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Marx

 

 

 

 

  

 

1.     Los antecedentes filosóficos de Marx.

2.     Las alienaciones.

1.     Las alienaciones ideológicas: religión y filosofía.

2.     La alienación política y social.

3.     La alienación económica o del trabajo.

3.     Análisis económico de la sociedad capitalista: El Capital.

4.     Materialismo Histórico (HISMAT) y Materialismo Dialéctico (DIAMAT).

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Marx
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  1. Los antecedentes filosóficos de Marx.

Tres son las influencias fundamentales en Marx (1818-1883). Las filosofías de Hegel, y Feuerbach, la economía política inglesa, y los socialistas utópicos, especialmente los franceses.

Hegel había considerado que puede explicarse toda realidad, especialmente la historia, como el proceso que sigue el único ser que existe, denominado Espíritu Absoluto, que se encuentra inicialmente alienado y que busca el autoconocimiento a través de un proceso dialéctico.

El concepto de alienación supone que el ser no sabe algo que él es, que le pertenece, y al no saberlo lo convierte en algo que no es suyo, que no es él. “Alienar” es dar lo que es de uno a otro, y en tanto que se lo da a otro no reconoce que eso es suyo, lo hace “extraño”.

El Espíritu Absoluto, al no saber qué es él, o incluso que él es, producirá la naturaleza, que, aunque en realidad es él mismo transformado en naturaleza, en tanto que está alienado, no la reconoce como tal, la naturaleza, aún siendo él mismo, se convierte en algo extraño.

Marx adoptará de Hegel fundamentalmente tres nociones.

La primera es que la realidad, especialmente la historia, no es un proceso caótico que se desenvuelve sin leyes, sino un proceso que puede explicarse desde leyes racionales.

Según Hegel, la realidad entera no es más que la expresión de un único ser, el Espíritu Absoluto, en su proceso racional para intentar conocerse a sí mismo.

En ese proceso de autoconocimiento irá haciendo surgir todo suceso o cosa que ha existido, existe o existirá en la realidad; por tanto la naturaleza, la historia, el propio ser humano, sus teorías y conocimientos, no son más que fases en el despliegue de ese Espíritu.

La segunda es que esa ley fundamental que explica el acontecer histórico es la dialéctica, entendida al modo hegeliano; es decir, como la construcción de una síntesis a partir del establecimiento de una tesis y de su posterior antítesis.

El método dialéctico atraviesa tres momentos. En el primer momento se produce una Tesis, es decir se da una afirmación. En el segundo momento se produce la Antítesis, que consiste en la negación de la tesis antes afirmada. Por último, en el tercer momento, se da la Síntesis, que es una superación integradora de lo positivo que haya en la tesis y en la antítesis. La síntesis recoge e integra tanto a la tesis como a la antítesis en una nueva formulación que pasa a considerarse como una nueva tesis a la que seguirá, a su vez, una nueva antítesis y nueva síntesis en un proceso que constituye el despliegue del Absoluto.

Por último adoptará la noción de “alienación” como situación que describe la insuficiencia del estado actual de cosas y explica el proceso histórico.

La alienación en Hegel señala el hecho de que el Espíritu no se conoce a sí mismo, está alienado por este desconocimiento; no sabe quien es él. Es esa alienación, ese no saber qué o quién es él, lo que produce el primer movimiento dialéctico del espíritu que da lugar al devenir.

Sin embargo, contra Hegel, Marx considerará, que el sujeto que produce en su evolución la historia y la misma realidad no es un Espíritu alienado que busca autoconocerse, sino la materia, que, en un proceso de organización, produce al hombre que es quien, alienado, dará lugar a la historia.

Feuerbach, por su parte, se había caracterizado como un hegeliano de izquierdas, crítico con las referencias metafísicas de Hegel, y centrado en una crítica profunda a la religión; especialmente al cristianismo.

Para Feuerbach el hombre es egoísta por naturaleza. Eso le lleva a intentar acaparar los bienes para sí, condenando al prójimo a que no pueda satisfacer sus deseos. En esa situación de deseos insatisfechos el ser humano se aliena y produce la idea de Dios. Y al hacerlo proyecta en Dios las mejores cualidades y atributos que tiene el propio hombre; enriquece la idea de Dios a costa de empobrecer la idea de hombre.

Todo lo mejor de sí mismo el hombre se lo quita, se lo niega, y se lo entrega a Dios, adjudicándoselo. Y así resulta que Dios es bueno y el hombre malo, Dios perfecto y el hombre imperfecto, Dios omnipotente y el hombre débil. Es decir, Dios lo es todo y, el hombre, nada.

Respecto al modo de conseguir la restauración del hombre, Feuerbach considera que ésta ocurrirá cuando el hombre consiga acabar con la alienación, reconociendo como verdadera la teoría que afirma que es él quien hizo a Dios, y son suyos los atributos que en su alienación le adjudica. Una vez convencido de esto el ser humano podrá recuperar esas capacidades que donó a Dios y librarse de la religión, realizando un destino estric­tamente humano en el mundo.

Marx aceptará esencialmente la idea de alienación religiosa que Feuerbach propone para el hombre. Pero se mostrará crítico con él en su afirmación de que el hombre tenga una naturaleza esencial, que es la que hace que el hombre sea egoísta.

También se mostrará crítico en que sea el conocimiento de su egoísmo y su alienación la forma de evitar que el hombre siga alienado. Por el contrario, mientras no se eliminen las condiciones socioeconómicas que hacen que el hombre se aliene, éste seguirá haciéndolo; ya que se habrá tratado únicamente el síntoma, pero no la enfermedad.

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  1. Las alienaciones.

El concepto de alienación, que procede de Hegel, es tomado por Marx como un efecto en el hombre de las condiciones socioeconómicas en que vive.

En todo proceso de alienación hay algo de la persona que se aliena, que se le enajena, que se hace extraño a quien se aliena, y que como consecuencia pierde y es traspasado a algo que no es ella; además eso mismo que enajena repercute en la persona que lo ha perdido produciendo un efecto negativo en ella.

Por ejemplo, en la alienación religiosa que proponía Feuerbach el ser humano cogía sus mejores atributos y los “enajenaba”, los “extrañaba” cediéndoselos a la idea de Dios. Como consecuencia de extrañar sus mejores atributos en Dios, el propio hombre queda como acreedor de todos los malos atributos; maldad e ignorancia.

Sin embargo, entiende Marx, no hay una única alienación en el ser humano. Esa “pérdida” o “extrañamiento” que produce la alienación se da en todas las facetas de la vida humana. Aunque existe una alienación fundamental, llamada económica, o del trabajo, que es fundamento para las demás.

La alienación económica dará como resultado la alienación socio-política que, a su vez, conllevará la producción de una ideología que no es más que la expresión de dos nuevas alienaciones: la filosófica y la religiosa.

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  1. Las alienaciones ideológicas: religión y filosofía.

Marx, contra lo opinado por Feuerbach para explicar el origen de la alienación religiosa, considera que el ser humano no tiene una esencia que le haga ser egoísta. De hecho, considera, no tiene ninguna esencia determinada, sino que su modo de ser se adquiere en la sociedad en la que vive, de acuerdo a las características que esta sociedad tiene.

Es decir, el aparente egoísmo del ser humano del que habla Feuerbach, no sería más que el producto de una sociedad en concreto que, por el modo en que está diseñada, produce seres humanos que viven en miseria y se hacen egoístas.

La causa de la alienación religiosa no está, pues, en la naturaleza humana, sino en un modo de existencia social que es falso y defectuoso.

En la religión el creyente adormece sus desgracias, ya que por sus ilusorias promesas evita cambiar las condiciones reales de miseria. Su efecto, por tanto, es el de convertirse en un analgésico que evita que el ser humano cambie las condiciones reales que le hacen infeliz en este mundo por una supuesta felicidad en el venidero.

Marx la denomina “opio del pueblo”, y lo hace por su efecto calmante respecto al sufrimiento que procede de la miseria causada por la explotación económica. Incluso es narcótico para el explotador, para su conciencia, en tanto que la religión justifica su dominio sobre el explotado. El caso es que la religión predica la resignación del hombre, y ahí está uno de sus efectos más perniciosos, que esa supuesta retribución trascendente inhibe al sujeto para realizar las acciones necesarias que producirían un cambio en sus condiciones de vida, que son las verdaderas causas de la propia alienación religiosa.

Por tanto, si la religión es producida por las condiciones económicas es imposible que pueda ser superada por una mera crítica intelectual, como propone Feuerbach.

Las ideas, piensa Marx, incluidas las religiosas, son el reflejo producido en la mente por una situación material concreta -es decir, por unas condiciones concretas sociales, políticas y económicas- y su función esencial es la de justificar y legitimar los intereses de la clase dominante que la mantiene y se beneficia de ella..

“Los principios sociales del cristianismo justificaron la esclavitud en la antigüedad, glorificaron la servidumbre en la Edad Media y son capaces, si es preciso, de defender la opresión del proletariado, aunque sea con aire compungido.

Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de que exista una clase dominante y una clase oprimida, y a esta última lo único que le ofrecen es el piadoso deseo de que la clase dominante sea caritativa.

Los principios sociales del cristianismo sitúan en el cielo la compensación que prometen los asesores del Consistorio por todas las infamias, justificando así la continuidad de estas infamias en la tierra.

Los principios sociales del cristianismo declaran que todos los actos viles de los opresores contra los oprimidos constituyen bien un justo castigo por el pecado original u otros pecados, bien pruebas a las que el señor, en su sabiduría infinita, supedita la redención.

Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de uno mismo, la humillación, sumisión y humildad; en suma, todas las virtudes del populacho, y el proletariado, que no permitirá ser tratado como chusma, necesita más su valentía y autoestima, su orgullo y sentido de la independencia que el pan que come.

Los principios sociales del cristianismo son cobardes e hipócritas, y el proletario es revolucionario.

Al diablo con los principios sociales del cristianismo[1].

Y entonces, mientras las condiciones sociales que producen la religión no cambien, sólo se estaría interviniendo en el síntoma: y éste, aunque se evitase tendería a reproducirse, ya que la situación que lo produce no ha variado,

Pero lo mismo ocurre con la ideas que produce la filosofía; de hecho ocurre con todas las ideas, ya sean morales, filosóficas, religiosas, políticas, jurídicas, artísticas…

Todo sistema filosófico y todo sistema de ideas social: política, justicia, arte…, no es más que la justificación ideológica -justificación en el ámbito de las ideas- de una situación socio-económica concreta, que es la que la produce. La misión de estas ideologías es la de intentar justificar y perpetuar unas relaciones de explotación dadas; que son aquellas que son producidas por las mismas condiciones socio-económicas que producen la ideología.

Generalizando la opinión de Marx; éste distingue entre varios niveles de estructura en la sociedad. Y así, el nivel básico y primario se denomina infraestructura, que es dónde está la base real de la sociedad, y que viene a consistir en las fuerzas productivas de una sociedad. Esas fuerzas productivas dan lugar a una estructura, que viene a ser un modo de articularlas, u organizarlas, en estructuras socio-económicas, en vistas al reparto de los bienes producidos. Por último esa estructura produce una superestructura, que no son más que las ideas de todo tipo, sobre la política, el estado, la religión, la justicia, la filosofía, etc., y que no tienen otra función más que la de legitimar los intereses de los grupos sociales que la producen

Y así, son las condiciones económicas las que terminan por producir unas ideas que las justifican. Si las ideas las produce la clase dirigente serán ideas que intenten estabilizar la sociedad evitando el cambio y justificando las relaciones actuales de dominio; pero si la ideología la producen los oprimidos intentará promover un cambio social en la que éstos reciban mejor trato. Por supuesto puede haber sociedades, y es común que las haya, en las que la clase dirigente prohíbe cualquier ideología que vaya contra ella.

La superestructura es, pues, el montaje jurídico-religioso-ideológico que justifica una determinada estructura económica. Y así, la religión, no es más que uno de los elementos ideológicos que tiene como función la misma que tienen todos los sistemas ideológicos que proceden del poder; respaldar la situación de opresión.

“Las ideas de la clase dominante son la ideas dominantes de cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se las sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente […] Los individuos que forman la clase dominante […] dominan también como pensadores, como productores de ideas, y regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo; por ello mismo, sus ideas son las ideas dominantes de la época” MARX.- La Ideología Alemana.

Por tanto, no son las ideologías las que producen una concreta organi­zación política y socio-económica de una sociedad, sino que es ésta la que produce aquella.


 

[1] Marx, citado en REISS, Edward.- Una guía para entender a Marx; página 168, Siglo XXI, que lo refiere a “The Communism of the Rheinischer Beobachter”, CW, 6, 231.

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  1. La alienación política y social.

La alienación política consiste en ceder al Estado la parte de soberanía que cada persona tiene, y que es propia de ésta.

La ilusión ideológica que hay que generar para que esa cesión se produzca, es que al ciudadano le parezca que sus intereses tienen realmente importancia, para el Estado, en el ejercicio de su gobierno.

El Estado, en realidad, no es más que el órgano que permite, por su gobierno, la desigualdad e injusticia social. Es decir, es quien mantiene, si es necesario por la fuerza, el privilegio del grupo dominante sobre el dominado. Sin embargo, el trabajador, las clases desfavorecidas, consideran al Estado como la salvaguardia de sus intereses, quien impone la justicia, quien da a cada cual lo que le corresponde, quien vela por todos, quien le representa…, hasta el punto de que si ve al propio Estado en peligro, por ejemplo en caso de guerra, es capaz de morir por él.

Así como el individuo aliena su ser individual en Dios, ahora es la sociedad la que aliena su vida colectiva en el Estado.

En una sociedad, compuesta de clases distintas y con intereses contrapuestos, el Estado es el instrumento mediante el cual, la clase dominante, impone sus propios intereses a las demás clases, y lo hace a través de promulgar el conjunto de las leyes.

Por ejemplo, el capitalista desea que el proletario trabaje por menos dinero para él obtener mayor beneficio, mientras que el obrero desea que sea el capitalista el que recorte sus beneficios para obtenerlos él. Al final se establece una legislación que, aparentemente ecuánime, sancione un estado de cosas que beneficia a la clase dominante, permitiéndola seguir ejerciendo su control y dominio.

En su génesis ocurre que una clase concreta se hace con el poder y oprime a las demás. La forma de regular esa opresión es a través del Estado y de las leyes que éste promulga.

Pues bien, esta alienación política no es más que el efecto de una alienación anterior que es aquella por la que se registra la existencia de distintas clases sociales caracterizadas por sus intereses contrapuestos; es decir, es producto de una alienación social. 

Marx propone toda una teoría de las clases sociales que, en síntesis, viene a señalar que dentro de la sociedad puede haber muchas clases, pero que éstas, al final, se agrupan en dos fundamentales, la clase de los opresores y la de los oprimidos, que diferenciadas por tener intereses contrapuestos conforman una contradicción dialéctica en la sociedad a partir de la cuál se da el progreso histórico.

La clase de los opresores y oprimidos puede estar constituida por sumas de clase; por ejemplo, en la Edad Media por el clero alto y la nobleza; igualmente para la de los oprimidos, que podrían estar constituidas por campesinos, siervos, clero bajo, etc.

La cuestión es que el proceso dialéctico hegeliano establecía que el progreso se producía por una contradicción, una tesis y una antítesis, de cuyo choque salía una síntesis que, tomada como nueva tesis significaba un adelanto histórico. En la perspectiva marxista, la tesis y la antítesis no son más que las mismas clases, con intereses contrapuestos, que forman una sociedad dada.

En la sociedad industrial, nacida como efecto de la revolución industrial, la clase oprimida fundamental es la del proletario, a cuyos intereses terminan apuntándose los campesinos, y los pequeños burgueses. Mientras que la clase opresora fundamental es la burguesía, que incluye a terratenientes, industriales, financieros y alto clero.

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  1. La alienación económica o del trabajo.

Es la alienación fundamental y base de todas las demás, ya que ella va a producir directamente la existencia de distintas clases sociales; es decir, la alienación social.

Dentro de esta alienación se encuentran cuatro modos distintos.

  •      Con relación al producto del trabajo.

Lo que el trabajador pierde en este tipo de alienación es el producto de su trabajo, ya que éste, tras ser realizado no le pertenece, pertenece al empresario que ha comprado la fuerza de trabajo del obrero.

Con todo, Marx considerará, que esa operación no es justa, ya que el empresario va a pagar al obrero menos de lo que vale lo que éste produce, por lo tanto el empresario obtendrá una plusvalía económica que el obrero pierde.

Además de lo que el obrero pierde al ceder el producto de su trabajo está que, ese mismo trabajo enajenado, y transformado en capital, se convierte en instrumento de su propia alienación, ya que la acumulación de ese capital en manos del amo es lo que produce, mantiene e incrementa el propio sistema capitalista que lo aliena.

El hombre pasa a ser esclavo de su propio producto, en vez de su dueño. Su trabajo, lejos de convertirse en instrumento de mejora y felicidad, se convierte en instrumento de esclavitud e infelicidad.

Cuanto más produce el obrero más explotación. Cuanto más pone, o da, al producto de su trabajo más maravilloso es éste, más precioso y valioso, pero más pobre se hace el trabajador.

  •      Con relación a la actividad de trabajar.

Marx no comparte la idea, que se refleja en el Génesis, de que el trabajo es una maldición para el hombre; al contrario.

Según Marx el hombre no tiene una esencia definida; es decir, no es por naturaleza malvado, bondadoso, guerrero, artista, intelectual, deportista o lo que fuese. Por naturaleza no es nada, sino que su modo de ser, lo que él terminará por ser, es algo que se va construyendo por el propio ser humano, desde su propia vitalidad creadora,  a través del trabajo.

El trabajo significa, para el ser humano, el modo en que éste puede autorrealizarse y construirse como tal.

Lo importante del proceso de trabajar no es el producto conseguido, sino que éste producto no es más que un medio para que el hombre consiga el verdadero fin, que es el de construirse como un verdadero ser humano. El producto es sólo la expresión de esa energía humana, su “solidificación”, por eso el trabajo es susceptible de ser gozado.

Un artista, por ejemplo un escultor, se convierte en artista en la medida en que se expresa a través de su arte. Con su arte él realiza objetos bellos, que son producto de su hacer. Pero lo realmente importante es que en el proceso de conseguir la obra de arte el artista se hace artista; es decir, se construye a sí mismo en la medida en que se autorrealiza como artista al producir el objeto de arte.

Sin embargo, el trabajo, se produce en una sociedad y en unas condiciones históricas concretas. Y si esas condiciones en las que se da no son las óptimas, el trabajo puede pervertirse y, lejos de ser el instrumento para la autorrealización del hombre convertirse en un medio de alienación y explotación.

El trabajo en el sistema capitalista es un instrumento de la alienación del hombre. La principal crítica de Marx al capitalismo no es la injusticia en la distribución de las riquezas, es la perversión del trabajo al convertirlo en un trabajo forzado, enajenado y sin sentido, que transforma al hombre en un "monstruo tullido".

En la alienación respecto al acto de producir el ser humano da lo mejor que tiene, la posibilidad de autorrealizarse de modo feliz a través del trabajo. El efecto de esta alienación sobre el hombre no es que no se autorrealice, es que se autorrealiza mal, se aliena a sí mismo, y lo hace al usar su trabajo no con el fin de autorrealizarse, sino como un medio para obtener una cosa; la mercancía.

Al usar su trabajo como medio para obtener una mercancía resulta que él mismo se cosifica, se hace cosa, se hace otra mercancía más. Porque ahora su trabajo sólo vale en la medida en que tiene la capacidad –fuerza de trabajo- de producir otras mercancías. Él es ahora una fuerza de trabajo que se vende al empresario. El obrero existe para el proceso de producción y no el proceso de produc­ción para el obrero.

  •      Con relación al ser esencial del hombre.

Lo que aquí se aliena es lo que el ser humano considera que él es esencialmente.

Esto hace referencia en el sistema capitalista al papel, y papeles, que adopta, y que se pueden adoptar, en la sociedad. Esos papeles sociales se perciben como prototipos esenciales al modo de ser humano, y no como lo que son, productos sociales de una estructura económica concreta.

La estructura social que produce el capitalismo aliena al ser humano haciendo que éste identifique su modo esencial de ser como aquello que es en lo que se ha convertido en el proceso de producción especializado.

La especialización del trabajo hace que el ser humano pierda las muchas posibilidades que tiene de autoconstruirse y adopte, se encasille, sólo en una.

Y así, el ser humano se hace obrero, carpintero, marinero, empresario, esclavo, amo, etc.

En todas las sociedades anteriores el hombre ha sido, dice Marx, "cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico según los casos." MARX, La Ideología Alemana.

  •      Con relación a los demás hombres.

El trabajo alienado, al producir una desigualdad respecto a la posesión del producto del trabajo, tiene como efecto hacer aparecer las distintas clases sociales.

El hecho de que no todos los seres humanos dispongan de las mismas riquezas hace que éste se vea a sí mismo como perteneciente a un grupo social especial, delimitado por el distinto reparto de la riqueza.

Dos son, fundamentalmente, las clases sociales que así se definen: la de los opresores y la de los oprimidos.

Y son clases distintas porque ahora mantienen intereses diferentes y contrapuestos. Que tengan intereses opuestos tiene como consecuencia la confrontación entre ambas: es decir, la lucha de clases.

Y así, lo que el ser humano aliena en su relación con los demás hombres es su autopercepción de ser integrante del mismo grupo que los demás seres humanos.

  1. Análisis económico de la sociedad capitalista: El Capital.

El análisis de las condiciones económicas de la sociedad capitalista del tiempo de Marx es, en buena parte, similar al que realizaron los analistas económicos de la época, se resuelve a través de tres conceptos claves, los de mercancía, dinero y valor, que son los que representan el modo capitalista de vida económica. A través de ellos deduce la noción de plusvalía, que es la que genera el capitalismo, y con él, el sistema político y social que lo acompaña.

Llamamos mercancía a cualquier objeto que satisface las necesidades humanas y que, por ello, es producido con vistas a su cambio por otros objetos. Esto hace de la mercancía algo útil, y esa utilidad conlleva que adquiera un valor.

Existen dos formas de entender el valor en referencia a la mercancía. Por un lado está el valor de uso, que viene determinado por su utilidad para satisfacer determinadas necesidades; y por otro está el valor de cambio que atiende a su propiedad de ser intercambiable por otras mercancías. Este último es el valor que le interesa a la economía, porque éste es el valor que la mercancía adquiere en el mercado.

El aire, por ejemplo, tiene un gran valor de uso, porque es imprescindible para la vida, pero apenas tiene valor de cambio, ya que es un bien que no se encuentra limitado. Un anillo familiar puede ser, para la persona que lo hereda, algo enormemente valioso, ya que de alguna forma simboliza a un ser querido, pero ese valor que tiene el anillo para la persona no se corresponde con su valor de cambio, que sería el que obtendría ese mismo anillo en el mercado.

En el mercado los distintos bienes se homogenizan, es decir, que se convierten en cantidades de una magnitud única que es el dinero.

El dinero constituye el valor monetario de la mercancía, y la cuantifica de un modo u otro según distintas circunstancias exteriores; principalmente la escasez o abundancia de la propia mercancía.

Estas nociones eran comunes para los economistas de la época, la originalidad de Marx está en la introducción de su teoría del valor-trabajo, y que vendrá a identificar el valor de la mercancía con la del trabajo humano – que denomina trabajo social- materializado en él.

Lo que esta teoría señala es que el valor de cambio de una mercancía consiste en el trabajo general abstracto o trabajo social, medido en horas-persona, que ha sido necesario para producirla. El trabajo general abstracto, es un tipo especial de trabajo, justo el que se obtiene cuando el trabajador utiliza para producir la mercancía las técnicas de su tiempo, y lo que produce lo es de acuerdo a las necesidades del momento.

Por tanto, no se trata sin más del tiempo de trabajo que de hecho una persona puede tardar en producir una mercancía. Porque si, por ejemplo, yo empleo siete horas en producir una mercancía que con la técnica presente se produce en cuatro, las tres horas restantes corren de mi cuenta y la mercancía producida tendrá el valor de cuatro horas, porque cuatro horas de trabajo es el tiempo de trabajo social necesario para producirla.

De igual modo si empleo el tiempo en producir una mercancía que no satisface ninguna necesidad social ese gasto es puramente mío y, económicamente, he perdido el tiempo, ya que nadie querrá comprármela. La mercancía producida quizá tenga un gran valor de uso para mi, pero no tendrá valor de cambio; y es éste último el valor que importa para la economía, ya que es el valor con el que se cuenta en el intercambio económico.

Pues bien, lo que el capitalista consigue como beneficio en las operaciones de intercambio económico es la plusvalía —etimológicamente “más valor”— y que procede de la diferencia que hay entre lo que le cuesta conseguir la mercancía al empresario y el precio por el que la consigue vender; todo esto normalizado en una unidad que se denomina dinero. Esa diferencia sale del trabajador.

El trabajador interviene en el proceso productivo como una mercancía más. Él vende al capitalista lo único que tiene, su fuerza de trabajo; es decir, su capacidad de producir otras mercancías. Y lo vende, como cualquier otra mercancía, a precios de mercado.

Pues bien, es esa mercancía –la fuerza de trabajo del trabajador- la que el capitalista cada vez compra más barato y la que le permite obtener su plusvalía.

Antes de que existiera el dinero existía el trueque. En el trueque una persona cambiaba, por ejemplo, una vaca por tres ovejas. Ese intercambio se realizaba si quienes lo hacían lo pensaban justo, es decir, consideraban que la vaca valía lo mismo que las tres ovejas. No ocurría que uno ganara más que otro porque se engañase; era un trueque sin ganancias.

La ganancia del capitalista, llamada plusvalía, tiene que salir de algún lado. No puede salir de la vaca, ya que si la vende más cara de lo que vale en el mercado nadie se la compra, tiene que salir de lo que cuesta producir la vaca. Si el capitalista tiene un trabajador que cuida la vaca en vez de él, entonces puede pagar al trabajador que cuida la vaca menos de lo que realmente cuesta ese trabajo. Si paga menos entonces, al vender la vaca al precio del mercado, podrá obtener un beneficio, la plusvalía, que sale de haber pagado menos al trabajador de lo que realmente cuesta su fuerza de trabajo.

Otro ejemplo; un capitalista compra en el mercado un joya en bruto por un precio determinado. Si intentara venderla directamente por más dinero nadie lo pagaría, ya que en el mercado esa joya se vende por el mismo dinero que él pagó. Pero el capitalista tiene un artesano obrero que trabaja la joya cortándola y engastándola. Ahora la joya tiene un valor añadido que incrementa el valor por el que se compró, y es el valor que ha introducido el trabajador con su trabajo. Si el capitalista vendiese la joya sumando a lo que valía en bruto lo que pagó él al trabajador no ganaría plusvalía. Como no puede sacar su plusvalía de lo que valía la joya en bruto, ya que ya pagó ese dinero, lo saca de lo que tiene que pagar al trabajador; es decir, le paga menos de lo que realmente valen sus horas de trabajo. Y ahora sí, puede venderla a precio de mercado y sacar un beneficio, que procedería del trabajador.

El valor de la fuerza de trabajo del obrero se determina de la misma manera que el valor de cualquier otra mercancía, a saber: por el trabajo general abstracto necesa­rio para producirla.

Es decir, ¿cuánto cuesta en dinero la capacidad de trabajar de un obrero? Pues se calcula de la misma manera que calculamos cuanto cuesta en dinero un litro de leche; porque ambas cosas valen lo que ha costado producirlas. Y así, ¿cuanto cuesta producir un obrero? En el cálculo se tendrá en cuenta la alimentación, el tiempo necesario para cuidarlo, la instrucción dada en el caso de que sea un obrero especializado, etc. Es el mismo principio que si estuviéramos calculando cuanto nos cuesta producir una vaca que dé leche; habría que calcular el forraje, el tiempo de cuidarla, y tendríamos que calcular cuándo empezaremos a obtener beneficios, y cuanto tiempo vive la vaca, etc.

Lo que el capitalista paga al trabajador es, en dinero, las mercancías que cuesta haberlo  producido, mantenerlo con vida para que siga produciendo, y costear la prole que pueda tener, ya que esa prole es la inversión del capitalista para obtener nuevos trabajadores.

Dada esa situación se comprende que el trabajador es entendido, en el sistema capitalista de producción, como una cosa, como una mercancía, que se compra y se vende, y, por tanto, de un modo que produce la necesaria alienación del trabajo.

Ahora bien, lo que desea el capitalista es obtener cada vez más plusvalía. Como se ha dicho la plusvalía se saca del obrero, por tanto el capitalista intentará incrementar paulatinamente su plusvalía quitándole cada vez más dinero al obrero. Las medidas que adopta para conseguir eso forman las medidas de explotación: pagar cada vez sueldos más bajos, incrementar las horas de trabajo del trabajador, incorporar antes al trabajo a los hijos del trabajador; también, en este contexto, utilizará maquinaria moderna, con lo que conseguirá incrementar la producción, y de modo indirecto bajar el precio de la fuerza de trabajo del obrero, ya que ahora el trabajo general abstracto que cuesta producir la mercancía es menor, con lo que su plusvalía es mayor.

Por tanto, según Marx, la propia dinámica del capitalismo conlleva que la explotación del obrero se vaya incrementando, y así se vayan agudizando las contradicciones del sistema que terminen por ocasionar las condiciones necesarias para que se produzca un cambio que traiga consigo una sociedad sin clases, en la que se terminen las alienaciones humanas.

En opinión de Marx es inevitable que esto suceda. Es inevitable, debido a las leyes históricas, que tarde o temprano se produzcan los acontecimientos revolucionarios que den fin a la explotación del hombre por el hombre, y se instaure un periodo de dicha y felicidad. Ante la situación de que esto inevitablemente ocurrirá se pueden tomar dos posturas, o bien se intentan acelerar los acontecimientos para que los “dolores de parto” sean mínimos, y es lo que los marxistan hacen, o bien se sitúa uno frente al cambio histórico, intentando retrasarlo, y por tanto incrementando los “dolores de parto”. En cualquier caso, y de modo inevitable, el cambio llegará.

Pero para que esto ocurra, previamente, el proletariado deberá producir e incrementar  su conciencia de clase como la de una clase con intereses contrapuestos a la de los burgueses, que es la clase con la que debe entrar en conflicto.

Si esto no se produce no podrá iniciarse nada. Es necesario que el proletario se de cuenta de que la sociedad capitalista no es su sociedad, que en ella no estamos todos en el mismo sitio; en definitiva, que sus intereses son contrapuestos. Sólo tras verse eso pueden iniciarse los pasos que consigan imponer en la sociedad los intereses de los proletarios frente al de los patronos.

Hecho esto el proletario se constituirá como la antítesis real del capitalismo y, a través de un acto revolucionario, derrocará a la clase dominante, instaurando la dictadura del proletariado, en la que se hace con el control del Estado y de los medios de producción.

Marx calculaba que la revolución, debida a las propias contradicciones del sistema capitalista, se produjese en poco tiempo. Sin embargo, en el presente, vivimos en una sociedad de consumo que parece no ajustarse a las predicciones marxistas. Los marxistas actuales explicarían nuestra sociedad de consumo como una complejización de la propia dinámica capitalista. Ésta se funda en producir plusvalías para el capitalista, pero no es posible producirlas si no se vende la mercancía; es decir, los bienes de consumo sólo se producirán si hay alguien que los consuma, luego conviene que el trabajador puede ganar algo de dinero que no vaya directamente a su subsistencia, sino que le permita comprarlo, y así, cuando paga el producto está pagando al capitalista la plusvalía de un producto que él mismo ha producido. De esta forma, dando un rodeo por el propio obrero, la plusvalía siempre acaba enriqueciendo al capitalista; cuanto más produce el obrero, y más consuma éste, más dinero generado por la plusvalía que termina en el capitalista y que alimenta este sistema de producción[1].

Una vez conseguido esto se entra en una etapa, denominada socialismo, en la que el proletario incrementará de forma inmensa los medios de producción y la riqueza social. Esto se podrá conseguir porque el Estado planificará la economía y reinvertirá todo el beneficio de las plusvalías obtenidas en producir más y mayor riqueza.

Por último, conseguida una sociedad con sobreabundancia de riqueza, las clases sociales y el propio Estado desaparecerán.

Las primeras porque no habrá una diferencia debido a la acumulación de la riqueza entre las personas, más bien una situación de sobreabundancia; y el segundo porque, conseguido esto, las razones para que exista un Estado represor, que mantenga los intereses de una clase respecto a otra, desaparecerán.

Esta última etapa es denominada comunismo, y termina por ser el fin de ese proceso dialéctico y evolutivo en el que ha consistido la historia del ser humano; ya que el proceso histórico era un proceso dialéctico que se nutría de la existencia de clases antagónicas, cuya disputa producía el cambio histórico. Pero desaparecidas las clases desaparece ese motor de la historia, luego lo que denominamos historia, habrá llegado a su fin.

 

[1] Al final de este proceso se encuentra el Tercer Mundo, que es quien paga la abundancia del Primero; así, y como ejemplo, están los casos de las zapatillas “Nike” y los niños del Tercer Mundo que las fabrican, o los muebles de “Ikea”, etc. 

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  1. Materialismo Histórico (HISMAT) y Materialismo Dialéctico (DIAMAT).

El materialismo dialéctico, o DIAMAT, es una teoría que quiere presentar el mundo y todos sus productos, naturales o sociales, como un proceso dialéctico, al modo hegeliano. La diferencia con Hegel está en que ahora es la materia, en vez del Espíritu Absoluto hegeliano, la que se va desarrollando y dando lugar a los distintos acontecimientos.

La materia, piensa Marx, se encuentra en un espacio y tiempo infinito. La existencia de cualquier realidad fuera del espacio y del tiempo es inconcebible; por eso todo lo que existe o es material o se basa directamente en la materia.

La materia contiene dentro de sí una forma esencial de movimiento que produce el cambio. Ese movimiento no es, como creía el mecanicismo, parecido a una fuerza mecánica que se comunica desde fuera a la materia; más bien ocurre que está incluido dentro de la materia, en el modo en que la materia existe, siendo connatural a ella y produciendo de modo natural el cambio, el devenir de lo material.

Ese devenir de lo material se produce según ciertas leyes dialécticas, al modo expresado por Hegel, que no sólo hacen aparecer el mundo, sino que terminan por producir la materia viva; por cuya evolución, de nuevo según leyes dialécticas, se produce el ser humano y la vida social.

Pues bien, la aplicación de la doctrina del materialismo dialéctico a la complejidad del ser humano, y de la vida social, es lo que se denomina materialismo histórico o HISMAT.

La idea fundamental del materialismo histórico está en hacer depender todo proceso espiritual, ideacional y social, de las concretas condiciones materiales en las que se da, y que son las que lo determinan. La infraestructura económica determinará la estructura económica, y ésta determinara la superestructura ideacional.

Por eso Marx criticará cualquier explicación de la historia que la haga depender de la voluntad; ya sea ésta sobrenatural —Dios o el Espíritu Absoluto— o natural —los grandes hombres como César, Cristo, Napoleón…

Antes que Marx, San Agustín, intentó explicar la historia como el desarrollo de un plan divino, cuya aplicación daría cuenta del los distintos acontecimientos históricos. De modo similar, Hegel, a través del Espíritu Absoluto, explica no sólo la historia, sino la existencia de cualquier realidad del universo. En ambos casos Marx criticaría que se explique lo natural por lo sobrenatural. Cualquier explicación que explique lo natural por voluntades sobrenaturales es descartable. Y no sólo éstas, sino cualquiera que explique la historia suponiendo que una voluntad excepcional, como podría ser la de Napoleón o la de César, es capaz de conformar la historia. Al contrario, son las condiciones socioeconómicas las que explican que la sociedad estuviera “preparada” para recibir y aceptar esas supuestas voluntades naturales. Por ejemplo, Cristo no fue el único Mesías de su tiempo, en su momento hubo muchos que se llamaron los elegidos, lo cuál indica que eran las condiciones históricas las que estaban produciendo “Mesías”, y sólo ocurrió que uno de ellos hizo lo que las condiciones históricas exigían que se hiciera.

Las voluntades particulares de las personas influyen en la historia persiguiendo conscientemente sus fines propios, pero el resultado final de la confrontación de todas las voluntades no responde ya a los fines individuales, sino que esa colisión de intereses produce un resultado que, aunque en la superficie de los hechos, pueda parecer debida al azar, en el fondo está determinada por leyes internas a los hechos, ocultas en ellos, que los gobiernan, leyes dialécticas que se expresan en los aspectos económicos.

Las sociedades se definen por dos elementos, su infraestructura económica, y la estructura económica entendida en sentido estricto; a ambas las denominará estructura económica, aunque entendida ahora en sentido amplio.

La infraestructura corresponde a las denominadas fuerzas de producción, que son la suma de la capacidad de trabajo de un conjunto humano, incluido el nivel de desarrollo de esa capacidad alcanzado por el desarrollo del conocimiento en esa  sociedad. Por tanto aquí se incluyen las herramientas, maquinarias, instalaciones, materias primas, fuerza de trabajo…, pero también conocimientos técnicos, desarrollo científico, y aptitudes y preparación de los trabajadores; ya que todo esto influye y determina la fuerza productiva, o capacidad productiva, de una sociedad.

En una sociedad esclavista los esclavos se contabilizarían como fuerza productiva, también los bueyes si se utilizaran, así como el arado, si se conociera; es decir, cualquier elemento asociado a la producción de bienes o mercancías.

La estructura económica en sentido estricto, corresponde a las denominadas relaciones de producción, que viene a ser la manera de organizar el poder sobre las fuerzas de producción, así como la organización del reparto de los bienes producidos: las relaciones de propiedad.

En una sociedad hay que decidir quien manda y quien es el dueño de los bienes producidos y de los medios de producción, para así organizar el reparto de la riqueza. En una sociedad feudal la tierra, por ejemplo, será del señor feudal, mientras que los vasallos se la alquilan y le pagan con los recursos de ésta. En una sociedad feudal la organización social se produce según una serie concreta de estamentos: vasallos, esclavos, nobles y eclesiásticos. Pues bien, la existencia de esos distintos estamentos, así como las prerrogativas de unos y otros respecto al control de los bienes de producción, es lo que se denomina relación de producción.

Según Marx a cada sistema de fuerzas productivas le corresponde un determinado conjunto de relaciones de producción. Las segundas están en función de las primeras.

Un sistema de producción basado en la fuerza productiva de los esclavos tendrá como resultado una organización social que distinga esclavos y amos. La fuerza productiva es la que determina la organización social.

Pues bien, cuando las fuerzas productivas evolucionan, como éstas son las que producen unas determinadas relaciones de producción, estas relaciones deberían también evolucionar. Sin embargo, lo usual es que las personas beneficiadas por la antigua relación de producción intenten mantener su estado de privilegio. Esto produce un choque dialéctico, una contradicción que aboca a la sociedad a un conflicto que sólo se supera por un proceso revolu­cionario.

Por ejemplo, la sociedad medieval supone una adecuación entre unas fuerzas de producción, los siervos con la tecnología del momento, y unas relaciones de producción que dan lugar a la separación en los estamentos medievales. Sin embargo, a medida que evolucionan las fuerzas de producción y aparecen los burgueses, como clase económicamente pujante, se produce una variación en las fuerzas productivas que exige un cambio en las relaciones sociales. Naturalmente la nobleza, que era la beneficiada del antiguo régimen, se opone al cambio, se opone a perder sus privilegios, con lo que se da la contradicción entre los intereses de las nobleza (tesis) y de la pujante burguesía (antítesis), esto da lugar a una contradicción social que se resuelve en una revolución social que da lugar a una nueva sociedad (síntesis); es decir, a unas nuevas relaciones de producción.

Otro ejemplo, en este caso de cómo aplicar el materialismo histórico para explicar el propio cambio político sufrido en la URSS, podría ser: “Las nuevas tecnologías (el microchip y los ordenadores personales) eran incompatibles con una economía “dirigida” desde el nivel más alto, una burocracia centralizada y el control estrecho de la información y la producción. Para competir en los mercados globales, la URSS necesitaba una población ducha en informática, lo que suponía una sociedad más abierta y moderna. Por motivos exclusivamente tecnológicos y políticos, el viejo orden debía desaparecer. Las fuerzas productivas exigían cambios en las relaciones de producción, lo que presuponía una revolución en la superestructura política e ideológica.”. REISS, EDWARD.- Una guía para entender a Marx. Página 43. Editorial siglo XXI, Madrid 200 (Londres 1996)

Marx distingue cinco modos distintos de fuerzas productivas, por lo tanto esto determinará cinco modos diferentes de relaciones de producción. Estos modos estarán ligados unos con otros en el sentido de que es la evolución de los más antiguos, según leyes dialécticas, lo que produce la aparición de los más modernos.

El primer modo de producción es el denominado modo de producción primitivo, que caracteriza a la denominada época asiática, y que tiene como novedad en su fuerza productiva el uso de instrumentos de piedra, arco y flechas.

El segundo es el modo de producción tribal, perteneciente a la época antigua, y caracterizado por el uso de los metales y de la esclavitud.

El tercero corresponde al modo de producción feudal, propio de la Edad Media, y que se caracteriza por el uso del arado y el telar.

El cuarto es el modo de producción burgués-capitalista, nacido con la revolución industrial y propio del tiempo de Marx, y que se caracteriza justo por el uso de la gran industria.

Sin embargo, después de este último modo, aún vendrá una nueva época, la comunista, en la que se dará la solución de las contradicciones de la época actual, y en la que toda contradicción entre clases cesará con el fin de las propias clases.

En esta última época terminará también la historia tal y como la conocemos, y un nuevo horizonte de felicidad se abrirá para el género humano, libre ya de las alienaciones que en la actualidad le someten.

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Esta página se actualizó por última vez el 14/12/2008