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La relación entre razón y fe.
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Distinción entre teología y
filosofía.
Piensa Tomás de Aquino (1225–1274) que la teología y la filosofía
proceden de modo distinto[1].
El teólogo parte de los datos revelados en la Biblia, los adopta como
principios, y a partir de ellos deduce sus teoremas. Así va construyendo
el edificio de la teología dogmática o revelada, que consiste en
el conjunto de los principios revelados más lo que la razón del teólogo
puede deducir a partir de aceptar tales principios.
Por tanto, lo que caracteriza al teólogo como tal es que acepta como
iniciales y válidos los principios revelados. Y las labores para las que
el teólogo usará la razón son dos; la primera para aclarar el
significado de los principios adquiridos por revelación, y la segunda
para deducir las consecuencias lógicas que se pudieran seguir de tales
principios.
El filósofo, por su parte, no parte de principios adquiridos por
revelación, como mucho parte de lo que le ofrece la experiencia
sensible, y llega a establecer sus principios a través del uso exclusivo
de la razón.
Y así, cuando el filósofo estudia a Dios lo hace sin partir de ningún
dato revelado, sólo parte de la experiencia y de la razón, y desde estos
únicos principios da lugar a una teoría racional sobre Dios denominada
teología natural.
Por tanto, la diferencia entre ambos no está en que la materia de
estudio sea necesariamente distinta, ya que ambos pueden coincidir en
estudiar a Dios; tampoco está en que necesariamente afirmen cosas
diferentes sobre los temas que tratan, ya que ambos, por ejemplo,
podrían coincidir en mantener la existencia de Dios; la diferencia está
en el modo de operar de cada una de ellos, mientras el teólogo parte de
los principios revelados, el filósofos debe, a través del sólo uso de la
razón, concluirlos.
Así, el teólogo puede partir de la existencia de Dios, que conoce a
través de la revelación de la Biblia, pero el filósofo sólo
puede legítimamente conquistar ese
conocimiento a través del uso de la sola razón y de la experiencia, si
ésta le fuera útil.
Es decir, la teología parte de lo que la filosofía concluye, aunque no
todo lo que la revelación afirma puede ser conquistado por
la razón, en algunos temas, como
el de la existencia de la Trinidad, la razón no puede demostrar nada, y
sólo cabe la fe.


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Razones que justifican la
existencia de ambas teologías.
Según piensa Tomás de Aquino una parte de las
proposiciones de la teología revelada pueden ser conocidas por la razón,
pero hay otra parte a la que la razón no
puede llegar.
Ahora bien, el ser humano es una entidad que presenta fines naturales y
fines sobrenaturales.
Como por ejemplo el de conseguir la vida eterna. El hombre no puede
saber por el sólo uso de la razón que le cabe la posibilidad de
conseguir una vida eterna.
Pues bien, para conseguir los fines naturales le basta con su sola
razón, sin embargo para poder conocer y conseguir sus fines
sobrenaturales la razón no es suficiente, es necesaria la parte de la
teología revelada que el hombre no puede conocer a través del mero uso
de su entendimiento; y esto justifica la existencia de esa parte.
La función principal de la revelación es indicarle al hombre que, además
de los fines mundanos a los que su naturaleza tiende, existen unos fines
sobrenaturales y sobrehumanos que puede llegar a alcanzar, aunque no con
sus solas capacidades.
Si no existiera esa parte de la revelación el hombre no podría conocer
ni esos fines, ni podría ponerse en disposición de ser ayudado a
conseguirlos; ya que él, por sus propios medios naturales, no puede ni
conocerlos ni conseguirlos.
Pues bien, aunque eso justifica la existencia de una parte de la
teología revelada queda aún por justificar la existencia de aquella otra
parte cuyo conocimiento el hombre podría adquirir por el sólo uso de su
razón. Y la manera de justificar esta segunda parte es a través de dos
razones[1].
La primera de ellas está en que adquirir ese conocimiento por vía
natural requiere capacidad intelectual, tiempo libre para dedicarlo a la
investigación, y fuerza de voluntad para perseverar en el objetivo, y
este conjunto de cosas no lo tiene el común de los hombres. Por eso,
aquel que no tiene la capacidad, o no puede, o no quiere dedicar el
tiempo y el esfuerzo necesario para conocer esos contenidos, siéndoles
necesarios para su salvación, necesita conocerlos de otra manera más
rápida y directa, y esa función es la que realiza la teología dogmática
a través de la revelación.
La segunda razón está en la debilidad de nuestro entendimiento, ya que
aunque es cierto que los filósofos paganos llegan a poder afirmar
verdades teológicas por la mera razón, sin embargo es muy fácil que se
equivoquen al describirlas, o que no consigan llegar a todos los
atributos que podrían deducirse con la mera razón.
Es decir, aunque muchos filósofos llegan a afirmar la existencia de
Dios, sin embargo, algunos se equivocaron al afirmar que tenía cuerpo, o
no llegaron a descubrir, como Aristóteles, que era providente.
Es necesario que la revelación sirva de baliza a la razón, porque la
revelación, cuya validez se asienta en la autoridad de Dios, no puede
errar; y así puede indicarle a la razón cuando ésta comienza a errar el
camino.
Lo que hace que la razón puede extraviarse es, su limitada capacidad, la
complejidad de los temas a tratar, y la posibilidad de ser influida en
sus operaciones por los deseos y las pasiones.
Con el tiempo y la tranquilidad necesaria la razón por sí sola, y sin
auxilio de la revelación, terminaría por darse cuenta donde se ha
equivocado y podría corregirse. Pero si queremos salvarnos consiguiendo
la vida sobrenatural, y ese es el fin más importante para el ser humano,
no tenemos tiempo que perder en el error.
Esto hace necesaria la revelación, incluso para el filósofo y en los
propios temas de la teología natural, ya que nos urge conseguir nuestro
fin principal y a ése la revelación apunta sin error.
Ahora bien, si se cuenta con la revelación, y ésta no puede fallar,
entonces ¿para qué es necesaria la teología natural?, ¿para que usar la
razón en el ámbito de la religión si contamos con la seguridad de la
revelación y la razón puede extraviarnos?
Tomás considerará no sólo que la razón es útil sino que, en los temas en
los que es posible el conocimiento racional, es mejor éste que limitarse
al conocimiento que proporciona la fe en la revelación.
La razón añade al mero saber por fe la posibilidad de establecer un
orden, un sistema, que ayude a la ordenación y comprensión del saber
teológico, además es útil para esclarecer el significado de los
artículos de fe, y por último puede utilizarse como un arma dialéctica
para enfrentarse adecuadamente al error teológico.


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Las Demostraciones de la
Existencia de Dios.
-
El argumento ontológico.
Algunos teólogos, como san Juan
Damasceno, consideran que el hombre tiene un conocimiento innato de la
existencia de Dios. Tomás, admite que se nace
con una idea de Dios, pero esa noción es vaga y confusa, y necesita de
clarificación por la reflexión[1].
La cuestión se centra en si es
posible conocer la existencia de Dios
sin tener que recurrir a la fe.
Exceptuada la fe dos son las fuentes principales de nuestro
conocimiento: la experiencia y la razón.
Dios no es objeto directo de experiencia sensible —a Dios no se le ve—
por lo que algunos teólogos, como san Anselmo de Canterbury,
consideraron que el procedimiento adecuado para demostrar la existencia
de Dios tendría que venir a través de una prueba a priori, es
decir, que prescinda de la experiencia y producida de modo exclusivo por
la razón.
La prueba que san Anselmo ideará, y que a partir de Kant se denominará
argumento ontológico, parte de la definición de Dios y, de ahí,
intentará deducir que lo así definido necesariamente existe.
San Anselmo define a Dios como el ser del que no se puede concebir otro
más perfecto, y afirma que ese ser tiene que existir no sólo en el
pensamiento sino en la realidad, porque existir en la realidad es más
perfecto que existir sólo en el pensamiento, y si ese ser no existiera
en la realidad no sería el ser del que no se puede concebir otro más
perfecto, luego Dios existe en la realidad y no sólo en el pensamiento[2].
Tomás rechazará la prueba anselmiana.
Considera que es cierto que hay proposiciones cuya verdad es evidente
en sí misma, ya que en ellas se predica de un sujeto algo que
pertenece a su esencia, y que por tanto son proposiciones que se pueden
conocer como verdaderas de una manera a priori, sin acudir a la
experiencia.
Como por ejemplo en la proposición "los triángulos tienen tres lados";
porque en la esencia del objeto —triángulo— está incluido lo que de él
se enuncia en la proposición —tener tres lados.
Sin embargo, puede también ocurrir que algunas proposiciones, siendo
evidentes en sí mismas, no sean evidentes para nosotros porque
nuestro conocimiento de las propiedades esenciales del sujeto no sea tan
completo como para poder saber con seguridad si le conviene
necesariamente el predicado; y de esa clase es la proposición “Dios
existe”.
Es decir, es posible que haya propiedades, por
ejemplo del triángulo, que pudieran ser evidentes en sí mismas, pero
debido a nuestra ignorancia, no lo fueran
para nosotros. En esa circunstancia, la proposición que enunciase esa
verdad sería necesariamente cierta –evidente en sí misma- pero nosotros
no sabríamos que lo es; no sería evidente para nosotros.
Nosotros no conocemos en esta vida tan perfectamente a Dios como para
poder darnos cuenta, por la sola inspección de su concepto, que
necesariamente tiene la propiedad de la existencia. Y aunque es cierto
que Dios existe, y además que existe de una forma necesaria, eso lo
terminaremos sabiendo, piensa Tomás, no de una forma a priori, como
propone Anselmo de Canterbury, sino con procedimientos a posteriori que
se basan en la experiencia.
Por tanto, la proposición "Dios existe" es una proposición evidente en
sí misma, pero no evidente para nosotros; luego no nos demuestra que
Dios exista.
Descartado el procedimiento a priori, que se basa de modo exclusivo en
la razón, sólo queda el procedimiento a posteriori, que es el que se
basa en la experiencia.
Aunque de Dios no tenemos experiencia sensible sí la tenemos de sus
obras; es decir, de la creación del propio Dios. Y así, Tomás piensa que
al crear el universo Dios ha dejado señal, rastro, de sí mismo en él, de
modo que tomando lo creado como punto de partida podemos remontarnos y
demostrar, de cinco maneras distintas, que hay un creador que
corresponde al nombre de Dios.
[2] Poco después de
publicar en el Proslogion, en 1077, el argumento anselmiano se
vio contestado por un monje denominado Gaunillo, que en una
publicación denominada Liber pro insipiente, intenta refutar la
prueba señalando que, por lo mismo, podría demostrarse la
existencia de una isla completamente perfecta. San Anselmo
replicará que no es el caso, ya que en la definición de una isla
no se incluye, como atributo propio la existencia, luego una
isla completamente perfecta no será una isla que tenga
necesariamente también la perfección de existir; en cambio, en
la noción de Dios, se incluye que tenga que tener,
necesariamente, todas las perfecciones posibles, luego en él si
se incluye la existencia.


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Las cinco vías de Tomás
de Aquino.
Las vías presentan una estructura común[1].
En todas ellas se parte de una clase de hechos observables en la
experiencia. Tras esto se comprueba que esa clase de hechos, por
su propia estructura interna, necesita una explicación que
justifique su existencia, ya que por sí misma esa clase de
hechos no se explica. A continuación se niega que esa
explicación pueda consistir en una cadena infinita de hechos de
experiencia de la misma clase que se intenta explicar. Y por
último se pasa a concluir la necesidad de que exista un ser que
sea trascendente a esa clase de hechos y el cuál, por tener una
propiedad en concreto que le caracteriza, sea capaz de explicar
la existencia de la clase de hechos de experiencia de la que se
parte; a ese ser se le llama Dios.
Partimos del dato de experiencia de que en el mundo existen
cosas que se mueven, entendiendo ese movimiento en el sentido
aristotélico de un paso de la potencia al acto. Comprobamos que
todo lo que se mueve es movido por otro.
La concepción aristotélica del movimiento
dice que moverse es estar actualizando una potencia; sin
embargo, para que esa potencia inicie su actualización
e inicie el movimiento, es necesario que otro ser, que esté en
un cierto acto produzca que esa potencia del ser que va a
moverse inicie su actualización, es decir hace falta un motor.
Lo que no es posible es que un mismo ser sea motor y móvil del
cambio, ya que nada puede estar en potencia y en acto a la vez
respecto de lo mismo. Luego no puede ser motor y móvil de sí
mismo, y por tanto todo lo que se mueve es movido por otro.
Así, por ejemplo, para que un alumno pueda
iniciar el movimiento de venir al Instituto tiene que,
inicialmente, tener esa potencia. Pero tener
esa potencia no es suficiente para que ésta se actualice; para
que eso ocurra tiene que haber otro ser que, situándose en un
cierto acto, provoque la actualización de esa potencia; es
decir, que funcione como motor, por ejemplo supongamos que es el
padre que ordena al alumno ir. En
este caso el padre, que tiene potencia para ordenar al hijo ir a
clase, tiene que haberse puesto en un cierto acto –en el de
ordenárselo- para que la potencia que tiene el hijo de ir al
Instituto inicie su actualización y comience el movimiento.
Es fundamental comprender que nada puede moverse a sí mismo, es
decir que lo que está en potencia no puede pasar por sí mismo al
acto.
Porque incluso aunque el alumno quiera ir al Instituto por sí
mismo, sin que se lo ordene nadie, lo hará por un motivo, por
una finalidad; quizá porque considere que él quiere ser
arquitecto y estudiar es necesario para conseguirlo; y entonces,
es esa finalidad de ser arquitecto la que pone en marcha la
potencia de ir al Instituto.
Igualmente ocurre en los seres no humanos. La madera de un árbol
es en potencia ceniza, pero para que esa potencia se actualice
es necesario que otro ser se sitúe en un cierto acto, y así se
convierta en motor del proceso; por ejemplo, es necesario que un
rayo que en potencia podría caer en distintos sitios actualice
–por motivos naturales- la potencia de caer en ese árbol en
concreto. Al caer en ese árbol en concreto se convierte en motor
del movimiento de éste, que consiste en quemarse, y al
actualizar el árbol la potencia de quemarse, y se ponga a arder
en acto, puede, por hacerlo, actualizar la potencia de quemarse
del árbol que esté al lado, continuándose así la línea de pasar
de ser movido a ser motor de otro movimiento. Lo que no podrá
ocurrir es que el árbol pueda ser motor de su mismo movimiento.
Por tanto, si para que algo se mueva necesita que un motor
previo inicie su movimiento, y para que éste se mueva hace falta
que otro anterior lo mueva, entonces es que el movimiento que
podemos observar no se explica por sí mismo.
Podríamos quizá intentar explicarlo suponiendo que hay una serie
infinita de móviles y de motores que van transmitiendo el
movimiento. Pero Tomás aquí, y en las siguientes vías para cada
uno de los aspectos que la vía trata, negará que esta
posibilidad pudiera ser una explicación.
Tomás no niega esa posibilidad porque piense que la existencia
de hecho de esa serie infinita sea contradictoria en sí misma.
Es más, aunque Tomás piensa que no existe
esa serie de hechos infinita, ya que sabe por revelación que el
mundo fue creado por Dios de la nada, sin embargo Aristóteles,
creador de esta primera vía, sí considera que la serie de
motores es infinita en número ya que la
existencia del
universo es eterna en el tiempo, luego la cuestión no es
exactamente que la serie tenga, o no, un infinito número de
motores sino si el hecho de que lo tuviera, siendo motores de la
misma clase, justificaría la existencia del movimiento.
Lo que niega es que porque la
serie fuese infinita, eso, pudiera explicar la existencia de la
clase entera de hechos a la que se refiere la vía. Es decir, por
más motores que añadamos, es la serie en sí misma, tomada como
un todo, la que, finita o infinita, queda inexplicada,
porque aun le faltaría
un primer motor, inmóvil él, por tanto de una clase distinta y
no empírica, que hiciera mover toda la cadena de motores
empíricos.
Todos y cada uno de los motores y móviles
que constituyen esa serie serían seres que tienen potencias y
pasan, al moverse, a un acto. Todos son, por tanto, motores
sensibles, de los que podríamos tener experiencia. La cuestión
es que aunque cada uno de esos motores pueda
explicar el moverse del siguiente, la
existencia de la serie entera, el movimiento en sí mismo, no
podría explicarse así. Por más que expliquemos cada uno de los
movimientos en concreto, el movimiento como tal, queda
inexplicado. Por eso, es necesario
un motor especial, que situado fuera de la serie de motores
sensibles, de seres que tienen actos y potencias, sea capaz de
explicar la existencia de la cadena de seres que son movidos por
otros y mueven a otros, es necesario un motor inmóvil,
trascendente y no empírico, que explique la existencia del
movimiento del mundo.
Por el hecho de que todas las personas que
vemos necesiten padres para nacer no se sigue que necesariamente
tuviera que existir Adán y Eva como
la primera pareja de la que todo parte. Podría ocurrir que el
proceso fuera infinito en el tiempo y que no hubiera unos
primeros padres. Pero si fuera así
se seguiría sin explicar la existencia de la clase entera de
hechos que significa la paternidad. La paternidad entera, como
clase infinita de hechos, es la que no tiene en sí la
explicación de su existencia; por sí misma no tiene explicada su
existencia.
Por tanto, es toda la serie empírica, ya sea finita o infinita,
la que necesita un principio explicativo externo a ella,
trascendente a la clase de hechos, y que dé una explicación
ontológica de su existencia.
Luego, concluye Tomás, hay un primer motor inmóvil y este es
Dios. Como para mover hace falta que algo esté en acto y así se
actualice una potencia del ente que se mueve, lo que se está
concluyendo al afirmar que existe un motor inmóvil es que hay
algo en acto puro; es decir, algo que no tuvo algo anterior que
le hiciera pasar de la potencia al acto.
Esta vía se basa en la causa final.
Todos los seres del universo se mueven movidos por Dios, como
causa final. Que la cantidad de seres
de los que Dios es causa final sea finita, o infinita, es
indiferente. Dios mueve todo sin moverse él.
Tomás no demuestra que ése ser que la transciende y explica sea
Dios. Lo que él dice es que el creyente reconoce en ese ser a
Dios. Y por tanto, lo que se demuestra es que existe un acto
puro, y es a ese acto puro al que el creyente llama Dios.
La diferencia entre "acto puro" y "Dios"
está en que el creyente sabe por revelación cosas de Dios que el
filósofo no puede nunca saber del motor
inmóvil. Por ejemplo, el creyente sabe que Dios da en el Sinaí
las tablas de la ley a Moisés. Lo que el creyente afirma, cuando
reconoce en ese "acto puro" a Dios
es que ese motor inmóvil es el mismo que dio a Moisés las tablas
de la ley.
La experiencia muestra que hay causas eficientes. Es decir que
hay cosas que producen la aparición de otras: que las causan.
Esas causas eficientes pueden estar ligadas y subordinadas en la
consecución de un efecto común.
Por ejemplo a la producción de un fruto
concurre el árbol, es decir éste causa eficientemente el fruto;
al árbol el influjo de la tierra fértil; a
ésta el calor y el agua; a estos el sol,
etc. Es decir hay una serie de causas eficientes que producen
efectos, los cuales son nuevas causas para posteriores efectos.
No hay nada que pueda ser causa eficiente de sí mismo; es decir,
nada puede darse a sí mismo el ser, porque nada puede obrar
antes de ser. Para ser causa de sí mismo tendría que existir
antes de darse a sí mismo el ser, es decir tendría que ser antes
de ser, y eso no es posible.
Los efectos y causas que vemos en la experiencia no parecen
tener en sí mismos la razón de su existencia, ya que aunque cada
una de ellas en concreto se explique por ser efecto de una causa
anterior, la serie entera de causas y efectos queda inexplicada.
No se pueden prolongar las causas infinitamente. Porque, al
igual que con el movimiento, no se explicaría nada, la serie
entera estaría incausada, estaría en potencia de ser.
Luego hace falta una causa incausada que, por ser incausada se
sitúa fuera de las causas y efectos sensibles, y pueda ser causa
de toda la serie de las causas que podemos ver en la
experiencia. A esta causa incausada la denomina Dios.
Esta vía es análoga
a la anterior, con la diferencia que en vez de la causa final se
trata de la causa eficiente.
El Dios de Tomás de Aquino creó el
universo, luego fue causa primera histórica de éste, pero para
la validez de la prueba eso es indiferente, aún suponiendo que
el universo hubiera sido eterno en el tiempo, y por tanto que la
serie de causas y efectos sensibles no tuviera
fin, aún así la misma serie de causas y efectos quedaría
inexplicada, incausada ella misma, si no existiera una primera
causa incausada, no sensible, trascendente, que la causara.
Se parte, de nuevo, de un dato empírico; en este caso que
existen seres contingentes.
En el movimiento sustancial se muestra que hay seres que pueden
ser y no ser; a esos seres se les llama contingentes, porque son
seres que, aunque existen, su existencia no es necesaria, sino
que muy bien pudiera ocurrir que no fuesen. Esto ocurre porque
tiene potencia para ser y para dejar de ser, y por tanto no
tiene en sí mismos la razón suficiente de su existencia.
Ningún ser contingente puede ser eterno, o haber durado desde
siempre; ya que si son contingentes es que en algún momento no
fueron, y otro ser que sí era les dio el ser.
Si las cosas reciben el ser de otras aún podría pensarse que
existiera una cadena infinita de seres contingentes que fueran
dándose unos a otros el ser antes de desaparecer, pero seguiría
sin explicarse la existencia de la cadena entera de seres
contingentes que sería, ella misma, contingente, y por tanto la
cadena entera no tiene en sí el principio de su existencia,
luego en algún momento no habría sido.
Ya que si puede, por ser contingente, no
haber sido es que, en efecto, hubo un tiempo en que no fue,
porque si siempre hubiera sido no sería
contingente, sino que necesariamente habría
existido y sería necesaria.
Luego es preciso admitir la existencia de un ser necesario que,
fuera de la cadena de seres contingentes que se dan unos a otros
el ser, explique, por ser necesario, la existencia de la cadena
entera de seres contingentes. Y a este ser se le denomina Dios.
En la naturaleza hay seres más perfectos que otros y esto indica
que las cosas tienen distribuido un mayor o menor grado de algo,
de alguna propiedad que hace más o menos perfectas a las cosas:
bondad, verdad, nobleza.
Además Tomás considera que lo que tiene el supremo grado del
género es causa del mayor o menor grado que las cosas tengan
sobre ese mismo género
Por ejemplo, si el fuego
tiene el supremo calor, todo lo caliente lo es por su causa,
porque participa en mayor o menor grado del calor que
proporciona el fuego.
Luego las cosas que son buenas, verdaderas o nobles no pueden
explicar por sí mismas el grado de perfección que tienen.
Aunque hubiera una cadena infinita de seres que fueran
transmitiéndose el grado de perfección que tienen, mientras no
haya un primer ser absolutamente perfecto que inicie la cadena
de perfecciones, esa cadena no explicaría la existencia del
grado de perfección que cualquier ser no absolutamente perfecto
tiene y ha recibido.
Y así, aunque alguien se haga bueno debido
al influjo de otro bueno, y éste lo fuera por otro, al final la
serie entera de los buenos, los nobles
o lo verdadero, no podría explicarse si no existiera lo
absolutamente bueno, noble y verdadero, que lo es, no de un modo
gradual, sino de un modo absolutamente perfecto.
Luego debe existir lo máximamente perfecto como productor de lo
menos perfecto. Y ese es Dios.
La experiencia muestra que hay seres que careciendo de
conocimiento obran sin embargo por un fin, ya que no lo hacen
por azar, sino de modo regular y ordenado; e incluso se observa
que existe un orden que hace concordar a seres de distinta
naturaleza.
Por ejemplo el orden que se da entre las
distintas hormigas que forman un hormiguero, en un banco de
peces, o en los hábitos regulares de hibernación de los osos. La
concordancia de distintos seres y sucesos naturales se da, por
ejemplo, entre los almendros, que ya
florecen al final del invierno, y la llegada de la primavera; ya
que esa contigüidad significa que hay cierta sincronía entre la
de un hecho presente –el florecer de los almendros- y uno futuro
–la aparición de la primavera.
Aquello que dirige, o lo hace por un fin propio, o está ordenado
por una inteligencia superior.
Pero en este último caso tiene que haber una inteligencia final
que dirija todo el proceso. Porque, en otro caso, habría
infinitas inteligencias, todas ordenadas por otras, sin que
existiera una inteligencia última que ordenase y por la que
todas son ordenadas y sincronizadas entre sí; es decir,
observaríamos en la experiencia la existencia de un plan pero no
habría un planificador último, lo cual no tiene sentido.
A esa inteligencia ordenadora del mundo se la llama Dios.
[1]
Las vías de santo Tomás de Aquino han sido
debatidas e interpretadas de modo diverso a lo largo del
tiempo. De hecho, Tomás, da de cuatro de ellas distintas
formulaciones en la Suma Contra los Gentiles y La Suma
Teológica. En lo que sigue se propone una interpretación
de ellas que no pretende ser la única posible
[2]
Se encuentra en Aristóteles en Metafísica XII y
Física libro 8. Fue utilizada por Maimónides y Alberto
Magno. Tomás la desarrolla, sobre todo, en Suma contra
Gentiles.
[4] Prueba que
Maimónides tomará de Avicena.
[5]
Es de ascendencia platónica y
conlleva la noción de participación. Aristóteles la
sugiere en su Metafísica (2, 1 ; 4,4). Se
encuentra en sustancia en
San Agustín y San Anselmo.
[6]
Tomás adjudica
esta prueba a san Juan Damasceno,
en De La Fe Ortodoxa, libro I, capítulo III, en
tanto que debió ser quien le proporcionó
el modelo de su argumentación, aunque la idea general de
la prueba está muy difundida en el pensamiento de los
filósofos y teólogos cristianos debido a los numerosos
textos bíblicos en los que apoyarla.


-
La naturaleza de Dios.
-
Vías al conocimiento de Dios.
Una cosa es saber que Dios existe y otra diferente es saber en qué
consiste ser Dios. Por las vías sabremos que existe, pero apenas nos
dicen nada sobre la esencia de Dios, sobre su naturaleza.
Para conocer cómo es Dios també existen vías. Una de ellas se denomina
vía sobrenatural, y a su vez contiene dos maneras. La primera directa,
inmediata y evidente es la que resultará de la contemplación de Dios en
el cielo, aunque nadie vivo ha visto de modo directo y pleno a Dios
–metafóricamente se dice ver la cara de Dios. La segunda es algo más
oscura y se asienta en la fe.
Con independencia de la vía sobrenatural, lo que a Tomás le interesa
estudiar es si es posible establecer una vía racional al conocimiento de
Dios
El cristianismo ha considerado que la naturaleza de Dios excede las
capacidades del entendimiento humano. Tomás está de acuerdo en eso y lo
fundamenta al señalar que nuestras ideas, que son los "ladrillos" con
los que construimos nuestros conocimientos, se asientan en la
experiencia; es decir, tienen como objetos seres del mundo sensible,
seres inmanentes. Pero Dios ni es objeto de experiencia, al menos en
esta vida, ni tan siquiera es un objeto del mundo. No se trata de que a
Dios no se le vea porque ahora no está presente, es que no podría
estarlo, tal y como él es, porque él no es un objeto sensible que pueda
percibirse, ni puede serlo; y eso significa que él es trascendente. Y
entonces la cuestión es, cómo es posible tener conocimiento de su
naturaleza cuando nuestras ideas, que son los ladrillos de nuestros
conocimientos, proceden de lo sensible y Dios es trascendente.
La forma en que tradicionalmente se había encarado esta cuestión tenía
como resultado la denominada vía negativa[1].
Según esa teoría podemos conocer algo de cómo es Dios a través de
descartar lo que él no es. Y la forma de descartar lo que no es él es
descartar todo aquello que parece convenirle a las cosas creadas, en
tanto que creadas por Dios.
Por ejemplo, lo creado por Dios, en tanto que tal, es corpóreo, móvil,
temporal… Luego Dios no será corpóreo, mutable, temporal…
Aunque lo que proporciona esta vía no es un conocimiento positivo, si
puede servir para proporcionar un conocimiento aproximado de Dios.
Desde ese modo de ver las cosas algunos pensadores, como Maimónides,
considerarán que de Dios sólo se pueden decir propiedades negativas.
Otros pensarán que cuando se dice, por ejemplo, que "Dios es bondad" o
"Dios es viviente", no hay que entender que Dios esté "vivo" o sea
"bondadoso", ya que esos predicados los conocemos al modo humano, sino
que Dios es la causa de toda bondad y vida. Tomás no estará de acuerdo,
y señalará que por lo mismo podría decirse que Dios es cuerpo, ya que él
es causa de todos los cuerpos.
Sin embargo, señala Tomás, en la Biblia se dice cómo es Dios. Por lo que
los predicados como "bueno" y "sabio" tienen que estar diciendo algo
positivo de él, aunque no lo representen de un modo perfecto. La manera
de representar a Dios, que tienen esos predicados, nos va a dar la
medida en que el ser humano puede conocer en esta vida cómo es Dios, a
través del reflejo, del rastro, que ha dejado en las cosas sensibles que
ha creado.
Y así, por ejemplo, un ser bueno no es más que algo, o alguien, que
refleja una propiedad de Dios. Dios deja su sello en aquellas cosas que
crea, por eso, los seres creados reflejan algo de la perfección de Dios,
pero lo reflejan de un modo distorsionado, propio de las cosas creadas,
que hace que, aunque predicados como “bueno”, “sabio”, “poderoso”…, de
modo exacto sólo pueda aplicarse a las criaturas creadas por él, sirvan,
sin embargo, para dar una idea, aproximada de cómo es Dios, de cómo es
quien creó los seres que portan tales atributos.
Que Dios sea "bueno" no indicará que lo sea al modo de la criatura, sino
de un modo que excluye las imperfecciones y limitaciones de la criatura.
Si Dios es sabio es de un modo que excede nuestra experiencia de lo que
es sabiduría, pero en algunos seres creados por Dios hay un reflejo de
su sabiduría. Nuestro concepto de sabiduría es humano, pero tiene una
cierta relación con lo que denominamos sabiduría en Dios. Nuestro modo
de conocer positivamente a Dios se funda no en ver a Dios, sino en
conocer la "esencia" de lo que es sabiduría a partir de su presencia en
el ser humano, y considerar que conocido lo que es "sabiduría" ésta es
similar tanto si se aplica a Dios como al hombre[2].
Sin embargo, es tanta la distancia que separa a Dios del hombre que,
esos mismo conceptos como "sabiduría" cuando se aplican a Dios y al
hombre, no tienen en sí una relación unívoca —no significan lo mismo—,
sino analógica—presentan como cierto parecido de familia[3].
La palabra "sano" se puede predicar analógicamente del alimento
—alimento sano— y entonces parece indicar que ese alimento tiene la
capacidad de conservar la salud, aplicada al paseo —paseo sano— parece
indicar que tiene la capacidad de producir la salud, aplicada a una
medicina —medicina sana— indicaría que ese medicamento es capaz de
devolver la salud, e incluso aplicada al color de una cara —color de
cara sano— indicaría que ese color es indicio de salud. En todas esas
apariciones la palabra “sano” no significa exactamente lo mismo, por eso
su significado no es unívoco. Pero como esos significados guardan un
parecido de familia, una unidad analógica en la palabra "salud", se dice
del término “sano” que no es equívoco, sino analógico.
Apoyándose en la noción de analogía Tomás afirma la posibilidad de una
vía racional al conocimiento de la naturaleza de Dios que mantenga dos
características, ser afirmativa y analógica, y que será menos perfecta y
exacta que la vía sobrenatural, aunque tiene la ventaja de que nos dice
en vida cómo es Dios de un modo positivo.
La vía tiene tres fases. La primera sería afirmar de Dios,
analógicamente, las perfecciones que él ha causado en los seres creados.
La segunda sería negar de él lo que es propio únicamente de los seres
creados por el hecho de serlo. Y en la tercera se eleva al grado máximo
aquellas propiedades que nos quedan, pero en el modo en que la segunda
fase las ha dejado.
[1]
Aportada por Pseudo-Dionisio
Areopagita
[2]
Considerar que el término "sabiduría"
es el mismo —unívoco— aplicado a
Dios o al hombre lo mantendrá Duns Escoto.
[3] La tercera
posibilidad sería que fuera equívoca, y entonces no tendría
ninguna relación aplicado a Dios o al hombre. Eso daría como
resultado el agnosticismo respecto a la naturaleza de Dios.
-
La esencia de Dios.
Cuando en un pasaje del Éxodo (3,14) Dios habla de sí se describe
diciendo: "Yo soy el que es. Así responderás a los hijos de Israel: El
que es me manda a vosotros"; de hecho "Yahvé" significa "el que es". Y
así Tomás interpreta que la esencia de Dios no consiste, como en la de
cualquier criatura creada, en ser esto o aquello, sino que su esencia
consiste en ser. Por eso en Dios la esencia coincide con la existencia,
porque él sólo consiste en existir. Y siendo Dios el ser, por ello,
podrá causar la existencia de otros seres, donándosela, al hacerles
participar de sí mismo, del ser.
Tradicionalmente, los filósofos han resaltado como principal algún
atributo de Dios. A partir de ese atributo se distingue lo que no es
Dios y sirve para entender, desde él, los demás atributos de Dios. Tomás
va a fijarse en la simplicidad.
La simplicidad consiste en la ausencia de composición. Que Dios sea
completamente simple significa, por tanto, que en él no habrá mezcla de
acto y potencia, ni de materia y forma, pero sobre todo, en él no podrá
distinguirse la esencia, en lo que consiste ser Dios, de su existencia,
que él exista. Y por eso de Dios se dirá que su esencia consiste en su
existencia, que él consiste en existir; es decir, en términos griegos,
que él es el Ser.
En cambio, todo lo creado por él, tiene una esencia que no coincide con
su existencia. Dios se representa esa esencia, la cuál tiene potencia
para existir, y es a esa esencia a la que Dios, que es el ser, dona la
existencia. Lo creado, además de tener una composición de esencia y
existencia, la tiene de potencia y acto, ya que cambia, luego actualiza
potencias; por su parte Dios es acto puro.
La mayor parte de los seres creados, además de las composiciones de
acto-potencia y de esencia-existencia, presentan otras, como la de
materia y forma. Sin embargo no es así con todos, ya que para Tomás de
Aquino los seres angélicos no tiene materia, son pura forma.
Ahora bien, de Dios se dice que es bueno, omnipotente, sabio, y muchos
otros atributos, y entonces ¿cómo puede algo simple, que no tiene
ninguna composición, tener atributos?
La cuestión es que si decimos que Dios es bueno, o sabio, estaremos
diciendo que está compuesto de algo; es decir, diremos que Dios es,
además de Dios, bueno; o que el Ser –ya que Dios es el Ser- además de
ser, consiste en ser bueno.
Tomás responde señalando que siendo Dios simple no tiene, en realidad,
atributos. Pero el modo humano de conocer es limitado, y sólo llega a
conocer positivamente a Dios a través del modo en que éste se refleja en
las criaturas. Son las criaturas las que, al estar llenas de
composiciones, reflejan en atributos separados la perfecta simplicidad
de Dios, según éste se manifieste en alguna parte o función concreta de
la criatura.
Y así, el reflejo de Dios en la capacidad racional da lugar a la
sabiduría, en el corazón del hombre produce la bondad, en su fuerza el
poder… No es, por tanto, que Dios además de ser sea sabio, bueno, o
poderoso, esas propiedades son sólo modos humanos de conocer a Dios por
la manera en que éste queda reflejado en lo que ha creado.
La inteligencia divina no es distinta de su voluntad, su justicia no es
distinta de su misericordia, y todas y cada una de ellas no son
distintas expresiones o propiedades reales del ser de Dios, sino que son
reflejos distintos de Dios en las criaturas, y que se hacen distintos no
por reflejar cosas distintas de Dios, sino porque una misma cosa —Dios—
se refleja en cosas distintas; es decir, en las criaturas.
Por tanto, aún siendo Dios simple, los atributos sirven para hacernos
una idea positiva de Dios desde el modo humano de conocer, sin que por
ello podamos señalar que Dios es, en realidad, como los atributos
señalan. Cuando esos atributos se refieren a cómo es él se denominan
atributos entitativos, y cuando se refieren a cómo parece operar se
llaman operativos.
Respecto a los atributos operativos puede plantearse la cuestión de cómo
es posible que Dios opere si es inmutable. Tomás responde señalando que
no es Dios quien se mueve, sino lo creado; aunque desde la óptica de la
criatura parece que es Dios quien cambia; es decir, quiere cosas, habla,
actúa en el mundo. Pero ello es porque la criatura, al cambiar de
situación, obtiene perspectivas distintas de la forma de ser inmutable
de Dios.
Para ejemplificar esa idea puede servir la relación de movimiento entre
el Sol y la Tierra. Mientras que desde la Tierra parece que el Sol se
mueve, y decimos de él que sale y se oculta, desde el Sol mismo
parecería lo contrario.
Entre los distintos atributos se encuentran el ser inmutable[1],
infinito[2], único[3],
trascendente al mundo[4],
omnisciente[5]… Además Dios
quiere[6], es libre[7]
y omnipotente[8].
[1] Si Dios es
simple entonces su actividad será también simple; es decir, su
ser consistirá en su obrar, luego ejercerá toda acción sin pasar
de la potencia al acto, y por tanto será inmutable.
[2] Dios es infinito
respecto a sus perfecciones. Las posee todas sin límite. Si la
perfección de Dios no llegara a algún grado entonces es que no
existe ese grado porque Dios es causa de toda perfección y
grado.
[3] Esta propiedad
indica que no hay otra cosa de su mismo rango, y no la hay
porque no puede haber dos seres cuya esencia sea la existencia,
ya que habría dos existencias distintas y el atributo formal de
Dios no sólo indica que la esencia de Dios es existir sino que
es la propia existencia.
[4] Este rasgo lo
tiene como conclusión directa de los demás. Dios es
completamente distinto de todos los seres creados y superior a
todos ellos. La distancia que media entre ambos es inimaginable,
como la que hay entre lo infinito y lo finito. Por eso Dios es
eterno, es decir está fuera del tiempo, y así el Ser, que es en
lo que consiste ser Dios, seguirá estando para Tomás, como para
buena parte del pensamiento griego –Platón- fuera de este mundo.
[5] Un tipo de
problemas que va a plantear la omnisciencia de Dios es ¿cómo es
posible que si Dios es omnisciente, y sabe todo lo que el hombre
va a hacer, pueda el hombre ser libre?
[6] Que quiere es
evidente, porque quiso el mundo. Las virtudes de la voluntad
divina son la justicia, y según esta se da a cada cual lo que es
debido; la misericordia y por ella se entiende la inclinación de
la voluntad a remediar la miseria ajena; y la liberalidad que es
una inclinación a dar algo por pura bondad del que lo da.
[7] No hay nada
anterior a Dios que le puede coartar.
[8] Tomás explica que
hay que entender la omnipotencia en el sentido de que Dios puede
hacer todo lo lógicamente posible; es decir, Dios no se salta la
lógica, pero no por falta de poder, sino porque no es posible
hacerlo; no es posible hacer que lo que está casado no lo esté,
si casado significa lo mismo en las dos apariciones, y no es
posible porque un “casado no casado” no tiene sentido, no es por
falta de poder sino por falta de que eso que hay que poder hacer
tenga un significado. La omnipotencia divina se manifiesta de
tres maneras fundamentales, por la creación, la conservación y
la gobernación del mundo, a ésta última se la llama providencia.


-
La Creación.
-
Distinción entre esencia y
existencia.
La distinción entre esencia y existencia no se encuentra en Aristóteles,
sino que siendo original de Tomás de Aquino vertebra su pensamiento.
La esencia es en lo que un ser consiste, y la existencia es que tal ser
exista.
Por ejemplo, un unicornio podría tener como esencia la de un caballo con
cuerno, algo diferente y que no se encuentra en la esencia es que ese
ser exista o no lo haga.
Según Tomás todos los seres creados tienen una esencia distinta de su
existencia; es decir, una esencia que no incluye que ese ser exista.
Las esencias de los seres creados son formadas en la mente de Dios, y
tienen potencialmente existencia; es decir, podrían existir si Dios,
queriéndolo, las dotara de ser o existencia.
En el caso de los seres corporales la esencia se compone de materia y
forma. Por tanto, lo que Dios tiene en la mente, y decide que exista, no
es la especie, sino el compuesto hilemórfico que forma el individuo
concreto: la esencia singular.
Siendo la materia principio de individualización; es decir, la que
produce por su presencia la existencia de un individuo concreto de una
especie, y siendo la esencia, en el caso de seres corpóreos materia más
forma, lo que Dios tiene en la mente para decidir su existencia, es el
individuo concreto, singular e individual, y no a un ser cualquiera de
la especie; es decir, no dice “hágase un hombre, cualquier hombre”, sino
hágase un hombre en concreto, por ejemplo el que será llamado Sócrates”.


-
El concepto de participación.
El concepto de participación es el mismo concepto que Platón utilizaba
para explicar cómo las cosas del mundo sensible participaban de la Idea
de la que eran copia.
En Tomás las entidades creadas participarán, del mismo modo, pero del
ser de Dios.
Estando en Dios las esencias, con potencia para existir, Dios hace
libremente que éstas participen, o no, de lo que él es propiamente, el
ser, y así, todo lo creado participa del ser de Dios, y al hacerlo, y
por recibir esa participación, son; es decir, existen.
Al participar del ser de Dios las cosas de este mundo no son Dios, ni
Dios pone una “parte” suya en ellas. Para explicar el concepto puede
recurrirse a cómo el fuego calienta un cazo con agua. El agua caliente
participa del calor del fuego, pero no hay fuego en el agua. Participar
de algo no significa que algo esté como parte en lo participado, sino
que ese algo comunica algo que sólo él puede producir y lo comunica a lo
participado.
Pues bien, Tomás considera que no todas las esencias participan del ser
de Dios con el mismo grado de participación.
Actualmente cuando se piensa en la existencia de las cosas, por ejemplo
la de un árbol y la de una piedra, se considera que ambas existen de la
misma manera; es decir, que la existencia es una propiedad discreta, se
tiene o no se tiene, pero no se tiene en grado. Sin embargo Tomás
considera que no es así, que las cosas no incorporan en sí el mismo
grado de existencia, y por tanto, que algunas existen con un grado más
pleno que otro; incorporan mayor grado de ser, de Dios, que otras.
Ya se había establecido que Dios es el ser, y que él es perfecto, la
cuestión es que cuando él hace partícipe de esa perfección a las
esencias que tiene en mente, no todas ellas, justamente por estar
constituidas con la esencia que las caracteriza, pueden recoger el mismo
grado de perfección de Dios.
Sólo Dios, que consiste en un mero existir, es completamente perfecto;
pero cualquier otro ser creado, al consistir en algo, al tener una
esencia que no es meramente existir, limita el grado -la cantidad- de
perfección que puede recibir de Dios, así como en qué aspecto y cómo
recogerá esa perfección.
La esencia de los seres, aquello en lo que consistirán si son, hace que
por consistir en algo en concreto no puedan recibir todo el ser de Dios,
no pueden ser participes plenos de Dios. Dependiendo de cómo sea la
esencia de un ser, éste, podrá recibir mayor o menor perfección de Dios,
pero ningún ser creado, por tener una esencia distinta del simple
existir, podrá recibir toda la perfección que recibiría si su ser sólo
consistiera en existir, como es el caso de Dios. Es como si se nos
dejase coger dinero de un lugar donde éste estuviera de modo infinito;
cualquier instrumento que utilicemos para cogerlo, ya sea tan grande
como deseemos, limita la cantidad de dinero que podemos coger
Y así, el ser humano, como tiene una esencia que contiene la
racionalidad podrá recoger más grado de perfección, de ser, que una
piedra, que no puede pensar, aunque nunca toda la perfección que hay en
Dios.
La participación en Dios indica una semejanza de naturaleza. A mayor
grado de participación mayor grado de semejanza.
A partir de ese concepto de participación Tomás puede jerarquizar lo
creado por su mayor o menor grado de proximidad o semejanza con Dios.
En la cúspide de lo creado están los ángeles, que carecen de materia y
que se distinguen jerárquicamente entre sí por la función que realizan;
son lo más perfecto que pueda existir en criaturas.
A continuación se sitúan los seres corporales o físicos. Todo lo
corpóreo se distingue de lo angélico en que es un compuesto hilemórfico.
Dentro de los seres corporales hay tres clases fundamentales. La más
importante es la de los seres racionales, cuya semejanza con Dios está
en que además de que existen y viven, son inteligentes. La inteligencia
es la imagen de Dios que éste imprime en la mente del hombre[1].
Además, la forma del ser humano, puede subsistir a la pérdida del
cuerpo; eso no ocurre con los demás seres vivos: animales y vegetales.
Tras el ser humano se encuentran los seres vivos, ya sean sensitivos o
vegetativos, cuya semejanza con Dios está en que, además de existir,
viven, ya que Dios es vida[2].
Por último se encuentran los seres físicos inanimados o inertes, cuya
participación o semejanza de Dios está en el mero existir[3],
aunque existen por sí mismos, no como meros accidentes.
Tras los seres físicos inertes están las sustancias de los elementos
primeros —agua, aire, fuego, tierra— que conforman los elementos
inertes. Por debajo de éstos elementos se encuentran las formas
accidentales ya que su ser no es un existir en sí, como los anteriores,
sino un existir en otro. Y por último, debajo de toda realidad, se
encuentra la absoluta potencialidad de la materia prima.
La Jerarquía de los Seres Creados:
1. Seres angélicos: incorpóreos. Jerarquizados en coros.
2. Humanos: corpóreos, racionales, vivos, existentes en sí mismos.
3. Animales: corpóreos, vivos, sensitivos, existentes en sí mismos
4. Vegetales: corpóreos, vivos, vegetativos, existentes en sí mismos
5. Seres físicos: corpóreos, inertes, existentes en sí mismos; se
refiere a las cosas
6. Elementos primeros, corpóreos, inertes, existentes en sí mismos,
forman seres físicos.
7. Formas accidentales: existen en otros.
8. Materia Prima: pura potencialidad.
[1] El hombre en
tanto que tiene cuerpo y tiene vida se asemeja a Dios como
vestigio. Pero por su mente lo hace de un modo especial que se
denomina a imagen. Este a imagen indica que la semejanza no es
por género, sino por especie, de manera que el hombre pertenece
a la misma especie de Dios, aunque de manera analógica, como
accidente propio. El accidente propio lo hay entre la imagen de
una moneda y la persona representada. Por eso decimos que en la
moneda está la imagen del hombre. Otro requisito para construir
imagen es que en algún sentido proceda de lo que es imagen, como
un hijo procede de su padre, o el reflejo del espejo procede del
que lo mira, en cambio un gusano puede proceder del hombre –en
la muerte- y no es imagen. En cambio Cristo, que es de
naturaleza idéntica a Dios es Imagen perfecta de Dios y por
tanto de su misma especie, y así en el Credo se dice de él que
fue “engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el
Padre”.
[2] Estos se
asemejan más que los posteriores, pero también su manera de
asemejarse es vestigio. El vestigio es una semejanza de género o
de accidente común, y representa a lo que se asemeja como efecto
que imita la causa. Semejanza de género hay entre, por ejemplo,
un mono y un hombre, ya que ambos son animales. Un accidente
común lo es, por ejemplo, la blancura respecto a la nieve y la
leche.
[3] A esta manera de
asemejarse a Dios se la llama vestigio, y representa como el
efecto que imita la causa.


-
Teoría del conocimiento tomista.
Tomás considera que nuestro conocimiento se expresa en proposiciones que
contienen conceptos, y que esos conceptos se forman a partir de la
experiencia. Sin embargo los conceptos tienen la propiedad de ser
universales; de valer para todos los integrantes de la clase a la que se
refiere, mientras que las representaciones sensibles son singulares; es
decir, se refieren a un elemento singular de una clase. Y por tanto la
cuestión estará en ¿cómo se pasa de las representaciones sensibles
–percepciones- a las representaciones intelectuales –conceptos?
Por ejemplo, si se afirma “El ser humano es mortal” se está haciendo un
juicio que vale para todo ser humano, ya que el concepto humano es
universal. Sin embargo en el juicio “Sócrates es mortal” se afirma la
mortalidad de un ser humano en concreto, de Sócrates; a Sócrates le
vemos en la experiencia, y es fácil de entender que podamos hacer un
juicio sobre él, pero al ser humano no le vemos en la experiencia ¿de
qué hablamos cuando hablamos del “ser humano”? ¿Cuál es su significado y
referencia?
El conocimiento comienza a partir de que las percepciones sensibles
dejan en la fantasía, o imaginación, una representación particular a la
que se denomina fantasma.
Es decir, si estamos percibiendo a Sócrates, tendríamos en la
imaginación una representación de ese ser singular, de Sócrates; en
terminología tomista tendríamos el fantasma de Sócrates. Percibir, y por
tanto tener fantasmas, no es una operación del entendimiento, los
animales también lo hacen, es una operación de la función sensitiva del
alma.
Ahora se trata de que nuestro entendimiento produzca conceptos
universales a partir de los datos que proceden del fantasma. A esa
capacidad del intelecto la denomina abstracción.
La abstracción elimina el aspecto singular y concreto de las
representaciones. Pero ¿cuál es éste?, ¿qué hace singular y concretos a
los individuos?
Tomás, que acepta la teoría hilemórfica de Aristóteles incluyendo las
nociones de sustancia, accidente, materia prima y formas sustanciales,
considera, sin embargo, que la materia no es principio de
individualización en sí misma, sino en tanto que necesita ser
cuantificada.
Su idea es que una concreta materia prima no es diferente de otra, y por
tanto, por sí misma, la materia prima no hace a un individuo distinto de
otro. Lo que produce exactamente la individualización es que esa materia
prima, al unirse a una forma, necesita ser cuantificada, y al serlo, por
ese accidente de la cantidad, se habilita para poder recibir los demás
accidentes que hagan a un individuo distinto de otro. A la materia
prima, en tanto que principio de individualización por la cantidad, lo
llama Tomás materia signata quantitate.
Pues bien, ahora se trata de saber cómo hace el entendimiento, a partir
de ese fantasma, para quitar lo concreto del fantasma y abstraer la
esencia universal que será posteriormente conocida. Para explicar eso
Tomás divide, como hacía Aristóteles, el entendimiento humano en dos
facultades.
Una de ellas, denominada entendimiento agente, tiene la capacidad de
convertir en universales las representaciones sensibles; es decir, tiene
la capacidad de abstraer del fantasma la esencia universal. Para
conseguir eso el entendimiento agente consigue despojar a la
representación concreta de sus elementos singulares, dejando por tanto
la esencia universal.
Esa operación que realiza el entendimiento agente es representada como
si una luz –el entendimiento agente- iluminara del fantasma sólo el
aspecto universal, aunque el entendimiento agente hace algo más que
despojar a lo sensible de lo singular, produce, fundándose en lo
sensible, la esencia universal.
¿Qué es exactamente lo que el entendimiento agente abstrae del fantasma?
Tomás considera que lo que se abstrae no es ni la forma del compuesto
hilemórfico, ni la esencia singular de lo percibido, sino la esencia
universal.
La forma del compuesto hilemórfico Sócrates sería el alma de Sócrates.
Pero el ser humano no es sólo su alma, sino su alma y su cuerpo; porque
todos los seres humanos tienen no sólo alma sino cuerpo; luego lo que el
entendimiento agente ilumina en su operación no es el alma de Sócrates,
ni es el alma el universal –válida para Sócrates o Platón- sino la
esencia universal; el compuesto de alma y materia, que caracteriza a
todo ser humano.
Tampoco se trata de la esencia singular de Sócrates. Sócrates, como ser
hilemórfico que es, contiene un alma y un cuerpo. Pues bien, la
operación del entendimiento agente no consiste en abstraer del fantasma
la esencia de Sócrates, ya que ésta valdría sólo para Sócrates, sino
abstraer la esencia universal que es válida para todo ser humano; ya sea
Sócrates, Platón, Aristóteles...
La operación de abstracción que realiza el entendimiento agente produce
la eliminación de los accidentes, sobre todo del accidente de cantidad
que está incluido en la materia de la esencia de Sócrates y le hace un
ser individual, y al hacer eso elimina aquello que hace singular a la
esencia de Sócrates, es decir, evita la individualidad de Sócrates
dejando la esencia universal del ser humano.
Tras hacer esto entra en funcionamiento la segunda facultad, denominada
entendimiento posible, que es la que hace que el entendimiento conozca
la esencia universal que el entendimiento agente ha abstraído
previamente.
Una vez que el entendimiento conoce esa esencia universal puede volver
al fantasma y reconocer en ese fantasma a un integrante particular de la
clase representada por el universal.
Por ejemplo, vemos a través de los órganos sensoriales andando por la
calle a Sócrates, esa percepción hace formar en la imaginación el
fantasma de Sócrates. A continuación el entendimiento agente actúa sobre
el fantasma de Sócrates iluminando en él sólo el aspecto universal y
despojándolo pues de sus aspectos concretos y particulares que hacía de
él un humano concreto; tras hacer esto se forma el concepto universal de
humano. Una vez formado el concepto universal el entendimiento posible
lo conoce. Tras esto, es decir, una vez que el entendimiento conoce el
concepto universal humano, puede reconocer que ese fantasma que recibió
en la imaginación –el de Sócrates- corresponde al fantasma de un ser
humano; es decir, que sólo tras obtener el concepto de humano puede el
entendimiento entender que Sócrates es humano, pero no antes: lo primero
que el entendimiento conoce es el universal y después, al volver a la
imagen sensible, reconoce en ella un integrante de la clase del
universal.


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