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-
El empirismo.
El empirismo es una filosofía opuesta al racionalismo. Ambas filosofías
mantienen una preocupación por el origen de nuestras ideas y por la
validez de nuestros conocimientos, pero mientras el racionalismo
fundamenta los principios del conocimiento en las ideas innatas que la
razón suministra, el empirismo se basará en la experiencia y afirmará
que todos nuestros conceptos proceden de esta, en este sentido nuestra
mente sería como un papel en blanco, una tabula rasa donde la
experiencia escribe.
Filósofos empiristas son Berkeley (1685-1753), Locke (1632- 1704) y
David Hume (1711-1766).


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La teoría del conocimiento: los
elementos.
Hume llama percepciones al conjunto de los distintos actos de
conciencia que la mente realiza; es decir, a lo que Descartes
denominaba pensamientos o cogitaciones.
Las percepciones se dividen en impresiones e ideas.
Las impresiones se refieren a la experiencia presente y actual.
Lo que caracteriza esa experiencia es que se dan en la conciencia con
fuerza y vivacidad. Las impresiones pueden ser de sensación,
que son aquellas que aparentan proceder de la experiencia sensible
externa, y de reflexión, que parecen proceder de la intuición
interna, y se refiere a las pasiones y voliciones de la persona.
Las ideas, por su parte, son imágenes –en tanto que proceden de
la imaginación y la memoria- que copian las impresiones originalmente
obtenidas y que, sin esa fuerza y vivacidad de las impresiones –de forma
debilitada- reaparecen en nuestra conciencia gracias a la imaginación y
a la memoria; son por tanto copias de las impresiones.
La imaginación tiene libertad para alterar o trastocar las ideas, bien
cambiando el orden natural en que éstas originalmente se dieron, o
mezclando distintas impresiones. La memoria, en cambio, presenta las
ideas en el mismo orden en el que sus impresiones respectivas se dieron
en la conciencia.
Por ejemplo, la idea de un caballo virtuoso está
formada por la imaginación a partir de mezclar la idea de caballo y la
de virtud. Ambas ideas, caballo y virtud,
son ideas de las que previamente se ha
tenido impresión, sólo que la imaginación no las reproduce en el
contexto y momento en que se dieron, como sí haría la memoria, sino que
las mezcla, produciendo una nueva idea que, aunque formada a partir de
impresiones antiguas, no es copia de ninguna impresión directa.
Bajo otra consideración también divide las percepciones en simples y
complejas. Una percepción será simple si no admite separación en
otras percepciones, y compleja en otro caso.
Por ejemplo la percepción de manzana, ya sea
impresión o idea, puede descomponerse en el olor, sabor, color, etc. En
cambio la impresión de color rojo, o de sabor
dulce, no parece que pueda descomponerse en impresiones simples, ellas
mismas son impresiones simples.
Dado lo anterior Hume indica el principio empirista de que
todas nuestras ideas simples se derivan de impresiones simples a las que
copian perfectamente. Como las ideas complejas que fabrica la
imaginación proceden de ideas simples que a su vez, y según el principio
que se acaba de afirmar, se basan en impresiones simples que la
imaginación combina libremente, ocurre que, en última instancia, todas
nuestra ideas, simples o complejas, proceden de la experiencia.
De hecho, en ese principio, Hume
sólo expresa su empirismo. Todo nuestro
conocimiento se hace con ideas. Y todas las ideas, a su vez, proceden
de impresiones que tienen su origen en la
experiencia; luego todo nuestro conocimiento se origina en la
experiencia.
A la hora de representarse ideas en la consciencia la imaginación humana
actúa de acuerdo a una serie de leyes de asociación de ideas, que
son las que hacen que tras representarnos una idea nos representemos
otra en concreto, pero no cualquiera.
Si analizamos como nuestra imaginación funciona
podemos observar que hace discurrir imágenes -por ejemplo imaginamos el
verano pasado y a continuación el calor que
hizo, y a continuación la piscina en la que estuvimos…- con un cierto
orden. Ese orden es expresión de un conjunto de leyes que asocian un
tipo de imágenes con otras. Lo que no hace nuestra imaginación es
representarnos las imágenes de forma caótica, por
ejemplo una rata, una lámpara, una impresora..., si no hay un nexo entre
ellas.
Según Hume existen tres leyes de asociación de ideas, que son las de
semejanza, contigüidad tanto espacial como temporal, y
causa y efecto.
Por semejanza ocurre que ideas semejantes tienden a
reproducirse conjuntamente; por ejemplo, si pienso en un amigo puedo
pasar a pensar en otro amigo. Por contigüidad ocurre que las ideas que
se obtuvieron por impresiones percibidas seguidas en el tiempo, o en el
espacio, tienen a reproducirse juntas; por
ejemplo, si me represento una plaza a continuación puedo representarme
un comercio que esté en esa misma plaza; o
si pienso en un acontecimiento ocurrido en el verano puedo pensar en
otro también ocurrido en el mismo verano. Y por último, si escucho la
voz de una persona conocida detrás de la puerta fácilmente mi
imaginación puede representarse la imagen de esa persona conocida por la
voz, y se asocian porque una es causa de la otra.
Ahora bien, puede fácilmente ocurrir que a la hora de adquirir
conocimientos nuestra imaginación nos confunda, de manera que
consideremos que cierta idea, aun siendo fruto exclusivo de la
imaginación, la creamos objeto real de experiencia.
Para preservarnos de ese error, que por otro lado Hume cree muy común en
metafísica, éste ofrece un criterio, conocido como criterio empirista
del conocimiento, con el cuál podemos decidir acerca de la verdad de
las ideas que nos representamos. El criterio afirma que para saber si
una idea es verdadera, es decir, para saber que no es una construcción
de la imaginación, debemos encontrar la impresión, o impresiones, que la
fundamentan, que la originan; en caso de no encontrarlas tendremos que
concluir que esa idea no es verdadera, no corresponde a nada real.
Si una persona, confundida, piensa que su idea de
un unicornio, o de ángel, es una idea verdadera, real, debe de intentar
hallar la impresión que la originó. Si lo hace se dará cuenta de que
aunque tiene la impresión de caballo y de cuerno, de niño y de alas, no
tiene la impresión compuesta de caballo con
cuerno o de niño con alas, luego tanto el
unicornio, como el ángel, no son más que creaciones de la imaginación
sin fundamento real, ya que no hay impresión que sea origen de ellas.
Por tanto sólo podemos tener conocimiento legítimo de aquello que pueda
fundamentarse en la experiencia. Y así, las impresiones humanas, son el
límite del conocimiento humano, ya que de lo que no hay impresión no
habrá legítimamente conocimiento.


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Las críticas a la metafísica.
Pues bien, a partir de los elementos anteriormente definidos Hume inicia
una crítica sistemática de los conceptos que conformaban la metafísica
tradicional.
El procedimiento de crítica se basa en el criterio empirista de
conocimiento, y consiste en tomar la categoría metafísica a criticar y
mostrar cómo, en efecto, no existe ninguna impresión, o experiencia, de
ella, y que por tanto no es más que una invención de la imaginación
humana.
Respecto a la idea de sustancia Hume señala que no tenemos
ninguna impresión de ella, luego en realidad es una idea que ha
fabricado la imaginación a costa de unir, en una misma idea, las
impresiones que vemos en la experiencia que suelen ir juntas.
Por ejemplo, cuando vemos una rosa vemos un
conjunto de impresiones, como el color, el olor, etc., que suelen
presentarse juntas. Ahora bien no
existe una impresión de la sustancia rosa, es decir
no hay impresión de algo que sea el soporte de esas impresiones simples,
sólo la imaginamos debajo de estos accidentes.
La idea de sustancia no tiene su
origen en la experiencia sino en la imaginación. Cuando vemos un objeto,
lo que en realidad vemos, es un conjunto de impresiones
que unidas forman el objeto. El hecho de verlas continuamente unidas
hace que se forme en nuestra mente un hábito, debido a la costumbre que
tenemos de verlas juntas, a agrupar en la noción de sustancia esas
distintas impresiones percibidas, aunque por supuesto no existe una
impresión de la sustancia y por tanto ésta no es real.
La noción de yo, por su parte, es la idea de una sustancia
mental, al modo cartesiano, que sería la que tiene las percepciones, y
por tanto produce los distintos pensamientos los sentimientos etc.
Ahora bien, la existencia del yo como la de sustrato permanente de
nuestros actos psíquicos no parece justificable, porque de estarlo
tendríamos que tener una misma impresión, continua y permanente en el
sentido de que estemos siempre representándonosla en la conciencia, que
acompañara a todas nuestras otras percepciones. Pero no hay una
impresión de ese tipo, luego la existencia del yo no está justificada.
Hume señala que lo que se entiende por yo es algo
que debería estar en todos y cada uno de nuestros acto psíquicos, ya que
se supone que todos son míos. Ahora bien, no
existe una impresión que siempre esté acompañando a las demás
impresiones. Es posible que en un momento dado alguien piense en sí
mismo, pero a continuación deja de hacerlo y piensa, por ejemplo, en una
mesa, y al pensar en la mesa deja de pensar
en sí mismo, luego el sí mismo el yo, no es una representación que
exista siempre como corresponde a nuestra idea habitual del yo, como
mucho tendría una existencia intermitente, existiría cuando tengo
impresión de ella y sólo en ese momento.
La idea tradicional de yo es otra ficción producida por la imaginación.
En realidad no es que no exista el yo, piensa Hume, sino que el yo no es
una sustancia, más bien es el conjunto, o haz, de las representaciones,
de los distintos actos de conciencia, pero nada más.
Es decir, no existiría el yo como algo que tenga
percepciones, sino que el conjunto de percepciones sería el yo.
Descartes señalaba que si existe un
pensamiento debe existir un pensador, y por eso el
yo existía; pienso, luego existo. Pero Hume duda que sea así, ¿por qué
el hecho de que exista un pensamiento exige que exista un pensador?
¿Dónde está la contradicción en suponer que hay pensamientos pero no
pensadores?
Con la noción de universal ocurre lo
mismo. No existe ninguna impresión de los universales. Son una creación
de la imaginación que por asociación de semejanza distingue algún rasgo
o rasgos concretos de las impresiones, y crea una clase con los
elementos que tienen ese rasgo o rasgos concretos; y eso es el
universal, una creación por semejanza de la imaginación.
Por su parte, la idea de la existencia de un mundo exterior a
nosotros, sufre la misma suerte. Pensamos que tal mundo existe con
independencia de que estemos recibiendo, o no, las impresiones
correspondientes. Pero la propia idea de mundo exterior e independiente
de nuestras impresiones no puede, por definición, tener una impresión
correspondiente, luego no es más que un producto de nuestra imaginación.
No hay más mundo exterior que el que percibimos en impresiones, suponer
su existencia más allá de las impresiones recibidas no se puede
justificar en ninguna impresión, por tanto es ilegítimo. A la tesis que
mantiene que debemos atenernos estrictamente a nuestro mundo de
representaciones o fenómenos, sin suponer un mundo ulterior, se denomina
fenomenismo.
Hume no afirma que ese mundo no exista. Lo que
afirma es que no tenemos derecho a suponer que exista, y que, por tanto,
nuestra idea de que existe no es
más que un producto de la imaginación.
La idea de Dios es también
criticada por Hume. Dios tampoco es
objeto de nuestras impresiones, luego su existencia no está justificada.
Podríamos con todo preguntar
cuál es el origen de las impresiones que se dan en la
conciencia; es decir, de dónde proceden. Pero Hume manifiesta que ni se
sabe ni se puede saber, porque nuestras impresiones constituyen el
límite de lo que se puede o no se puede saber, y conocer que haya más
allá de nuestras impresiones es ir más allá de la posibilidad de nuestro
conocimiento.
Y de hecho, ¿por qué
tendría que haber algo que produzca las impresiones y no ser ellas
productos espontáneos que forman la realidad? Es decir,
¿por qué tiene que haber un origen para nuestras percepciones?
De todas las críticas que Hume realiza a la metafísica, fue aquella que
trata sobre la idea de causalidad, la que mayor repercusión e
importancia tuvo, sobre todo debido al alcance que tiene respecto a
nuestras concepciones de lo que significa conocer el mundo. Esto es
debido a que nuestro conocimiento del mundo físico parece asentarse en
esa noción; es por ello que conocemos que, dada una causa natural se
seguirá el efecto correspondiente, y conocer eso es, justamente, conocer
cómo funciona el mundo, y permite realizar predicciones.
Sabemos, apoyados en esa noción, que si la
temperatura del agua baja sobre cero grados, se helará; conocemos por
ella que si una bola de billar en
movimiento choca con otra la pondrá en marcha, que
debido a distintas leyes físicas el Sol saldrá mañana, etc.
Podríamos decir que la noción tradicional de causa indica un cierto
poder productor del efecto. Pero Hume indica que esta noción de
causa no tiene una impresión correspondiente. Lo que en la experiencia
podemos ver es que ocurre el primer acontecimiento y a continuación el
segundo, pero en modo alguno vemos que el primero produzca el
segundo, sólo vemos que el segundo ocurre después de que ocurra el
primero. Es decir, no vemos en la experiencia el poder productor del
acontecimiento primero o causa, sólo vemos la contigüidad temporal de
que cuando ocurre la causa, después, ocurre el efecto.
La causalidad entendida como poder productor es meramente el
sentimiento que tenemos de que si ocurre cierto acontecimiento
primero ocurrirá un segundo acontecimiento. Ese sentimiento se ha
producido en nosotros debido al hábito que tenemos de ver que
cuando ocurría el primero le seguía el segundo. Ese hábito producido por
la costumbre hace que se produzca en nosotros una asociación de
ideas entre el primero y el segundo. Y así, la imaginación, espera
anticipadamente el segundo acontecimiento al tener impresión del
primero. Por tanto la causalidad en el sentido tradicional no tiene una
impresión de sensación asociada, luego no está legitimada.
Lo que si estaría legitimado es la idea de una causalidad distinta que
en vez de fundamentarla en el poder productor, únicamente señalase la
contigüidad temporal que hasta el presente se da entre el primer hecho,
o causa, y el segundo, o efecto.
La repercusión de esto, para el ideal de un conocimiento del mundo, es
demoledora. Hasta el momento se consideraba que tener conocimiento era
tener certezas sobre el mundo, y que esas certezas sobre el mundo se
basaban en la noción de causa como elemento con poder para producir el
efecto, pero si causa sólo significa unión temporal, entonces, ¿cómo
podemos asegurar que aquellos acontecimientos que han estado unidos en
el pasado, relacionados como causa y efecto, lo seguirán estando en el
futuro?
Hasta el presente siempre ha ocurrido que cuando se
enfriaba el agua por debajo de los cero grados ésta se congelaba, pero
si el primer acontecimiento no tiene el
poder de producir el segundo, si sólo tenemos que, hasta ahora, nos
hemos limitado a observar que han ido juntos en una secuencia temporal,
entonces ¿cómo saber que va a seguir ocurriendo en el futuro?
Pasar de lo que ha ocurrido en el pasado a inferir lo que ocurrirá en el
futuro es el problema de cómo justificar el valor del razonamiento
inductivo.
Sin embargo, y desde que Hume lo planteó, no ha habido una respuesta
satisfactoria. Y así, desde Hume, el conocimiento de la naturaleza deja
de considerarse conocimiento de certezas para considerase creencias;
aunque creencias más o menos racionalmente justificadas.

-
Tipos de conocimiento.
Hume va a entender como legítimos únicamente dos tipos de conocimientos,
al primero lo denomina relaciones de ideas, y se basa en la
relación de significado que las ideas tienen entre sí, de manera que
podemos establecer con completa seguridad si esa relación es verdadera a
través de la deducción.
Por ejemplo, la idea de todo conlleva ser
mayor que la de parte. Y así, podemos
establecer que la proposición que dice que “el todo es mayor que la
parte” es verdadera. Y lo hacemos con independencia de que existan en el
mundo “todos” y “partes”, ya que la proposición sólo
establece una relación entre el significado de las palabras, con
independencia de la existencia de las cosas.
Si alguien afirma que “todo
hijo tailandés tiene padre”, no afirma que
existan hijos tailandeses, que podrían no existir, sino que de existir
un hijo tailandés éste, por definición de hijo, tiene que tener padre.
El campo de las relaciones de ideas son la matemática y la lógica. Entre
sus características destacan que por basarse en el Principio de No
Contradicción suministra únicamente proposiciones que son necesariamente
verdaderas. Sin embargo no sirve para conocer la existencia o
inexistencia de ninguna entidad del mundo; ya que lo que existe en el
mundo no es contradictorio que no existiera, e igualmente cualquier cosa
que no se contradiga en sí misma, como un padre sin hijos, no es
contradictorio que exista.
El segundo tipo de conocimientos es el que se refiere a las
cuestiones de hecho, y su campo es el conocimiento que se obtiene
por experiencia.
Las cuestiones de hecho no son conocimientos necesarios; y por tanto no
es contradictorio que lo que de hecho ocurre no ocurriera, o que lo que
de hecho no ocurre ocurriese; con todo, la fuente para conocer las
cuestiones de hecho es la experiencia.


- La moral.
La moralidad se basa, según Hume, en impresiones de
reflexión, es decir en sentimientos.
La alternativa a esta concepción, que Hume intenta rebatir,
sería que la moralidad se basase en la razón. Pero no es la
razón la que indica que algo sea bueno o malo. Si fuera así
podría señalarse qué cosa fuera moral o inmoral, es decir,
qué propiedad física hace inmoral, o moral, el acto. Sin
embargo no hay tal propiedad. La moralidad del acto ocurre
cuando reflexionamos sobre él y sentimos aprobación o
desaprobación.
Imaginemos un asesinato con arma
blanca, e imaginemos una descripción exacta del hecho.
Podríamos describir todos los actos que ocurrieron, todas
las cosas que físicamente sucedieron, pero ¿podríamos
señalar qué cosa física es el mal? El mal no sería, piensa
Hume, más que la desaprobación
que sentimos cuando lo observamos; por tanto, quien nos
indica que el acto es malo no es la razón, sino el
sentimiento.
En el mundo físico no existe la propiedad moral sino que
ésta es un sentimiento, por eso no se pueden deducir cuales
sean nuestros deberes a partir de premisas que establezcan
sólo hechos físicos. En otras palabras, no es posible
deducir de premisas que tienen como cópula el verbo "ser"
(hechos del mundo) proposiciones que tengan como cópula la
expresión "deber" (deberes morales); cuando tal deducción se
realiza se incurre en la llamada falacia naturalista.
Por ejemplo, supongamos que nos dicen
que debemos obediencia a nuestros padres, o a Dios, que,
supongamos, es el nuestro creador. Hume
señalaría que del hecho de que nuestros padres o Dios nos
hayan creado no se puede seguir, por cuestiones lógicas, que
tengamos el deber moral de obedecerles. Una cosa es el
dominio de los hechos, de lo que es y pasa, y otra distinta
el dominio del deber ser moral; y de ningún hecho cabe
deducir un derecho.
Los fines últimos de las personas no se establecen a través
de la razón. Más bien ocurre que una vez que se decide a
través del sentimiento cuales son los fines, ya sean estos
morales o inmorales, la razón establece los mejores medios
para conseguirlos.
El papel de la razón es secundario, y consiste en ser una
esclava de las pasiones, ya sean estas morales o inmorales.
Sólo sirve para elegir medios, pero los fines son cosa de
los sentimientos.
Con todo la pasión puede decirnos que
fines intermedios se deben conseguir para obtener el fin
último, pero éste último fin son los sentimientos y
las pasiones
quienes lo ponen.
Una vez establecida la verdadera relación que existe entre
la razón y las pasiones en lo que respecta a la moral, se
trata de establecer, dentro de los posibles fines que impone
el sentimiento, cuáles tienen la etiqueta de fines morales.
Hume considera que etiquetamos como moral una acción, un
carácter, una cualidad del carácter, o cualquier otra cosa,
cuando ante la percepción de ese objeto se produce en
nosotros un determinado sentimiento agradable de aprobación;
si el sentimiento que produce es desagradable y de
desaprobación entonces se califica al objeto como inmoral.
Para determinar exactamente qué cosas producen el
sentimiento de aprobación o el de desaprobación, basta con
examinar a qué cosas llamamos buenas o virtuosas y a cuales
malas o viciosas.
Tras esa observación Hume constata que denominamos bueno a
aquello que tiende a promover el máximo de felicidad para el
mayor número de personas.
A partir de ahí establece el principio de utilidad,
que justamente afirma que bueno y virtuoso es lo que tiende
a promover la mayor felicidad al mayor número de personas. Y
así, una acción, un carácter, una persona, etc., será buena
si es útil para promover ese fin.
Hay que hacer notar que sentimos que algo es bueno aunque
nosotros no seamos los beneficiarios de esa acción, y en ese
sentido, dice Hume, las personas somos depositarios de un
sentimiento, que él denomina de simpatía universal, que hace
que nos alegremos con lo que hace feliz a los demás y nos
entristezcamos con lo que les hace desgraciados
Ahora bien, ¿cuál es la razón de que aquello que tiende a
promover la felicidad para el mayor número de personas vaya
acompañado de ese sentimiento de agrado o desagrado con que
calificamos a las cosas de morales o inmorales? Es decir,
¿de dónde procede ese sentimiento de simpatía?
Hume lo explica a partir de las leyes de asociación de
ideas. Cuando observamos un acto, una persona, o una
situación, que va a producir un beneficio a alguien,
asociamos, por la ley asociativa de causa y efecto, la
persona, acto o situación, con el beneficio que a través
suyo se obtiene. Al asociar ese acto, persona o suceso con
el beneficio, basta con que nos lo representemos para que, a
continuación, se nos venga a la mente el beneficio que ese
ser produce, y eso justamente es lo que nos hace placentero
ese ser o suceso, que lo hemos asociado al beneficio y por
eso lo llamamos bueno. La simpatía que siento no es más que
el efecto de asociar la persona o hecho a sus resultados
agradables o desagradables.
Y así, una persona egoísta me es
desagradable porque ante ella anticipo, por asociación de
ideas, los efectos desagradables que produce su egoísmo. En
cambio, una persona generosa, aunque nunca vaya a
beneficiarme a mi, porque por ejemplo sea un griego del
siglo V, me hace anticipar,
por asociación de ideas y de
forma automática, los efectos placenteros que ese rasgo de
generosidad produce en las personas que le rodean.
La simpatía no sólo se refiere a
situaciones que producen sentimientos benéficos. Si veo
instrumentos de tortura se produce la asociación de
causa y efecto y mi
imaginación, al representarse el efecto
de esos instrumentos -el dolor- anticipa en mí un
sentimiento de desagrado, incluso aunque yo no sienta dolor,
ni piense que vaya a ser torturado.
Es ese sentimiento de agrado o sentimiento moral, que
se produce por esta característica de asociar hechos a
sentimientos, al que propiamente llamamos simpatía y
el que me hace juzgar a esa persona y a ese rasgo de
carácter como virtuoso.
Además de la simpatía también tenemos una propensión innata
a la aparición de sentimientos egoístas. Sin embargo, juzga
Hume, a no ser que el carácter humano se pervierta por el
miedo y el resentimiento, los sentimientos de benevolencia
natural son más poderosos que los egoístas.
Ahora bien, si todos los humanos nacemos con esa capacidad
de sentimiento moral de simpatía entonces ¿por qué las
normas de justicia no son iguales en las diferentes épocas y
naciones?
Hume dirá que la justicia es una virtud artificial de manera
que dependiendo de las distintas circunstancias en que se
vive, ya sean históricas sociales o geográficas, las normas
jurídicas, es decir, lo que hay que hacer para promover esa
felicidad en la sociedad, puede variar de una forma radical.
Las normas y acciones morales y de justicia tienen como
finalidad producir la felicidad, y este debe ser el criterio
para establecerlas, mantenerlas y hacer que se cumplan.
Sin embargo hay dos maneras de entender este criterio. Para
el denominado utilitarismo del acto la acción moral
sería aquella que produce de modo directo la mayor felicidad
al mayor número de personas. Pero para el utilitarismo de
la regla la acción moral sería aquella que de deduce de
una regla que es la que mayor felicidad produce al mayor
número de personas, pudiendo ocurrir que, en circunstancias
concretas, el acto que mayor felicidad produciría de modo
directo en esa circunstancia concreta no sea el mismo acto
que se deduciría de la regla que, si se aplica en esa clase
de circunstancias, mayor felicidad produciría al mayor
número de personas.
Por ejemplo, un alumno podría
manifestar a un profesor que, aunque suspendió el último
examen del curso, debería aprobarle bajo la
condición de que él será discreto, ya
que hacer eso produciría mayor saldo de felicidad para todos
que la acción contraria de suspenderle; en
esta circunstancia el alumno estaría decantándose por el
utilitarismo del acto. Sin embargo, el profesor, podría
indicar que, aun siendo cierto lo que dice el alumno, si ese
comportamiento se generalizase, se obtendría un perjuicio
social, ya que las personas dejarían de confiar en el
sistema educativo, luego siendo la regla la que debe ser
juzgada como benéfica o perjudicial, y no el acto en
concreto, ocurre que el alumno debe ser suspendido. Y en
esta circunstancia el profesor estaría expresando su
preferencia por el utilitarismo de la regla.
Hume se manifestará partidario del utilitarismo de la regla.


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