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Identidad y Cambio

 

 

1.     Cambio y Principio de Identidad.

2.     Intentos de explicación.

2.1     Parménides y Heráclito.

2.2    Platón: La teoría de las Ideas.

2.3    Aristóteles: La teoría Hilemórfica.

2.4    Wittgenstein: una teoría sobre el lenguaje.

 

 

 

Introducción Filosofía
Identidad y Cambio
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Epistemología
La Actividad Científica
Lenguaje Natural
Lógica Enunciados
Tablas de Verdad
Ética

Éste es el martillo familiar. Mi abuelo le cambió el hierro, mi padre le cambió el mango.

Dicho de la Europa del Este.

 

1.    Cambio y Principio de Identidad.

El problema del cambio es el problema con el que se inicia la filosofía, en Grecia, en el siglo VII a. de C.

Y se reduce a plantear una contradicción entre lo que el sentido común y la razón nos dicen por un lado, y lo que un supuesto del sentido común nos dice por el otro.

Podamos comprobar a través de los sentidos que las cosas que nos rodean, y nosotros mismos, cambiamos.

Que algo cambie significa que deja de ser idéntico a como era antes del cambio, ya que incorpora o pierde alguna propiedad, y así pasa a ser distinta de como era.

Los cambios que pueden sufrir las cosas son de muy diverso tipo. Por ejemplo, un objeto puede cambiar de color, puede hacerlo por recibir un arañazo, o simplemente por envejecer,… En el caso de un ser vivo, como pudiera ser un árbol, cambia, además, al crecer; si fuera una persona podría cambiar, por ejemplo, tras aprender una lección, y entonces ha cambiado porque ahora sabe algo que antes ignoraba, o por adquirir nuevas experiencias…

Para entender en qué condiciones una cosa es idéntica a sí misma hay que recurrir al Principio de Identidad, que es suministrado por la razón, y que viene a decir que cualquier ser “A” es igual a sí mismo; es decir : “A = A”, si y sólo si todas las propiedades que tiene la primera “A” las tiene  la segunda “A"; es decir, si y sólo si mantiene el mismo conjunto de propiedades.

Y así, podemos distinguir entre dos objetos distintos, aunque tan parecidos como se quiera, señalando que si desglosamos en dos listas paralelas todas sus propiedades, al menos una propiedad deberá ser distinta, es decir estará en una lista y no en la otra porque si tuvieran todas y cada una de las propiedades en común, entonces necesariamente diríamos que son el mismo objeto.

Pues bien, el problema aparece cuando intentamos compaginar por un lado la información que nos suministra los sentidos más el Principio de Identidad, y por el otro el supuesto, procedente del “sentido común”, que afirma que las cosas siguen siendo las mismas cosas a pesar del cambio.

Es decir, pensamos que la silla en la nos sentamos es la misma ayer y hoy, sin embargo, en ese tiempo, la silla ha sufrido pequeños cambios, por ejemplo ha envejecido, lo que hace que sus propiedades no sean exactamente las mismas.

Lo que los sentidos nos muestran es que las cosas cambian, lo que Principio de Identidad afirma es que si algo cambia no puede ser la misma cosa, y lo que nuestro supuesto del sentido común afirma es que sí lo son; y ese es el problema.

Por ejemplo, supongamos que compro un gato de un año de edad al que bautizo como Zenón. Mido al gato y resulta medir 15 cm desde el hocico a la cola; sin embargo, medido dos años más tarde, el gato mide 25 cm, ¿es el mismo gato?

Si el Principio de Identidad es válido, y fuera el mismo gato, no sería posible que Zenón midiese 15 cm y 25 cm a la vez, porque 15 cm no es lo mismo que 25 cm. Luego como antes medía 15 cm., y ahora 25 cm, ha cambiado y no es el mismo gato.

Podría afirmarse que sí es el mismo gato, sólo que los 15 cm los mide un día y los 25 cm otro día, dos años después. Pero si los 15 cm que Zenón medía era una propiedad de Zenón, y esa medida ha cambiado, es que Zenón ha dejado de ser el mismo gato; es decir que Zenón ya no existiría, aunque permanecería el mismo nombre del gato “Zenón” para designar a dos gatos distintos.

Por supuesto que esto mismo que se afirma de Zenón se extiende no sólo a los gatos, sino a todos los seres vivos, incluidas las persona, y también a los seres inanimados. La cuestión es ¿cómo es posible que si algo cambia siga siendo la misma cosa?

 

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2.    Intentos de explicación.

2.1   Parménides y Heráclito.

Ante este problema los griegos formularon distintas teorías explicativas.

Parménides de Elea considerará que lo dicho por la razón -el Principio de Identidad- es absolutamente cierto; luego si una cosa no puede cambiar y seguir siendo la misma cosa, eso indica, piensa Parménides, que las cosas en realidad no cambian; es decir, que no existe el cambio. La consecuencia inmediata es que el aparente cambio de las cosas que nos muestran los sentidos es mera ilusión.

Como la noción de cambio es absurda, y son los órganos sensoriales quienes muestran el cambio, se sigue que éstos no son dignos de crédito. Y por tanto, el mundo que se nos muestra a través de la percepción no puede ser real, tiene que ser una ilusión, porque lo que en él se muestra contradice lo que la razón afirma. Y sólo así, afirmando que no hay cambio, es posible pensar que la realidad no es autocontradictoria.

Una perspectiva contrapuesta a la de Parménides es la de Heráclito de Éfeso.

Para Heráclito el mundo es como suelen mostrarnos los sentidos, algo sujeto a constante cambio y devenir, nada está quieto, todo fluye, y lo que no es cierto es el supuesto del sentido común que indica que las cosas sigan siendo las mismas tras el cambio. En realidad, nada permanece siendo la misma cosa tras el cambio, y por eso no es cierto que existen “seres fijos”, sólo un perpetuo fluir.

Se adjudica a Heráclito que señalase, para ejemplificar el cambio, que no es posible bañarse dos veces en el mismo río, ya que la segunda vez es otro el río, porque otras son sus aguas. Un seguidor suyo, Crátilo, señaló que ni siquiera podemos decir que nos hemos bañado una vez en el río, porque uno es el que entra en el río y otro el que sale.

Cuando las cosas nos parecen las mismas es porque el cambio que sufren es muy pequeño, a veces casi imperceptible, sin embargo el cambio ocurre, luego nada es idéntico a sí mismo en el tiempo.

 La postura de Heráclito tiene como consecuencia la imposibilidad de justificar que exista el conocimiento, porque conocer es afirmar algo de un sujeto, pero no hay sujeto que permanezca en el tiempo, luego no hay posibilidad de afirmar nada permanente de él; sólo existe una sombra de conocimiento a la que denomina opinión (doxa).

 

"Llora en mi corazón la vieja melancolía de Heráclito: “Nada se detiene, todo resbala; no miro dos veces el mismo río, pues el agua que llega no es la misma que se fue; desaparece y se acumula de nuevo, me busca y me abandona, se aproxima y se aleja”, y nunca el agua, como la vida, remonta el curso ni vuelve a ser la misma, en esta perenne fuga de todas las cosas... ¿Qué se hizo de mis amores, de mis sueños, de mis esperanzas, de todo cuanto amé y poseí, calentándolo con la lumbre de mi corazón? ¡Oh cielos! ¿En qué ilusión clavaré los ojos que no huya? ¿Dónde hallaré un amor que no me engañe?... Ni en mí mismo creo, pues que todo cambia y perece dentro y fuera de mí..." Ricardo León. La Escuela de los Sofistas. Pág 155.

 

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2.2   Platón: La teoría de las Ideas.

Platón afirmará, de acuerdo con Heráclito, que todo lo que existe en el mundo de los sentidos cambia y que, por tanto, sobre ese mundo no hay conocimiento, sólo opinión. Pero que existe otro mundo, distinto del mundo de los sentidos y al que tenemos acceso a través de la razón, en el que nada cambia, y en donde se hace posible el conocimiento, como decía Parménides. 

La teoría de las Ideas de Platón afirma la existencia de un mundo que no vemos con los sentidos, el mundo de las Ideas, en el que se encuentran unos seres inmutables, las Ideas, que son los modelos, o arquetipos perfectos, de las cosas que sí podemos ver en nuestro mundo de los sentidos en continuo cambio y devenir.

Y así, por ejemplo, existe en el mundo de las Ideas una Idea-Caballo, que nunca cambia, y que es el Caballo perfecto, del que los caballos del mundo de los sentidos son copias imperfectas en continuo cambio. Mientras los caballos del mundo sensible cambian mientras existen en tanto que nacen, crecen y mueren, la Idea-Caballo es un ser que nunca cambia. También es así, por ejemplo, con los colores. Existe la Idea-blanco, la cual es un blanco perfecto y puro que todas las cosas blancas del mundo sensible copian, aunque sin llegar a su perfección; y así, cuanto más perfecta es la cosa blanca del mundo sensible más se parece a la Idea-blanco del mundo de las Ideas. De igual modo para todas las demás realidades que podemos ver en el mundo de los sentidos, todas ellas son copias más o menos imperfectas de un ser que existe eterno y sin cambio en lo mundo de las Ideas.

El mundo de las Ideas no es un mundo mental. Es decir las Ideas no existen en ninguna mente. Son seres reales e indepedientes de los cuales tenemos noticia a través de nuestra mente, pero ellos no son mentales.

Otras características de ese mundo de las Ideas es que ni es espacial ni es temporal; es decir no está ni en el tiempo ni en el espacio; y por eso no es a través de los sentidos que sabemos de esos seres, sino a través de la razón. Y como son inmutables de ellas si es posible el conocimiento.

Un caballo del mundo material puede envejecer; y por tanto cambiar. Un triángulo dibujado en un papel no tiene los lados perfectamente dibujados, además puede desaparecer al quemarse el papel en el que está representado. Pero ni la Idea-Caballo, ni la Idea-Triángulo cambian; son eternas e inmutables. Si tenemos conocimiento del triángulo, o del caballo, no puede ser conocimiento de algo que muere o se quema, de algo que cambia; ese conocimiento tiene que serlo de la Idea-Triángulo y de la Idea-Caballo que son eternamente iguales a sí mismas.

 

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2.3   Aristóteles: La teoría Hilemórfica.

 Aristóteles, que fue discípulo de Platón, se mostrará insatisfecho con la teoría de su maestro, ya que ésta niega que haya conocimiento de los seres del mundo sensible.

Por ello, y como alternativa a esa teoría, propondrá la teoría hilemórfica, la cuál terminará siendo la teoría predominante en Occidente durante más de un milenio.

Aristóteles se da cuenta que no todos los cambios parecen ser de la misma clase. Existen cambios en los, desde el punto de vista del sentido común, decimos que el sujeto que lo padece cambia y otros en que no.

Un cambio que no cambia al sujeto que lo recibe es, por ejemplo, el crecimiento en los seres naturales –por ejemplo en un gato o en una persona- un arañazo en un mesa, pintar una casa de otro color, etc; en todos ellos el sentido común parece indicarnos que el sujeto, tras sufrir ese cambio, sigue siendo el mismo.

Sin embargo, hay otros cambios en los que sí parecen cambiar al sujeto que los recibe haciendo que deje de ser el que era. Por ejemplo la muerte en los seres vivos; o el resultado de quemar una mesa de madera -la ceniza ya no es una mesa; o el de derruir una casa -los elementos de construcción derruidos: ladrillos, cemento, tejas..., no forman por sí mismos una casa, etc.

Para intentar explicar esto Aristóteles considerará que los seres están formados por dos clases diferentes de propiedades: propiedades accidentales y propiedades sustanciales. Las propiedades accidentales no forman parte de lo sustancial del ser, sólo le pertenecen accidentalmente; y así pueden variar sin que el ser en el que varían deje de ser el ser que es.

Por ejemplo, podemos pintar una casa amarilla de color azul sin que la casa deje de ser la misma casa. La razón está en que el color amarillo o azul es una propiedad accidental de la casa; ésta tiene un color pero es un accidente que sea ese el que tiene, pudiendo tener otro cualquiera sin que dejemos de tener a la misma casa. Es decir; el color amarillo o azul no es una propiedad de la casa, sino un accidente de la casa.

Cuando se produce un cambio en los accidentes de un ser se produce un cambio accidental, pero con este cambio el sujeto no deja de ser el que es.

Y así, si Juan toma el sol y se pone moreno, no deja de ser Juan, ya que el color no es una propiedad sustancial de Juan, sino un accidente. Lo mismo le ocurre si come menos y adelgaza, o si estudia música y se hace músico, sigue siendo Juan, porque esos cambios –el peso o su conocimiento musical- sólo afectan a los accidentes de Juan, no a Juan mismo.

Además de los cambios accidentales existen otros cambios en los que sí cambia el ser del que se trata.

Por ejemplo, si Juan muere deja de ser Juan, o si quemamos un papel éste deja de existir y pasan a existir cenizas.

Estos cambios en los que el sujeto deja de existir los denomina Aristóteles cambios sustanciales. En ellos, con independencia de que además cambien algunos accidentes, lo que cambian son las propiedades sustanciales del ser, que son aquellas que hacen que el ser sea el que es, las que constituyen su esencia, y sin las cuales el ser deja de ser quien es.

Aristóteles piensa que las propiedades sustanciales son dos, materia y forma.

La materia es de lo que están hechas las cosas.

Por ejemplo, una jarra puede estar hecha de cristal, una llave de hierro, una persona de carne, huesos, sangre, etc.

Mientras que la forma es lo que organiza esa materia para dar lugar a una clase de cosas u otra.

Por ejemplo, una llave y unos tornillos pueden estar hechos los dos de hierro, y aunque cada uno esté hecho de "su" propio hierro, ambos tienen el mismo tipo de materia; el hierro. Pero la manera de organizar esa materia hace que al objeto le llamemos tornillo o llave.

La forma no es la figura, y aunque su definición no es precisa tiene más que ver con la función.

Hay muchas clases de tornillos, con figuras diferentes, y todos son tornillos. O de papeleras. Si se denominan “papeleras” a objetos con figuras distintas es porque todas se construyeron pensando en cumplir la misma función, la de recoger papeles inútiles.

Pues bien, cuando un ser sufre un cambio ya sea en la materia, en la forma, o en ambas, éste ser deja de ser el que es; deja de existir.

Un ejemplo de cambio de forma sin cambio de materia sería cuando se funde el hierro del que está hecho un tornillo, y se hace con esa misma materia una tuerca, el tornillo original habrá dejado de existir. Otro podría ser, por ejemplo, la muerte de una persona; el cadáver de la persona –la materia que la constituye: carne, sangre, huesos, …- no es ya la persona.

Un ejemplo de cambio de materia sin cambio de forma podría ser cuando sustituimos pieza a pieza cada uno de los elementos de una casa; es evidente que tras la sustitución tendríamos una casa, pero no la misma casa que teníamos.

Un ejemplo de cambio de materia y forma sería la combustión de una cuartilla de papel. El resultado de ese proceso cambia la forma, ya que dejaría de haber una cuartilla, y cambia la materia, ya que deja de haber papel, lo que hay ahora es ceniza.

Por tanto, sólo cuando cambia la materia o la forma cambia la sustancia y deja de existir el mismo sujeto. Si lo que cambian son los accidentes entonces permanece el mismo sujeto antes y después del cambio.

Como problemas de esta teoría cabe señalar que ni la materia ni la forma son entidades que se puedan percibir, y por tanto no se puede contrastar empíricamente su existencia.

Cuando miramos la madera vemos un color, si la tocamos sentimos una rugosidad concreta, si la olemos tenemos un olor específico..., pero tanto el color, el olor o la rugosidad no son más que accidentes que podríamos cambiar pintando, perfumando o puliendo la madera, y seguiríamos teniendo el mismo trozo de madera.

La forma de los objetos tampoco es perceptible. En el caso de los seres vivos —el alma— no es perceptible en modo alguno. Y en el caso de los objetos artificiales, como una mesa, si identificamos su forma con la función, nos damos cuenta de que esa misma función la pueden cumplir otros objetos que no son mesa. Y así, por ejemplo, uno puede utilizar una silla para escribir encima de ella.

La sustancia, que es el conjunto de la materia y la forma, es un supuesto que Aristóteles imagina para intentar, a través suyo, hacer comprensible y coherente el comportamiento del mundo que percibimos, pero no se percibe.

Una segunda dificultad de ésta teoría es que no consigue hacer comprensible toda nuestra experiencia. Especialmente las experiencias en las que cambia la materia pero no la forma.

Y así, qué ocurre con un ser al que le vamos sustituyendo partes materiales y reemplazándolas con otras; ¿cuándo hemos cambiado suficiente materia como para que el ser deje de ser el ser que era y pasa a ser un nuevo ser?

Por ejemplo, si yo tengo una casa y sustituyo un ladrillo por otro ¿es la misma casa? En realidad eso parece; la forma es la misma, es decir que sigue siendo "casa" y aunque cambié un ladrillo por otro aún se mantiene el resto del material. Pero ¿y si cambio una pared entera y dejo el resto igual? ¿Y si cambio todos los tabiques? ¿Y si cambio todos y cada uno de los ladrillos menos veinte? ¿sigue siendo la misma casa? Exactamente ¿cuándo deja de ser la misma casa?

 

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2.4   Wittgenstein: Una teoría sobre el lenguaje.

Una orientación distinta a este problema es la que presenta un filósofo del siglo veinte denominado Wittgenstein.

Las teorías examinads hasta ahora eran teorías ontológicas, ya que eran teorías que hablan de los seres del mundo y de su cambio. Sin embargo, para Wittgenstein, la cuestión no es si el objeto es el mismo después del cambio, sino porqué le seguimos llamando igual, y cuándo los cambios son tales que dejamos ya de hacerlo. Es decir, la teoría de Witgenstein no es una teoría sobre la realidad sino sobre cómo usamos las palabras para referirnos a la realidad.

Wittgenstein piensa que la presencia o ausencia de las distintas propiedades de los seres no tienen la misma importancia respecto a dejar de llamar al ser del mismo modo.

Hay propiedades cuyo cambio apenas incide en que dejemos de llamar al ser con el mismo nombre.

Por ejemplo, el avión con el que se realizó el primer vuelo del Atlántico se denomina Plus Ultra; pues bien, el hecho de que tenga un color u otro, de que esté sucio o limpio, de que se encuentre en Toledo o en Sevilla, no hace que dejemos de denominar con el mismo nombre a ese avión. Incluso aunque cambiemos todas esas propiedades a la vez nadie dejaría de denominar que está frente a otro avión, y por tanto lo seguiría llamando Plus Ultra.

Sin embargo hay otras propiedades más importantes, más fundamentales, cuyo cambio sí afecta a cómo denominamos al objeto.

Por ejemplo, si cambiáramos el motor, las alas, la carlinga, y el fuselaje, del Plus Ultra posiblemente ya nadie seguiría denominándole como el mismo avión.

Lo que Wittgenstein señala es que ninguna de esas propiedades fundamentales es lo suficientemente importante para que si cambia dejemos todos de denominar al objeto del mismo modo.

Por si sólo, cambiar las alas, el motor, la carlinga o el fuselaje no hace que la mayoría de los hablantes dejen de llamar al avión Plus Ultra. No existe pues una única propiedad esencial en cuya ausencia el objeto deje de ser denominado por el mismo nombre.

Solamente dejamos de denominar igual al objeto cuando un número significativo e indeterminado de propiedades fundamentales cambia.

No es posible señalar cuántas propiedades fundamentales deben de cambiar para que la mayoría de las personas dejen de denominar al objeto con el mismo nombre. Y de hecho, en ocasiones, las personas se muestran disconformes sobre si el cambio de un conjunto concreto de propiedades significa el cambio de objeto. Por ejemplo, si cambiamos las alas y la carlinga, pero mantenemos el fuselaje y el motor ¿es el Plus Ultra? Algunas personas quizá digan que sí, y otra que no.

Si la teoría de Wittgenstein quiere explicar cuándo dejamos de llamar a un objeto igual es lógico que señale que hay veces en que ni siquiera los hablantes se ponen de acuerdo. Es decir, esa imprecisión de la teoría de Wittgenstein no es un defecto, sino un acierto, en tanto que recoge lo que efectivamente constituye el comportamiento de los hablantes.

Tampoco es posible dar una regla para distinguir qué propiedades más fundamentales, cuáles lo son menos, y cuáles no lo son Pero es así porque los mismos hablantes tampoco coinciden, y fácilmente discrepan sobre la importancia de las propiedades. Aunque es evidente que fundamentalmente nos entendemos cuando hablamos de los objetos y del cambio; luego seguimos reglas parecidas para decidir cuántas propiedades, y cuales, pueden cambiarse y llamar aún al objeto del mismo modo, aunque sean imprecisas y no quepa generalizar.

La teoría de Wittgenstein puede proporcionar una buena explicación sobre la manera en que cambiamos los nombres de las cosas. Sin embargo, deja sin explicarnos qué ocurre con las cosas. Es decir, con independencia de que sigamos denominando igual a un ser, ¿es éste el mismo ser después y antes del cambio?

La importancia de esa cuestión parece incrementarse cuando la dirigimos hacia nosotros mismos. ¿Somos los mismos antes y después del cambio? ¿Qué es lo que no cambia? ¿En qué consiste ser uno mismo? Esta última pregunta constituye el problema de la identidad.

 


 

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Esta página se actualizó por última vez el 18/03/2010