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El inicio de la decadencia
occidental.
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La aportación griega.
La primera obra de Nietzsche se titula El nacimiento de la tragedia.
Allí Nietzsche presenta a dos fuerzas elementales como constitutivas de
la misma esencia de la naturaleza y la realidad. Las llama, de acuerdo a
la mitología griega, Apolo y Dioniso
Dioniso era el Dios del vino, pero en Nietzsche simboliza la pasión,
la desmesura, la embriaguez, el caos, lo informe, la noche. El arte que
mejor lo expresa es la música por representar bien lo informe, lo
caótico, lo fluido.
Por su parte Apolo simboliza la razón, el equilibrio, la luz, el
día, la medida, la forma, la belleza; el arte que lo representa mejor es
la escultura, por representar la forma limpia, nítida.
Aun siendo instintos contrapuestos existe un modo en el que ambos pueden
convivir armónicamente en la persona. Esa convivencia armónica entre
ambos es la que se refleja en las obras de la tragedia ática griega[1]
y los cantos líricos de Homero y Arquíloco.
Sin embargo esa armonía en los instintos se rompe claramente con
Sócrates, que declarará la separación entre ambos y la preferencia por
Apolo frente a Dioniso. Al hacer eso da comienzo a la decadencia
occidental.
Y de esta forma lo dionisíaco, lo instintivo, pasa
a ser considerado lo negativo, aquello que debe reprimirse en el
individuo. Mientras que la razón pasa a ser quien
alumbra el camino del individuo rechazando
toda propuesta instintiva, pasional: dionisíaca.
La forma de hacerlo es iniciando la fe en la razón; es decir, la
fe en la capacidad de la razón para constituirse en la única directora
de la vida humana. Como la razón busca conocimiento, hace que esa
búsqueda de la verdad, entendiendo por “verdad” una verdad objetiva e
independiente de las pasiones humanas, se constituya el ideal de vida
más noble del ser humano que termina en su felicidad. Por tanto Sócrates
establecerá una ecuación de igualdad entre los términos “razón”,
“virtud” y “felicidad
Ahora la razón se convierte en el instrumento que
permite conseguir una vida virtuosa, que es
la vida que busca la verdad objetiva; de modo que
aquel que halle la verdad sea el que puede conseguir la bienaventura y
felicidad.
Su discípulo Platón, por su parte, y de acuerdo al mismo espíritu
decadente que Sócrates, impondrá el error dogmático más duradero y
peligroso al dividir la realidad en dos mundos antagónicos; el
sensible y el inteligible; y afirmar que el conocimiento, la verdad,
está en ese mundo etéreo e inmutable de las Ideas, donde se encuentra el
“Bien en sí”, la “Belleza en sí”, la “Justicia en sí”, etc.
La consecuencia de estos actos de Platón es doble. Por un lado se
inaugura el desprecio al mundo sensible. Sin embargo el mundo
sensible y corporal es el único mundo real que, además, se encuentra en
continuo cambio y devenir. Pero después de Platón el mundo sensible será
entendido como lugar de apariencia que engaña al intelecto, como lugar
de imperfección, sufrimiento y muerte.
Por el otro, esa realidad transcendente inventada por Platón, se
constituye en el mundo real y verdadero. Es allí donde se
encuentran las Ideas eternas que constituyen el ser real; y por ello,
también en ellas radica la verdad.
Es decir, la fuente de
todo lo apreciable, bueno, bello y verdadero deja de ser algo real de
este mundo, y pasa a originarse en un mundo imaginado. Y por eso la
verdad, la belleza, la bondad y la felicidad
no pertenecen al mundo sensible, ni debe buscarse aquí, sino en aquel
otro, con la razón, y contrariando las pasiones al sustituirlas por
virtudes.
Mientras Sócrates inventa la fe en la razón, Platón
inventará el mundo de la razón; que es el
mundo de las Ideas a través del cuál se llega a la verdad
objetiva.
[1] El instinto
dionisiaco lo veía Nietzsche representado por el coro trágico
—el de las tragedias de Esquilo y Sófocles y que después
Eurípides minimiza— y por todos los héroes trágicos como
Prometeo o Edipo que no son más que máscaras del objeto único de
sufrimiento de la tragedia: Dioniso. El apolíneo lo encuentra en
la escenificación teatral de la tragedia que refleja el arte
escultórico; es decir la belleza a través de la forma.


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La aportación judeocristiana.
Esta decadencia intelectual griega entroncará con dos elementos
que proceden de la cultura judía, el monoteísmo y la
moral judeocristiana, uniéndose todo en un sistema compacto
que ha extendido su dominio intelectual hasta el presente de
Nietzsche.
Para analizar la procedencia de la moral judeocristiana
Nietzsche utiliza un método que denomina genealógico.
Este método tiene un doble modo, el etimológico y el histórico;
por tanto Nietzsche investigará la etimología e historia de los
conceptos bueno y malo.
Históricamente Nietzsche distingue tres periodos. El primero lo
denomina premoral, y es el tiempo anterior a la aparición
del Estado.
En ese periodo, el hombre, que procede del animal, se comporta
como una extensión de éste. La norma suprema es la
autoconservación y conseguir el placer evitando el dolor. Las
nociones de “bueno” y “malo” se establecen dependiendo de las
consecuencias que las cosas tengan para el hombre; bueno es lo
que le favorece y malo lo que le perjudica o se opone a la
consecución de sus intereses.
Y así, malo es la oscuridad
peligrosa de la noche, la amenaza,
el azar y el caos en tanto que no permiten hacer planes, etc.
En esas condiciones el hombre sólo puede hacer el bien; ya que
lo único que él hace es intentar conseguir sus objetivos y el
hombre no es responsable de tenerlos.
¿Acaso es responsable la lluvia de caer y
mojar? ¿Lo es un animal de cazar para vivir?, de igual modo el
hombre no es responsable de hacer lo
que hace para sobrevivir.
El segundo lo denomina periodo de la moral de las costumbres,
y ocurre tras la aparición de la sociedad y el estado.
La sociedad no se forma por el agrupamiento consensuado de los
hombres, sino por el dominio del más fuerte que impone su mayor
fuerza a los demás y establece el estado, que sólo es la
expresión permanente y reglada de su poder.
Ese “más fuerte” no
es necesario que sea un individuo, puede ser un pueblo
que se impone sobre otro, o un conjunto de
personas sobre el resto.
Pues bien, es la reglamentación social que el fuerte impone
sobre el débil la que se encuentra en el origen de las
costumbres y de la moral.
“La moralidad no aparece sino después de la
coacción; es más, durante algún tiempo no es más que una
coacción a la que los hombres se someten por evitarse disgustos.
Más tarde se convierte en una costumbre,
y luego en una libre obediencia, hasta que por fin, llega
a ser instinto; entonces, como todo lo que es habitual y natural
desde largo tiempo, es placentero y toma el nombre de virtud”.
Genealogía de la moral.
En este periodo, y debido al paso del tiempo, esa obediencia
inicial a la fuerza se internaliza, se incluyen como
parte de la personalidad humana, y al hacerlo internaliza
la moral. Es entonces cuando las leyes de comportamiento
impuestas por el más fuerte dejan de cumplirse porque exista una
sanción o amenaza externa –un castigo- y pasan a cumplirse por
una sanción interna; es decir, porque el hombre ahora quiere
libremente cumplirla, incluso no hacerlo le produce
remordimientos.
Una vez internalizada, al cumplirla libremente, el hombre
se hace responsable de sus actos, y como las normas
impuestas por el Estado no atienden al bien del individuo
dominado, éste, al cumplirlas, tiene que saltar sobre sus
propios intereses, con lo que aparece la conducta abnegada.
A partir de entonces “bueno” deja de ser conseguir el placer
egoísta y subjetivo, pasando a ser lo útil a la comunidad. Y
“malo” será ahora resistirse a la ley tradicional, a la norma
comunal, que, como opuesta a la norma de interés subjetiva, pasa
a considerarse norma objetiva del bien y del mal; es decir,
ahora la moral puede realizar la distinción ética entre “malo”
como algo subjetivo y “bueno” como algo objetivo, algo que
existe y es tal con independencia de lo que al sujeto le parezca
beneficioso.
Nietzsche considera que la moral inicial que se impone desde el
Estado recién constituido, es una clase de moral que se denomina
moral aristocrática.
Esa moral era la expresión en normas de los instintos que habían
llevado a los más fuertes a imponerse sobre el resto. Por tanto,
aquello que será el centro desde lo que determinar qué es el
bien y que es el mal, serán los instintos que han conseguido el
predominio.
La moral, pues, es una creación del hombre fuerte a través de la
cuál hace expresión y exaltación de los instintos que le
constituyen, de sí mismo. Y como lo que lleva al dominio es su
fuerza, esa moral afirmará como valioso lo que ayude a ser
fuerte. También será valioso amar la propia vida –que son
sus pasiones- y aquello que la favorezca; así como el
propio mundo en el que ésta se da y la felicidad que
en éste consigue.
Ellos identificarán noble con feliz y esto con amado por los
dioses; porque los dioses de la moral aristocrática, los dioses
del politeísmo, sólo son, como es el caso de la moral, expresión
de sus instintos.
Y así, lo que le hace fuerte será lo que
como él es superior y noble. Amará lo que eleva, amará su propia
vida; es decir, las pasiones que son lo que constituye su vida,
por eso él no negará sus pasiones, incluso aunque
con ello llegue al exceso. Amará el mundo en el
que vive, como un mundo en el que los nobles compiten unos con
otros, luchan, ganan y son felices. Y amará la alegría y
felicidad que su vida proporciona.
Entre ellos se reconocen como los fuertes,
los veraces, los nobles, los orgullosos de sí mismos; y todo
esto se extiende a todos sus actos, y
así amarán el riesgo, las empresas difíciles, serán generosos al
dar, pero no lo harán por miedo,
remordimiento o lástima, sino por la pura alegría de dar, de
repartir, de compartir las sobreabundancia que hay en sus
corazones.
El tercer y último periodo, hasta el presente, en la evolución
histórica de la moral se denomina periodo del resentimiento y
de la rebelión de los esclavos.
Este periodo se caracteriza por la aparición de una nueva moral,
una moral basada en el resentimiento a lo aristocrático, una
moral que contra el sí franco de los señores a la vida afirmará
lo opuesto a lo que ésta afirme.
El hombre del resentimiento no es ni franco
ni ingenuo ni leal consigo mismo. Su alma, de mirada torva; su
espíritu ama los rincones, los senderos
ocultos y las puertas falsas…; sabe callar, no olvidar,
esperar, empequeñecerse provisionalmente, humillarse. Tal raza,
compuesta de hombres del resentimiento, termina
necesariamente por ser más prudente que cualquier raza
aristocrática. Genealogía de la moral.
Quienes producen esa moral son los
que eran siervos de los anteriores y que se encuentran sometidos
a la norma de aquellos; por eso Nietzsche la denomina moral
de los esclavos.
Lo que los esclavos harán es invertir todos los valores de los
amos. Y así, todo lo que era tenido por éstos como valioso
pasará a considerarse ahora disvalioso; es la rebelión de los
esclavos, cuyo máximo representante está en el cristianismo.
La moral de los esclavos no tiene impulso
creativo. Ha nacido del odio y del
resentimiento a los amos y a su moral, y por ello sólo tendrá
fuerza para negar las afirmaciones
de la moral de los aristócratas constituyéndose, pues, en una
moral del no.
El cristiano, que ha padecido el dominio de las pasiones del
aristócrata, tiene miedo a éstas, pero la pasión no es más que
la expresión de la vida. Por eso, al odiarlas y proponer su
exterminio, lo que el cristiano está reflejando es su odio y
temor a la vida.
La vida para el cristiano es un sufrimiento continuo, un valle
de lágrimas, algo inaguantable y peligroso. Y así, llevados por
su espíritu de venganza y de resentimiento contra la vida,
santificarán todo lo contrario que ésta propone.
Por tanto, si los aristócratas exaltaban
los instintos ahora suprimirlos se hace virtud. Si aquellos eran
orgullosos, ahora el orgullo es pecado, y su contrario, la
humildad se santifica. En vez de dominio, de autonomía
personal, la obediencia se constituye en virtud, justamente una
virtud de obedientes esclavos. Si los nobles amaban lo mejor: lo
que vence, lo que destaca, lo sano, lo grande,…,
ahora es lo contrario lo amado; es decir, se ama lo peor y al
peor: al débil, al mísero, al enfermo, al miserable, al
doliente, al pobre, a todo lo peor y pequeño; y la compasión se
convierte en virtud reina. Y en ese amor por lo enfermizo
terminan por amar el mismo dolor, la penitencia, hasta llegar el
autocastigo –flagelos y cilicios- que para ellos terminan
haciéndose morales.
Pues bien, la única manera que tuvieron los cristianos de
imponer su moral a los fuertes fue convenciéndoles de que todo
aquello que ellos amaban, y de lo cuál era expresión su moral
aristocrática, en realidad era el mal, y viceversa, todo aquello
que odiaban por entenderlo pernicioso para la vida era,
justamente, el bien.
La inteligencia, las teorías y
las sutilezas del pensamiento es el instrumento que
aquellos que no tenían fuerza pudieron
oponer a los fuertes.
Ser aristócrata o ser esclavo es algo que,
en la historia humana, trasciende a una concreta
situación histórica. Es la expresión de los instintos de las
personas. Y así, puede observarse como en la historia, una y
otra forma de instintos, de morales, se enfrentan.
El representante inicial de la moral de los esclavos ha sido el
pueblo judío. Con los judíos comienza la rebelión de los
esclavos en la moral. La lucha del pueblo judío se dio contra la
representación de los sistemas paganos, afines a la moral
aristocrática, que fue asumida por Roma.
Al final, ese odio judío se transmitió al cristianismo. Éstos
incorporaron la aportación decadente que procedía de Grecia, y
terminaron por ganar y acabar con el mundo antiguo
Su triunfo llevó a la decadencia occidental, decadencia que se
refleja en el arte, en la filosofía, en la ciencia, en los
movimientos sociales –especialmente los movimientos democráticos
y los socialismos- y en definitiva en esa avidez, en todo campo,
de llevar el rebaño al poder.
La moral de los esclavos producirá, como apoyo último a sus
ideas, la noción de un Dios monoteísta. Incapaz de
apoyarse en nada natural, tiene que recurrir a algo sobrenatural
—por tanto algo inventado, falso e irreal— que sea el apoyo de
todo el sistema. En el Dios monoteísta se apoya la moral y la
verdad. Lo sensible pasa a ser un reflejo fantasmal de las
Ideas, ahora como ideas de Dios, o como ser devenido del Ser
real que es Dios.
El Dios monoteísta aparece como la columna
vertebral del sistema, en él se objetivan los valores, se fijan,
quedan justificados y legitimados; en Dios es donde está el
porqué de las leyes, el porqué de
todo; por ello con la muerte de Dios se permitirá la posibilidad
de transmutar todos los valores.
En sus análisis etimológicos Nietzsche cree ver una confirmación
de sus análisis históricos. Su investigación en diversas lenguas
le lleva a un mismo resultado: “bueno” significaba
primitivamente “noble”, “aristocrático”; y se contraponía a
“malo” que tenía el sentido de “simple”, “vulgar”, “plebeyo”.


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Las críticas nietzscheanas.
Una vez mostrados los procesos que han dado lugar a nuestra cultura,
Nietzsche pasará a hacer una crítica radical a aquellas nociones y
conceptos que se consideran claves en el sostenimiento de ésta.


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A la moral.
Con independencia de cual sea el contenido de la moral, Nietzsche
criticará, los fundamentos psicológicos de ésta.
Habitualmente los valores morales son vividos como si tuvieran una
existencia objetiva e independiente del hombre; a esto lo denomina
dogmatismo moral. Sin embargo, los mandatos morales sólo son
creaciones humanas.
La moral no es más que expresión de los instintos que nos conforman, ya
sean estos instintos de vida o de muerte. En el segundo caso la moral
intentará erradicar los propios instintos, y por tanto se convertirá en
una moral que niega la vida.
Que Nietzsche se oponga a la erradicación de los instintos no significa
que esté proponiendo la vuelta al salvajismo moral. Su idea más bien
pasa por considerar que los instintos que el cristianismo ha intentado
extirpar, deben ser encauzados, y utilizados como lo que son, expresión
de la vida.
No hay “buena” moral si no se consigue armonizar a
Apolo y a Dioniso; toda moral debe encontrarla uno dentro de sí, en
parte en sus instintos, en parte en su
razón. Con el acontecimiento que se señala como la muerte de Dios, los
valores que éste encarna entrarán en crisis.
Esto es visto por Nietzsche como una oportunidad que deja la puerta
abierta para que el ser humano cree nuevos valores.
Nietzsche es vitalista. Eso significa que considerará que es la
vida la que debe establecerse como el centro vital desde el que juzgar
qué sea realmente bueno y malo. “Bueno” será lo que favorezca la vida,
la expanda, la ame, la desee y la quiera, mientras que “malo” se
convertirá en todo aquello que la odie, la niegue, la deteste y, en
definitiva, la rechace.
La moral que asumimos, incluso el conocimiento que
aceptamos, producimos o creemos, sólo son expresiones a nivel racional y
consciente de aquello
que de insondable e instintivo nos constituye, lo que en el fondo somos.
Y eso que somos es una forma de vida que puede amarse a sí misma, amar
la existencia pues, o puede ser una degeneración de los puros instintos
de vida y amar sólo la muerte, el desaparecer, ya que la vida le
parezca a esos instintos dolorosa.


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A la metafísica.
La metafísica, especialmente la ontología, la instauró Platón al hablar
de ese mundo verdadero de las Ideas, inmutable, y contrapuesto al mundo
fenoménico del devenir que es mundo de las apariencias y que apenas
tiene ontología ya que recibe su ser del otro.
Ahora bien, siendo más bien cierto que sólo existe un mundo; el mundo
sensible que podemos ver y conocer a través de los sentidos y que se
caracteriza por su continuo y perpetuo devenir, queda la cuestión de por
qué Platón, y tras él la mayor parte de los pensadores, se inventan ese
otro mundo inmutable, declarando, además, que el mundo sensible es pura
apariencia.
Nietzsche considerará que el conocimiento teórico que creemos y
mantenemos, del mismo modo que ocurría con la moral, no son más que
expresión de los instintos que nos constituyen.
¿Por qué algunos creen en ciertas teorías y otros en las opuestas? ¿Por
qué unos consideran que ciertos actos son buenos y otros malvados?
Incluso ¿por qué unos tienen ciertos gustos distintos y opuestos a los
de otros? En realidad, no son, de ningún modo, azares. Quien elige creer
en ciertas cosas expresa con ello su preferencia, su deseo. Las teorías
que asumimos no son neutras, son expresión de nuestros instintos más
profundos; en lo que creemos, hacemos, preferimos…, mostramos quienes
somos; expresamos los instintos que nos constituyen.
Y así, aquellos cuyos instintos sienten vértigo ante el espectáculo de
la continua mutación del mundo real, expresan su miedo ideando un mundo
distinto, inmutable, al que presentan como el verdadero mundo real. Y al
hacer esto inventan las categorías ontológicas, como las de sustancia,
universal, ser, esencia, yo, alma…, que tienen en común afirmar
realidades que no cambian, que se presentan como inmóviles frente al
cambio sensible del mundo y que, por ello, les proporcionan calma,
reposo y tranquilidad. En realidad odian la vida y expresan su odio
negando el espectáculo real y tremendo de un mundo en perpetuo cambio;
todo eso no es más que miedo al caos real, a Dioniso.
«
¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?… Por
ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de
devenir, su egipticismo. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando
la deshistorizan, sub specie aeterni (desde la perspectiva de lo
eterno), —cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han
venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus
manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja, esos señores
idólatras de los conceptos, cuando adoran,
—se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte,
el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para
ellos objeciones, —incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que
deviene no es… Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación,
en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de
por qué se les retiene. “Tiene que haber una ilusión, un engaño en el
hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador?
—”Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos sentidos, que
también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del
mundo verdadero. Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos,
del devenir, de la historia (Historie), de
la mentira, —la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la
mentira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a
todo el resto de la humanidad: todo él es “pueblo”. ¡Ser filósofo, ser
momia, representar el monótono-teísmo con una mímica de sepulturero! —
¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe (idea
fija) de los sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que
existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante
insolente para comportarse como si fuera real!… (…)
«
Se me estará agradecido si condenso un
conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis: así facilito la
comprensión, así provoco la contradicción.
Primera tesis. Las razones por las
que “este” mundo ha sido calificado de aparente fundamentan, antes bien,
su realidad, — otra especie distinta de realidad es absolutamente
indemostrable.
Segunda tesis.
Los signos distintivos que han sido asignados al “ser verdadero” de las
cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada, —
a base de ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha
construido el “mundo verdadero”: un mundo aparente de hecho,
en cuanto es meramente una ilusión óptico-moral.
Tercera tesis.
Inventar fábulas acerca de “otro” mundo
distinto de éste no tiene sentido, presuponiendo que no domine en
nosotros un instinto de calumnia, de
empequeñecimiento, de recelo frente a la vida: en este último caso
tomamos venganza de la vida con la fantasmagoría de “otra” vida distinta
de ésta, “mejor” que ésta.
Cuarta tesis.
Dividir el mundo en un mundo “verdadero” y en un mundo “aparente”, ya
sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última
instancia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la
décadence, — un síntoma de vida descendente… El
hecho de que el artista estime más la apariencia que la realidad no
constituye una objeción contra esta tesis. Pues “la apariencia”
significa aquí la realidad una vez más, sólo
que seleccionada, reforzada, corregida… El artista trágico no es un
pesimista, — dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y
terrible, es dionisiaco… ”. Crepúsculo de los Ídolos. La
razón en la filosofía,
§1
y §6.
Alianza Editorial.
El mundo real no tiene un ser definitivo, no consiste en “ser”, sino en
un devenir que está continuamente “siendo”. Consiste en ser un puro
fenómeno que se nos muestra a través de los sentidos, pero entendiendo
que ese fenómeno no es la apariencia de algo que existiendo
imperceptible detrás de él, como la “cosa en sí” kantiana, constituyese
el ser permanente y real del mundo. Más bien, aquello que está detrás de
los fenómenos, consiste en algo que ni es fijo ni permanente, sino que
consiste en ir siendo, y que es a lo que Nietzsche denomina, voluntad
de poder[1].
La voluntad de poder no se refiera a la facultad psicológica de un alma
—de hecho no existe una cosa tal como el alma— sino que se refiere a un
compendio de todas las fuerzas, impulsos, emociones, pasiones y, sobre
todo, instintos.
Esa cosa que es el mundo, esa voluntad de poder, es lo que en la
consciencia del hombre se manifiesta bajo la forma de “querer”,
de la voluntad propia.
Pero no debe entenderse ese querer como la expresión de una voluntad
libre. Ni siquiera existe un “yo” que pueda, o no, ser libre; éste no es
más que una ilusión. La sensación de libertad no es más que la sensación
que obtiene la fuerza de voluntad que logra imponerse, que logra ser lo
que ella es frente a la resistencia de las demás.
La voluntad de poder no tiende principalmente a la autoconservación,
sino a expandirse, a ser ella, a predominar, a luchar contra lo que se
le opone, a resistir y a oponerse al resto. Por eso la felicidad no está
en la paz —esa es la felicidad del débil, del que no tiene voluntad de
luchar— sino en el triunfo, en superar las resistencias que se nos
oponen, en crear, en ser mejores.
[1] “Voluntad de
poder” es una expresión que toma de Schopenhauer y cuyo
significado también adopta.


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Al conocimiento: lenguaje,
ciencia y verdad.
Sobre la Epistemología afirma que toda la fe que Occidente muestra en la
razón responde a la fe que se tiene en que los conceptos realmente
alcancen el mundo; pero el concepto es, de hecho, un error.
El mundo real no es inteligible desde la racionalidad. Los conceptos en
los que nos basamos, para expresar en proposiciones cómo es el mundo, no
consiguen su propósito porque los conceptos están pensados para
estabilizar, para establecer la ilusión de que existe la identidad, en
uno mismo y en las cosas, y así, por su uso, hablamos de seres estables
y permanentes que existen idénticos a sí mismos a través del devenir, y
de conceptos universales que conforman una realidad común tras los seres
particulares que vemos; pero no hay tal.
El “yo”, como algo fijo a través del tiempo no
existe, es ilusión. Las palabras que mencionan la existencia de cosas
concretas obedecen a transponer a los
seres del mundo esa inventada permanencia
que nosotros creemos averiguar para el yo.
Al usar el lenguaje caemos en una ilusión lógica.
Para conseguir referirse a los seres del mundo los conceptos
liman las diferencias entre las cosas a las que se refieren, olvidan lo
peculiar, lo que singulariza una cosa respecto a otra, lo que la hace
distinta a sí misma a lo largo del tiempo.
Se pretende que las
palabras sirvan para expresar y
significar una multiplicidad de casos o realidades individuales que
nunca son idénticos; por ello el conceptualizar, el hablar, es de
algún modo “matar la realidad”.
Pero, sin embargo, los conceptos son necesarios para la comunicación,
que no existiría sin ellos. Esto hace que no podamos prescindir de su
uso, pero ese mismo uso nos lleva a hipostasiar, a través del lenguaje,
entidades que no existen, como la de los universales, y aquellas más
metafísicas como sustancia, yo, o Dios mismo. Al producir eso termina
pasando que en vez de ser el lenguaje el que dependa de cómo es la
realidad, es la realidad la que depende de las categorías del lenguaje.
Los conceptos intentan fijar el ser que deviene, es
decir no son dinámicos, ya que están pensados para identificar lo que
está en continuo cambio y es diverso.
Por eso su uso produce elementos estáticos, produce “Ideas”, y aunque
proceden del intento de fijar el devenir, al
final consiguen que lo que deviene proceda de ellos.
De nuevo mantiene Nietzsche que este proceso, mediante el cuál se mata
la realidad y se la sustituye por los conceptos, se realiza desde un
instinto de miedo a la realidad.
Algunas personas sienten vértigo ante el devenir, sienten vértigo ante
la vida, intentan pararla, hacer que sea ese mundo irreal de la razón
quien se convierta en el mundo real, y hacer del mundo real del devenir
una apariencia del real, y así en su huida y miedo de lo real, hacen que
aquel concepto más evanescente, el más irreal, Dios, sea el que
fundamente toda esa otra realidad que sale de la razón.
Como consecuencia de lo anterior Nietzsche criticará la ciencia.
El motivo para crearla fue también el miedo al caos y al devenir.
Afirmar que las cosas se comportan según leyes o con necesidad
implicaría que hubiese algo, o alguien —Dios— que las obligara a dicha
regularidad, pero esto es falso. Las leyes son inventos de los
científicos. Otro tanto respecto a dar mayor importancia a lo
cuantitativo que a lo cualitativo, a la matematización de lo real.
La ciencia es un progreso sobre las explicaciones metafísicas y
religiosas. De hecho, ella ha sido el instrumento fundamental con el que
los ilustrados se opusieron a la religión; pero sin embargo, responde al
mismo miedo a la realidad y a la vida que tienen teólogos y metafísicos.
La misma noción de razón, tan cara a la Ilustración, no es más que una
estrategia producida por los instintos para su conservación y expansión.
Al ser humano lo define más la constitución de los instintos que lo
conforman que el hecho de ser racional.
Y de igual modo la noción de verdad es sólo un producto de la razón
humana. Sin embargo, esa noción de verdad que la razón produce puede
estar auspiciada por los instintos de la decadencia o no estarlo.
En el primer caso lo que se produce es la noción de una verdad
absoluta, objetiva, y “desinteresada”, algo que existe con
independencia del propio ser humano. Esta manera de plantear la
existencia de la verdad como algo ajeno al ser humano no es más que una
expresión de la decadencia y del miedo al devenir, que intenta “parar”
la realidad sosteniendo que existe un punto de vista privilegiado y
absoluto desde el que decir qué es “realmente” real y qué apariencia.
Pero no existe ni tal punto de vista ni tal verdad absoluta, la verdad
no es más que un conjunto de metáforas, ilusiones y convenciones fijadas
por un pueblo.
Nietzsche se mostrará contrario a que el intelecto pueda captar lo real.
El arte expresaría la realidad, según él, mucho mejor que la filosofía o
la ciencia.
Sin embargo la noción de verdad es, bien entendida, útil para los
instintos. Aunque no se tratará de una verdad absoluta, sino de una
verdad que sea expresión de una perspectiva que sea útil para la vida;
esto sitúa a Nietzsche en el perspectivismo.
Conocer es interpretar subjetivamente la realidad a través de las
sensaciones. El mundo es susceptible de muchos sentidos e
interpretaciones; es decir, presenta perspectivas distintas. No hay una
perspectiva “verdadera”, porque las cosas no tienen naturaleza “en sí”,
independiente de nuestra interpretación y subjetividad. Cada perspectiva
posible es tan “real” como cualquiera otra, y en tanto que la
perspectiva es distinta no es más que expresión de una distinta
organización instintiva. La perspectiva está en función de los instintos
que la producen.
Pues bien, dentro de las múltiples perspectivas que los humanos tenemos
alguna de ellas consigue imponerse sobre las demás y ser la verdad
intersubjetiva de un pueblo. Cuál perspectiva se imponga no está
decidido, hay pugnas entre ellas, que no son más que expresión de la
competencia entre distintas configuraciones de instintos. Lo que
Nietzsche señala es que, tras imponerse una, si lo hace desde los
instintos de la decadencia, tenderá a ser considerada absoluta, a ser
considerada la única verdad, la verdad absoluta que dice la única manera
en que es el mundo real, ya sea éste un mundo transcendente –como dirían
teólogos y metafísicos- o un mundo inmanente –como dirían los
científicos nacidos tras la Ilustración. Pero en realidad, aunque una
verdad tenga que reinar para un pueblo, puede entendérsela de manera
distinta. Se la puede entender como un instrumento, una ficción útil o
simulacro, que se acepta porque tiene consecuencias benéficas
para la vida. Y esto, que favorezca o no la vida, se convierte en el
criterio de verdad; en la manera de seleccionar entre teorías y verdades
antagónicas.
De forma análoga a como en el teatro los actores, y
espectadores, viven la obra metiéndose en los personajes,
“creyéndoselos”, pero sabiendo que no es más
que un simulacro de la realidad, una simulación, la verdad no es más que
un simulacro que debe ser creído como
se cree en los actores del teatro, pero sabiendo que no muestra la
realidad, y que su aceptación sólo se hace en función de que sea un
simulacro útil para expandir la vida.
«La
falsedad de un juicio no es para nosotros ya una objeción contra el
mismo; acaso sea en esto en lo que más extraño suene nuestro nuevo
lenguaje. La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio favorece
la vida, conserva la vida, conserva la especie, quizá incluso
selecciona la especie; y nosotros estamos inclinados por principio a
afirmar que los juicios más falsos (de ellos forman parte los juicios
sintéticos a priori) son los más imprescindibles para nosotros, que el
hombre no podría vivir si no admitiese las ficciones lógicas, si no
midiese la realidad con la medida del mundo puramente inventado de lo
incondicionado, idéntico-a-sí-mismo, si no falseara permanentemente el
mundo mediante el número,
—
que renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la
vida, negar la vida. Admitir que la no-verdad es
condición de la vida: esto significa, desde luego, enfrentarse de modo
peligroso a los sentimientos de valor habituales; y una filosofía que
osa hacer esto se coloca, ya sólo con ello, más allá del bien y del mal.
Mas Allá Del Bien Y Del Mal; Sección Primera,
§4. Alianza
Editorial


-
La muerte de Dios.
Desde la Ilustración la creencia en la existencia de Dios había entrado
en crisis. Sin embargo, y a pesar de que la intelectualidad cada vez
considera más que no había Dios, la mayoría de las instituciones que la
existencia de Dios había garantizado y legitimado a lo largo de la
historia, permanecían inconmovibles, como si ese acontecimiento no les
afectara.
Lo que Nietzsche anuncia son, justamente, las consecuencias que la
muerte de Dios tendrá para el ser humano, consecuencias que todavía no
han llegado a conocerse.
Porque si Dios era el garante del orden moral, político y legal, de la
verdad, del conocimiento y de la misma naturaleza, del sentido del mundo
y de toda existencia, entonces, la muerte de Dios, tendrá que tener
repercusiones en todos esos campos. La muerte de Dios no significa que
ya no se crea en Dios, es que todo lo se ha sustentado en éste
paulatinamente se está desmoronando, aunque los hombres todavía no han
tomado conciencia de sus consecuencias.
¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día
corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin
cesar: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!? Como estaban presentes muchos que
no creían en Dios, sus gritos provocaron a risa. ¿Se te ha extraviado?
—decía
uno. ¿Se ha perdido como un niño?
—preguntaba
otro—.
¿Se ha escondido?, ¿tiene miedo de nosotros?, ¿se ha embarcado?, ¿ha
emigrado? Y a estas preguntas acompañaban risas en el coro. El loco se
encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: «¿Dónde está Dios?
Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos
sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el
mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos
hecho después de desprender a la Tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde
la conducen ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los nuestros? ¿Es
que caemos sin cesar? ¿Vamos hacia delante, hacia atrás, hacia algún
lado, erramos en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo?
¿Flotamos en una nada infinita? ¿Nos persigue el vacío con su aliento?
¿No sentimos frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche, cada vez más
cerrada? ¿Necesitamos encender las linternas antes
del mediodía? ¿No oís el rumor de los
sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la
descomposición divina?... Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha
muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte! ¡Cómo
consolarnos, nosotros, asesinos entre los asesinos! Lo más sagrado, lo
más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre
nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de sangre? ¿Qué agua servirá
para purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos
que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para
nosotros? ¿Tendremos que convertirnos en
dioses o al menos que parecer signos de los dioses? Jamás hubo acción
mas grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a
causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia
alguna.» Al llegar a este punto, calló el loco y volvió a mirar a sus
oyentes; también ellos callaron, mirándole con asombro. Luego tiró al
suelo la linterna, de modo que se apagó y se hizo pedazos. «Vine
demasiado pronto —dijo él entonces—; mi tiempo no es aún llegado. Ese
acontecimiento inmenso está todavía en camino, viene andando; mas aún no
ha llegado a los oídos de los hombres. Han menester tiempo el relámpago
y el trueno, la luz de los astros ha menester tiempo; lo han menester
los actos, hasta después de realizados, para ser vistos y entendidos.
Ese acto está todavía más lejos de los hombres que la estrella más
lejana. ¿Y sin embargo, ellos lo han ejecutado!». La Gaya Ciencia.
Libro III, parágrafo 125. Editorial Sarpe.
Las consecuencias futuras de
la muerte de Dios podrán ser desastrosas para muchos, pero para otros,
como para el propio Nietzsche es la “Aurora” de un nuevo mundo y del
Superhombre, que vendrá a ser el sustituto de Dios hecho hombre.
Pero en el presente de Nietzsche, la herencia de la crítica ilustrada a
Dios no ha tenido, ni de lejos, la profundidad requerida como para
conmocionar la sociedad. Más bien lo contrario. Las críticas ilustradas
han puesto en duda los dogmas de la Iglesia, pero han mantenido la raíz
de ésta; la exaltación de una moral de la debilidad y el resentimiento.
Respecto al segundo componente que conformó la decadencia de occidente,
el que procedía del mundo griego, no sólo no lo ha tocado, sino que la
propia Ilustración lo ha constituido como el instrumento fundamental y
base de sus alegatos contra la Iglesia, porque es en la Razón, en esa
razón pura y lógica, en la que la crítica se asienta, y sin embargo,
aquello que de pasional hay en el hombre, aquello que pertenece a
Dionisos, sigue calumniado y reprimido.
Cuando las consecuencias de la muerte de Dios lleguen, y antes de que
venga el superhombre, aparecerá el nihilismo.
El nihilismo sigue siendo expresión de la decadencia, pero en este caso
es expresión de la decepción que sienten aquellos que aceptaron ese
mundo de verdades objetivas, de moral cristiana, y ven ahora como todo
esto se derrumba. En esa circunstancia, el nihilista deja de creer en
cualquier cosa, dedica su vida a la crítica sistemática de cualquier
verdad, a la negación de cualquier valor cognoscitivo y moral, en la
idea de que si no existen verdades y morales absolutas, nada tiene ya
sentido; y en esto consiste más propiamente el nihilismo, en negar todo
sentido a la vida.
Sin embargo, eliminados los falsos valores queda abierta otra
posibilidad, distinta al nihilismo, la de crear nuevos valores, pero
crearlo desde unos instintos que amen la vida.
Para hacer esto es para lo que es necesario un superhombre. El
superhombre tiene como función recobrar el sentido de la vida, pero sin
ponerlo más allá del mundo, en el otro mundo transcendente a éste, sino
en este; y por tanto, su misión tiene que ver con santificar la Tierra.
Ahora la tierra, lo sensible, ocupará el papel que la decadencia había
reservado a Dios.
La manera de conseguir esto es a través de un acto de voluntad, que no
es más que expresión de los instintos de vida que constituyen al ser
humano. Ese acto de la voluntad consistirá en un acto de valoración, de
creación de nuevos valores.
El superhombre es un héroe futuro; un filósofo por venir que comprenderá
las grandes verdades de la muerte de Dios, y comprenderá cuál es la
esencia de la vida; la voluntad de poder. Y a través de él podrá
manifestarse la vida.
Nietzsche no se considera así mismo el superhombre, más bien su
anunciador. Y en este anunciar trata de preparar al mundo para su
venida, y lo hace destruyendo los valores existentes de su cultura, que
no son más que fruto de la decadencia


-
El eterno retorno.
La doctrina del eterno retorno[1]
es la manera en que Nietzsche vislumbra que el superhombre
santificará la vida, y el mundo sensible, sin recurrir a un mundo
transcendente.
A Nietzsche le parece claro que existe en el
hombre un anhelo de eternidad, de inmortalidad, que no es más que
expresión de su voluntad de poder. Y sin
embargo no hay un más allá sobrenatural,
no existe otro mundo distinto a éste. La solución a este dilema
entre la voluntad de poder en nosotros y en el mundo lo resolverá
apelando a su doctrina del eterno retorno.
La concepción del tiempo asociada al judeocristianismo es una
concepción lineal y progresiva. Sin embargo Nietzsche vuelve sus
ojos a una idea antiquísima, y distinta a la judía, en la que el
tiempo toma un modo circular de ser, y será en esa forma de ver el
tiempo con la que consiga expresar el máximo de amor a la vida.
La manera teórica en que Nietzsche racionaliza
su visión es la siguiente. Parte de que el mundo está constituido
por un sistema de fuerzas finitas que no
tienen, en sus interacciones, ninguna
finalidad, ningún orden preestablecido de actuación; hay que
entenderlas, más bien, como lo que son; como voluntad de poder.
Esas fuerzas se encuentran en perpetuo
movimiento, en pugna e interacción unas con
otras. Las cosas son constituidas por las interacciones de esas
fuerzas entre sí; y así, cuando forman la vida
dan lugar a fuerzas vitales.
Esas fuerzas permanecen, según un principio de
conservación de la energía, siempre en cantidades iguales, es decir
siempre son las mismas. Ahora bien, dado
que esas fuerzas no han llegado a un
punto de equilibrio entre sí en el que su movimiento se parase —eso
lo sabemos porque siendo el tiempo infinito, de poder llegar a un
equilibrio ya habría ocurrido y el mundo no sería como lo vemos,
entonces, como son finitas, el número de posibles combinaciones que
pueden tomar, unas con otras, será finito también. Por lo tanto,
pasado el tiempo necesario, las combinaciones entre esas fuerzas
terminarán por repetirse.
Es decir, el mundo, todo lo que ha sido y lo que será, se repite
eternamente una y otra vez. Se repite del mismo modo, sin ningún
cambio. Lo que hoy pase —y todo lo que alguna vez haya pasado—
volverá a pasar una y otra vez, eternamente, y lo hará de modo
idéntico a como lo hizo[2].
Así como la visión cristiana rechaza este mundo terrenal —quiere
otro, otro mundo y, por tanto, otro tiempo— la metafísica del
superhombre sólo puede ser expresión de su amor por este mundo, de
un amor sin condiciones. Por eso el superhombre ama el mundo tal y
como es, porque lo quiere sin correcciones ni mejoras que lo hagan
distinto de como es, y lo ama así de modo infinito, porque lo quiere
para siempre idéntico a sí mismo.
El mundo retornará exactamente tal y como ha sido, en ciclos
infinitos e iguales. Un eterno retorno que es expresión del amor a
la vida y al mundo del superhombre. Y de hecho, sólo el superhombre,
puede amar como él ama. El superhombre no es un personaje concreto,
es la meta del hombre, y se presenta como decisión de los más
fuertes, de los lúcidos, porque él será el sentido de la tierra, el
que será capaz de aceptar el eterno retorno.
“¿Qué pasaría si
un demonio… te dijese: Esta vida, tal como tú la vives actualmente,
tal como la has vivido, tendrás que revivirla… una serie infinita de
veces; nada nuevo habrá
en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría,
cada pensamiento y cada suspiro…
vuelvas a pagarlo con la misma consecuencia y orden, y también esta
araña, y también este instante y yo mismo. ¡La eterna clepsidra de
la existencia dará vueltas incesantemente, y tú con ella, polvo del
polvo!…; cuanto tendrías entonces que amar la vida y amarte a ti
mismo para no desear otra cosa sino ésta suprema y eterna
confirmación.” El Gay Saber.
[1] El eterno
retorno le vino como una súbita inspiración, una
iluminación, en Sils-María, en agosto de 1881. Esa idea le
aterraba y obsesionaba, le perseguía en sus momentos de
tristeza y depresión. Pero a Nietzsche le llenaba de espanto
revivir todo el dolor vivido, todo el sufrimiento pasado y
actual —que era mucho— eternamente. Pero al final termina
por aceptar esta idea como solución al enigma.
[2]
«La cantidad de fuerza que obra en el universo es
determinada, no es infinita. ¡Guardémonos de tales excesos
de concepto! Por consiguiente, el número de las posiciones,
variaciones, combinaciones y desarrollos de esa fuerza es
ciertamente enorme y prácticamente incalculable, pero
siempre determinado y nunca infinito. Pero el tiempo en que
esa fuerza se desarrolla es infinito, es decir, esta fuerza
es eternamente igual y eternamente activa; hasta este
momento ha transcurrido ya un infinito, esto es, se han
verificado todos los desarrollos posibles de dicha fuerza.
Por consiguiente, también todos los desarrollos
momentáneos deben ser repeticiones,
así, pues, lo que esa fuerza produce y lo que de ella nace y
así sucesivamente, hacia delante y hacia atrás. Todo ha sido
ya infinito número de veces, en cuanto el conjunto de todas
las fuerzas reproduce sus evoluciones. Ahora bien,
prescindiendo de esto no podemos determinar si se ha
producido algo igual. Parece ser que el conjunto de las
fuerzas hasta en las cosas más pequeñas forma siempre nuevas
cualidades, de suerte que no puede haber nunca dos
combinaciones de fuerzas exactamente iguales. ¿Podrá haber
en un sistema de fuerzas dos cosas, por ejemplo dos hojas,
iguales? Lo dudo: habría que suponer que habían tenido un
origen exactamente igual y al mismo tiempo tendríamos que
suponer que desde toda la eternidad había habido algo igual,
a pesar de todas las variaciones de conjunto y de la
creación de nuevas cualidades, suposición inadmisible (…).
El mundo de las fuerzas no sufre merma alguna, pues de lo
contrario en un tiempo infinito estas fuerzas hubieran ido
disminuyendo hasta consumirse del todo. El mundo de las
fuerzas no encuentra reposo alguno, pues de lo contrario
ésta ya hubiera parado. Por consecuencia, el mundo de las
fuerzas nunca está en equilibrio; no tiene un momento de
descanso; la cantidad de fuerza y de movimiento son siempre
iguales en todo tiempo. Cualquier estado que este mundo
pueda alcanzar lo habría alcanzado ya y no una vez, sino un
número infinito de veces. Igualmente este instante ya se dio
en otro tiempo y volverá a darse y todas las fuerzas serán
distribuidas de nuevo como ahora; y lo mismo puede afirmarse
con el instante que le antecedió y con el que le seguirá.
¡Hombre! Toda tu vida es como un reloj de arena, que sin
cesar es vuelto boca abajo y siempre vuelve a correr; un
minuto de tiempo, durante el cual todas las condiciones que
determinar tu existencia vuelven a darse en la órbita del
tiempo. Y entonces volverás a encontrar cada uno de tus
dolores y tus placeres, cada uno de tus amigos y tus
enemigos, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de
hierba, y cada rayo de luz, y toda la multitud de objetos
que te rodean. Este anillo, del cuál tú eres un pequeño
eslabón, volverá a brillar eternamente. Y en el curso de
cada vida humana habrá siempre una hora en que, primero a
uno, luego a muchos y después a todos, les iluminará la idea
más poderosa de todas, la idea del eterno retorno de las
cosas todas: ésa será para la humanidad la hora del
mediodía» La Gaya Ciencia. Citado por
Savater en Nietzsche, página108-109, Barcanova 1982.


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