Platón hereda de Sócrates ese afán por la búsqueda de la verdad a través
de la definición.
Y además de esto, hereda los dos problemas fundamentales de la época.
Uno respecto al conocimiento y otro respecto al ser, que la tradición
filosófica había elaborado a través de Heráclito y Parménides.
El que se refiere al conocimiento, y que se origina en Heráclito, diría:
¿cómo es posible el conocimiento si todo se encuentra en perpetuo
cambio?
El que se refiere al ser, y que procede de Parménides, señala: ¿cómo es
posible el cambio si el ser es y no puede dejar de ser?
Esa teoría divide la realidad en dos mundos. Sobre las entidades que
conforman uno de ellos, al que denomina mundo sensible, no será posible
el conocimiento ya que todo lo que haya en él se encontrará en perpetuo
cambio; pero del segundo de ellos, denominado mundo de las Ideas, sí
será posible el conocimiento ya que los seres que lo componen no
cambian.
Las características de las Ideas son las contrapuestas a las de los
seres del mundo sensible. Las Ideas no ocupan extensión, luego no están
en el espacio, y por eso son simples, no tienen partes. Tampoco tienen
duración, son eternas, lo que las hace existir fuera del tiempo[2].
Como ni ocupan espacio ni duran no pueden ser percibidas por los
sentidos, sabemos que existen por la razón.
Al estar fuera del tiempo no pueden cambiar, son inmutables. Eso las
sitúa fuera del devenir, ellas no están “siendo”, como los seres del
mundo sensible, que no acaban de ser algo en concreto, sino que lo están
“siendo” temporalmente y de corruptible, ellas “son” de modo definitivo
y completo.
Es esa propiedad suya de la inmutabilidad la que permite que sobre ellas
sí pueda haber conocimiento; es decir ciencia. Ya que, al no cambiar, lo
que se conozca de ellas será eternamente cierto.
Una última característica de las Ideas es que se encuentran ordenadas
jerárquicamente. Es decir, en el mundo de las Ideas hay un orden que se
expresa a través de una jerarquía[3].
La Idea más importante es la del Bien, la cual regula y fundamenta a las
demás ideas y sus relaciones. Y así, por fundarse bajo esa Idea, todas
las demás Ideas, y sus relaciones, serán buenas. Posteriormente se
encuentra la Idea de Justicia, luego la de Belleza.
-
Relación causal entre el mundo
sensible y el de las Ideas.
Aunque ambos mundos son independientes
uno de otro ocurre que los seres que constituyen el mundo sensible
son una imagen de los seres del mundo de las Ideas.
Para explicar esta relación Platón hace aparecer un ser de carácter
mítico -el demiurgo- que realiza la labor de ser intermediario entre
los dos mundos.
Algunos filósofos considerarán que Platón no cree que exista el
Demiurgo, sino que sólo es una figura mítica que le sirve a modo de
parábola para explicar las relaciones entre ambos mundos.
El demiurgo sería el ser que transporta el orden jerarquizado del
mundo de las Ideas al mundo sensible. Para hacer esto el demiurgo
capta con la mente el mundo de las Ideas, tras lo cuál traslada la
perfección y el orden de ese mundo al mundo sensible haciendo
imágenes en el espacio de las Ideas del mundo inteligible,
intentando mantener y reflejar el orden que unas Ideas llevan con
otras[1].
Es importante resaltar dos cosas. Las Ideas no “bajan” al mundo
sensible. Lo que hace el demiurgo es copiar, en el mundo sensible,
la perfección de las Ideas y su orden.
La segunda es que el demiurgo es una figura de menor importancia que
la de las Ideas. De hecho que el demiurgo sea bueno se debe a que es
capaz de captar con la razón la Idea del Bien. Sin la Idea del Bien
nada puede ser bueno, ya que todo bueno lo es por imitar o
participar de ella.
Los seres del mundo sensible que se parecen entre sí y agrupamos
bajo un mismo concepto son copias de una misma Idea. Por cada clase
de entidades existentes en el mundo sensible hay una Idea que
explica que esa clase de cosas del mundo sensible sea lo que es.
Por ejemplo, todos los seres del mundo sensible que llamamos caballo
serían copias de una única Idea, la Idea de caballo. Por ser todos
ellos copias de la misma Ideas se parecen entre sí, y eso hace que
inventemos la palabra “caballo” para agruparlos a todos entre sí.
Lo mismo ocurre con los demás seres del mundo sensible. Otro
ejemplo, todas las cosas blancas del mundo sensible copian la
“blancura” de la Idea de Blanco. Algunas lo hacen mejor que otras, y
de ellas decimos que son “más blancas”. En realidad, el blanco
perfecto no es de este mundo sensible y, según Platón, ni siquiera
es espacial, sino que sería la Idea de Blanco, de la cual no podemos
hacernos una imagen sensorial porque la estaríamos desvirtuando al
imaginarla en el espacio. La Idea de blanco no tiene color, de igual
modo que la Idea de triángulo no tiene extensión y por eso vale para
cualquier cosa triangular de este mundo, sea cual sea su extensión.
A la hora de trasladar el orden de las Ideas al mundo sensible el
demiurgo se encuentra con la dificultad insuperable de que el mundo
sensible es un mundo espacial en el que habita el devenir. En cambio
las Ideas ni son espaciales ni devienen, por eso no podrá realizar
una copia perfecta, necesariamente habrá una imperfección en el
origen que impida que las cosas del mundo sensible puedan captar de
forma exacta la perfección del ser de las Ideas. Y esa imperfección
es la que se refleja en el mundo sensible como el mal.
En la medida en que un caballo del mundo sensible sea una copia más
fiel de la Idea de Caballo, será un caballo más perfecto. Pero la
perfección total no la podrá alcanzar ya que la Idea de Caballo de
la que ella es copia, ni es espacial ni cambia. Toda copia tendrá,
necesariamente, imperfecciones que la hacen inferiores a la Idea que
copia.
La razón es semejante a la que podemos observar cuando intentamos
reflejar un objeto tridimensional en una fotografía o dibujo. Por
mucho que la imagen quiera ser fiel no puede captar la
tridimensionalidad del objeto que copia; necesariamente la
fotografía no puede alcanzar a copiar perfectamente la cosa; ya que
copia está en dos dimensiones y el original en tres.
El mal no tiene, pues, entidad, no existe una Idea del mal. La
existencia de algunos seres sensibles, como la codicia, la suciedad,
las uñas, el pelo,…, no se debe a la existencia de una Ideas de
ellos, sino como subproductos que se dan por las deficiencias
vinculadas al proceso de copia.
A pesar de la necesaria existencia del mal, el demiurgo, aprovecha
la temporalidad del mundo sensible para hacer que, ya que todo
necesariamente tiene que cambiar, que lo haga en dirección al bien.
Y así, el hecho de que en el mundo inteligible la Idea del Bien sea
el fundamento de todas las demás Ideas, se reflejará en el mundo
sensible haciendo que todo cambie
¾ya que necesariamente debe devenir¾
en dirección a lo mejor, al bien.
-
El conocimiento.
-
La teoría de
la anámnesis o reminiscencia.
Es evidente, piensa Platón, que disponemos de
conocimientos sobre las Ideas, y como ejemplo de esto pueden
señalarse las proposiciones matemáticas.
Nuestro conocimiento de trigonometría, por
ejemplo, no tratan sobre triángulos de este mundo; en el mundo
sensible no hay triángulos, sino cosas
triangulares. Ningún ser triangular de este mundo es un triángulo,
ninguno tiene sus lados formados por
rectas. Otra cosa es que, posteriormente, los conocimientos de la
Idea de Triángulo, como el expresado en el teorema de Pitágoras,
puedan aplicarse, mal que bien, a los seres de este mundo.
Ahora bien, si las Ideas no son seres de éste mundo sensible ¿cómo
disponemos de tales conocimientos? Platón
responde a esa pregunta con la teoría de
la anámnesis (a1námnesiç)
o remisniscencia.
Piensa Platón que necesariamente tenemos que haber existido en un
mundo, distinto del mundo sensible, en el cual pudiéramos acceder a
captar ese mundo de las Ideas. Tras esa visión –que no es sensible
sino mental- nacemos en este mundo sensible, y al nacer lo visto se
nos olvida. Sin embargo, al ver las cosas del mundo sensible, como
ocurre que éstas copian las Ideas, su visión nos recuerda las Ideas
de las que son copia; y es a ese recuerdo al que se denomina
reminiscencia.
Por tanto, según Platón, nacemos con el conocimiento en nuestra
mente de modo innato, y lo único que nos hace falta es un proceso de
reminiscencia para recordarlo
Nada que
venga de fuera de la persona, ya sean las lecciones de un maestro o
lo que se recibe por la sensación, podrán enseñar un
sólo conocimiento
nuevo; lo único que podrá hacer, como mucho, es que la persona
recuerde lo que ya estaba en ella pero olvidado.
-
Las distintas clases de conocimiento.
Conocimiento en sentido estricto, con certeza, sólo puede haberlo de
las Ideas, y no sobre las cosas sensibles.
Sin embargo es claro que también hacemos juicios acerca de las cosas
sensibles, a los que damos cierta validez.
Como cuando se dice que un cierto libro es
blanco. En este caso, el juicio hecho, no se refiere a la Idea de
Libro, sino que trata sobre un libro del
mundo sensible en concreto, pudiendo haber otro libro que fuera
rojo. Ni tiene validez eterna, el
libro
que veo, con el tiempo, dejará de ser blanco y de ser libro. Ni por
lo tanto puede justificar la verdad de lo que dice; es decir, es
particular, temporal e inseguro.
Sin embargo, y en ocasiones, podemos hacer
juicios que sí hablen sobre las Ideas, aunque debido a que nuestro
juicio se basa en
nuestras experiencias, no podemos estar
seguros de su verdad; como por ejemplo cuando se dice “El placer es
un bien”.
A esa clase de conocimiento que, debido a que se establecen a través
de la experiencia, no tiene garantías de ser verdadero Platón lo
llama opinión (dóxa).
La opinión puede ser verdadera pero como no es verdadero
conocimiento, si se acierta, no será porque en realidad se conozca
sino por otras causas.
Por ejemplo, una persona con opinión verdadera
sobre la justicia, pero sin conocimiento sobre ella, sería aquella
que si le preguntamos
sobre
qué es la justicia nos dará una respuesta que, al indagamos, se
revela como falsa por contradictoria. Sin embargo, puede ocurrir que
los actos y decisiones de esa persona sí sean justos
¾por
la opinión verdadera¾
aunque no sea capaz de dar razones de la justicia, es decir en
realidad no sabe qué es ser justo.
Dentro de la opinión Platón distingue a su vez dos formas de
conocimiento. Al mejor de ellos lo llama creencia (pístiç - pistis) y se produce a través de la
experiencia con los objetos sensibles que, como ya sabemos, son
imágenes de las Ideas.
Además de esa posibilidad aún podemos formar opiniones sin la
presencia de las cosas sensibles, y a partir de imágenes suyas.
Por ejemplo, si formo
mi conocimiento de las aves a través de mirar el reflejo de su vuelo
en un lago, o si formo la impresión que tengo de una persona a
través de lo que alguien me dice de ella, o por ver su imagen en una
foto. En estos casos adquiero mi
conocimiento
sin la percepción directa del objeto sensible, sólo a partir de
imágenes suyas; es decir, a partir de la imagen de la imagen de una
Idea.
Pues bien, al conocimiento que se tiene por estas imágenes de las
cosas sensibles lo llama conjetura (ei1kasía - eikasia) y será el grado menor de la
opinión.
Estamos en la conjetura cuando formamos
conocimiento por lo que nos cuentan de algo, o cuando lo hacemos a
partir de fotografías y demás
medios
de representación; es decir, cuando ni siquiera tenemos experiencia
del objeto, sino sólo experiencia de la representación de ese
objeto.
En el lado opuesto de la doxa se sitúa el conocimiento inteligible o
ciencia que se distingue del anterior porque sí podemos dar razón de
su verdad; es decir, podemos demostrarlo, fundamentarlo.
El conocimiento inteligible o ciencia también se divide en dos. Al
menos perfecto lo llama pensamiento discursivo (diá’noia - dianoia),
y equivale al conocimiento que se obtiene por razonamiento.
El pensamiento discursivo se utilizaba para demostraciones en el
ámbito de la matemática, la música y la astronomía, que en tiempos
de Platón formaban un conocimiento de una misma clase basado en el
número.
Sin embargo, presenta dos características que lo hacen, desde el
punto de vista platónico, deficiente: el uso de signos sensibles y
de hipótesis.
El uso de signos sensibles consiste en el uso de una representación
gráfica que ayuda a formar las demostraciones.
En tiempos de Platón cuando un
matemático demostraba un teorema geométrico decía "Sea ABC un
triángulo...", este coger un triángulo en
concreto para hacer las demostraciones, aunque ésta luego sea
válida para todos los triángulos, es utilizar signos sensibles.
En aritmética los números se representaban con algo parecido a dados
o figuras de dominó, donde los puntos eran el número. También
había, pues, signos
sensibles.
La hipótesis, por su parte, es un supuesto conocimiento que se
acepta sin crítica y bajo cuyo postulado se ofrece la demostración.
Por ejemplo, podría iniciarse
diciendo: “suponiendo que todo número natural es par o impar –y esa
es la hipótesis que no se demuestra- entonces el número x será par o
impar....”; o “si la virtud es enseñable –esa es la hipótesis-
entonces tendrá que ser conocimiento... “.
El uso de las hipótesis da lugar a un modo hipotético de
investigación, que se distingue por partir de una serie de axiomas,
que son las hipótesis,
y desde los cuales se deducen los teoremas, es decir otras
proposiciones que están siendo demostradas y fundamentadas
suponiendo la verdad de las hipótesis.
Sin embargo, como la verdad de las hipótesis de las que se parte en
el pensamiento discursivo no se demuestra, eso lo convierte en algo
incompleto.
En la siguiente clase de conocimiento no se da esa limitación, lo
que lo hace ser la más perfecta forma de conocimiento.
Platón lo llama de forma variada: inteligencia pura, nóesis,
dialéctica y filosofía, aunque dialéctica significará también el
método para llegar a adquirirlo.
Lo que se conoce con él son las Ideas inmutables; es decir, lo qué
son.
Una vez conocida, por
ejemplo, la Idea de Justicia se puede decir qué
es la justicia.
|
mundo
sensible |
|
mundo
inteligible |
|
|
|
|
|
|
reflejos, sombras |
objetos físicos |
seres matemáticos,
musicales, astronómicos |
ideas |
|
conjetura, eikasia,
ei1kasía |
creencia, pistis,
pístiç |
|
pensamiento discursivo,
dianoia,
diá’noia |
inteligencia pura,
dialéctica, filosofía, nous, nóesis,
nou<ç, nóhsiç |
|
|
|
|
|
|
opinión, doxa,
dóxa |
conocimiento inteligible, ciencia, episteme,
e1pisth’mh |


- El método
filosófico: la dialéctica.
La cuestión que se trata ahora es cómo conseguir ese conocimiento
denominado nóesis.
Para conseguir ese objetivo Platón ideará un método denominado
dialéctica. Ese método tiene dos fases. La primera fase es la
mayéutica, que es la misma mayéutica socrática, y consiste en
pedir al interlocutor que diga qué es algo, que lo defina
preferiblemente no en forma de discurso sino brevemente.
Se trata de que se diga qué es lo común a todas las entidades que
tienen la propiedad que se investiga. Una vez dada la definición se
inicia un diálogo de preguntas y respuestas cortas para aclarar el
sentido de la definición dada.
Invariablemente el personaje de Sócrates hace llegar al interlocutor
a una contradicción, a la que sigue, en su caso, redefiniciones del
término pedido que acaban del mismo modo.
Al final el interlocutor no es capaz de dar nuevas definiciones y
entra en el estado de perplejidad, que viene a consistir en el
estado de reconocimiento de la propia ignorancia acerca de lo que se
le pregunta aunque, por otra parte, uno piensa que sí debería de
saberlo.
Por ejemplo desconocer qué es la belleza y sin embargo estar viendo
cosas bellas.
Alcanzar el estado de perplejidad es una condición necesaria para la
segunda fase. Ya que sólo si la persona es liberada de falsas
concepciones, y admite su ignorancia, se encuentra en la disposición
real de aprender la verdad libre de prejuicios.
El que cree que sabe no escucha con atención. Lo que escucha lo oye
sólo para ver si coincide con lo que él piensa, si es así juzga que
es correcto y se ratifica en lo que cree, y si no es así lo juzgar
erróneo, ya que no coincide con lo que cree saber.
Por eso, antes de enseñar, es necesario que la persona esté con el
ánimo limpio y atento, porque enseñar, piensa Platón, no se produce
porque el maestro dé la nueva información al discípulo; al
contrario, conocer es recordar, y por tanto, el discípulo, debe ser
el que saque de sí mismo la verdad, a lo que el maestro solo asiste
como partero; y nadie alumbra la verdad si cree que ya la tiene.
La segunda fase representa la fase positiva del método dialéctico y
la fase que más propiamente se denomina dialéctica.
Aquí se trata de encontrar la correcta definición del término que se
busca, y la manera de hacerlo sigue siendo el diálogo. Pero ahora el
diálogo se orienta a tratar de separar lo que se está definiendo de
todo lo demás, y a esto se le denominará división[1].
La estrategia para conseguirlo es ir separando todo lo que
pertenezca a la sensibilidad del término que se busca, ya que para
Platón esa definición lo es de una Idea, y por tanto no tiene nada
que ver con la sensibilidad.
Por ejemplo, si estamos buscando la definición de la belleza, en
nuestro búsqueda, —que para el que busca es una búsqueda interior,
ya que la verdad está dentro de sí— la persona tendrá que ir
separando lo que no es belleza de la belleza que muestran los seres,
pero dado que la definición de la belleza no es sobre los seres
bellos del mundo, sino sobre una Idea, tendrá que eliminar en su
búsqueda, todo rasgo que pertenezca a la sensibilidad –a los
sentidos- de la definición de belleza, hasta encontrar, en una
visión interior, la belleza pura, el recuerdo de la Idea de Belleza,
sin intermediarios sensibles que puedan distraerle, y al verla en
esa intuición intelectual, poner en palabras lo visto, decirla, y
así tener el conocimiento de qué es la belleza y, por el cuál
conocimiento, ahora puede juzgar que cosas de los sentidos
participan en mayor o menor grado de ella.
La dialéctica, por tanto, intenta un examen radical, que no se para
en supuestos, como el pensamiento discursivo, sino que sigue su
camino ascendente hasta las Ideas sin dejar ninguna cuestión sin
examen.
El fin último es llegar a la Idea de Bien, porque ésta es la Idea
reina, la que ilumina a todas las demás Ideas.
Una vez que se llega a las Ideas el filósofo puede iniciar un camino
descendente, e intentar decir a sus conciudadanos cómo organizar una
ciudad si se quiere que sea justa, porque sólo el que ha visto la
Idea de Justicia conoce qué es la justicia, y sólo éste puede
garantizar que la polis que se organice con sus principios será una
polis justa.
Tanto el ascenso al mundo de las Ideas, su visión, como el regreso
del filósofo es narrado por Platón en el mito de la Caverna.
En ese mito se narra como unas personas han sido obligadas a vivir
mirando únicamente el fondo de una caverna en el que se reflejan las
sombras de las cosas. Como nunca vieron algo distinto consideran a
esas sombras reflejadas son la realidad. Uno de ellos se libera y en
su huida de la caverna va observando cómo en verdad la realidad; al
salir termina por contemplar el mundo exterior tal y como realmente
es. Al volver a la caverna, para explicárselo a sus amigos éstos no
sólo no le creen sino que le desprecian por loco.
En el mito se pone de manifiesto, cómo aquellos que no saben qué es
el Bien, ni conocen las Ideas, se oponen y juzgan disparate el
testimonio de quién sí las ha visto y les dice cómo son. Y este es
el drama de la sociedad, que a quien sabe de verdad no se le
escucha, más bien se escucha al que grita mucho y nada sabe; aunque
todo esto al filósofo, dice Platón, apenas le importa, porque el que
ha visto las Ideas es feliz viéndolas y no desea mandar, porque no
desea mirar las cosas del mundo sensible que sólo le distraen del
espectáculo de las Ideas. Para que sea él el que mande hay que
obligarle a que se fije en las cosas de la polis y deje de admirar
las Ideas, porque sólo contemplarlas es lo que quiere el filósofo.
El método dialéctico que Platón propone es un método que se basa en
la razón y que se explica en La República, que es uno de sus libros
fundamentales. Sin embargo, en otro de sus libros, El Banquete la
dialéctica es caracterizada de una forma distinta, como un impulso
erótico, adquiriendo un carácter más vital que racional.
Se sigue tratando de ascender desde el plano sensible al
inteligible, pero el motor del ascenso es el impulso erótico, y el
proceso no acaba en la idea de Bien, sino en la de Belleza, ya que
el objeto del amor es, según Platón, la belleza.
En el Banquete la filosofía se muestra como una especie de "amor",
de "locura divina" que conduce a la captación de la belleza en sí.
Este impulso erótico sigue un proceso que pasa
del amor al cuerpo bello del amado al amor de la belleza de todos
los cuerpos bellos; de ahí a la belleza
moral de las almas, de ésta a la belleza de las normas de conducta y
de las leyes, de aquí a la belleza de las ciencias y por último a
la Belleza en sí, causa ejemplar de todo
lo bello.


-
El hombre en la filosofía
platónica.
-
La reencarnación.
Platón distinguirá radicalmente entre cuerpo y alma, entendiendo que
lo que es propiamente el hombre es su alma.
El alma del ser humano; es decir, el propio humano, está inmerso en
un proceso cósmico de perfeccionamiento, que se produce a través de
sucesivas reencarnaciones en las cuales adquiere un cuerpo,
una materia, que le lastra haciendo la función de cárcel del alma.
El final exitoso del proceso terminaría con el fin del ciclo de
reencarnaciones y con una vida eterna y feliz sin el cuerpo. Sin
embargo también es posible que el hombre acabe en una especie de
infierno donde sería eternamente castigado.
En todo este proceso cósmico de perfeccionamiento, el enemigo a
quien hay que vencer, es la materia representada por el cuerpo.
El cuerpo es un mal no sólo por la repercusión
que tiene en el alma sus necesidades, deseos, temores, y
enfermedades, sino porque existe el riesgo de que el alma
adopte como suyos los deseos, placeres y dolores del cuerpo, en vez
de buscar los bienes propios del alma, adquiriendo entonces un
carácter material.
Si eso ocurre se dedicará a buscar y conseguir aquellas cosas
sensibles que satisfacen los deseos del cuerpo, incluso con guerra y
violencia.
Por el contrario, si el alma consigue resistirse al cuerpo y
dominarlo, entonces se dedicará a buscar su bien propio, que es la
verdad, y que conseguirá obteniendo poco a poco un mayor acceso a la
reminiscencia y a la contemplación de las Ideas. Fortalecida el alma
en esa dirección, y tras morir, se reencarnará en una figura que le
permita seguir el ascenso al conocimiento hasta que termine por
conseguir el fin de las reencarnaciones y la liberación de la carne.
En cambio, si el alma ha perseguido y disfrutado de lo sensible, su
carácter queda enturbiado por su trato con ello, y no sólo quiere
reencarnar de nuevo en el mundo sensible, que es donde está la
fuente de su placer, sino que querrá hacerlo en una figura que le
permita conseguir de manera fácil y abundante el placer sensible al
que se ha aficionado.
En cualquier caso, tras la vida encarnada, el alma es juzgada por
sus actos. Si fue buena se la recompensa, si mala se la castiga. Y a
no ser que el alma haya terminado por ser perfecta, o por ser
irrecuperablemente malvada, vuelve a encarnarse, pero con la
salvedad de que es la propia alma la que elige en qué lo hará.
Platón establece la posibilidad de que el alma se encarne en
animales, posibilidad que ya pensaron los pitagóricos, de modo que
el animal elegido no sea más que una representación del vicio que
tuvo en la vida anterior; si fue violento quizá se encarne en un
león, si glotón en un cerdo... Con todo lo normal, parece ser, es
que se encarnase en un ser humano; y en este caso Platón establece
una lista de figuras en las que una persona elige encarnarse según
se encuentra más o menos lejos de la sabiduría -aunque duda sobre el
orden, ya que lo cambia- y así, en el extremo positivo estaría el
filósofo, y en el extremo negativo el tirano.
En esas circunstancias, piensa Platón, la responsabilidad de la
elección es de cada uno. Platón, que como Sócrates es
intelectualista moral, considera que el mal es la ignorancia, y así
el malvado que ignora lo que le conviene elegirá una mala vida,
aunque a él le parecerá la buena, y el bueno,
que aún no tiene sabiduría pero cuya opinión se acerca a la verdad,
elegirá una buena que le acerque cada vez más al conocimiento y, por
tanto, a la liberación.


-
El alma y la virtud.
Platón habla de tres partes del alma[1]
pero deben entenderse como "funciones", ya que el alma no es
material, es simple, y no tiene partes.
El alma racional es la propia identidad, lo que realmente somos, y
sus funciones, que consisten en el puro pensar, se realizarían en la
cabeza. A través de esta función el alma puede llegar a contemplar
las Ideas. Platón señala en el Timeo que la fabricó directamente el
demiurgo y que por ello sobrevive a la muerte[2].
Las dos siguientes partes del alma fueron, según el Timeo, fabricada
por los dioses que creó el Demiurgo, con lo que resultan ser almas
mortales.
Y así está la función irascible, que se refiere a las pasiones
nobles, entendiendo por tales: valor, ira, esperanza, ambición...;
esa función se realizaría en el tórax.
Por último se encuentra la función concupiscente, que se refiere a
las pasiones innobles, como son el instinto de conservación –comida
y bebida- y el instinto sexual; estas funciones se realizarían en el
abdomen.
Al realizar el alma sus distintas funciones del modo adecuado y
conveniente se consiguen las virtudes; que viene a significar el
dominio del alma sobre las distintas funciones que realiza.
Y así, cuando domina la función concupiscente, y por tanto es capaz
de contenerse frente al placer, el alma adquiere la virtud de la
templanza. Cuando domina la función irascible, y por tanto es capaz
de dominarse frente al dolor físico o anímico, adquiere la virtud de
la fortaleza. Y cuando domina la función racional, y por tanto es la
razón la que manda y dirige al alma entera hacia el bien que la
misma razón descubre, sin que ocurra que sea cualquiera de las otras
dos partes del alma la que utilizando la razón como un mero
instrumento dirija al alma entera en dirección a conseguir sus fines
propios, se obtiene la virtud de la prudencia, que hay que entender
además como sabiduría, ya que entonces el alma racional no sólo
manda sobre las demás, sino que vislumbra el bien y dirige al hombre
hacia él.
Cuando cada una de las distintas funciones del alma se realizan con
virtud entonces ocurre que el alma entera queda “ajustada”, y eso
hace que una nueva virtud aparezca, y es la virtud de la justicia.
La justicia ocurre por la armonía que se produce en el alma cuando
las distintas partes realizan de forma óptima la función que tiene
asignada sin invadir las funciones de las demás; frente a eso, la
injusticia, no es más que un desarreglo, un desajuste en las
funciones del alma que provoca la enfermedad del alma conocida como
vicio.
-
La ética.
Platón, como su maestro Sócrates, se sitúa en el intelectualismo
moral.
El intelectualismo moral es una teoría que relaciona el conocimiento
con la moralidad. Según esta teoría ser bueno consiste en saber qué
es el bien en concreto; ser malo consiste en ignorarlo, entendiendo
que bien sería aquello que satisface nuestras necesidades y deseos,
algo que se relaciona, en última instancia, con la felicidad.
El intelectualismo afirma que nadie hará el mal sabiendo que es el
mal, ya que el mal es aquello que impide que obtengamos lo que
necesitamos y deseamos.
El que obra el mal se hace a sí mismo un perjuicio, en tanto que se
convierte en malo, y como nadie se perjudica a sí mismo
voluntariamente, el que comete un mal lo hace por ignorancia. Y así,
el mal sólo se hace por ignorancia; y de hecho es la ignorancia de
lo que realmente conviene.
Cuando una persona hace el mal es siempre bajo la apariencia de que
eso es un bien para ella, luego es la ignorancia de qué cosa sea
realmente buena y qué cosa mala lo que le lleva a realizar el mal y
hacerse malvada.
Cuando se hace el mal es mejor ser castigado que no serlo ya que el
castigo se entiende como una cura, un beneficio que hace que el alma
mala deje de serlo; una enseñanza, por tanto.
Cabe añadir que para Platón la felicidad no es equivalente al placer
sensorial, pero tampoco es contraria, y así cierta dosis de placer
es correcta para ser feliz. Aunque el ideal del hombre, su real
felicidad, está en la contemplación de la Idea del Bien.
-
La política.
La concepción platónica de la sociedad y de la política reflejan la
posición contraria a la mantenida por lo sofistas, y que terminará
por desarrollarse completamente en su discípulo: Aristóteles.
Piensa Platón que las comunidades políticas, la polis o ciudad, no
se establece simplemente por un deseo convencional de sus
integrantes, como pensaron los primeros sofistas, sino que existen
una serie de necesidades naturales, tanto materiales como
espirituales, que le llevan a necesitar la ayuda y cooperación de
sus semejantes para conseguir satisfacerlas plenamente, y eso le
lleva a formar y a vivir en comunidad.
Por tanto, y en contraposición con los sofistas, Platón se pone al
lado de los que consideran que la formación de las sociedades
humanas se asienta en la naturaleza humana, aunque en esa
dependencia de la naturaleza humana se deba a que ésta tiene
necesidades naturales que sólo en sociedad pueden ser ampliamente
satisfechas.
Desde ese punto de vista, y dado que son distintas las necesidades
humanas, Platón defenderá una organización social en la que se de
una división social del trabajo de acuerdo a las disposiciones
naturales que se tengan.
Y así, el que por naturaleza se muestre hábil para un tipo de
trabajo que satisface una clase de necesidades –alimento, vestido,
alojamiento, seguridad...- que se dedique en exclusiva a ese, y el
que esté naturalmente dotado para otro, pues que se ocupe de ese
otro en exclusiva, y que, al final, se intercambien entre todos los
bienes obtenidos.
Considerando las distintas funciones que pueden realizarse en la
ciudad Platón la divide en tres clases sociales: la de los
artesanos, la de los guardianes y la de los gobernantes.
Los artesanos, incluyendo en esa clase a pastores, comerciantes,
marinos…, son los encargados de la producción, y resultan ser la
clase más numerosa de la ciudad.
Los guardianes tienen como funciones características defender la
ciudad de invasores y controlar los conflictos internos que pudieran
darse dentro de la ciudad. La clase de los guardianes es una clase
escogida por las aptitudes idóneas para la función que se les pide,
y que son la fuerza y la valentía. Una vez escogidos Platón
considera que, haciendo que se casen unos con otros, esos rasgos
escogidos se mantendrán en la descendencia, luego a la clase de los
guardines se pertenecerá, aunque con excepciones, por nacimiento.
Para formar guardines no sólo hace falta aptitudes naturales, sino
un férreo control y educación. No tendrán bienes personales, para
evitar que puedan ser ambiciosos, vivirán en común, se les
seleccionará la pareja matrimonial por parte del Estado atendiendo
a unir los mejores con los mejores.., y finalmente, de entre los
mejores, se extraerá a los gobernantes.
La función del gobernante es gobernar la ciudad en vistas a
conseguir esos bienes materiales, pero sobre todo espirituales, que
dio lugar a la comunidad; es decir, se trata, sobre todo, de hacer
hombres buenos. A las personas que puedan llegar a ser gobernantes
se les someterá a pruebas rigurosísimas, para así seleccionar el
mejor, el que será el rey, y que coincide con aquel que de todos sea
el más sabio, ya que siendo su misión establecer el bien, sólo el
que haya captado la Idea de Bien, podrá dirigir la ciudad y a sus
ciudadanos en esa dirección; y ese es el filósofo. El filósofo, en
sus actuaciones, tendrá en cuenta siempre que es lo mejor para el
estado en su totalidad, no para una sola de las partes.
Análogamente a como ocurría con el alma, cuando las distintas clases
sociales realizan de modo perfecto la función que se les tiene
encomendada adquieren una virtud. Y así, la virtud de los artesanos
es la de la templanza, ya que son ellos lo que producen los bienes
que serán consumidos por los demás y por tanto deberán ser moderados
en su consumo. La de los guardianes es la valentía, ya que deberán
ejercitar sobre todo esa virtud en el ejercicio de su función
militar y policial. Y la de los gobernantes es la sabiduría, ya que
debe de conocer las Ideas para poder hacer buenos a sus
conciudadanos y justa a la ciudad.
Cuando las distintas clases sociales realizan su función de modo
adecuado, de igual modo que ocurría con el ser humano, aparece una
nueva virtud, la justicia, que no es más que expresión de la armonía
social que tal hecho produce.
Con todo, y para que el Estado pueda llegar a esa justicia, Platón
propondrá una serie de medidas de control social de una rigidez
extrema.
En principio no habrá gente ni rica ni pobre, lo cual impedirá la
envidia. Además estará vedada toda posible censura o crítica al
sistema, incluso con la muerte. Se crearán mentiras "nobles" que
legitimen la situación social.
Platón propone el mito de las clases, según el cual, todos los
ciudadanos han sido creados y educados por la tierra que es su
madre, por tanto todos son hermanos entre sí; pero en la composición
de algunos (los gobernantes) entró el oro, en otros la plata (los
guardianes) y en otros el bronce y el hierro (los artesanos);
aunque puede ocurrir excepcionalmente que uno de oro engendre uno de
bronce; en cualquier caso deben ser llevados a su posición social
respectiva.
En el Estado platónico los niños serán educados por el Estado y no
sabrán quienes son sus padres, ni sus padres quienes son sus hijos.
La mujer compartirá los mismos trabajos y estará en las mismas
posiciones que los hombres, e incluso podrá llegar a ser gobernante.
En La República, Platón, señala que se permitirá que las mujeres, o
los hombres, sean sexualmente comunes, aunque el estado velará
porque los cruces no sean entre clases; posteriormente, en Las
Leyes, dará marcha atrás respecto a esta idea..
Platón considera que han existido hasta la fecha cinco formas
distintas de gobierno, originándose unas a partir de la degeneración
de otras.
La mejor de todas, y primera, es la monarquía o aristocracia, que
etimológicamente significa el gobierno de los mejores -aristo-, y es
la forma más perfecta e ideal de gobierno. La decadencia de este
régimen da lugar a la timocracia, o gobierno de los que tienen honor
-timos-, en la que predomina la clase militar. Ese régimen no es
aún malo, pero da paso a la oligarquía, que significa gobierno de
los pocos –oligos-, en la que una pequeña minoría ambiciosa ostenta
el poder y oprime a sus conciudadanos; los cuales, cansados del
continuo abuso, terminan por acabar con los explotadores y se hacen
con el poder dando lugar a la democracia. En la democracia, que
significa gobierno del pueblo -demos-, la masa no está preparada
para gobernar, por lo que se produce tal desorden que el más
demagogo y violento de todos termina por erigirse en tirano, dando
lugar a la tiranía, y suprimiendo la libertad. La tiranía es el
gobierno más injusto de todos y el grado más bajo y degenerado que
puede darse entre las formas de gobierno.