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Introducción.
La filosofía de Kant (1724—1804) consistirá en ser una mediación entre
la filosofía racionalista y la empirista.
Contra el empirismo intentará mostrar que existe un uso legítimo para
aquellos conceptos de la metafísica tradicional, como sustancia y
causalidad, que habían sido descartados por el empirismo de Hume. Contra
el racionalismo intentará poner límite al uso de esas categorías
metafísicas para que nuestro conocimiento no se remonte más allá de lo
que la experiencia autoriza.
Por tanto Kant mantendrá que el uso de las nociones metafísicas
tradicionales es necesario para que pueda existir el conocimiento
científico, y es por esa razón y con ese único propósito, que quedará
legitimado su uso. Sin embargo, usar esas mismas nociones más allá de su
aplicación a los objetos de la experiencia es una tendencia natural de
la razón humana, y seguirla produce la denominada metafísica dogmática,
que es la clase de metafísica que será rechazada por Kant.
Y así, la experiencia constituirá un límite para nuestro conocimiento, y
para el uso legítimo de esas nociones metafísicas que la razón necesita
para realizar el edificio de nuestro conocimiento teórico.
Sin embargo, existe otra forma distinta de usar la razón, el uso
práctico, en el cuál la razón no trata de organizar el conocimiento de
los hechos –lo que es u ocurre en el mundo— sino de establecer la moral,
—lo que debería de ser u ocurrir en el mundo. Y entonces, la disciplina
de limitar la validez en la aplicación de las categorías metafísicas a
los hechos de experiencia resulta inútil; en el uso práctico de la razón
esos conceptos metafísicos sí podrán aplicarse más allá de la
experiencia, pero sólo en tanto que somos seres prácticos, éticos; pero
sin que por ello podamos afirmar que esos enunciados en los cuales, para
los fines prácticos de la ética, los conceptos metafísicos van más allá
de la experiencia, formen conocimientos. No son conocimientos ya que no
podemos saberlos ciertos, sólo podemos tener fe, fe racional, en que lo
son, porque sin ellos no será posible realizar los fines prácticos que
la ética propone a todo ser racional.
De ahí cierta disociación en el pensamiento kantiano que se verá
obligado a, por un lado, negar la validez a la metafísica en su uso para
el conocimiento teórico de experiencia y, por el otro, a proponer el uso
de esos mismos objetos de la metafísica a la razón cuando ésta intenta
hacer reales sus objetivos morales o prácticos.
Entre los distintos libros escritos por Kant para
explicar cómo entiende él la teoría del
conocimiento, es en la Crítica de la Razón Pura donde esta labor
se realiza de modo más desarrollado y completo. Lo que sigue a
continuación, y mientras hablemos de la teoría del conocimiento
kantiana, es la explicación de los distintos epígrafes del libro.


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La Crítica de la Razón Pura.
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Clasificación kantiana de los juicios.
Kant no acepta la dicotomía de Hume, según la cual los juicios legítimos
sólo pueden ser relaciones entre ideas o cuestiones de hecho. Él piensa
que estamos en posesión de juicios que no caen dentro de esta
clasificación. Y así realiza las siguientes clasificaciones dentro de
los juicios.
Juicios analíticos. Son los juicios en los cuales el significado
de lo que se dice en el predicado está contenido en el significado de lo
que se dice en el sujeto.
Por ejemplo, “El triciclo
tiene tres ruedas, Los días lluviosos son días húmedos, Los solteros no
están casados, El todo es mayor que sus
partes etc.”.
En los juicios analíticos basta con analizar al sujeto para comprender
si el predicado le conviene necesariamente, o no lo hace; y por tanto si
la proposición es verdadera o falsa. Estos juicios no dan información
alguna que amplíen el conocimiento; es decir, no enseñan nada nuevo. Un
juicio es analítico si es lógicamente verdadero, o en otras palabras si
su negación es lógicamente imposible ya que es autocontradictoria.
Por ejemplo, si afirmo que “los
solteros están casados” me contradigo, ya que, por un lado afirmo que
están casados, pero por otro, como ser soltero
significa “no estar casado”, afirmo lo contrario, y así, me contradigo.
Juicios sintéticos. Son los juicios en los que el significado del
predicado no está contenido en el del sujeto.
Por ejemplo: “la sal de cocina es
soluble en agua”. En la noción de sal no se incluye
que ésta sea soluble en agua, eso es algo que se descubre en
la experiencia. Otro ejemplo sería: “La Tierra da
vueltas alrededor del Sol”, etc.
En estos juicios sí se da una nueva información que amplía nuestro
conocimiento. Además no son juicios lógicamente verdaderos, y por tanto
su negación no es autocontradictoria.
Si afirmo que “la sal de cocina no es soluble en
agua” no afirmo algo que sea autocontradictorio, es decir, que sea
contradictorio porque en el juicio se afirme
algo y eso mismo se niegue. Es cierto que el juicio es falso, pero eso
no lo podría saber analizando el significado
de las palabras “sal de cocina”, “soluble” y “agua”.
Además de esa clasificación de analítico y sintético, los juicios pueden
clasificarse en:
Juicios a priori, que son aquellos cuya verdad o falsedad pueda
ser conocida independientemente de toda experiencia.
En realidad todos los juicios analíticos son
juicios a priori, ya que si en el concepto del sujeto se encuentra
afirmado, o negado, lo que dice el
predicado, entonces
podemos saber que son verdaderos o falsos sin tener que ir a la
experiencia a comprobarlo.
Ahora bien, Kant pensará
que aunque todos los juicios analíticos son
a priori, existen juicios que siendo a priori no son analíticos.
Juicios a posteriori. Son aquellos cuya verdad o falsedad sólo
puede determinarse a partir de la experiencia.
Todos los juicios a
posteriori serán sintéticos. Aunque, de
nuevo, Kant pensará que existen juicios sintéticos que no son a
posteriori.
Dadas las anteriores clasificaciones podemos combinar las nociones de
sintético y analítico con las de a priori y a posteriori, saliendo la
clasificación definitiva de juicios que Kant propone. Y así tenemos:
Juicios analíticos a priori, que serían aquellos en los el
significado del sujeto incluye el significado del predicado y que, por
tanto, su valor de verdad se puede conocer sin tener que determinarlo a
través de la experiencia.
Estos juicios son como
las relaciones entre ideas de
Hume.
La siguiente clase de juicios, la de los juicios analíticos a
posteriori, no existe. La razón está en que tendrían que ser juicios en
los que el significado del predicado estuviera contenido en el
significado del sujeto, pero que no supiéramos su valor de verdad sin
acudir a la experiencia.
Sin embargo, si sabemos
lo que significa el sujeto, y el predicado se incluye dentro de éste,
entonces podemos conocer su valor de verdad de forma a priori, y
no a posteriori como tendría que ser si esta clase
de juicios existiera.
Los juicios sintéticos a posteriori,
son aquellos en los que el significado del sujeto no incluye el
significado del predicado y que debemos establecer su valor de verdad
yendo a la experiencia. Aquí estarían la mayoría de las proposiciones
científicas de las ciencias naturales.
Estos juicios responden a las cuestiones
de hecho de Hume.
Y por último estarían los juicios
sintéticos a priori. Esta clase contendría aquellos juicios en los
que el significado del predicado no incluye el del sujeto, pero que, a
pesar de lo cuál, podemos establecer su valor de verdad sin tener que ir
a la experiencia.
¿Existen esos juicios?
Kant responderá a la pregunta desglosándola en partes. Considerará que
la misma existencia de la matemática y de la física muestra que los
juicios sintéticos a priori existen en ambas disciplinas; de hecho
considera que todos los juicios matemáticos son de ese tipo, así como
los principios de la ciencia física. Por eso más que investigar si
existen juicios sintéticos a priori en matemáticas y en física habrá que
analizar cómo es posible que existan. Ese análisis, referido a la
matemática, lo lleva a cabo en la estética transcendental, y respecto a
la ciencia física lo realiza en la analítica transcendental.
Hume hubiera rechazado la existencia de tales
juicios. Sin embargo Kant piensa que esos
juicios sintéticos a priori se encuentran en todas las ciencias
teóricas, especialmente en las matemáticas
Y así, por ejemplo, aunque se podría pensar de
entrada, como hubiera hecho Hume, que la proposición “7 + 5 = 12” es una
proposición analítica porque en el concepto de “suma
de 7 y 5” se encuentra incluido el de “12”, sin embargo, señala Kant, el
concepto de “suma de 7 y 5” sólo contiene la idea de la unión de ambos
números en uno solo, pero el concepto de “12”, no está aún
pensado al pensar la unión de 7 y 5. Que 5 tenía
que ser añadido a 7 sí está incluido, pero no que tal suma fuera igual a
12. Y por consiguiente, la proposición aritmética es sintética, cosa que
se ve con mayor claridad cuando se escogen números mayores.
Del mismo modo con la
geometría: “la línea recta es la más corta
entre dos puntos” sería una proposición sintética según Kant.
Un ejemplo no matemático de estos juicios sería
“todo cambio tiene una causa”; aquí en la idea de cambio no está que
tenga que tener una causa, su negación no es
autocontradictoria; es decir, que hubiera
cambios sin causa no es autocontradictorio, y sin embargo podemos saber,
dice Kant, sin ir a la experiencia, por tanto de forma a priori, que es
un juicio verdadero.
También existen juicios sintéticos a priori en ética, pero su carácter
de juicios prácticos y no teóricos hará que deje su análisis para otra
obra[1].
Un ejemplo moral podría ser “asesinar es malo”, ya
que, piensa Kant, sabemos que asesinar es malo, pero no por los efectos
que en la experiencia pudiera tener,
porque aún siendo benéficos, asesinar sigue estando
mal; lo sabemos pues, a priori, aunque en el concepto de “asesinar”
–quitar la vida a alguien de forma arbitraria— no estaría incluido que
sea bueno o malo.
Y la cuestión terminará centrándose sobre si existen juicios sintéticos
a priori en la metafísica. Kant responde a esta cuestión en la
dialéctica transcendental.
El caso de la metafísica no será el mismo caso que
el de la matemática y la ciencia física, ya que ambas evidentemente
existen, aquí habrá que mostrar primero si la metafísica existe como
ciencia, y la respuesta de Kant será negativa. La única metafísica
aceptable es la metafísica crítica,
que es la que afirma que la metafísica tradicional no existe como
ciencia, ni es posible que exista como conocimiento.


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La estética trascendental.
Siempre que las cosas exteriores afectan a mis órganos de los sentidos
se produce una sensación. Todas las sensaciones que me represento
en la conciencia aparecen como temporales y, a veces, espaciales.
Todas las sensaciones de las que soy consciente se
producen en el tiempo, ya que son temporales; es decir, las veo durando
en el tiempo. Muchas son,
además, espaciales, en concreto las que se producen por la vista o el
tacto. Pero hay sensaciones que no son espaciales, como por ejemplo un
olor determinado, o un concierto de música, aunque todas ellas son
temporales.
Kant llamará intuiciones empíricas a las sensaciones, y a aquello
que se me representa en la intuición empírica, es decir, al objeto
representado en la intuición empírica, lo llama fenómeno.
Las intuiciones empíricas
lo son de algo, ese algo es el fenómeno. Así, si veo una casa, percibir
a través de la vista es la intuición empírica, y lo percibido,
la casa, sería el fenómeno percibido o intuido empíricamente.
Es importante darse cuenta de que ni el espacio ni el tiempo se
perciben. Lo que ocurre es que todo lo percibido se percibe en el
espacio y/o tiempo, formando ambos una especie de “escenario” en el que
ocurren las intuiciones empíricas.
Pues bien, Kant tendrá la originalidad de mantener que ni el espacio ni
el tiempo existen realmente en el mundo. Lo que ocurre es que son
puestos por las personas a la hora de percibir.
De igual forma que Descartes consideraba que el
color, o el sabor era puesto por mis órganos sensoriales pero no eran
algo que existiera en el mundo real, Kant
pensará que, además, el espacio y el tiempo
en el que se producen las percepciones también es puesto por mi modo de
percibir; son estructuras –el espacio y el tiempo— que pertenecen a la
parte del sujeto que percibe y no a la parte del objeto –lo percibido.
Espacio y tiempo serían como gafas de cristales
de colores con los que se percibe la realidad. Sin esas gafas de
cristales de color no podemos percibir la realidad, pero con ellas todo
lo percibido nos parecería distorsionado por el color de las gafas, y
tenderíamos a suponer que ese color es un
color que realmente está coloreando las
cosas del mundo, pero en realidad no es así, el mundo no tendría ese
color realmente, aunque nosotros nunca pudiéramos percibir que no lo
tiene.
Por tanto, todo lo que intuyo empíricamente,
todos los fenómenos, se me representan como espacio-temporales, pero no
porque lo sean en sí mismos, sino porque es
el modo en que mi sensibilidad se los puede representar.
El espacio y el tiempo, dice Kant, no existen fuera de la manera en que
tenemos de percibir el mundo, no tienen una existencia autónoma al
sujeto que percibe, sólo existen en la propia conciencia que percibe. Y
a este hecho, a que el espacio y el tiempo no tengan existencia por sí
mismos, sino que sean puestos por la subjetividad del que percibe, lo
denomina Kant la idealidad transcendental del espacio y del
tiempo.
Con “idealidad” Kant quiere indicar que ambas estructuras, a las
que denomina intuiciones puras, pertenecen al campo del sujeto,
no del objeto. Y por “transcendental” indica que esas intuiciones
puras, son condiciones necesarias de nuestro modo de conocer el mundo;
sin ellas no podríamos conocerlo.
Y así, las cosas reales, fuera del modo en que las percibimos, no tienen
ni espacio ni tiempo, para distinguirlas del modo en que las percibimos,
es decir, de su modo de aparecer representadas en nuestra conciencia que
es lo que llamábamos fenómeno, Kant utilizará las expresiones cosa en
sí o noúmeno; y así, dirá, que las cosas en sí mismas no son
ni espaciales ni temporales.
Ahora bien, ¿cómo se demuestra la idealidad transcendental del espacio y
del tiempo? Kant mantendrá que es necesario que sea así para poder
explicar que existan los juicios sintéticos a priori en la matemática;
es decir, en la aritmética y en la geometría.
Cuando se hace geometría uno se representa en la imaginación el espacio,
se fragmenta éste, y de ahí surgen las distintas figuras, puntos, planos
y espacios geométricos. Tras lo cuál, y partiendo de esa representación
imaginativa, el geómetra investiga las propiedades de esos entes
geométricos, analizando las propiedades y relaciones que tienen entre
sí. Pero resulta que, una vez obtenidos los enunciados de la geometría,
éstos enunciados son válidos para todos los objetos extensos que puedo
percibir en el mundo. ¿Cómo es posible que sea así? ¿Por qué lo que yo
establezco en la imaginación al representarme el espacio sirve para todo
objeto del mundo? La única razón posible es que haya sido la persona la
que, al percibir, añada ella la espacialidad a lo percibido, y al
hacerlo necesariamente ocurre que aquellas leyes que eran válidas para
la geometría imaginada, tienen que ser válidas para los fenómenos
espacializados, ya que es ese mismo espacio el que yo añado a las cosas
en la percepción.
Lo mismo ocurre en la aritmética. Ésta se basa, piensa Kant, en unidades
temporales, de las cuales salen los números.
El número no es más que la abstracción de una sucesión de eventos, de
instantes de tiempo. Hacer aritmética, sumar, no es más unir esas
unidades temporales y estudiar sus leyes.
Por ejemplo al sumar “7 + 5” me imagino
siete unidades, que salen del tiempo, y les voy añadiendo otras cinco,
hasta encontrar que la respuesta es doce
Pues bien, siendo yo el que impongo el tiempo a las cosas que percibo,
ocurrirá, que hechas éstas temporales en mi mente, tendrán que obedecer
las mismas leyes aritméticas que, en la intuición pura del tiempo, haya
establecido.
Y así, es lo mismo sumar coches, momias,
teleféricos, o manzanas, en todos los casos, al
haberse temporalizado los coches, las momias, los
teleféricos y las manzanas, tienen que “obedecer” las leyes de esa
temporalización que son las que se explican en la aritmética.
Por eso no es necesario ir a la experiencia para
comprobar si los juicios matemáticos funcionan con las cosas del mundo;
yo sé a priori que funcionan porque como yo impongo la espacialidad y la
temporalidad a las cosas del mundo que percibo, éstas tendrán, en mi
percepción, que “obedecer” esas leyes de la
espacialidad y la temporalidad, es decir, obedecer las leyes matemáticas
que de una forma a priori, en mi imaginación pura, se establecen.
Además de ser a priori el juicio matemático es sintético, piensa Kant,
porque yo no sé antes de contar cuantas son 5 + 7, actualmente tenemos
reglas y lo tenemos memorizado, pero ¿cómo puedo saberlo sin las reglas
y sin la memoria si yo no cuento?
En un juicio analítico su verdad o falsedad se
determina analizando el significado de sus términos. En un juicio
sintético a posteriori se establece comparando lo que dice con la
intuición sensible. Pero en un juicio matemático, al ser sintético a
priori, su verdad se establece comparando lo que dice
con lo que uno puede comprobar que ocurre en su imaginación pura; es
decir, en lo que la imaginación le
representa cuando imagina las leyes del espacio y del tiempo haciendo
abstracción de cualquier objeto empírico.


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La analítica trascendental.
En la estética transcendental Kant establece cómo se percibe, pero no
explica cómo lo percibido se hace inteligible para el que percibe. Esta
labor la realiza en la sección de la Crítica de la Razón Pura
denominada analítica transcendental.
Tras actuar la sensibilidad tenemos un material espaciotemporalizado que
aún, y por sí mismo, no es comprensible.
Comprender es entender qué tipo de objeto estamos percibiendo. Es decir,
significa que reconocemos eso que percibimos como perteneciente a una
determinada clase de cosas. Para que esto ocurra habrá que subsumir eso
que percibimos bajo conceptos.
Percibir un caballo es reconocer que las
sensaciones que estamos recibiendo por los sentidos encajan –se
subsumen— en el concepto de caballo, y que por tanto estamos
percibiendo un caballo.
Kant diferencia dos clases de conceptos.
Los primeros son los conceptos empíricos que, piensa Kant, se
extraen por abstracción de los rasgos semejantes y comunes que presentan
las distintas cosas que percibimos en la experiencia.
Sin embargo existe otra clase de conceptos cuyo origen no está en la
experiencia, sino que son producidos por el propio entendimiento a la
hora de entender lo que se percibe; a estos conceptos los llama Kant
categorías.
Las categorías son conceptos puros, ya que no contienen nada
empírico, y a priori, ya que no proceden de la experiencia. Son
producidos espontáneamente por el entendimiento a la hora de conocer lo
que percibimos por los sentidos. Sin ellos sería imposible entender la
realidad; y por tanto son transcendentales.
Existen doce categorías en total; y entre
ellas se encuentran la
de causalidad y la de sustancia.
Kant está de acuerdo con Hume en que esos conceptos –las categorías— no
salen de la experiencia. Pero en contra de lo que dice Hume afirmará que
sí es legítimo usarlos. Su legitimidad está en que esos conceptos son
condiciones necesarias —por tanto transcendentales— para que podamos
entender la experiencia que tenemos; sin su uso lo que recibimos de la
sensibilidad sería incomprensible, ya que el material que procede de la
sensibilidad, por sí mismo, carece de significado.
Los colores que la sensibilidad aporta no
significan nada por sí mismos, para que la percepción sea significativa,
para que percibamos algo inteligible, es
necesario que entendamos que esos colores se
agrupan en una sustancia. La sustancia no se ve, pero sin ella no
podríamos entender lo que vemos, ya que es ella la que permite que no
veamos simplemente “colores” sino cosas coloreadas.
Y así, las categorías encuentran su legitimidad no
en proceder de la experiencia, sino en ser imprescindibles para que
podamos tener experiencia inteligible;
sin ellas la experiencia no sería comprensible.
Es por eso que las categorías, al organizar por la base la
inteligibilidad de nuestras percepciones, proporcionan una serie de
juicios sintéticos a priori que se constituyen en los principios de la
física. Esos juicios son a priori porque expresan cómo organizamos
conceptualmente la realidad percibida para que ésta sea inteligible.
Así ocurre, por ejemplo, con el Principio de
Causalidad, que viene a decir: “todo cambio tiene una causa”. Ese juicio
es sintético a priori y procede, directamente, de la categoría de
causalidad. La categoría de causalidad es una categoría que se aplica
para entender algunos fenómenos
percibidos, ella constituye su comprensibilidad, por lo que puede
saberse a priori que todo lo que veo y entiendo que ocurre tendrá que
tener una causa, y se sabe de forma a priori, porque si no hubiera una
causa entonces la experiencia en concreto sería ininteligible.
Las categorías tienen la función de organizar la inteligibilidad de la
experiencia, y por eso sólo es legítimo aplicarlas al material que
procede de la experiencia. Querer ampliar su uso y aplicarlas a cómo
son las cosas en sí mismas, no como meramente se representan en el
fenómeno espaciotemporalizado, es hacer un uso ilegítimo y rechazable de
ellas y que da lugar a la metafísica dogmática.
Ejemplo de metafísica dogmática es, por ejemplo,
aplicar la categoría de causalidad para hablar de una causa,
trascendente al mundo, incausada. Si el objeto incausado
fuera transcendente al mundo no es legítimo
aplicarle la posibilidad de ser causa. La causa es un concepto
legítimo sólo para objetos de experiencia, no para
objetos que estén fuera de toda experiencia posible. Lo mismo ocurre,
por ejemplo, cuando se aplica el concepto de sustancia a la noción de
yo, de la cuál no hay ninguna experiencia sensible.
El hecho de que nuestras intuiciones puras y categorías conformen
nuestra percepción y comprensión del mundo, permite que nos preguntemos
cómo es el mundo real de las cosas en sí, o noúmenos, sin esas
deformaciones que impone nuestra subjetividad a la hora de percibirlo y
entenderlo. Pero según Kant no es posible conocer cómo es el noúmeno, ya
que nuestro modo de conocer necesita intuir y conceptualizar, y para que
eso ocurra son necesarias intuiciones puras y categorías. Sin embargo,
aunque no es posible para nosotros, sí es pensable un modo distinto de
conocer que accediera a cómo es el mundo sin pasar por la sensibilidad,
y que presentará al objeto tal y como él es en sí mismo al intelecto. A
este modo Kant lo llama intuición intelectual, pero niega que esa
posibilidad pueda ser real para el ser humano.
Debido a la idealidad transcendental del espacio y del tiempo, y también
a la idealidad de las categorías, la filosofía de Kant ha recibido el
nombre de idealismo transcendental. Con esa expresión se
señala, por un lado, la participación activa del sujeto en la formación
del conocimiento, y por otro que tal participación, las intuiciones
puras y las categorías, son condiciones necesarias para la posibilidad
del conocimiento de fenómenos, pero no propiedades o rasgos de las cosas
en sí mismas.


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La dialéctica trascendental.
Kant divide la metafísica tradicional en tres partes: la psicología, que
estudiaría al alma o yo, la cosmología, que estudiaría la realidad en su
totalidad, y la teología natural, que estudiaría la existencia y
naturaleza de Dios.
La noción de yo o alma es
metafísica porque alude a una sustancia espiritual de la que, como Hume
señalaba, no hay experiencia. Somos
conscientes de actos de conciencia, pero no del yo. La noción de Dios es
claramente metafísica ya que de él no hay experiencia posible. Y la
noción del mundo como totalidad también lo es, porque no tenemos
experiencia de la realidad como un todo, sino de fragmentos fenoménicos;
ni percibimos el mundo como una totalidad ni percibimos que siga
existiendo cuando apartamos la mirada.
Pues bien, Kant señala que no existen juicios sintéticos a priori en
metafísica; y por tanto que la metafísica no existe como ciencia.
La razón de esto estriba en que para que la metafísica fuera ciencia
tendría que ser legítimo aplicar las categorías del entendimiento a los
objetos de la metafísica: yo, mundo y Dios, pero esos tres objetos no
son objetos de los que podamos tener una experiencia, luego aplicar las
categorías, cuya única legitimidad está en formar nuestra experiencia, a
algo de lo que no tenemos experiencia, es completamente ilegítimo.
Sin embargo es patente que la razón humana forma continuamente sistemas
de metafísica, ¿cómo se explica esto?
Kant establece que la razón humana funciona bajo el llamado axioma
lógico de la razón, que es su principio de funcionamiento, y que la
lleva a intentar reducir al mínimo posible el número de principios
últimos que constituyen el conocimiento humano. El resultado de esta
labor es el cuerpo de conocimientos que denominamos ciencia.
El entendimiento es una facultad que proporciona
juicios a partir de lo que la sensibilidad le suministra. Por eso sus
juicios son singulares. Hace juicios de experiencia. Sin embargo nuestro
conocimiento científico no es mera acumulación de juicios de
experiencia, más bien ocurre que esos
juicios de experiencia son organizados en clases jerárquicas. Y así, por
ejemplo, tras comprobar que el calor hace dilatar
diferentes hierros en distintas experiencias, puedo organizar todas esas
experiencias en una afirmación de carácter general, que diga que el
calor dilata el hierro. Y aún puedo seguir haciendo más general mi
conocimiento señalando que el calor dilata todo metal. Pues bien, quien
realiza esas labores de organización y generalización de los
conocimientos proporcionados por el entendimiento es la razón.
La cuestión central está en si la razón puede terminar su labor y
establecer los últimos principios del conocimiento humano.
Kant considerará que, como sólo existían tres tipos distintos de
silogismos[1], y la razón, en
su función organizativa utilizaba necesariamente uno u otro de esos
silogismos, tendría que haber tres tipos distintos de principios finales
para el conocimiento humano que serían principios incondicionados del
conocimiento.
Pues bien, esos tres principios finales del conocimiento humano
corresponderían con tres objetos, los objetos tradicionales de la
metafísica, a los que Kant denomina ideas, y que serían el mundo, el yo
y Dios.
El mundo vendría a ser el ser
que integra la totalidad de todos los fenómenos físicos. El yo, o alma,
sería el ser que integra el conjunto de los fenómenos mentales, y
Dios sería el que media entre ambos y los integra.
De ninguno de esas ideas existe experiencia, luego no es legítimo
establecer su realidad, sin embargo, la razón, debido al axioma lógico
que la constituye, se encuentra constreñida a intentar cerrar el
edificio del conocimiento afirmando la existencia de esas tres ideas.
Y así, Kant diferenciará dos usos distintos, uno legítimo y otro
ilegítimo, que es posible dar a la razón teórica.
La forma legítima de funcionar es denominada por Kant uso lógico,
o regulativo, de la razón teórica. En este uso la
razón se limita a tomar las ideas como nociones ideales, cimas, que
regulan cómo organizar nuestros conocimientos. Aquí las ideas serían
guías de organización, pero no estaría legitimado afirmar que esas ideas
existen en la realidad, ya que sobre ellas no hay experiencia, ni podrá
haberla.
La forma ilegítima de funcionar de la razón teórica es denominada por
Kant uso real, o constitutivo, de la razón teórica. En
este uso la razón afirmará la existencia real de las ideas, las
constituye, pues, como conocimientos legítimos. A esto se le llama hacer
un uso transcendente –y no transcendental— de las categorías
aplicándolas a las ideas; y su consecuencia es la metafísica dogmática.
Desde la metafísica dogmática se intentará
demostrar que Dios existe, que el alma es inmortal, o que el hombre, a
pesar de ser un ser natural y por
tanto supuestamente determinado por las leyes
naturales, es libre. Pero todas estas aparentes demostraciones no son
más que dialéctica, en el sentido sofista del término, que más bien
consiguen persuadir —cuando lo consiguen— que demostrar.
Kant considera que cuando la razón intenta demostrar la existencia de
las ideas cae, inevitablemente, en contradicciones: paralogismos y
antinomias.
La cuestión es que debido a cómo está constituida, su axioma lógico de
funcionamiento, la razón tiene la tendencia natural a intentar terminar
el edificio total del conocimiento humano, y por ello, a establecer
afirmaciones metafísicas que demuestren la existencia de las ideas. A
esta tendencia Kant la conceptualiza de “enfermedad natural de la razón”
y su efecto es esa dialéctica sofística de la razón que intenta
demostrar la existencia real de las ideas. Ante esta enfermedad
incurable de la razón, ya que su cura conllevaría dejar de razonar, sólo
cabe la prevención de la metafísica crítica kantiana, que muestra cómo
ese ideal de conocimiento no es posible.


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La ética kantiana.
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Éticas materiales.
La capacidad ética en el ser humano es una capacidad que éste tiene
debida a su racionalidad. Por eso, piensa Kant, todas las personas son
morales y la moralidad no es algo reservado al filósofo; al contrario,
el sano entendimiento puede incluso hallar más fácilmente que el
filósofo cuál sea el deber moral.
Sin embargo, además de la capacidad moral, el hombre tiene la
inclinación natural a ser feliz. Eso hace que cuando lo que dice el
deber moral y el interés personal choquen se produzca en el hombre una
dialéctica natural, que le lleva a confundir su deber moral y por
eso se hace necesario un análisis filosófico de la moral.
Hasta el momento, dice Kant, todas las éticas propuestas con
anterioridad a la suya adolecen de un mismo defecto, mezclan la
moralidad con el interés propio, haciendo que se proponga a la voluntad
una materia del querer –es decir un objeto para ser querido— que
le sea agradable, para que así, movido por el interés de conseguir esa
materia, realice los imperativos morales.
Y así, una ética será material cuando el motor que determina a la
voluntad a seguir las máximas de acción que ésta propone sea conseguir
la propia felicidad, que Kant hace consistir en conseguir el máximo de
placer y mínimo dolor
Cuando se acepta el fin propuesto por las éticas
materiales, entonces, los mandatos éticos se presentan como lo que
debemos hacer para conseguir ese fin material. Y aceptar esa materia
propuesta supone que el imaginarse su consecución produce en la
afectividad un eco placentero que es el que determina a la voluntad a
aceptarlo. Es por ello que los actos, supuestamente éticos, en vez de
hacerse por sí mismos, es decir por que son
éticos, se harían en vistas a la consecución de un fin placentero. Sin
embargo, piensa Kant, ya puede ser esa
materia tan sublime como se quiera —virtud, placer, beatitud, honor…—
que si el motivo para realizar los actos necesarios que harían reales
esa materia es el agrado de conseguir la realidad de tal materia suscita
en nosotros, entonces nuestros actos no serán morales, sino que
únicamente serían expresión de nuestro egoísmo natural.
Incluso aunque la materia que la ética propone
fuese el conseguir la felicidad de los demás, estaríamos fuera de la
moralidad. Porque supongamos que nuestro
talante natural es tal que la felicidad de los demás nos hace felices, y
que debido a eso queremos que los demás sean felices; pero entonces los
queremos felices porque eso hace nuestra felicidad, si no fuera así no
queríamos que fueran felices; luego sólo
estaríamos expresando nuestro egoísmo natural que, contingentemente,
coincide con lo que deberíamos hacer; no seríamos inmorales, ya que
obraríamos conforme al deber, pero tampoco morales porque no lo haríamos
por el deber sino por nuestro interés.
Kant caracterizará las éticas materiales con cuatro rasgos:
El primero es el de empíricas. Kant
considera que las máximas o principios de actuación que tales éticas
proponen son necesariamente empíricos y por tanto a posteriori. Y esto
por dos razones, primero porque cuando uno se determina a realizar un
acto en vistas de un placer eso supone el conocimiento empírico de la
propiedad cuya realización le es placentera —la materia del querer— y
además y sobretodo el conocimiento empírico de que tal propiedad me es
placentera.
Por ejemplo, el hecho
de que yo me decida a comer una manzana
supone el conocimiento empírico del sabor de la manzana y el
conocimiento empírico de que tal sabor me
satisface.
Además son éticas hedonistas, y lo
son porque identifican la moral con el placer. Es indiferente que se
diga que no todos los placeres son iguales; de hecho, si lo que hace que
alguien realice la acción es el placer, ya puede ser éste tan sublime
como se quiera, que de hecho será el placer lo que le determina a
actuar, y si lo que determina es el placer, en el caso de que ese placer
desapareciera, entonces no realizaría el acto.
También son hipotéticas, ya que se
expresan todas en imperativos hipotéticos. Un imperativo hipotético es
de la forma “Si quieres A haz B”. Y así, lo que las éticas materiales
prescriben, lo prescriben sólo bajo la condición de que se quiera el
resultado, y no porque realizar el acto (B) tenga que hacerse por sí
mismo.
Si el imperativo moral dijese “Si no quieres ir a
la cárcel no mates”, se estaría mandando no matar sólo bajo la condición
de que no se quiera ir a la cárcel, pero entonces no se dice que no haya
que matar en todas las circunstancias, se vaya a la cárcel o se deje de
ir, sino que no se mate en ese caso
que el imperativo hipotético pone como condición.
Lo mismo, por ejemplo, para: “Si quieres que te queramos haz tal y tal
cosa”, “si quieres ir al cielo sigue el decálogo”, “si no quieres acabar
alcohólico no te emborraches”, “si quieres ser feliz haz feliz a los
demás”…
Y por último son heterónomas. La
heteronomía hace referencia a que el sujeto no es productor de la ley
moral sino que la recibe desde fuera, es decir que no la produce su
propia razón.
Así, los principios de las éticas materiales no
dependen de mi razón, sino de aquella entidad que
me proporciona la ley moral; ya sea Dios, mi naturaleza
inclinada al placer…, en cualquier caso una instancia distinta de mi
razón, y sobre la que no tengo más control que acatar lo que diga.
Como consecuencia de lo anterior cabe señalar que si la ética depende
del placer, entonces dado que a cada cual le placen cosas distintas, e
incluso que lo que place puede cambiar con el tiempo, será imposible
establecer leyes morales válidas para todo el mundo, y simplemente no
existiría la moralidad.


-
La ética formal.
La ética kantiana mantiene que para que un acto sea moral tiene que
cumplir dos requisitos; ser un acto conforme a la ley moral y ser
realizado por un motor moral.
La acción que se realice por interés, aunque se realice de acuerdo a lo
que la ley moral exige, no constituye una acción moral, es necesario
que, además, se realice por una motivación moral.
Si yo digo la verdad
debido a que me interesa, a que salgo ganando por hacerlo, aunque mi
acto no sea inmoral, porque es conforme a la ley moral, no
será tampoco moral, ya que no lo hago por moralidad sino por interés.
Pues bien, si para que el acto sea moral ya no puedo hacerlo en vistas a
mi interés sólo cabe hacerlo por deber; es decir, el deber por sí
mismo se constituye en el único móvil de la acción moral. Sin embargo,
el deber por sí mismo no sería capaz de hacer que las personas
realizaran la acción moral si no ocurriera que, cuando nos representamos
cuál es la ley moral, no surgiera en nosotros un sentimiento de respeto
a esa misma ley moral; y así, es ese sentimiento de respeto a la ley
moral, que se produce automáticamente en nosotros cuando nos la
representamos, el que se constituye en el motor moral, y permite que
realicemos el acto exclusivamente por deber, y no por interés.
Y así pues, si realizamos el acto moral por un
motor distinto al respeto a la ley moral, como pudiera ser el amor al
prójimo, no estaríamos siendo morales. Es verdad que el amor al prójimo
es un sentimiento agradable y hermoso, pero sentir amor al prójimo no
depende de nosotros. Si nacemos con una
constitución sentimental nada propicia al amor, o si las circunstancias
de la vida nos hacen duros, de modo que no
podamos sentir amor, nada importaría para realizar la moral. Tanto el
que ama, como el que no, pueden representarse la ley moral, y darse
cuenta que es su deber realizarla no porque se ame al prójimo, sino por
ella misma, porque ante ella, en tanto que la reconocemos como ley, se
da en nosotros el respeto a su mandato; y así, por respeto, y no por
amor, es que entramos en la esfera de la moralidad. Esto no significa
que no se pueda, además del respeto, sentir amor cuando se hace la
acción moral, más bien significa que, como lo que realmente mueve es el
respeto, si no sintiéramos ese amor, aún así haríamos el acto, ya que lo
haríamos por respeto a la ley moral; es decir, por deber.
Una vez conocido el motor de la acción moral toca encontrar cuál sea la
ley moral, que tendrá que ser una ley que todos debemos ser capaces de
identificar y ante cuya representación se produzca el respeto moral.
Pues bien, Kant pensará que si existen leyes morales, como es el caso,
estas tienen que ser universales —válidas para todos— y
necesarias —en cualquier circunstancia posible. Y la razón es muy
clara, porque justamente eso es lo que significa la palabra “ley”.
Que un enunciado sea ley, moral o científica,
significa que tiene una aplicación para todos los hechos que regula, y
en cualquier circunstancia en la que se
aplique. Así, la Ley de la Gravedad vale
para todos los graves, por eso es universal, y en todas las
circunstancias, por ejemplo, en China, en verano, por la noche…; es
decir, las leyes morales, o naturales, tienen que valer para todos los
casos, y en toda circunstancia posible. Si hay leyes morales éstas
tendrán que valer para todos los seres humanos, y en toda circunstancia,
o situación, en la que la vida les ponga; en otro caso tendríamos una
máxima de comportamiento, pero no una ley.
Atendiendo a eso Kant distingue entre la materia y la forma de una ley.
La forma de una ley consiste en que el enunciado tendrá que ser
universal y necesario, ya que es una ley, mientras que la materia
consistirá en qué cosa sea en concreto la que es universal y necesaria.
Y así, la Ley de la
Gravedad, por ser ley, tiene la forma de un enunciado universal y
necesario; mientras que su materia, sobre lo que versa la ley, es sobre
cómo los graves se atraen entre sí.
Pues bien, la ética kantiana se distingue de las demás éticas en que
considera que únicamente atendiendo a la forma de la ley se puede saber
si un enunciado es, o no, una ley moral. Basta con que una persona pueda
querer que ese enunciado sea una ley moral sin contradecirse a sí misma
para que, automáticamente, sepamos que ese enunciado es una ley moral;
no hace falta, por tanto, tener que observar sus resultados en la
experiencia, basta con su forma para identificarlo; y es por eso por lo
que la ética kantiana es denomina ética formal.
Kant ha descartado como indicativo de la ley moral
que se haga por la materia, es decir, por el objeto que de realizarse
proporcionaría placer. Entonces,
si la materia que se quiere no sirve para identificar las leyes morales,
sólo queda la forma del querer.
Kant expresa esto en un principio, que llama Imperativo Categórico
del que da tres versiones, y de las cuales la más conocida es: “Obra
sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne
ley universal”.
Como para ser ley esa máxima tiene que ser universal y necesaria, se
tratará, por tanto, de ver si soy capaz de querer que una máxima
cualquiera de acción se convierta en ley universal; es decir, si puedo
universalizarla sin contradicción.
Kant piensa que algunas máximas son de tal modo que no podemos
universalizarlas sin contradicción lógica.
Por ejemplo, si considero la siguiente máxima de
acción: “Siempre que esté en algún apuro del que me pueda sacar la
mentira entonces mentiré”, puedo darme cuenta que al universalizarla
—“Todos los seres humanos que se encuentren en un apuro de la clase que
sea, deberán mentir
para salir de él”— se vuelve inútil, porque bastaría saber que alguien
está en un apuro para conocer que nos tiene que mentir por esa misma
máxima que hemos universalizado y convertido en ley de la naturaleza,
luego la mentira carecería de sentido, no podría engañarnos.
La universalización de otras máximas no
produce esa contradicción lógica, pero producen, y también las
anteriores, una contradicción de la voluntad.
Por ejemplo, supongamos que alguien que es
millonario no desea ayudar a los necesitados, pero quiere saber si esa
máxima de acción es moral. Entonces la universaliza, lo que nos daría
algo así como: “Ningún ser humano ayudará a otro ser humano”, y se trata
de si puede querer que esa norma fuera una
ley de la naturaleza. Si es una ley debería de ser universal y valer
para todos los seres humanos, y en efecto, el millonario piensa que así
le gustaría que fueran las cosas, que nadie ayudara a nadie y que
cada uno se ocupase de sí mismo. Pero además
debería de ser necesaria, y valer para todas las circunstancias
posibles, incluso aquellas en las que él no fuera un millonario, sino
que fuera una persona necesitada de ayuda; pero en esas circunstancias
el millonario no querrá que su máxima se convierta en ley moral, porque
entonces sería él el que necesitase ayuda y no podrían dársela.
En realidad, el millonario, puede querer que la
norma “Ningún ser humano ayude a otro”, sea una ley de la naturaleza
siempre que ocurra que él no
necesite ayuda; pero entonces no es capaz de querer
la norma en toda circunstancia posible, sólo en aquellas en las que él
tiene la ventaja de sus millones, y por tanto no es capaz de querer la
norma como una ley moral universal sin que se dé una contradicción en su
voluntad; es decir, no es capaz de quererla como ley moral, luego no lo
es.
Hay que notar que quien determina qué sea, o no, ley moral es la propia
razón del individuo. Como todos somos seres racionales ocurre que somos
nosotros mismos quienes legislamos nuestras propias leyes morales; es
decir, en vez de la heteronomía que hay en las ética materiales, aquí se
daría autonomía moral.
Y así, del mismo modo que todos los
seres racionales, que hagan matemáticas, llegan a las mismas leyes,
cualquier ser racional que pueda darse a sí mismo las leyes morales
llegará a las mismas leyes. Incluso con más motivo en el caso moral,
porque la matemática la tenemos por
sensibilidad —espacio y tiempo— pero la moral la tenemos sólo por ser
racionales; cualquier ser, por el mero hecho de ser racional,
coincidiría en sus principios morales con nosotros.
Por último las leyes morales no se expresarán en imperativos
hipotéticos, que son los que tienen la estructura: “si quieres (conseguir)
B, haz A”, sino categóricos del tipo “haz A (incondicionalmente)”.
El imperativo hipotético mantiene que uno debe de
hacer B para obtener la recompensa de A, y es por esa recompensa que uno
hace B. Pero el imperativo categórico no se
quiere bajo lo condición de conseguir algo, se
quiere por sí mismo, porque es nuestro deber hacerlo, y por tanto no
manda bajo ninguna condición, manda incondicionadamente; es decir,
categóricamente.


-
Los postulados de la razón práctica.
Kant va a considerar que es necesario, para que la razón práctica
pueda conseguir sus fines éticos, que tome como cierto que somos
libres, y que tenemos un alma inmortal que será
premiada o castigada por Dios dependiendo de su bondad o maldad.
A esas tres afirmaciones Kant las denominará postulados de la
razón práctica.
Sin embargo eso supone
hacer afirmaciones sobre el alma, Dios y sobre el mundo, entendiendo
que éste representa todo lo que está determinado
y se afirma que existe algo del mundo no determinado.
Pero en la Crítica de la Razón Pura
Kant mantuvo la imposibilidad de un conocimiento sobre las
ideas; es decir, de Dios, el alma o el mundo.
Por tanto, dos cosas deben explicarse. Primero habría que explicar
porqué la razón practica necesita, para conseguir sus fines
prácticos, tomar como ciertas esas proposiciones. Y segundo debe
explicarse cómo es posible afirmar tales cosas cuando, en el estudio
de la razón teórica, se mostró que la razón teórica no podía tener
conocimiento sobre tales objetos.
¿Por qué son necesarios los postulados para poder ser moral? En el
caso del primer postulado, aquél que dice que somos libres, la
respuesta es obvia, no podríamos ser morales si no fuéramos libres.
Pero no es tan obvio con los demás, porque parece que se puede ser
moral sin tomar por verdadera la inmortalidad del alma o la
existencia de Dios.
La cuestión es que cuando una persona decide ser moral quiere que el
bien se dé en la realidad con preferencia al mal. Y eso significa
dos cosas, que la justicia prevalezca, y que el hombre que
inicia la senda moral pueda realizarla; sin embargo, nada de
eso parece ocurrir en el mundo.
Más bien, cuando miramos alrededor nuestro
quien parece triunfar es la injusticia y el mal. Vemos como el
bueno, por serlo, es infeliz y desgraciado; vemos
el triunfo del malvado, vemos que la naturaleza no distribuye las
disposiciones de temperamento de modo justo, ocurriendo que el
malvado puede ser bello, inteligente y
diestro, mientras el bueno es torpe y feo. Vemos que tras toda una
vida de sufrimiento el bueno muere como vivió, en la tristeza y
dolor, mientras el malvado, aprovechado de su maldad, vive una vida
feliz y al final muere tranquilo en la paz de su hogar… Además
podemos observar que el mejoramiento moral no concluye, que tras
intentar ser bueno el hombre muere y no lo es.
Dios es necesario porque en este mundo no ocurre que el bueno sea
recompensado con la felicidad y el malo castigado con la desgracia;
más bien ocurre lo contrario. Pero es parte de lo justo que el bueno
sea feliz y el malo desgraciado; por eso, para que el objetivo de la
moral sea real, es necesario pensar que haya un Dios que termine por
recompensar al justo y castigar al malvado; en otro caso, si no hay
tal Dios, el bien no ocurriría. Nuestro perfeccionamiento moral, que
también es un objetivo de la moral, no ocurriría si tras la muerte
no se pudiera seguir paulatinamente mejorando en una vida inmortal.
Kant no está señalando, para estos dos postulados, que uno no
pudiera físicamente ser moral sin suponer la existencia de Dios y la
inmortalidad del alma; lo que quiere indicar es que el objetivo de
la moralidad no podría ser realizado. La moral no podría existir, en
el sentido de ser conseguida, sus fines ser terminados, sin los
postulados.
Ahora bien, ¿cómo es posible compaginar los postulados con los
resultados a los que se llegó en la Crítica de la Razón Pura?
Señalando que los postulados no pueden ser conocidos por el ser
humano, no podemos saber que son ciertos, pero pueden ser creídos; y
de hecho, es necesario que los creamos si queremos ser morales.
Aceptar la verdad de los postulados no significa ampliar nuestro
conocimiento; una cosa es conocer y otra tener fe.
Los postulados no son demostrables, pero la razón teórica decía que
sobre las ideas no podía haber conocimiento, pero no afirmaba que
supiéramos que Dios, el alma o el mundo no existieran. La razón
teórica dejaba abierto el campo, y la razón práctica no lo cierra
con el conocimiento, sino con la fe.
Como los postulados son necesarios para ser moral, y todos los seres
racionales, por el hecho de serlo, son morales, entonces se sigue
que la fe en los postulados es una fe racional; es decir, una
fe que todo ser racional debe tener.


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