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La controversia de los
universales.
El
problema de los universales es uno de los problemas nucleares de
la Edad Media. La cuestión sigue siendo establecer qué realidad hay que
conceder a las nociones genéricas conocidas como “universales”.
Ejemplos de universales son el hombre, el
triángulo, etc. Estas nociones
abstractas se oponen a los singulares, que serían
entidades concretas, como Juan, Pedro, éste caballo,
aquel triángulo, etc.
El problema de los universales tiene varias
vertientes. Por un lado se trata de
determinar qué clase de ser es el universal; es decir, ¿tiene
forma?, ¿materia?, ¿existe en las cosas concretas
que participan de él?, ¿en la mente, en Dios? Pero también se trata de
determinar qué relación de significado tiene con las cosas qué
significa.
Entre las distintas respuestas que la Edad Media produce destaca el
realismo, el cuál entiende que los universales son entidades
que existen antes que los singulares que participan de ellas y que son
independientes de las mentes que los conocen.
Y así, por ejemplo, el universal “perro” sería una
entidad que existiría fuera de la mente del hombre, que es quien conoce
a los distintos perros, y hace, de algún modo,
que los distintos seres concretos que
llamamos “perros” tengan algo en común –el universal o su participación-
por lo cuál les denominamos así.
La manera en que ese universal
existía podía variar según la teoría realista.
Inicialmente se consideró la tesis
ejemplarista, que afirma que el universal está fuera de las cosas
que participan de él, como una Idea ejemplar en la mente de Dios. Pero
pronto se extendió la tesis denominada realismo exagerado o extremo,
que consideraba que el universal existía -de alguna manera a dilucidar y
debatir- dentro de las propias cosas concretas, de modo que cuando el
ser humano percibía la cosa, su mente captaba el universal, y así, al
ser el universal duplicado por el entendimiento humano, podía el ser
humano conocerlo.
Una forma distinta de la realista de entender la existencia del
universal es el realismo moderado de Tomás de Aquino.
Para Tomás las cosas son un compuesto de materia y forma al que denomina
esencia. Al percibir un objeto el entendimiento desvela la esencia
concreta del ser percibido, y a partir de esa esencia concreta el
entendimiento crea el universal, que vendría a ser la esencia común de
la clase de seres que ha percibido, y lo hace abstrayendo lo que de
común hay en la esencia concreta del ser percibido.
Por tanto, no se puede decir que el universal abstraído esté en la cosa,
ya que en la cosa estará la forma, y también, de algún modo, la esencia
singular de la cosa, pero no el universal, que es una esencia común y
que produce el entendimiento. Y así, el universal es una creación de la
mente pero con fundamento en las cosas.
Un tipo de respuesta diferente, antirrealista, considerará
que el universal era un producto exclusivo de la mente humana, sin
existencia alguna fuera de ella.
Entre estas teorías se encuentra el conceptualismo y el nominalismo, del
que Ockham será iniciador.
El conceptualismo considera que el universal es una creación de
la mente humana con valor lógico.
La mente crea conceptos que tienen un valor universal; es decir, un
valor que los hace capaces de ser aplicados al conjunto de individuos al
que se refieren, y por lo que se denominan “universales”.
La mente humana no se inventa los universales antes de tener experiencia
con las cosas. Sin embargo, las cosas que percibe no tienen en sí nada
que guíe al entendimiento en su labor de producir el universal.
Como por ejemplo ocurre con el concepto
de “docena”, que no procede de algo que tengan en sí las cosas y que la
mente humana sea capaz de abstraer, sino que es un invento
arbitrario de ésta que posteriormente utiliza para hacer clasificaciones
en las cosas.
Lo característico de esta posición es considerar que la mente humana es
capaz de crear conceptos que, posteriormente, tendrán validez –validez
lógica- para todos los seres que se incluyen dentro de ese universal, y
a partir de la cuál puede construirse la ciencia.
Por su parte, Ockham establece a través del nominalismo que
siendo cierto, como afirma el conceptualismo, que el universal no existe
más que en la mente humana, ocurre que éste ni siquiera es un concepto
con valor lógico.
De ser un concepto con valor lógico podríamos, a través suyo, predecir y
caracterizar definitivamente cómo son las entidades concretas
conceptualizadas por el universal.
Por ejemplo, si tenemos el concepto de gato, y dentro de él se incluye
entre otras propiedades que los gatos son mamíferos, entonces, dado un
gato cualquiera, podemos predecir por el valor lógico del universal que
tendrá que ser mamífero. Pero Ockham señala que esto no es cierto, que
la lógica de los conceptos no puede imponerse a la realidad, y que
aunque en nuestra lógica tal relación tiene que darse es necesario ir a
la experiencia, porque sólo ésta puede decir qué existe y que no, y por
tanto podrá decir si esa relación se cumple en cada caso de gato o no lo
hace; es decir, no es el universal el que dice como tiene que ser el
mundo, sino el mundo el que dice cómo tiene que significar el universal.
El nominalismo de Ockham considera que el universal no es un concepto en
el sentido dicho por el conceptualismo, sino sólo un término, un golpe
de voz -flatus vocis- sin más valor que significar un conjunto
arbitrario de individuos.
Tanto a conceptualistas como a nominalistas se les
ha señalado críticamente la dificultad de explicar cómo hace la mente
para agrupar los individuos semejantes para poder
formar el universal. El problema está en que si la mente agrupa los
individuos porque éstos tienen propiedades
semejantes, entonces ya existiría una semejanza en las cosas que sería,
justamente, el universal.


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La teoría ockhamista del
significado.
Tanto las oraciones del lenguaje, como la propia ciencia, utilizan los
universales en su confección. Sin embargo, si los universales son una
construcción arbitraria, ¿qué significan en las proposiciones? Para
responder a esa pregunta Ockham establece su teoría del significado.
Los términos, piensa Ockham, pueden tener varios significados. Por
“significado” se entiende “estar en lugar de algo”.
Por ejemplo, en “Juan llama a la puerta de la clase”, “Juan” estaría por
la persona concreta que así se llama, “llamar” sería la acción concreta
que esa persona hizo, es decir golpear con los nudillos la puerta de la
clase, y “puerta de la clase” estaría por el objeto físico y concreto
correspondiente.
Es decir, el término está puesto en lugar del objeto, o conjunto de
objetos, a los que representa, y puede significarlos –estar en lugar de
ellos- de tres modos distintos.
El primero es el significado material, que ocurre cuando el término está
en lugar de sí mismo, se pone por sí mismo.
Como por ejemplo en la proposición “el hombre es una palabra bisílaba”,
donde “hombre” no significa más que la propia palabra, ya que no se dice
ahí que ningún ser humano sea “bisílabo”, sino que lo es la palabra.
La significación personal ocurre cuando el término está en lugar de las
cosas singulares a las que se refiere, se pone por las cosas
significadas.
Por ejemplo en “el hombre corre”, dicho en referencia a una persona
concreta que corre, el término “hombre” no supone la palabra, ya que la
palabra no corre, sino que supone –se pone- por un hombre determinado
que es el que corre.
Y por último se encuentra la significación simple, en la que el término
se refiere a un conjunto de individuos, y se pone por algo que todos
tienen en común.
Como cuando se dice “el hombre es especie”, o “el hombre es animal”,
donde “hombre” está por aquello que de común presentan todos y cada uno
de los hombres.
Ahora bien, ¿cómo puede un término ponerse por una pluralidad de
individuos cuando los individuos no tienen en la realidad nada en común
que los agrupe?
Para responder a esta cuestión Ockham explica que los objetos pueden ser
percibidos de forma confusa; percibimos confusamente cuando no podemos
distinguir el singular de que se trata.
Por ejemplo cuando, en la distancia, vemos que se acerca una persona
pero no somos capaces de reconocer de qué persona se trata.
En esas circunstancias podríamos decir que percibimos una persona, y
“persona” significaría –se pone por- un ser humano confusamente
conocido.
Y de esta manera pasa con los universales. Sólo existen realidades
concretas, pero éstas pueden ser confusamente conocidas, y es en esa
confusión que aparece el universal. Éste vale para muchos individuos en
tanto que no podemos precisar qué individuo es, aunque podamos precisar
muchos individuos que no son.
No podemos saber si quien viene es Pedro, o Juan, pero sabemos que no es
una jirafa, una vaca, o un florero.
Y de esta manera el significado simple de los términos –el universal-
viene a ser algo común que tienen los individuos al ser confusamente
conocidos.
No es algo común que tengan en la realidad los individuos, sino algo
común que aparece debido a la percepción confusa del singular.


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El conocimiento y la ciencia.
Una vez hecha la distinción entre suposición
material, personal y simple, Ockham
establece una diferencia entre las posibles ciencias, y con ellas,
entre los distintos conocimientos del ser
humano.
En la llamada ciencia real las
palabras que forman las proposiciones suponen
personalmente; es decir, están por los sujetos, por algo que está
fuera de la mente.
En cambio, cuando las palabras de la proposición suponen de modo simple
es que se ponen por los conceptos de la mente, y entonces lo que tenemos
es ciencia racional o lógica.
Por último, cuando la proposición consta de palabras que suponen
materialmente, y por tanto están por ellas mismas, tenemos la ciencia
gramática.
A partir de esto pueden distinguirse dos clases de conocimiento, el
intuitivo y el abstractivo.
El conocimiento intuitivo indica si una cosa existe o no. Es el
conocimiento que se obtiene a través de la experiencia, y con él se
puede conocer con evidencia las verdades contingentes; es el
conocimiento que proporciona la ciencia real.
El conocimiento abstractivo es el que pertenece al
dominio de la lógica y el universal; formando la ciencia racional.
Proporciona verdades necesarias, pero con él no se puede conocer
si una cosa
contingente existe o no. Para poder darse el conocimiento abstractivo
tiene que darse, previamente, el anterior el conocimiento intuitivo.
La cuestión es que la ciencia racional y lógica, a pesar de que sus
juicios sean necesariamente verdaderos, utiliza en sus proposiciones los
universales, pero como estos han sido construidos arbitrariamente, nunca
podrá garantizar que lo que ella enuncie sea real.
Es decir, una vez que tiene un universal, por
ejemplo de gato, al que define como un ser mamífero y con tales y tales
características, no podrá concluir con absoluta verdad que eso que estoy
viendo, con ser un gato, sea mamífero. Si la
definición del concepto de gato fuera real
podríamos concluir que todos los gatos reales son mamíferos, pero como
el concepto no recoge nada real, ni tiene valor lógico que le permita
predicar de los individuos reales una propiedad lógica, no puede valer
como predicción.
Nuestro conocimiento científico lo es de las
proposiciones, no de los seres reales.
Y su función no es prescribir cómo son en la realidad, sino sólo
describirlos, intentando que se recoja en las proposiciones que forman
la ciencia cómo es el mundo que vemos en la experiencia.


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La navaja de Ockham y el
conocimiento.
Por navaja de Ockham se entiende un principio epistemológico que indica
que no hay que multiplicar los entes sin necesidad, entendiendo por
“multiplicar” introducir seres en las explicaciones de los que ni se
tenga evidencia perceptiva ni sean imprescindibles en la explicación.
Es decir, deben descartarse las explicaciones que utilizan más
entidades, o seres, que aquellas otras que consiguen explicar los mismos
acontecimientos, pero utilizando menos entidades.
Por ejemplo, si para explicar el movimiento de los planetas disponemos
de dos teorías, una que señala que estos se mueven por un “ímpetus” o
fuerza recibida en el principio del mundo, y otra que señala que son
distintos ángeles los que, a partir de un “ímpetus” recibido al
comienzo, mueven los planetas, se preferirá la primera, ya que explica
con menos seres, o entidades, que la segunda.
La razón de establecer este principio obedece al abuso que, en opinión
de Ockham, se había producido por parte de la escolástica al utilizar
seres metafísicos en sus explicaciones.
A causa de la concepción tradicional sobre los universales que los
escolásticos sostuvieron durante la Edad Media, se consideraba que el
conocimiento podía basarse en las propiedades abstractas que tenían esos
universales, y con los cuales podía explicarse como tenía que ser la
realidad.
Pero ocurriendo que tales universales no son más que nombres sin ninguna
existencia real, el conocimiento abstractivo se convierte en una mera
recopilación del conocimiento intuitivo que se realiza usando como
instrumento los universales, pero sin ninguna validez fuera de su
vinculación con éste.
Luego carece de sentido que por la mediación de ese conocimiento
abstractivo supongamos más existencias en la realidad que las
estrictamente necesarias para describir los hechos que vemos.
Entre esos conceptos que Ockham considera no necesarios destacan los de
sustancia, alma y Dios.
La sustancia se entendía como el soporte de los accidentes. Y es un
concepto metafísico de una entidad que nunca vemos, ya que lo que
podemos observar son los accidentes, pero no la sustancia propiamente
dicha. Por tanto, considera Ockham, si ella no procede del conocimiento
intuitivo, y podemos explicar el mundo sin ella, es una entidad de la
que podemos prescindir en nuestras explicaciones.
De igual modo ocurre con el concepto de alma, que en ocasiones era
entendido como una especie de “sustancia espiritual”. Ockham considera
que podemos dar cuenta de la existencia de distintos actos de
conciencia, pero no disponemos de conocimiento intuitivo sobre el alma,
entendida como sustancia espiritual.
Además no se puede demostrar su existencia a través de la razón, porque
la razón, en sus demostraciones, parte de los conceptos universales,
pero estos conceptos no son válidos para decir a la realidad cómo tiene
que ser, para prescribir el comportamiento del mundo, sólo lo describe,
luego no podemos demostrar mediante su intervención la existencia del
alma.
De la misma forma ocurre con la existencia de Dios. Ockham rechaza la
posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios.
Con estas críticas Ockham se adelanta a las que de un modo más elaborado
realizará Hume, dentro de la filosofía moderna empirista.
Con todo, Ockham no niega la existencia de Dios y el alma, lo que dice
es que no tenemos conocimiento racional de ellos, y que por tanto ambos
sólo pueden afirmarse desde la fe.
Es por eso que Ockham va a suponer una posición nueva en la relación
entre fe y razón, algo que queda explicado desde su teoría sobre el
voluntarismo divino.


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El voluntarismo divino.
La cuestión que aquí se trata se refiere a la validez de los preceptos
morales. Para Tomás de Aquino las normas morales que conforman el
Decálogo son normas que podemos conocer, además de por la fe, a través
de utilizar la razón. Es decir, con independencia del conocimiento de
que es Dios quien las ordena, la razón, por sí misma, puede establecer
su necesidad.
Ockham niega esto. Ni la existencia de Dios, ni la existencia del alma,
ni la validez del Decálogo pueden demostrarse a través de la razón.
Las normas morales del Decálogo no son normas naturales, son normas
sobrenaturales establecidas por la voluntad de Dios, pero de igual modo
que estableció que fueran esas las normas, podría haber establecido que
lo fueran las contrarias; a esta tesis se la denomina voluntarismo
divino.
Y así, podría haber ocurrido que “Odiar a Dios sobre todas las cosas”,
fuera el mandato de la moral; o que lo fuera robar, asesinar, mentir,…
Los contenidos morales no limitan la voluntad de Dios, al contrario, los
contenidos morales son algo impuesto arbitraria y libremente por Dios.
Son pues, algo convencional; pero no son convenciones humanas, sino
divinas.
De igual modo que la moral radica en la voluntad de Dios, también lo
hace el modo en que el mundo se comporta. Dios no está sometido a las
necesidades de la razón para crear el mundo tal y como éste es. Si es
como es se debe a la voluntad de Dios; luego no tiene sentido el intento
de conocer cómo es el mundo a través de intentar imaginar cuáles serían
las razones de Dios para crearlo como lo ha creado. El conocimiento del
mundo se consigue a través de la experiencia intuitiva, que es la que se
da al percibir el propio mundo.
Así Ockham propondrá una manera distinta de la usual, en su tiempo, de
entender la relación entre la razón y la fe.
Inicialmente la corriente de la fe, de procedencia judía, se unió a la
de la razón, de procedencia griega, dando lugar al pensamiento
cristiano. En esta síntesis de razón y fe los elementos más religiosos
fueron relegados en favor de aquellos más racionales; el Dios Padre del
Antiguo Testamento queda sometido a la explicación analógica, a la
racionalización, haciendo que ocupe una función muy parecida a la que el
Dios de los filósofos griegos –Aristóteles- había tenido para la
comprensión racional del mundo.
Pero ahora Ockham señala que Dios, y sus actos, se encuentran más allá
de la posibilidad de ser racionalmente comprendido por el hombre.
En esa situación, y siendo Dios y sus actos algo que están más allá de
la razón, no tiene sentido utilizarle como pieza intelectual para
entender la naturaleza. Y por eso, en Ockham se rompe esa identificación
entre el Dios de los filósofos –útil en la explicación del mundo- y el
Dios de los creyentes.
Ockham está negando que exista el Dios de los filósofos. El único Dios
es el Dios del creyente, incomprensible él y sus actos para la razón. Y
la naturaleza, y el propio hombre, al no poder ya ser racionalmente
explicados a través de Dios, se convertirán, durante el Renacimiento, en
objeto de estudio racional e independiente.
Después del Renacimiento, en el siglo XVII, con la aparición de la
ciencia y su método a partir de las propuestas de Descartes, Locke y
sobretodo Galileo, y ya en el siglo XVIII, que corresponde al siglo de
la Ilustración, la herencia intelectual de Ockham se consuma, y comienza
el proyecto de explicar la realidad, tanto natural como moral, sin el
concurso de Dios, apelando únicamente a la razón y a la experiencia.


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