacer comprensible y coherente
el comportamiento del mundo que percibimos, pero no se percibe.
Una segunda dificultad de ésta
teoría es que no consigue hacer comprensible toda nuestra
experiencia. Especialmente las experiencias en las que cambia la
materia pero no la forma.
Y así, qué ocurre con un ser
al que le vamos sustituyendo partes materiales y reemplazándolas con
otras; ¿cuándo hemos cambiado suficiente materia como para que el
ser deje de ser el ser que era y pasa a ser un nuevo ser?
Por ejemplo, si yo tengo una
casa y sustituyo un ladrillo por otro ¿es la misma casa? En realidad
eso parece; la forma es la misma, es decir que sigue siendo "casa" y
aunque cambié un ladrillo por otro aún se mantiene el resto del
material. Pero ¿y si cambio una pared entera y dejo el resto igual?
¿Y si cambio todos los tabiques? ¿Y si cambio todos y cada uno de
los ladrillos menos veinte? ¿sigue siendo la misma casa? Exactamente
¿cuándo deja de ser la misma casa?
Una orientación distinta a
este problema es la que presenta un filósofo del siglo veinte
denominado Wittgenstein.
Las teorías examinads hasta
ahora eran teorías ontológicas, ya que eran teorías que hablan de
los seres del mundo y de su cambio. Sin embargo, para Wittgenstein,
la cuestión no es si el objeto es el mismo después del cambio, sino
porqué le seguimos llamando igual, y cuándo los cambios son tales
que dejamos ya de hacerlo. Es decir, la teoría de Witgenstein no es
una teoría sobre la realidad sino sobre cómo usamos las palabras
para referirnos a la realidad.
Wittgenstein piensa que la
presencia o ausencia de las distintas propiedades de los seres no
tienen la misma importancia respecto a dejar de llamar al ser del
mismo modo.
Hay propiedades cuyo cambio
apenas incide en que dejemos de llamar al ser con el mismo nombre.
Por ejemplo, el avión con el
que se realizó el primer vuelo del Atlántico se denomina Plus Ultra;
pues bien, el hecho de que tenga un color u otro, de que esté sucio
o limpio, de que se encuentre en Toledo o en Sevilla, no hace que
dejemos de denominar con el mismo nombre a ese avión. Incluso aunque
cambiemos todas esas propiedades a la vez nadie dejaría de denominar
que está frente a otro avión, y por tanto lo seguiría llamando Plus
Ultra.
Sin embargo hay otras
propiedades más importantes, más fundamentales, cuyo cambio sí
afecta a cómo denominamos al objeto.
Por ejemplo, si cambiáramos el
motor, las alas, la carlinga, y el fuselaje, del Plus Ultra
posiblemente ya nadie seguiría denominándole como el mismo avión.
Lo que Wittgenstein señala es
que ninguna de esas propiedades fundamentales es lo suficientemente
importante para que si cambia dejemos todos de denominar al objeto
del mismo modo.
Por si sólo, cambiar las alas,
el motor, la carlinga o el fuselaje no hace que la mayoría de los
hablantes dejen de llamar al avión Plus Ultra. No existe pues una
única propiedad esencial en cuya ausencia el objeto deje de ser
denominado por el mismo nombre.
Solamente dejamos de denominar
igual al objeto cuando un número significativo e indeterminado de
propiedades fundamentales cambia.
No es posible señalar cuántas
propiedades fundamentales deben de cambiar para que la mayoría de
las personas dejen de denominar al objeto con el mismo nombre. Y de
hecho, en ocasiones, las personas se muestran disconformes sobre si
el cambio de un conjunto concreto de propiedades significa el cambio
de objeto. Por ejemplo, si cambiamos las alas y la carlinga, pero
mantenemos el fuselaje y el motor ¿es el Plus Ultra? Algunas
personas quizá digan que sí, y otra que no.
Si la teoría de Wittgenstein
quiere explicar cuándo dejamos de llamar a un objeto igual es lógico
que señale que hay veces en que ni siquiera los hablantes se ponen
de acuerdo. Es decir, esa imprecisión de la teoría de Wittgenstein
no es un defecto, sino un acierto, en tanto que recoge lo que
efectivamente constituye el comportamiento de los hablantes.
Tampoco es posible dar una
regla para distinguir qué propiedades más fundamentales, cuáles lo
son menos, y cuáles no lo son Pero es así porque los mismos
hablantes tampoco coinciden, y fácilmente discrepan sobre la
importancia de las propiedades. Aunque es evidente que
fundamentalmente nos entendemos cuando hablamos de los objetos y del
cambio; luego seguimos reglas parecidas para decidir cuántas
propiedades, y cuales, pueden cambiarse y llamar aún al objeto del
mismo modo, aunque sean imprecisas y no quepa generalizar.
La teoría de Wittgenstein
puede proporcionar una buena explicación sobre la manera en que
cambiamos los nombres de las cosas. Sin embargo, deja sin
explicarnos qué ocurre con las cosas. Es decir, con independencia de
que sigamos denominando igual a un ser, ¿es éste el mismo ser
después y antes del cambio?
La importancia de esa cuestión
parece incrementarse cuando la dirigimos hacia nosotros mismos.
¿Somos los mismos antes y después del cambio? ¿Qué es lo que no
cambia? ¿En qué consiste ser uno mismo? Esta última pregunta
constituye el problema de la identidad.
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actualizó por última vez el
18/03/2010