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Apariencia y Realidad

 

 

1.     El Realismo.

1.1     El realismo ingenuo.

1.2     El realismo representativo.

2.    El idealismo.

3.    Fenomenismo y Perspectivismo.

 

 

 

Introducción Filosofía
Identidad y Cambio
Filosofía de la Mente
Apariencia y Realidad
Gnoseología
Fuentes Directas
Fuentes Indirectas
Epistemología
La Actividad Científica
Lenguaje Natural
Lógica Enunciados
Tablas de Verdad
Ética

1        El Realismo.

El realismo mantiene que hay un mundo de objetos físicos que existe aunque no se esté percibiendo, y que es ese mundo físico el que causa las percepciones que de él tenemos.

La postura realista es la postura comúnmente más extendida. Y lo es porque al adoptarla es posible aclaran una serie de sucesos.

Primero el por qué distintas personas coinciden en afirmar que perciben las mismas cosas, aunque cada una de ellas tenga sus propias representaciones mentales.

Por ejemplo; cuando distintas personas miran un coche cada una tiene una imagen diferente del coche; es decir, tienen representaciones mentales distintas, puesto que lo observan desde lugares diferentes. Sin embargo; si uno intercambia su situación espacial por la que ocupa otra persona obtiene representaciones mentales que son sustancialmente idénticas, o muy parecidas, a las que las personas que ocupaban esa posición tenían. La manera de explicar este hecho es suponer que el objeto —el coche— existe con independencia de desde dónde se le mire, y que las representaciones mentales de cada observador no son más que perspectivas obtenidas de un objeto que existe independiente del observador.

También se explica el hecho de que, además de existir un grupo de representaciones mentales —denominado fantasías— cuyo contenido depende de la voluntad de la persona que las tiene, exista otro grupo distinto —denominado percepciones— cuyos contenidos no dependen de la voluntad del sujeto.

Es decir, como las fantasías no existen fuera de la mente que las imagina, esa misma mente las puede cambiar a voluntad, ya que sólo dependen de ella. Pero si las percepciones representan un mundo físico que existe con independencia de la mente, entonces se explica que no sea posible cambiarlas a voluntad, ya que el objeto físico existiría con independencia de la mente.

Por ejemplo, con la suficiente concentración puedo imaginarme un coche que se mueve o para obedeciendo a mi voluntad. Pero hay otras representaciones mentales —las denominadas percepciones— que no obedecen a mi voluntad. Y así, el coche que percibo delante de mí no se mueve porque yo lo quiera.

Por último el realismo también explicaría por qué que la percepción muestra la aparente persistencia en el tiempo de los objetos y la continuidad de los procesos.

Es decir, la mayoría de los objetos que se perciben parecen mantenerse en el tiempo aunque no se estén continuamente percibiendo.

Y así, la mesa que vi ayer tiene el mismo aspecto que la que veo hoy, las casas, las personas y el resto de objetos parecen ser sustancialmente los mismos.

Eso quedaría adecuadamente explicado si suponemos que el objeto percibido permanece similar porque existe con independencia de que yo lo perciba o deje de percibir; es decir, que existe de modo independiente a mi percepción.

Lo mismo para los procesos. En un proceso lo que vemos es una secuencia de actos que están produciendo un cambio. Y la percepción discontinua del proceso nos muestra secuencias que parecen ordenadas y sincronizadas con el transcurrir en el tiempo del proceso.

Ejemplos de procesos serían la combustión de un leño, una nevada sobre un lugar, el llenarse de agua una bañera...

Y así, aunque veamos sólo el inicio de un proceso y volvamos al final, observamos que el resultado es como si el proceso hubiera seguido realizándose aunque nosotros no lo estuviéramos percibiendo.

Por ejemplo el proceso de combustión. Si vemos como un leño comienza a arder, nos vamos, y al tiempo volvemos, lo que vemos al regresar —la ceniza— no parece mas que el resultado de lo que hubiera ocurrido si, existiendo el leño y su arder con independencia de nuestras mentes, el proceso se hubiera seguido desarrollando en nuestra ausencia.

Una forma de explicar este suceso sería suponer que el proceso realmente siguió ocurriendo aunque no estuviéramos presenciándolo;, y por tanto, con existió con independencia de nuestra mente.

Los realistas se dividen en dos, en realistas ingenuos y realistas representativos.

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1.1.          Realismo Ingenuo.

El realismo ingenuo es la postura que las personas mantienen de un modo "natural"—es decir, antes de una reflexión filosófica— sobre la existencia de los objetos que muestran los órganos sensoriales

Lo que el realismo ingenuo mantiene es que ese mundo que existe con independencia de nuestras representaciones es, justamente, como se nos representa por medio de la percepción.

Y así, si veo, por ejemplo, una mesa verde es porque en la realidad existe un objeto físico llamado "mesa", que es verde, y que es en la realidad tal y como la percibo: lisa, impenetrable, …

El realista ingenuo entiende la percepción de un modo especial. Es como si no distinguiera entre la realidad misma y las imágenes que su cerebro forma sobre la realidad a partir de la información suministrada por los distintos órganos sensoriales.

Los objetos percibidos, por ejemplo a través de la vista, no se introducen dentro de la cabeza. La luz reflejada por el objeto forma en la parte posterior del ojo una imagen invertida del objeto que es transmitida en impulsos eléctricos al cerebro; tras lo cual, y después de subsiguientes operaciones químicas que realiza el cerebro a partir de ese material, la persona tiene la experiencia de “ver” el objeto. Por tanto parece que, contra lo que el realismo ingenuo piensa, una cosa es el objeto que la persona ve y otra la imagen que el cerebro de la persona

visión ha formado a partir de la estimulación eléctrica que procede del nervio óptico.

Y como no distingue entre la imagen que su cerebro hace sobre la realidad y la realidad misma, no concibe el problema de si esa imagen producida por el cerebro se parece, o no, a la realidad tal y como es con independencia de la percepción.

Para él la imagen que percibe de un árbol, y el propio árbol, son la misma cosa. Y por tanto la realidad es tal y como aparece en la percepción.

Se han señalado distintas objeciones al realismo ingenuo.

Una de ellas indicaría que si diferentes especies animales disponen de órganos sensoriales más sensibles, e incluso distintos, al del ser humano, y la realidad es tal y como la representan los órganos sensoriales, entonces, o hay distintas “realidades” o nos falta un criterio para decidir cuál sea la realidad “real”.

Algunos animales no disponen de ojos, y otros, como la abeja dispone de un ojos compuesto por más de 10.000 ojos. La mayoría de los animales no ven colores, otros pueden ver colores que los seres humanos no ven, como el infrarrojo y el ultravioleta, y oyen sonidos que nosotros no oímos. Los murciélagos apenas ven, pero disponen de un órgano sensorial en los oídos parecido a un sónar que les permite volar en la oscuridad. Las aves migratorias se ayudan para orientarse en las migraciones de su percepción del campo magnético de la Tierra

La cuestión es cómo es posible que la realidad sea tal y como se percibe por los órganos sensoriales, habiendo órganos distintos y contrapuestos. Un toro no ve colores, ¿es la realidad coloreada?, el hombre no ve el color ultravioleta, aunque algunas mariposas si lo ven, ¿tienen algunas flores el color ultravioleta aunque nosotros no lo veamos? La mosca ve la realidad a través de diez mil ojos, ¿es la realidad un calidoscopio? La cosa aún se complica más cuando comprobamos que dentro del reino animal existen órganos sensoriales completamente distintos a los de los seres humanos, ¿es la realidad tal y como la perciben esos extraños órganos sensoriales?

Otro problema que se le plantea al realismo ingenuo es que nuestros órganos sensoriales pueden proporcionar información incoherente, bien porque un órgano sensorial entren en colisión con otro, o bien porque un mismo órgano sensorial proporcione información autocontradictoria.

Una contradicción entre distintos órganos sensoriales se da en la experiencia de introducir un palo en una cubeta transparente de agua; mientras a la vista parece que se hubiera torcido, al tacto permanece recto.

Pero también ocurre que un mismo órgano sensorial nos puede dar información contradictoria. Si introducimos una mano fría —por ejemplo aquella que ha permanecido un tiempo en un congelador— en una cubeta de agua a temperatura ambiente tendremos la sensación de que esa agua está caliente, pero si a la vez introducimos una mano caliente —por ejemplo después de tenerla un tiempo adecuado sobre un radiador encendido— en el mismo agua, nos parecerá que el agua está fría. Si la realidad es tal y como la describen los órganos sensoriales ¿está ese agua fría o caliente?

Una tercera objeción al realismo ingenuo se encuentra en el conocimiento científico. La ciencia parece mostrar, a través de experimentos, que la realidad no sólo no parece ser como la muestran los sentidos, sino que más bien parecería que éstos se equivocan completamente.

Por ejemplo, al mirar una tabla de madera la vista nos indica que no hay agujeros, que es impenetrable; sin embargo la ciencia puede mostrar, a través de experimentación, que está siendo continuamente atravesada por diferentes partículas subatómicas que ni siquiera vemos —por ejemplos los rayos cósmicos que lanza el Sol.

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1.2.          El realismo representativo.

El realismo representativo afirmará que si bien el mundo exterior existe, y es el causante de nuestras percepciones, sin embargo éste no es tal y como se nos muestra en la percepción.

Este realismo distingue entre dos tipos de propiedades: cualidades sensibles y propiedades físicas o primarias.

Las cualidades sensibles sólo existen en el cerebro, o la mente, de la persona. Las produce el propio cerebro al ser estimulado por la información recibida de los órganos sensoriales. Pero esas cualidades sensibles no existen fuera de la mente, son sólo un producto del cerebro.

Y así, cuando miramos una manzana roja, el color rojo que vemos, que es una cualidad sensible, no existe fuera de nuestra mente. En realidad la manzana no tiene color, sino que refleja una longitud de onda —la luz— que es codificada por nuestra vista en señales eléctricas que, al llegar al cerebro, hacen que éste produzca en nuestra conciencia la cualidad de color “rojo”.

En cambio, las propiedades primarias existen en el objeto físico con independencia de la mente.

Un criterio objetivo para distinguir entre propiedades primarias y cualidades sensibles es que las propiedades primarias pueden ser matematizadas; es decir se les puede adjudicar objetivamente una cantidad numérica, y eso hace que puedan ser objeto de estudio por parte de la ciencia. Las cualidades sensibles, en cambio, no pueden ser matematizadas y permanecen situadas fuera del campo de la ciencia.

Como ejemplo de propiedades primarias están el peso, la forma, la presión, la longitud de onda que refleje un objeto, el tamaño, la temperatura, etc. Y como ejemplo de cualidades secundarias está el color, la sensación de calor, la sensación de pesadez. La presencia des esas propiedades pueden ser cuantificadas en unidades. Por ejemplo el peso en gramos, la forma en longitudes, la presión en bares, la longitud de onda en nanómetros, o la temperatura en grados.

En cambio, la sensación de calor o de frío, no puede cuantificarse. Podemos decir que sentimos más o menos frío, pero no adjudicar, de un modo objetivo y verificable por los demás, una cantidad concreta. En cambio la temperatura que marca un termómetro es independiente de la sensación de calor o frío que se tenga. Igualmente con los colores, los sabores, etc.

Dentro del conjunto de las propiedades primarias hay un subconjunto denominado propiedades disposicionales que son aquellas que, perteneciendo al objeto físico, éste nos las exhibe de modo actual, sino que consisten en la disposición del objeto a exhibirlas bajo ciertas condiciones que en el presente no se dan.

Por ejemplo, la conductibilidad, entendida como la capacidad de un objeto para transmitir una corriente eléctrica, puede adjudicarse a una llave de hierro, aunque en ese momento no esté transmitiendo electricidad. Lo que se dice de ella es que tiene la propiedad disposicional de la conductibilidad; y por tanto, ésta capacidad se hará presente, si hacemos que una corriente eléctrica llegue a la llave. En cambio, la propiedad de estar formada por átomos con el número atómico correspondiente al hierro no sería una propiedad disposicional en una llave de hierro, ya que ocurre, y es propiedad de la llave, sin ninguna condición desencadenante.

Pues bien, las cualidades sensibles que la mente produce no son más que el efecto que ciertas propiedades disposicionales producen en nosotros.

Y así, por ejemplo cuando vemos un objeto de color rojo, la "rojez" no es una propiedad que exista realmente en el objeto, lo que existe en el objeto es una disposición física de sus moléculas, o en términos del siglo XVIII un poder, que hace que cuando una luz blanca incida en él refleje una longitud de onda en concreto, que es la que al llegar a nosotros, a través de los ojos, termina por hacer que se produzca en la mente el color rojo. Una disposición distinta de las moléculas del objeto le haría reflejar una longitud de onda diferente, que terminaría por producir en nuestra mente un color distinto, quizá el azul.

Un objeto X, que tuviera un peso de 80 kilos, no sería en realidad pesado, sino que tendría la propiedad disposicional —80 Kg. de peso— que le hace, a mi percepción, parecer pesado; sin embargo un elefante podría encontrarlo ligero. La sensación de ligereza o pesadez la pone mi cerebro, no está en el objeto.

Si ese objeto tuviera una temperatura de 40ºC me parecería caliente, pero mientras la temperatura —los 40ºC— es real, la sensación de calor es una propiedad secundaria producida por la mente, y que sólo está en la mente. Si el que percibe esa temperatura tuviera fiebre quizá no le pareciese caliente, sino fresca.

Igualmente con los sabores y olores. Decimos que la glucosa es dulce, pero si dulce fuera una propiedad real de la glucosa los químicos podrían mostrarla en el laboratorio, pero no hay tal porque dulce no es una propiedad real de la glucosa, sino de nuestra percepción de ésta.

Y así, un realista representativo considera que el mundo es real, pero que no son los sentidos quienes nos informa de cómo es realmente el mundo, ya que éstos sólo muestran una apariencia irreal —las cualidades sensibles— que los realistas ingenuos confunden con la realidad

Eso no significa que no podamos conocer cómo es realmente el mundo, sólo que quien se encarga de hacerlo no son los sentidos, sino que es la ciencia, y lo consigue a través del centrarse en la descripción de las propiedades primarias.

 “Me he puesto la tarea de redactar estas conferencias y, al hacerlo así, he acercado mis sillas a mis dos mesas. ¡Dos mesas! Sí; todos los objetos que se encuentran a mi alrededor tienen su duplicado...; dos mesas, dos sillas, dos plumas. Estoy familiarizado con una de ellas desde mi más tierna infancia. Es un objeto común dentro de ese ambiente que llamo mundo; ¿cómo voy a describirla?; tiene extensión; es, hasta cierto punto, permanente; noto que su superficie está pintada, pero que, ante todo, es substancial. Cuando digo “substancial” no sólo quiero significar que no se viene abajo cuando me apoyo en ella, sino que está constituida por “substancia”, y en virtud de esa palabra intento transmitir cierto concepto de su naturaleza intrínseca. Es una cosa; no como el espacio, que una mera negación; no como el tiempo, que es... ¡Dios sabe qué! La característica distintiva de una “cosa” consiste precisamente en estar constituida por “substancia”, y no veo mejor manera de describir la substancia, en este caso, que tomar como ejemplo ese trozo de naturaleza representado por una mesa ordinaria. No insisto más sobre el particular porque sería caer dentro de una círculo vicioso. Después de todo, si el lector es un hombre de buen sentido, un hombre no muy atormentado por escrúpulos científicos, puedo dar por sentado que comprende la naturaleza de una mesa ordinaria. La mesa número dos es mi mesa científica. Mi conocimiento de ella es más reciente que el de la otra, y por eso no me es tan familiar. No pertenece al mundo antes mencionado, a ese mundo que aparece espontáneamente a mi alrededor cuando abro los ojos, aun antes de entrar a considerar lo que en él es objetivo o subjetivo. Forma parte de un mundo que, de una manera indirecta, se ha impuesto a mi atención. Mi mesa científica es casi toda un vacío. Desparramadas en ese vacío hay numerosas cargas eléctricas moviéndose a gran velocidad, pero su volumen conjunto no alcanza siquiera a una trillonésima parte de volumen de la mesa. Dicha mesa contiene mi papel de escribir en forma tan satisfactoria como la mesa número uno, pues cuando dejo el papel sobre ella las minúsculas partículas golpean su parte inferior de tal suerte que el papel queda mantenido en suspenso a un nivel aproximadamente constante. Si me apoyo sobre esa mesa, no pasaré a través de ella; o, para ser rigurosamente exacto, la probabilidad de que mi codo científico pase a través de mi mesa científica es tan remota que puede ser descartada en la práctica. Pasando revista a sus propiedades, una por una, parece que hubiera poca diferencia entre las dos mesas, en cuanto a su utilidad para usos corrientes, pero cuando sobrevienen circunstancias anormales mi mesa científica ofrece ventajas sobre la otra. Si la casa se incendia, mi mesa científica se disolverá en humo científico mientras que mi mesa familiar sufrirá tal metamorfosis que no me será posible explicar el cambio y tendré que considerar lo ocurrido como un milagro. Mi segunda mesa está exenta de substancia”. Casi toda ella es espacio; un espacio poblado por campos de fuerzas, pero éstos deben ser designados bajo la categoría de “influencias” y no de “cosas”. Ni siquiera podemos conferir la conocida noción de “substancia” a aquella minúscula parte que no está vacía. Al reducir la materia a cargas eléctricas nos alejamos considerablemente de la imagen que dio lugar al concepto de “substancia”, y el significado de este concepto -si es que alguna vez tuvo alguno- se ha perdido en el camino. Huelga decir que la física moderna, gracias a delicados experimentos y a una rigurosa lógica, asegura que mi mesa científica es la única que en realidad está ahí..., sea lo que fuese aquello que ahí pueda haber. Por otra parte cabe insistir que la física moderna jamás conseguirá exorcizar la primera mesa -compuesto extraño de naturaleza externa, imágenes mentales y prejuicios heredados- que veo con mis ojos y puedo asir con la mano.

[i]

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2        El Idealismo.

El idealismo es una postura filosófica antagónica al realismo. Mantiene dos tesis.

La tesis primera, y principal, dice que no existe un mundo físico exterior a nuestra mente y a sus representaciones mentales.

La segunda tesis del idealismo es un corolario de la anterior y afirma que, como las representaciones mentales sólo existen mientras se encuentran en una mente, de igual modo, lo percibido sólo existe si hay una mente en la que esté representado, y sólo durante el tiempo en que se encuentren representado en la mente.

Por ejemplo, un dolor sólo existe mientras dura en la mente que lo padece. No tiene sentido afirmar que el dolor sigue existiendo, no se sabe dónde, cuando deja de doler. Igualmente, las representaciones mentales que tenemos de los objetos del mundo sólo existen mientras se encuentran en la mente que las tiene. Y como sólo existen las representaciones mentales de los objetos físicos, y no éstos mismos, la realidad percibida como exterior a nuestra mente no es tal, y sólo existe mientras una mente la perciba.

La expresión clásica de esta segunda tesis dice que “esse est percipi” (ser es ser percibido); es decir, existir equivale a ser percibido.

Como apoyo de estas tesis los idealistas señalan el Principio de Inmanencia, que viene a decir que la mente no puede transceder —transpasar— sus propias representaciones; es decir, no puede salir de sí misma, no tiene acceso a algo que no sea mental, y por eso de ella se dice que es inmanente a ella misma.

Todo lo que hay en la mente es mental, y no puede tener otra cualidad. No podemos introducir en la mente objetos que no sean mentales. Nuestras sensaciones —como la del calor o el frío— nuestros sentimientos —como la ambición o la nostalgia— nuestras representaciones mentales —recuerdos, fantasías y percepciones— todo ello es mental.

Al percibir no “introducimos” un objeto físico en nuestra mente, como mucho, y suponiendo que ese objeto físico exista, “introducimos” su imagen, es decir una copia mental del objeto físico. Por ello, todo lo que existe en la mente es mental, y sólo mental.

Debido al Principio de Inmanencia no podemos comprobar que exista algo fuera de la mente, ya que ésta no puede salir fuera de sí misma para ver si existe algo que no sea mental. Luego afirmar que existan objetos que no sean mentales —como afirma el realismo— es afirmar algo de lo que ni hay ni puede haber comprobación directa.

Es decir, no podemos comprobar a través de la experiencia que exista algo fuera de la mente. Porque tener una experiencia es formar en la mente una imagen, algo que por el Principio de Inmanencia siempre es mental.

"Así, ahora estamos viendo este teatro y mientras no hacemos más que ver, en ese nuestro ver nos parece que el teatro existe fuera y aparte de nosotros. Pero ya notamos que esto era una creencia problemática adscrita a todo acto de pensar inconsciente, es decir, a todo acto de pensar que se ignora a sí mismo. El teatro-alucinación no parece al alucinado existir menos realmente que el que ahora tenemos delante. Esto nos hace caer en la cuenta de que ver no es salir el sujeto de si mismo y ponerse mágicamente en contacto con la realidad misma El teatro de alucinación y el auténtico existen ambos, por lo pronto, sólo en mí, son estados de mi mente, son cogitationes o pensamientos. Son —como comenzó a decirse desde fines del siglo XVIII hasta nuestros días— contenidos de la conciencia, del yo, del sujeto pen­sante. Toda otra realidad de las cosas más allá de la que tienen como ideas nuestras es problemática y, en el mejor caso, derivada de esta primaria que poseen como contenidos de la conciencia. El mundo exterior está en nosotros, en nuestro idear. El mundo es mi representación  como diría toscamente el tosco Schopenhauer. La realidad es idealidad. En rigor y en pura verdad existe sólo el ideante. el pensante, el consciente: yo —yo mismo, me ipsum.

En mí, es cierto, aparecen los más variados paisajes; todo eso que ingenuamente creía haber en mi derredor y en que creía estar y apoyarme, renace ahora como fauna y flora interior. Son estados de mi subjetividad. Ver no es salir de sí, sino encontrar en si la imagen de este teatro, trozo de la imagen Universo. La conciencia está siempre consigo, es inquilino y casa a la vez. es intimidad —la intimidad superlativa y radical de mí mismo conmigo mismo. Esta intimidad en que consisto y que hace de mi un ser cerrado, sin poros, sin ventanas. Si en mi hubiese ventanas y poros entraría el aire de fuera. me invadiría la supuesta realidad exterior —y entonces habría en mí efectivamente cosas ajenas a mí, habría en mi gente— y no seria yo pura, exclusiva intimidad. Pero este descubrimiento de mi ser como intimidad. que me proporciona la delicia de tomar contacto conmigo mismo en lugar de verme como una cosa exterior entre las demás cosas, tiene en cambio el inconveniente de que me recluye dentro de mi, hace de mi cárcel y, a la vez, prisionero. Estoy perpetuamente arrestado dentro de mí. Soy Universo, pero, por lo mismo, soy uno... solo. El elemento de que estoy hecho, el hilo de que estoy tejido es soledad. [ii]

 Para el idealismo la propia noción de “objeto físico existiendo fuera de la mente” no es más que una ficción inventada por la imaginación. Y aunque los objetos físicos existieran realmente fuera de las mentes no tendríamos ninguna razón para suponer que así fuese. Tal cosa -afirma el idealismo- no pasa de ser una pura fantasía cuando no una noción contradictoria.

Tendríamos tantas razones para creerlo como las que tenemos para creer que la afirmación que dice: “en otro planeta existen extraterrestres que nacen con boina y  toman te de menta a las doce de la mañana” es cierta. Es decir, esa afirmación, como las que hace el realismo, no podemos demostrar que sean falsas, pero no hay ninguna razón para tomarlas por verdaderas

[iii].

 Ahora bien, y si el idealismo tiene razón y sólo existen contenidos mentales ¿cómo se distingue entre tener una percepción, una ilusión, una alucinación, o un sueño?, porque parece evidente que las personas habitualmente lo hacemos.

Para explicar qué diferencia lo que llamamos “percepción” el idealista introduce la noción de “familia de experiencias sensoriales”, y a partir de esa noción definen la de “objeto”.

Una familia de experiencias sensoriales es una colección ordenada de distintas experiencias sensoriales que se pueden obtener con distintos órganos sensoriales.

Por ejemplo, si tengo la percepción visual de una manzana, y permanezco quieto mirándola, la imagen no varía, pero si me muevo observo que las imágenes que recibo de la manzana cambian. Sin embargo cambian según cierto orden; al acercarme tengo una imagen más grande, al alejarme más pequeña. Si giro sobre la manzana observo, de nuevo, que hay un orden en la secuencia de imágenes que percibo. Incluso llega un momento que puedo predecir cómo será la imagen que reciba según me mueva en una dirección u otra; es decir, que las imágenes de una familia presentan un orden. Además, si toco la manzana obtengo una serie de sensaciones que, como las anteriores, son y ordenadas, regulares. Si pruebo diferentes trozos de ella me saben de manera similar... Es decir, que las percepción de una manzana no es una imagen suelta de olor, o visual, sino una colección de percepciones ordenadas que pueden obtenerse desde distintos órganos sensoriales.

Es al conjunto de las experiencias sensoriales que forman una familia a lo que los idealistas denominan objeto

[iv].

A partir de esa definición idealista de “objeto”, pueden distinguirse las alucinaciones de las percepciones. Una alucinación sería una representación suelta, que no pertenece a una familia de experiencia sensoriales, y que por tanto no forma parte de un objeto.

Si tengo delante la imagen de un oasis, pero al acercarme la viese desaparecer, me daría cuenta que no puede tratarse de un oasis, ya que la familia de experiencias sensoriales que forman tal objeto incluye una serie de experiencias visuales que faltan. Más bien tendría una representación visual que, por no pertenecer a una familia ordenada, no forman un objeto, forman una alucinación.

El caso de las ilusiones es distinto. Una ilusión se da cuando distintos sentidos dan información contradictoria entre sí.

Por ejemplo la que se forma cuando introducimos un palo en el agua que a la vista parece oblicuo y al tacto recto.

En esas circunstancias los idealistas señalan

[v] que la manera de distinguir cuál sea la representación real es a través del sentido del tacto. Y así, en caso de contradicción entre representaciones sensoriales, aquellas representaciones que tengan cualidad tactil son las percepciones, mientras que las que no tengan tal cualidad son las ilusiones.

Si vemos una manzana, pero al acercarnos e intentar cogerla nuestra mano la atraviesa sin tocarla, pensaríamos que estamos teniendo una alucinación visual, y que la manzana no es real. En cambio, si chocásemos contra un objeto, que no vemos, pero que sí podemos palpar, diríamos que estamos ante un objeto invisible -quizá un cristal- pero no que tal choque es una ilusión y el objeto no existe.

El caso del sueño es diferente de los anteriores. En el sueño se nos representan familias completas de experiencias sensoriales. Lo que hace que el sueño se diferencie de las percepciones es que, mientras estamos despiertos, presenciamos y vemos como se desarrolla nuestra vida según una trama argumental coherente. Esa secuencia es interrumpida cuando dormimos, ya que soñamos cosas que no continúan el argumento que llamamos nuestra vida, y que al despertar se reanuda.

Es justamente el hecho de que los sueños interrumpen la trama coherente que llamamos vida, y que ellos mismos no forman una secuencia coherente, lo que nos permite distinguir entre sueños y percepciones.

Por ejemplo, la vida de un labrador consiste en una trama de representaciones, con  argumento y coherencia. Las personas llegan a ser labradores, o dejan de serlo, a través de una historia, que viene a ser una secuencia coherente de representaciones en las que se ve cómo se pasa de un estado a otro, o cómo el estado continua.

Sin embargo, si ese labrador sueña que es un rey, le parece serlo sólo durante una noche, pero al despertar vuelve a seguir la trama de representaciones anteriores en las que él es el mismo labrador que era antes de soñar; y de hecho, se despierta en la misma cama en la que se acostó siendo labrador, con los mismos problemas y en la misma realidad. Pero las imágenes de los sueños que tiene no continúan la trama argumentativa con el sueño anterior, y si un día soñó que era rey otra sueña que es mendigo, y le ocurren cosas en el sueño que no continúan en el siguiente sueño ni cuando despierta, más bien son secuencias de imágenes que interrumpen la trama principal, y es por ello que se distinguen de las imágenes que forman la realidad.

En cambio, si el labrador soñase que es un rey, de manera que en sus sueños se continuara, con la misma coherencia que siendo labrador, la trama argumental, no habría manera de diferenciar qué es sueño y qué percepción; y habría que decir que esa persona lleva realmente dos vidas, una como labrador y otra como rey.

El idealismo no es una única postura, sino un semillero de ellas; es decir, una corriente filosófica.

Una clase especial es el denominado idealismo solipsista. Etimológicamente “solipsismo” significa “solo yo”, y eso justamente es lo que el solipsismo mantiene; que sólo existe una mente, la propia, y sus contenidos mentales. Es decir, no hay más mente que la mía.

Es decir, si por el Principio de Inmanencia tengo que no puedo conocer más que mis representaciones mentales, entonces, sólo puedo afirmar que existo yo y mis ideas. Y por el mismo motivo que se niega la existencia de los objetos físicos puede negarse la existencia de otras mentes que no sea la mía.

“No obstante, luego de todo lo que se ha dicho, tengo que admitir que es prácticamente imposible creer seriamente que todas las cosas del mundo que te rodea pudieran no existir en realidad. Nuestra aceptación del mundo externo es instintiva y poderosa: no podemos librarnos de ella me­diante argumentos filosóficos. No sólo seguimos actuando como si la demás gente y las cosas existieran: creemos que existen, aun después de haber examinado los argumentos que parecen mostrar que no tenemos razones para dicha creencia. (Podemos tener fundamentos, dentro del sistema general de nuestras creencias sobre el mundo, para creen­cias más particulares sobre la existencia de cosas particu­lares, como un ratón en la panera, por ejemplo; pero eso es diferente: presupone la existencia del mundo externo.)

Si una creencia en el mundo exterior a nuestras mentes nos es tan natural, quizá no necesitemos fundamentos para ella. Podemos dejarla como está y esperar estar en lo cierto. Y de hecho eso es lo que la mayoría de la gente hace tras abandonar el intento de probarla: aun cuando no puedan dar razones contra el escepticismo, no pueden tampoco vi­vir con él; pero esto significa que nos aferramos a la mayo­ría de nuestras creencias comunes sobre el mundo, a pesar de que a) podrían ser completamente falsas, y b) no tene­mos bases para descartar esa posibilidad.

"Dejamos el asunto planteando tres preguntas: 1. ¿Hay una posibilidad significativa de que el interior de tu mente sea lo único que existe, o de que, aun cuando haya un mundo exterior a tu mente, sea totalmente distinto de lo que crees? 2. Si lo anterior es posible, ¿tienes alguna forma de probarte a ti mismo que realmente no es cierto? 3.  Si no puedes probar que algo existe fuera de tu pro­pia mente, ¿es correcto seguir creyendo de todas ma­neras en el mundo externo?

[vi]

 

 

 

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3        Fenomenismo y Perspectivismo.

El fenomenismo es también un semillero de posiciones filosóficas.

Es característico del fenomenalismo indicar que tanto la noción de un mundo físico independiente de la mente, como la de una mente independiente del mundo físico no son nociones que se puedan conocer con seguridad, sino sólo son inferencias que se elaboran a partir de algo de lo que sí podemos estar completamente seguros de su existencia, y que se denomina lo dado.

Es habitual que al percibir el sujeto introduzca ciertos supuestos teóricos que le ayuden a entender qué es eso que percibe. Entre esos supuestos teóricos está que lo percibido sea un objeto físico, o que lo percibido lo sea por un sujeto perceptor. Pero ambos dos elementos no se “perciben”, sólo son supuestos que se añaden a los datos percibidos para entenderlos.

Por ejemplo, si miramos una manzana, y nos preguntan qué percibimos, diríamos justamente la manzana. Sin embargo si lo analizamos con cuidado nos damos cuenta de que, en realidad, lo que vemos no es una manzana sino una serie de formas y colores que interpretamos como una manzana.

Esas formas y colores son los datos de los sentidos que percibimos. Cada uno de nosotros percibiría un serie diferente de esos datos de los sentidos, dependiendo de la posición y distancia al objeto, y sin embargo todos diríamos que vemos la misma manzana, aunque, en realidad, ninguno vio lo mismo.

Lo que el fenomenalista señala es que lo indudable son los datos de los sentidos, mientras que la noción de “objeto físico manzana” es una construcción teórica, una teórica, construida a partir de esos datos de los sentidos.