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Platón

 

 

 

1.     La teoría de las Ideas.

2.     Relación causal entre el mundo sensible y el de las Ideas.

3.     El conocimiento.

1.     La teoría de la anámnesis o reminiscencia.

2.     Las distintas clases de conocimiento.

3.     El método filosófico: la dialéctica.

4.     El hombre en la filosofía platónica.

1.     La reencarnación.

2.     El alma y la virtud.

3.     La ética.

4.     La política.

 

 

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1.      La teoría de las Ideas.

Platón hereda de Sócrates ese afán por la búsqueda de la verdad a través de la definición.

Y además de esto, hereda los dos problemas fundamentales de la época. Uno respecto al conocimiento y otro respecto al ser, que la tradición filosófica había elaborado a través de Heráclito y Parménides.

El que se refiere al conocimiento, y que se origina en Heráclito, diría: ¿cómo es posible el conocimiento si todo se encuentra en perpetuo cambio?

El que se refiere al ser, y que procede de Parménides, señala: ¿cómo es posible el cambio si el ser es y no puede dejar de ser?

Platón responderá a ambos problemas a través de la teoría de las Ideas.

Esa teoría divide la realidad en dos mundos. Sobre las entidades que conforman uno de ellos, al que denomina mundo sensible, no será posible el conocimiento ya que todo lo que haya en él se encontrará en perpetuo cambio; pero del segundo de ellos, denominado mundo de las Ideas, sí será posible el conocimiento ya que los seres que lo componen no cambian.

El mundo sensible es el mundo que se percibe a través de los sentidos, el mundo del que tenemos experiencia. Los seres que están en él son espaciales y temporales, y por ello se encuentran sometidos a un perpetuo cambio por el cuál dejan de ser lo que son y pasan a ser otra cosa; es decir, se encuentran deviniendo, y con esto se quiere decir que no son algo ya hecho sino que consisten en estar siendo,

Y por eso mismo no pertenecen a lo que Parménides denomina el ser, ya que ellos no son algo, sino que están siendo; deviniendo.

Esta característica suya que los hace estar siendo, estar en continuo cambio, impide que sobre ellos pueda haber conocimiento, es decir ciencia; ya que el conocimiento lo es de lo que no cambia.

El conocimiento atemporal, que es a lo que Platón denomina “ciencia”, no consiste en tener una mera opinión sobre las cosas, sino en un conocimiento que sea absolutamente cierto en el sentido de eterno e inmutable.

Si alguien dice, por ejemplo, que cierto sillón es de color rojo vivo, y esa afirmación pretendiera ser ciencia, tendría que ocurrir que por siempre ese sillón fuera de color rojo vivo. Pero la propia experiencia muestra que, con el tiempo, ese sillón deja de tener un color rojo vivo, el color se va apagando, e incluso, con algo más de tiempo veríamos que el propio sillón deja se ser sillón; es decir, que en realidad, nunca hubo un sillón, sino una realidad que estaba deviniendo sillón, es decir aparentaba serlo, pero sólo lo estaba siendo sin serlo completamente. Y así, cualquier conocimiento que pudiéramos tener de esa realidad que estaba deviniendo no sería ciencia, ya que nada eterno podríamos decir de ella, sino mera opinión, algo que parece ser y no ser, porque ahora parece serlo y mañana parece no serlo.

El mundo de las Ideas, por su parte, no es un mundo mental; las Ideas[1] no son las ideas mentales. Con el concepto de Idea se refiere a seres que tienen una existencia independiente de las mentes; por ello se dice que las Ideas son autónomas; es decir que existen con autonomía respecto a cualquier otro ser, pensamiento o mente.

Las características de las Ideas son las contrapuestas a las de los seres del mundo sensible. Las Ideas no ocupan extensión, luego no están en el espacio, y por eso son simples, no tienen partes. Tampoco tienen duración, son eternas, lo que las hace existir fuera del tiempo[2]. Como ni ocupan espacio ni duran no pueden ser percibidas por los sentidos, sabemos que existen por la razón.

Al estar fuera del tiempo no pueden cambiar, son inmutables. Eso las sitúa fuera del devenir, ellas no están “siendo”, como los seres del mundo sensible, que no acaban de ser algo en concreto, sino que lo están “siendo” temporalmente y de corruptible, ellas “son” de modo definitivo y completo.

Son el verdadero y profundo ser del que hablaba Parménides; el que es y no puede no ser, sólo que mientras Parménides concebía al ser como único, Platón lo fragmenta en las Ideas.

Es esa propiedad suya de la inmutabilidad la que permite que sobre ellas sí pueda haber conocimiento; es decir ciencia. Ya que, al no cambiar, lo que se conozca de ellas será eternamente cierto.

Una última característica de las Ideas es que se encuentran ordenadas jerárquicamente. Es decir, en el mundo de las Ideas hay un orden que se expresa a través de una jerarquía[3]. La Idea más importante es la del Bien, la cual regula y fundamenta a las demás ideas y sus relaciones. Y así,  por fundarse bajo esa Idea, todas las demás Ideas, y sus relaciones, serán buenas. Posterior­mente se encuentra la Idea de Justicia, luego la de Belle­za.

En un orden inferior se sitúan Ideas como Multiplici­dad, Unidad e Identidad; después ideas matemá­ticas como par e impar; en último lugar Ideas de cosas como la de Hombre, Caballo, etc.

 

[1] Se ponen en mayúsculas para diferenciarlas de las ideas como objetos mentales.

[2] “Eterno” significa que no tuvo principio ni tendrá fin. Lo cuál debe distinguirse de “sempiterno” que significa que durará siempre; es decir, aquello habiendo tenido principio, no tendrá fin.

[3] De hecho la palabra “Idea” traduce dos palabras que utiliza Platón para referirse a las Ideas; la palabra “eidos”  y la palabra “idea”, que reserva para las concretas Ideas de Bien, Justicia y Belleza.

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  1. Relación causal entre el mundo sensible y el de las Ideas.

Aunque ambos mundos son independientes uno de otro ocurre que los seres que constituyen el mundo sensible son una imagen de los seres del  mundo de las Ideas.

Para explicar esta relación Platón hace aparecer un ser de carácter mítico -el demiurgo- que realiza la labor de ser intermediario entre los dos mundos.

Algunos filósofos considerarán que Platón no cree que exista el Demiurgo, sino que sólo es una figura mítica que le sirve a modo de parábola para explicar las relaciones entre ambos mundos.

El demiurgo sería el ser que transporta el orden jerarquizado del mundo de las Ideas al mundo sensible. Para hacer esto el demiurgo capta con la mente el mundo de las Ideas, tras lo cuál traslada la perfección y el orden de ese mundo al mundo sensible haciendo imágenes en el espacio de las Ideas del mundo inteligible, intentando mantener y reflejar el orden que unas Ideas llevan con otras[1].

Es importante resaltar dos cosas. Las Ideas no “bajan” al mundo sensible. Lo que hace el demiurgo es copiar, en el mundo sensible, la perfección de las Ideas y su orden.

La segunda es que el demiurgo es una figura de menor importancia que la de las Ideas. De hecho que el demiurgo sea bueno se debe a que es capaz de captar con la razón la Idea del Bien. Sin la Idea del Bien nada puede ser bueno, ya que todo bueno lo es por imitar o participar de ella.

Los seres del mundo sensible que se parecen entre sí y agrupamos bajo un mismo concepto son copias de una misma Idea. Por cada clase de entidades existentes en el mundo sensible hay una Idea que explica que esa clase de cosas del mundo sensible sea lo que es.

Por ejemplo, todos los seres del mundo sensible que llamamos caballo serían  copias de una única Idea, la Idea de caballo. Por ser todos ellos copias de la misma Ideas se parecen entre sí, y eso hace que inventemos la palabra “caballo” para agruparlos a todos entre sí.

Lo mismo ocurre con los demás seres del mundo sensible. Otro ejemplo, todas las cosas blancas del mundo sensible copian la “blancura” de la Idea de Blanco. Algunas lo hacen mejor que otras, y de ellas decimos que son “más blancas”. En realidad, el blanco perfecto no es de este mundo sensible y, según Platón, ni siquiera es espacial, sino que sería la Idea de Blanco, de la cual no podemos hacernos una imagen sensorial porque la estaríamos desvirtuando al imaginarla en el espacio. La Idea de blanco no tiene color, de igual modo que la Idea de triángulo no tiene extensión y por eso vale para cualquier cosa triangular de este mundo, sea cual sea su extensión.

A la hora de trasladar el orden de las Ideas al mundo sensible el demiurgo se encuentra con la dificultad insuperable de que el mundo sensible es un mundo espacial en el que habita el devenir. En cambio las Ideas ni son espaciales ni devienen, por eso no podrá realizar una copia perfecta, necesariamente habrá una imperfección en el origen que impida que las cosas del mundo sensible puedan captar de forma exacta la perfección del ser de las Ideas. Y esa imperfección es la que se refleja en el mundo sensible como el mal.

En la medida en que un caballo del mundo sensible sea una copia más fiel de la Idea de Caballo, será un caballo más perfecto. Pero la perfección total no la podrá alcanzar ya que la Idea de Caballo de la que ella es copia, ni es espacial ni cambia. Toda copia tendrá, necesariamente, imperfecciones que la hacen inferiores a la Idea que copia.

La razón es semejante a la que podemos observar cuando intentamos reflejar un objeto tridimensional en una fotografía o dibujo. Por mucho que la imagen quiera ser fiel no puede captar la tridimensionalidad del objeto que copia; necesariamente la fotografía no puede alcanzar a copiar perfectamente la cosa; ya que copia está en dos dimensiones y el original en tres.

El mal no tiene, pues, entidad, no existe una Idea del mal. La existencia de algunos seres sensibles, como la codicia, la suciedad, las uñas, el pelo,…, no se debe a la existencia de una Ideas de ellos, sino como subproductos que se dan por las deficiencias vinculadas al proceso de copia.

A pesar de la necesaria existencia del mal, el demiurgo, aprovecha la temporalidad del mundo sensible para hacer que, ya que todo necesariamente tiene que cambiar, que lo haga en dirección al bien.

Y así, el hecho de que en el mundo inteligible la Idea del Bien sea el fundamento de todas las demás Ideas, se reflejará en el mundo sensible haciendo que todo cambie ¾ya que necesariamente debe devenir¾ en dirección a lo mejor, al bien.


 

[1] Platón no es claro al explicar cómo se produce ese proceso, a veces usa la palabra copia, otras dice que lo sensible participa del mundo de las Ideas. La diferencia entre ambas alternativas es que en la participación algo del mundo de las Ideas estaría en las cosas que partici­parían de ella; en el caso de la copia no habría parte del mundo de las Ideas en las cosas sensibles. Algunos autores piensan que Platón estaba pensando en un procedimiento dis­tinto que a veces llama copia y a veces participación. En cualquiera de los tres posibles casos el Demiurgo tomaría las Ideas de los triángulos y con ellos, bien poniéndolos en el espacio o bien en una materia prima ¾los interpretes disienten sobre lo que Platón quiso decir¾ haría aparecer los cuatro elementos ¾agua, tierra, fuego, aire, sobre éstos pon­dría, organizándolos, otras Ideas que darían lugar a las cosas sensibles.

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  1. El conocimiento.

    1. La teoría de la anámnesis o reminiscencia.

Es evidente, piensa Platón, que disponemos de conocimientos sobre las Ideas, y como ejemplo de esto pueden señalarse las proposiciones matemáticas.

Nuestro conocimiento de trigonometría, por ejemplo, no tratan sobre triángulos de este mundo; en el mundo sensible no hay triángulos, sino cosas triangulares. Ningún ser triangular de este mundo es un triángulo, ninguno tiene sus lados formados por rectas. Otra cosa es que, posteriormente, los conocimientos de la Idea de Triángulo, como el expresado en el teorema de Pitágoras, puedan aplicarse, mal que bien, a los seres de este mundo.

Ahora bien, si las Ideas no son seres de éste mundo sensible ¿cómo disponemos de tales conocimientos? Platón responde a esa pregunta con la teoría de la anámnesis (a1námnesiç) o remisniscencia.

Piensa Platón que necesariamente tenemos que haber existido en un mundo, distinto del mundo sensible, en el cual pudiéramos acceder a captar ese mundo de las Ideas. Tras esa visión –que no es sensible sino mental- nacemos en este mundo sensible, y al nacer lo visto se nos olvida. Sin embargo, al ver las cosas del mundo sensible, como ocurre que éstas copian las Ideas, su visión nos recuerda las Ideas de las que son copia; y es a ese recuerdo al que se denomina reminiscencia.

Por tanto, según Platón, nacemos con el conocimiento en nuestra mente de modo innato, y lo único que nos hace falta es un proceso de reminiscencia para recordarlo

Nada que venga de fuera de la persona, ya sean las leccio­nes de un maestro o lo que se recibe por la sensación, podrán enseñar un sólo cono­cimiento nuevo; lo único que podrá hacer, como mucho, es que la persona recuerde lo que ya estaba en ella pero olvidado[1].


 

[1] Tesis que se ilustra en el siguiente párrafo del Menón: “¿Y de qué manera vas a investigar, Sócrates, lo que sabes en absoluto qué es? Porque ¿qué es lo que, de entre cosas que no sabes, vas a proponerte como tema de investigación? O, aun en el caso favorable de que lo descubras, ¿Cómo vas a saber que es precisamente lo que tú no sabías?”.

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  1. Las distintas clases de conocimiento.

Conocimiento en sentido estricto, con certeza, sólo puede haberlo de las Ideas, y no sobre las cosas sensibles.

Sin embargo es claro que también hacemos juicios acerca de las cosas sensibles, a los que damos cierta validez.

Como cuando se dice que un cierto libro es blanco. En este caso, el juicio hecho, no se refiere a la Idea de Libro, sino que trata sobre un libro del mundo sensible en concreto, pudiendo haber otro libro que fuera rojo. Ni tiene validez eterna, el libro que veo, con el tiempo, dejará de ser blanco y de ser libro. Ni por lo tanto puede justificar la verdad de lo que dice; es decir, es particular, temporal e inseguro.

Sin embargo, y en ocasiones, podemos hacer juicios que sí hablen sobre las Ideas, aunque debido a que nuestro juicio se basa en nuestras experiencias, no podemos estar seguros de su verdad; como por ejemplo cuando se dice “El placer es un bien”.

A esa clase de conocimiento que, debido a que se establecen a través de la experiencia, no tiene garantías de ser verdadero Platón lo llama opinión (dóxa).

La opinión puede ser verdadera pero como no es verdadero cono­cimiento, si se acierta, no será porque en realidad se conozca sino por otras causas.

Por ejemplo, una persona con opinión verdadera sobre la justicia, pero sin  conocimiento sobre ella, sería aquella que si le preguntamos sobre qué es la justicia nos dará una respuesta que, al indagamos, se revela como falsa por contradictoria. Sin embargo, puede ocurrir que los actos y decisiones de esa persona sí sean justos ¾por la opinión verdadera¾ aunque no sea capaz de dar razones de la justicia, es decir en realidad no sabe qué es ser justo.

Dentro de la opinión Platón distingue a su vez dos formas de conocimiento. Al mejor de ellos lo llama creencia (pístiç - pistis) y se produce a través de la experiencia con los objetos sensibles que, como ya sabemos, son imágenes de las Ideas.

Además de esa posibilidad aún podemos formar opiniones sin la presencia de las cosas sensibles, y a partir de imágenes suyas.

Por ejemplo, si formo mi conocimiento de las aves a través de mirar el reflejo de su vuelo en un lago, o si formo la impresión que tengo de una persona a través de lo que alguien me dice de ella, o por ver su imagen en una foto. En estos casos adquiero mi conocimiento sin la percepción directa del objeto sensible, sólo a partir de imágenes suyas; es decir, a partir de la imagen de la imagen de una Idea.

Pues bien, al conocimiento que se tiene por estas imágenes de las cosas sensibles lo llama conjetura (ei1kasía - eikasia) y será el grado menor de la opinión.

Estamos en la conjetura cuando formamos conocimiento por lo que nos cuentan de algo, o cuando lo hacemos a partir de fotografías y demás medios de representación; es decir, cuando ni siquiera tenemos experiencia del objeto, sino sólo experiencia de la representación de ese objeto.

En el lado opuesto de la doxa se sitúa el conocimiento inteligible o ciencia que se distingue del anterior porque sí podemos dar razón de su verdad; es decir, podemos demostrarlo, fundamentarlo.

El conocimiento inteligible o ciencia también se divide en dos. Al menos perfecto lo llama pensamiento discursivo (diá’noia - dianoia), y equivale al conocimiento que se obtiene por razonamiento.

El pensamiento discursivo se utilizaba para demostraciones en el ámbito de la matemática, la música y la astronomía, que en tiempos de Platón formaban un conocimiento de una misma clase basado en el número.

Sin embargo, presenta dos características que lo hacen, desde el punto de vista platónico, deficiente: el uso de signos sensibles y de hipótesis.

El uso de signos sensibles consiste en el uso de una representación gráfica que ayuda a formar las demostraciones.

En tiempos de Platón cuando un matemático demostraba un teo­rema geométrico decía "Sea ABC un triángulo...", este coger un triángulo en concreto para hacer las demostraciones, aunque ésta luego sea válida para todos los triángulos, es utilizar signos sensibles.

En aritmética los números se representaban con algo parecido a dados o figuras de dominó, donde los puntos eran el número. También había, pues, signos sensibles.

La hipótesis, por su parte, es un supuesto conocimiento que se acepta sin crítica y bajo cuyo postulado se ofrece la demostración.

Por ejemplo, podría iniciarse diciendo: “suponiendo que todo número natural es par o impar –y esa es la hipótesis que no se demuestra- entonces el número x será par o impar....”; o “si la virtud es enseñable –esa es la hipótesis- entonces tendrá que ser conocimiento... “.

El uso de las hipótesis da lugar a un modo hipotético de investigación, que se distingue por partir de una serie de axiomas, que son las hipótesis, y desde los cuales se deducen los teoremas, es decir otras proposiciones que están siendo demostradas y fundamentadas suponiendo la verdad de las hipótesis.

Sin embargo, como la verdad de las hipótesis de las que se parte en el pensamiento discursivo no se demuestra, eso lo convierte en algo incompleto.

En la siguiente clase de conocimiento no se da esa limitación, lo que lo hace ser la más perfecta forma de conocimiento.

Platón lo llama de forma variada: inteligencia pura, nóesis, dialéctica y filosofía, aunque dialéctica significará también el método para llegar a adquirirlo.

Lo que se conoce con él son las Ideas inmutables; es decir, lo qué son.

Una vez conocida, por ejemplo, la Idea de Justicia se puede decir qué es la justicia.

mundo sensible

 

mundo inteligible

 

 

 

 

reflejos, sombras

objetos físicos

seres matemáticos, musicales, astronómicos

ideas

conjetura, eikasia, ei1kasía

creencia, pistis, pístiç

 

pensamiento discursivo, dianoia, diá’noia

inteligencia pura, dialéctica, filosofía, nous, nóesis, nou<ç, nóhsiç

 

 

 

 

opinión, doxa, dóxa

conocimiento inteligible, ciencia, episteme, e1pisth’mh

 

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  1. El método filosófico: la dialéctica.

La cuestión que se trata ahora es cómo conseguir ese conocimiento denominado nóesis.

Para conseguir ese objetivo Platón ideará un método denominado dialéctica. Ese método tiene dos fases. La primera fase es la mayéutica, que es la misma mayéutica socrática, y consiste en pedir al interlocutor que diga qué es algo, que lo defina preferiblemente no en forma de discurso sino brevemente.

Se trata de que se diga qué es lo común a todas las entidades que tienen la propiedad que se investiga. Una vez dada la definición se inicia un diálogo de preguntas y respuestas cortas para aclarar el sentido de la definición dada.

Invariablemente el personaje de Sócrates hace llegar al interlocutor a una contradicción, a la que sigue, en su caso, redefiniciones del término pedido que acaban del mismo modo.

Al final el interlocutor no es capaz de dar nuevas definiciones y entra en el estado de perplejidad, que viene a consistir en el estado de reconocimiento de la propia ignorancia acerca de lo que se le pregunta aunque, por otra parte, uno piensa que sí debería de saberlo.

Por ejemplo desconocer qué es la belleza y sin embargo estar viendo cosas bellas.

Alcanzar el estado de perplejidad es una condición necesaria para la segunda fase. Ya que sólo si la persona es liberada de falsas concepciones, y admite su ignorancia, se encuentra en la disposición real de aprender la verdad libre de prejuicios.

El que cree que sabe no escucha con atención. Lo que escucha lo oye sólo para ver si coincide con lo que él piensa, si es así juzga que es correcto y se ratifica en lo que cree, y si no es así lo juzgar erróneo, ya que no coincide con lo que cree saber.

Por eso, antes de enseñar, es necesario que la persona esté con el ánimo limpio y atento, porque enseñar, piensa Platón, no se produce porque el maestro dé la nueva información al discípulo; al contrario, conocer es recordar, y por tanto, el discípulo, debe ser el que saque de sí mismo la verdad, a lo que el maestro solo asiste como partero; y nadie alumbra la verdad si cree que ya la tiene.

La segunda fase representa la fase positiva del método dialéctico y la fase que más propiamente se denomina dialéctica.

Aquí se trata de encontrar la correcta definición del término que se busca, y la manera de hacerlo sigue siendo el diálogo. Pero ahora el diálogo se orienta a tratar de separar lo que se está definiendo de todo lo demás, y a esto se le denominará división[1].

La estrategia para conseguirlo es ir separando todo lo que pertenezca a la sensibilidad del término que se busca, ya que para Platón esa definición lo es de una Idea, y por tanto no tiene nada que ver con la sensibilidad.

Por ejemplo, si estamos buscando la definición de la belleza, en nuestro búsqueda, —que para el que busca es una búsqueda interior, ya que la verdad está dentro de sí— la persona tendrá que ir separando lo que no es belleza de la belleza que muestran los seres, pero dado que la definición de la belleza no es sobre los seres bellos del mundo, sino sobre una Idea, tendrá que eliminar en su búsqueda, todo rasgo que pertenezca a la sensibilidad –a los sentidos- de la definición de belleza, hasta encontrar, en una visión interior, la belleza pura, el recuerdo de la Idea de Belleza, sin intermediarios sensibles que puedan distraerle, y al verla en esa intuición intelectual, poner en palabras lo visto, decirla, y así tener el conocimiento de qué es la belleza y, por el cuál conocimiento, ahora puede juzgar que cosas de los sentidos participan en mayor o menor grado de ella.

La dialéctica, por tanto, intenta un examen radical, que no se para en supuestos, como el pensamiento discursivo, sino que sigue su camino ascendente hasta las Ideas sin dejar ninguna cuestión sin examen.

El fin último es llegar a la Idea de Bien, porque ésta es la Idea reina, la que ilumina a todas las demás Ideas.

Una vez que se llega a las Ideas el filósofo puede iniciar un camino descendente, e intentar decir a sus conciudadanos cómo organizar una ciudad si se quiere que sea justa, porque sólo el que ha visto la Idea de Justicia conoce qué es la justicia, y sólo éste puede garantizar que la polis que se organice con sus principios será una polis justa.

Tanto el ascenso al mundo de las Ideas, su visión, como el regreso del filósofo es narrado por Platón en el mito de la Caverna.

En ese mito se narra como unas personas han sido obligadas a vivir mirando únicamente el fondo de una caverna en el que se reflejan las sombras de las cosas. Como nunca vieron algo distinto consideran a esas sombras reflejadas son la realidad. Uno de ellos se libera y en su huida de la caverna va observando cómo en verdad la realidad; al salir termina por contemplar el mundo exterior tal y como realmente es. Al volver a la caverna, para explicárselo a sus amigos  éstos no sólo no le creen sino que le desprecian por loco.

En el mito se pone de manifiesto, cómo aquellos que no saben qué es el Bien, ni conocen las Ideas, se oponen y juzgan disparate el testimonio de quién sí las ha visto y les dice cómo son. Y este es el drama de la sociedad, que a quien sabe de verdad no se le escucha, más bien se escucha al que grita mucho y nada sabe; aunque todo esto al filósofo, dice Platón, apenas le importa, porque el que ha visto las Ideas es feliz viéndolas y no desea mandar, porque no desea mirar las cosas del mundo sensible que sólo le distraen del espectáculo de las Ideas. Para que sea él el que mande hay que obligarle a que se fije en las cosas de la polis y deje de admirar las Ideas, porque sólo contemplarlas es lo que quiere el filósofo.

El método dialéctico que Platón propone es un método que se basa en la razón y que se explica en La República, que es uno de sus libros fundamentales. Sin embargo, en otro de sus libros, El Banquete la dialéctica es caracterizada de una forma distinta, como un impulso erótico, adquiriendo un carácter más vital que racional.

Se sigue tratando de ascender desde el plano sensible al inteligible, pero el motor del ascenso es el impulso erótico, y el proceso no acaba en la idea de Bien, sino en la de Belleza, ya que el objeto del amor es, según Platón, la belleza.

En el Banquete la filosofía se muestra como una especie de "amor", de "locura divina" que conduce a la captación de la belleza en sí. Este impulso erótico sigue un proceso que pasa del amor al cuerpo bello del amado al amor de la belleza de todos los cuerpos bellos; de ahí a la belleza moral de las almas, de ésta a la belleza de las normas de conducta y de las leyes, de aquí a la belleza de las cien­cias y por último a la Belleza en sí, causa ejemplar de todo lo bello.


 

[1] Una novedad de Platón, respecto a la dialéctica, y que posteriormente será seguida por Aristóteles, es la forma sistemática propuesta para exponer las definiciones, que consiste en decir su género, es decir la clase de cosas que son semejantes y después dividir el género en especies diciendo que diferencia a cada una, incluido el término que se quiere definir en cuestión. Así p.e. el hombre tendría el género de animal y la diferencia específica de racional.

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  1. El hombre en la filosofía platónica.

    1. La reencarnación.

Platón distinguirá radicalmente entre cuerpo y alma, entendiendo que lo que es propiamente el hombre es su alma.

El alma del ser humano; es decir, el propio humano, está inmerso en un proceso cósmico de perfeccionamiento, que se produce a través de sucesivas reencarnaciones en las cuales adquiere un cuerpo, una materia, que le lastra haciendo la función de cárcel del alma.

El final exitoso del proceso terminaría con el fin del ciclo de reencarnaciones y con una vida eterna y feliz sin el cuerpo. Sin embargo también es posible que el hombre acabe en una especie de infierno donde sería eternamente castigado.

En todo este proceso cósmico de perfeccionamiento, el enemigo a quien hay que vencer, es la materia representada por el cuerpo.

El cuerpo es un mal no sólo por la repercusión que tiene en el alma sus necesidades, deseos, temores, y enfermedades, sino porque existe el riesgo de que el alma adopte como suyos los deseos, placeres y dolores del cuerpo, en vez de buscar los bienes propios del alma, adquiriendo entonces un carácter material.

Si eso ocurre se dedicará a buscar y conseguir aquellas cosas sensibles que satisfacen los deseos del cuerpo, incluso con guerra y violencia.

Por el contrario, si el alma consigue resistirse al cuerpo y dominarlo, entonces se dedicará a buscar su bien propio, que es la verdad, y que conseguirá obteniendo poco a poco un mayor acceso a la reminiscencia y a la contemplación de las Ideas. Fortalecida el alma en esa dirección, y tras morir, se reencarnará en una figura que le permita seguir el ascenso al conocimiento hasta que termine por conseguir el fin de las reencarnaciones y la liberación de la carne.

En cambio, si el alma ha perseguido y disfrutado de lo sensible, su carácter queda enturbiado por su trato con ello, y no sólo quiere reencarnar de nuevo en el mundo sensible, que es donde está la fuente de su placer, sino que querrá hacerlo en una figura que le permita conseguir de manera fácil y abundante el placer sensible al que se ha aficionado.

En cualquier caso, tras la vida encarnada, el alma es juzgada por sus actos. Si fue buena se la recompensa, si mala se la castiga. Y a no ser que el alma haya terminado por ser perfecta, o por ser irrecuperablemente malvada, vuelve a encarnarse, pero con la salvedad de que es la propia alma la que elige en qué lo hará.

Platón establece la posibilidad de que el alma se encarne en animales, posibilidad que ya pensaron los pitagóricos, de modo que el animal elegido no sea más que una representación del vicio que tuvo en la vida anterior; si fue violento quizá se encarne en un león, si glotón en un cerdo... Con todo lo normal, parece ser, es que se encarnase en un ser humano; y en este caso Platón establece una lista de figuras en las que una persona elige encarnarse según se encuentra más o menos lejos de la sabiduría -aunque duda sobre el orden, ya que lo cambia- y así, en el extremo positivo estaría el filósofo, y en el extremo negativo el tirano.

En esas circunstancias, piensa Platón, la responsabilidad de la elección es de cada uno. Platón, que como Sócrates es intelectualista moral, considera que el mal es la ignorancia, y así el malvado que ignora lo que le conviene elegirá una mala vida, aunque a él le parecerá la buena, y el bueno, que aún no tiene sabiduría pero cuya opinión se acerca a la verdad, elegirá una buena que le acerque cada vez más al conocimiento y, por tanto, a la liberación.

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  1. El alma y la virtud.

Platón habla de tres partes del alma[1] pero deben entenderse como "funciones", ya que el alma no es mate­rial, es simple, y no tiene partes.

El alma racional es la propia identidad, lo que realmente somos, y sus funciones, que consisten en el puro pensar, se realizarían en la cabeza. A través de esta función el alma puede llegar a contemplar las Ideas. Platón señala en el Timeo que la fabricó directamente el demiurgo y que por ello sobrevive a la muerte[2].

Las dos siguientes partes del alma fueron, según el Timeo, fabricada por los dioses que creó el Demiurgo, con lo que resultan ser almas mortales.

Y así está la función irascible, que se refiere a las pasiones nobles, entendiendo por tales: valor, ira, esperanza, ambición...; esa función se realizaría en el tórax.

Por último se encuentra la función concupiscente, que se refiere a las pasiones innobles, como son el ins­tinto de conservación –comida y bebida- y el instinto sexual; estas funciones se realizarían en el abdomen.

Al realizar el alma sus distintas funciones del modo adecuado y conveniente se consiguen las virtudes; que viene a significar el dominio del alma sobre las distintas funciones que realiza.

Y así, cuando domina la función concupiscente, y por tanto es capaz de contenerse frente al placer, el alma adquiere la virtud de la templanza. Cuando domina la función irascible, y por tanto es capaz de dominarse frente al dolor físico o anímico, adquiere la virtud de la fortaleza. Y cuando domina la función racional, y por tanto es la razón la que manda y dirige al alma entera hacia el bien que la misma razón descubre, sin que ocurra que sea cualquiera de las otras dos partes del alma la que utilizando la razón como un mero instrumento dirija al alma entera en dirección a conseguir sus fines propios, se obtiene la virtud de la prudencia, que hay que entender además como sabiduría, ya que entonces el alma racional no sólo manda sobre las demás, sino que vislumbra el bien y dirige al hombre hacia él.

Cuando cada una de las distintas funciones del alma se realizan con virtud entonces ocurre que el alma entera queda “ajustada”, y eso hace que una nueva virtud aparezca, y es la virtud de la justicia.

La justicia ocurre por la armonía que se produce en el alma cuando las distintas partes realizan de forma óptima la función que tiene asignada sin invadir las funciones de las demás; frente a eso, la injusticia, no es más que un desarreglo, un desajuste en las funciones del alma que provoca la enfermedad del alma conocida como vicio.

  1. La ética.

Platón, como su maestro Sócrates, se sitúa en el intelectualismo moral.

El intelectualismo moral es una teoría que relaciona el conocimiento con la moralidad. Según esta teoría ser bueno consiste en saber qué es el bien en concreto; ser malo consiste en ignorarlo, entendiendo que bien sería aquello que satisface nuestras necesidades y deseos, algo que se relaciona, en última instancia, con la felicidad.

El intelectualismo afirma que nadie hará el mal sabiendo que es el mal, ya que el mal es aquello que impide que obtengamos lo que necesitamos y deseamos.

El que obra el mal se hace a sí mismo un perjuicio, en tanto que se convierte en malo, y como nadie se perjudica a sí mismo voluntariamente, el que comete un mal lo hace por ignorancia. Y así, el mal sólo se hace por ignorancia; y de hecho es la ignorancia de lo que realmente conviene.

Cuando una persona hace el mal es siempre bajo la apariencia de que eso es un bien para ella, luego es la ignorancia de qué cosa sea realmente buena y qué cosa mala lo que le lleva a realizar el mal y hacerse malvada.

Cuando se hace el mal es mejor ser castigado que no serlo ya que el castigo se entiende como una cura, un beneficio que hace que el alma mala deje de serlo; una enseñanza, por tanto.

Cabe añadir que para Platón la felicidad no es equivalente al placer sensorial, pero tampoco es contraria, y así cierta dosis de placer es correcta para ser feliz. Aunque el ideal del hombre, su real felici­dad, está en la contemplación de la Idea del Bien.

  1. La política.

La concepción platónica de la sociedad y de la política reflejan la posición contraria a la mantenida por lo sofistas, y que terminará por desarrollarse completamente en su discípulo: Aristóteles.

Piensa Platón que las comunidades políticas, la polis o ciudad, no se establece simplemente por un deseo convencional de sus integrantes, como pensaron los primeros sofistas, sino que existen una serie de necesidades naturales, tanto materiales como espirituales, que le llevan a necesitar la ayuda y cooperación de sus semejantes para conseguir satisfacerlas plenamente, y eso le lleva a formar y a vivir en comunidad.

Por tanto, y en contraposición con los sofistas, Platón se pone al lado de los que consideran que la formación de las sociedades humanas se asienta en la naturaleza humana, aunque en esa dependencia de la naturaleza humana se deba a que ésta tiene necesidades naturales que sólo en sociedad pueden ser ampliamente satisfechas.

Desde ese punto de vista, y dado que son distintas las necesidades humanas, Platón defenderá una organización social en la que se de una división social del trabajo de acuerdo a las disposiciones naturales que se tengan.

Y así, el que por naturaleza se muestre hábil para un tipo de trabajo que satisface una clase de necesidades –alimento, vestido, alojamiento, seguridad...- que se dedique en exclusiva a ese, y el que esté naturalmente dotado para otro, pues que se ocupe de ese otro en exclusiva, y que, al final, se intercambien entre todos los bienes obtenidos.

Considerando las distintas funciones que pueden realizarse en la ciudad Platón la divide en tres clases sociales: la de los artesanos, la de los guardianes y la de los gobernantes.

Los artesanos, incluyendo en esa clase a pastores, comerciantes, marinos…, son los encargados de la producción, y resultan ser la clase más numerosa de la ciudad.

Los guardianes tienen como funciones características defender la ciudad de invasores y controlar los conflictos internos que pudieran darse dentro de la ciudad. La clase de los guardianes es una clase escogida por las aptitudes idóneas para la función que se les pide, y que son la fuerza y la valentía. Una vez escogidos Platón considera que, haciendo que se casen unos con otros, esos rasgos escogidos se mantendrán en la descendencia, luego a la clase de los guardines se pertenecerá, aunque con excepciones, por nacimiento. Para formar guardines no sólo hace falta aptitudes naturales, sino un férreo control y educación. No tendrán bienes personales, para evitar que puedan ser ambiciosos, vivirán en común, se les seleccionará la pareja matrimonial por parte del Esta­do aten­diendo a unir los mejores con los mejo­res.., y finalmente, de entre los mejores, se extraerá a los gobernantes.

La función del gobernante es gobernar la ciudad en vistas a conseguir esos bienes materiales, pero sobre todo espirituales, que dio lugar a la comunidad; es decir, se trata, sobre todo, de hacer hombres buenos. A las personas que puedan llegar a ser gobernantes se les someterá a pruebas rigurosísimas, para así seleccionar el mejor, el que será el rey, y que coincide con aquel que de todos sea el más sabio, ya que siendo su misión establecer el bien, sólo el que haya captado la Idea de Bien, podrá dirigir la ciudad y a sus ciudadanos en esa dirección; y ese es el filósofo. El filósofo, en sus actuaciones, tendrá en cuenta siempre que es lo mejor para el estado en su totalidad, no para una sola de las partes.

Análogamente a como ocurría con el alma, cuando las distintas clases sociales realizan de modo perfecto la función que se les tiene encomendada adquieren una virtud. Y así, la virtud de los artesanos es la de la templanza, ya que son ellos lo que producen los bienes que serán consumidos por los demás y por tanto deberán ser moderados en su consumo. La de los guardianes es la valentía, ya que deberán ejercitar sobre todo esa virtud en el ejercicio de su función militar y policial. Y la de los gobernantes es la sabiduría, ya que debe de conocer las Ideas para poder hacer buenos a sus conciudadanos y justa a la ciudad.

Cuando las distintas clases sociales realizan su función de modo adecuado, de igual modo que ocurría con el ser humano, aparece una nueva virtud, la justicia, que no es más que expresión de la armonía social que tal hecho produce.

Con todo, y para que el Estado pueda llegar a esa justicia, Platón propondrá una serie de medidas de control social de una rigidez extrema.

En principio no habrá gente ni rica ni pobre, lo cual impedirá la envidia. Además estará vedada toda posible censura o crítica al siste­ma, incluso con la muerte. Se crearán mentiras "nobles" que legi­timen la situación so­cial.

Platón propone el mito de las clases, según el cual, todos los ciudadanos han sido creados y educados por la tierra que es su madre, por tanto todos son hermanos entre sí; pero en la composición de algunos (los gobernan­tes) entró el oro, en otros la plata (los guar­dianes) y en otros el bronce y el hierro (los artesanos); aunque puede ocurrir excepcionalmente que uno de oro engendre uno de bronce; en cualquier caso deben ser llevados a su posición social respectiva.

En el Estado platónico los niños serán educados por el Estado y no sabrán quienes son sus padres, ni sus padres quienes son sus hijos. La mujer compartirá los mismos trabajos y estará en las mismas posiciones que los hombres, e incluso podrá llegar a ser gobernante. En La República, Platón, señala que se permitirá que las mujeres, o los hombres, sean sexualmente comunes, aunque el estado velará porque los cruces no sean entre clases; posteriormente, en Las Leyes, dará marcha atrás respecto a esta idea..

Platón considera que han existido hasta la fecha cinco formas distintas de gobierno, originándose unas a partir de la degeneración de otras.

La mejor de todas, y primera, es la monarquía o aristocracia, que etimológicamente significa el gobierno de los mejores -aristo-, y es la forma más perfecta e ideal de gobierno. La decadencia de este régimen da lugar a la timocracia, o gobierno de los que tienen honor -ti­mos-, en la que predomina la clase militar. Ese régimen no es aún  malo, pero da paso a la oligarquía, que significa gobierno de los pocos –oligos-, en la que una pequeña minoría ambiciosa ostenta el poder y oprime a sus conciudadanos; los cuales, cansados del continuo abuso, terminan por acabar con los explo­tadores y se hacen con el poder dando lugar a la democracia. En la democracia, que significa gobierno del pueblo -demos-, la masa no está preparada para gobernar, por lo que se produce tal desorden que el más demagogo y violento de todos termina por erigirse en tirano, dando lugar a la tiranía, y suprimiendo la libertad. La tiranía es el gobierno más injusto de todos y el grado más bajo y degenerado que puede darse entre las formas de gobierno.


 

[1] Timeo

[2] Platón intenta probar la inmortalidad del alma de varios modos. El que le parece más concluyente se basa en la reminiscencia, y vendría a decir que si tenemos conocimiento, para explicar esto, hace falta pensar que las almas  tienen una vida anterior a la del cuerpo. Sin embargo esto sólo mostraría que vivimos antes de nacer pero no que sigamos viviendo después de morir. Por ello da distintas argumentaciones. La prueba de los contrarios dice que a las cosas sensibles les debe suceder lo con­trario: de lo fuerte lo débil, de lo rápido lo lento, a la muerte la vida. Luego a la muerte del cuerpo le debe seguir la vida del alma. La prueba por la simplicidad viene a decir que sólo lo compuesto puede corromperse, se corrompe en tanto que se separan sus partes simples. A continuación in­tenta mostrar que el alma es más afín a las Ideas que a lo sensible. Las Ideas son simples y no pueden corromperse, en ese caso si el alma fuera simple, como Platón intenta mostrar, no sería co­rrompi­ble. Por supuesto que se refiere a la función racional, las otras partes del alma son mortales. La siguiente prueba manifiesta que el alma se en­tiende como principio de movimiento, de vida y vitalidad de los seres, pero este movimiento no procede de nada exterior al alma sino de si misma, luego por sí misma estará siempre en constante movimiento, siempre tendrá vida luego será inmortal. La última no es del Fedón y se basa en un argumento ético. Viene a decir que si el alma muere con el cuerpo enton­ces las personas malvadas quedan perdonadas al morir de sus maldades; pero que el bien y el mal queden sin premio ni recompensa es injusto. Si hay justicia, y la hay, es necesario que el alma sea inmortal.

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Esta página se actualizó por última vez el 16/11/2008