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Hume

 

 

 

 

  

 

1.     El empirismo.

2.     La teoría del conocimiento: los elementos.

3.     Las criticas a la metafísica.

4.     Tipos de conocimiento.

5.     La moral.

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  1. El empirismo.

El empirismo es una filosofía opuesta al racionalismo. Ambas filosofías mantienen una preocupación por el origen de nuestras ideas y por la validez de nuestros conocimientos, pero mientras el racionalismo fundamenta los principios del conocimiento en las ideas innatas que la razón suministra, el empirismo se basará en la experiencia y afirmará que todos nuestros conceptos proceden de esta, en este sentido nuestra mente sería como un papel en blanco, una tabula rasa donde la experiencia escribe.

Filósofos empiristas son Berkeley (1685-1753), Locke (1632- 1704) y David Hume (1711-1766).

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  1. La teoría del conocimiento: los elementos.

Hume llama percepciones al conjunto de los distintos actos de con­ciencia que la mente realiza; es decir, a lo que Descartes denominaba pensamientos o cogitaciones.

Las percepciones se dividen en impresiones e ideas.

Las impresiones se refieren a la experiencia presente y actual. Lo que caracteriza esa experiencia es que se dan en la conciencia con fuerza y vivacidad. Las impresiones pueden ser de sensación, que son aquellas que aparentan proceder de la experiencia sensible externa, y de reflexión, que parecen proceder de la intuición interna, y se refiere a las pasiones y voliciones de la persona.

Las ideas, por su parte, son imágenes –en tanto que proceden de la imaginación y la memoria- que copian las impresiones originalmente obtenidas y que, sin esa fuerza y vivacidad de las impresiones –de forma debilitada- reaparecen en nuestra conciencia gracias a la imaginación y a la memo­ria; son por tanto copias de las impresiones.

La imaginación tiene libertad para alterar o trastocar las ideas, bien cambiando el orden natural en que éstas originalmente se dieron, o mezclando distintas impresiones. La memoria, en cambio, presenta las ideas en el mismo orden en el que sus impresiones respectivas se dieron en la conciencia.

Por ejemplo, la idea de un caballo virtuoso está formada por la imaginación a partir de mezclar la idea de caballo y la de virtud. Ambas ideas, caballo y virtud, son ideas de las que previamente se ha tenido impresión, sólo que la imaginación no las reproduce en el contexto y momento en que se dieron, como sí haría la memoria, sino que las mezcla, produciendo una nueva idea que, aunque formada a partir de impresiones antiguas, no es copia de ninguna impresión directa.

Bajo otra consideración también divide las percepciones en simples y complejas. Una percep­ción será simple si no admite separación en otras percep­ciones, y compleja en otro caso.

Por ejemplo la percepción de manzana, ya sea impresión o idea, puede descom­ponerse en el olor, sabor, color, etc. En cambio la impresión de color rojo, o de sabor dulce, no parece que pueda descomponerse en impresiones simples, ellas mismas son impresiones simples.

Dado lo anterior Hume indica el principio empirista de que todas nuestras ideas simples se derivan de impresiones simples a las que copian perfectamen­te. Como las ideas complejas que fabrica la imaginación proceden de ideas simples que a su vez, y según el principio que se acaba de afirmar, se basan en impresiones simples que la imaginación combina libremente, ocurre que, en última instancia, todas nuestra ideas, simples o complejas, proceden de la experiencia.

De hecho, en ese principio, Hume sólo expresa su empirismo. Todo nuestro conocimiento se  hace con ideas. Y todas las ideas, a su vez, proceden de impresiones que tienen su origen en la experiencia; luego todo nuestro conocimiento se origina en la experiencia.

A la hora de representarse ideas en la consciencia la imaginación humana actúa de acuerdo a una serie de leyes de asociación de ideas, que son las que hacen que tras representarnos una idea nos representemos otra en concreto, pero no cualquiera.

Si analizamos como nuestra imaginación funciona podemos observar que hace discurrir imágenes -por ejemplo imaginamos el verano pasado y a continuación el calor que hizo, y a continuación la piscina en la que estuvimos…- con un cierto orden. Ese orden es expresión de un conjunto de leyes que asocian un tipo de imágenes con otras. Lo que no hace nuestra imaginación es representarnos las imágenes de forma caótica, por ejemplo una rata, una lámpara, una impresora..., si no hay un nexo entre ellas.

Según Hume existen tres leyes de asociación de ideas, que son las de  semejanza, conti­güidad tanto espacial como temporal, y causa y efecto.

Por semejanza ocurre que ideas semejantes tienden a reproducirse conjuntamente; por ejemplo, si pienso en un amigo puedo pasar a pensar en otro amigo. Por contigüidad ocurre que las ideas que se obtuvieron por impresiones percibidas seguidas en el tiempo, o en el espacio, tienen a reproducirse juntas; por ejemplo, si me represento una plaza a continuación puedo representarme un comercio que esté en esa misma plaza; o si pienso en un acontecimiento ocurrido en el verano puedo pensar en otro también ocurrido en el mismo verano. Y por último, si escucho la voz de una persona conocida detrás de la puerta fácilmente mi imaginación puede representarse la imagen de esa persona conocida por la voz, y se asocian porque una es causa de la otra.

Ahora bien, puede fácilmente ocurrir que a la hora de adquirir conocimientos nuestra imaginación nos confunda, de manera que consideremos que cierta idea, aun siendo fruto exclusivo de la imaginación, la creamos objeto real de experiencia.

Para preservarnos de ese error, que por otro lado Hume cree muy común en metafísica, éste ofrece un criterio, conocido como criterio empirista del conocimiento, con el cuál podemos decidir acerca de la verdad de las ideas que nos representamos. El criterio afirma que para saber si una idea es verdadera, es decir, para saber que no es una construcción de la imaginación, debemos encontrar la impresión, o impresiones, que la fundamentan, que la originan; en caso de no encontrarlas tendremos que concluir que esa idea no es verdadera, no corresponde a nada real.

Si una persona, confundida, piensa que su idea de un unicornio, o de ángel, es una idea verdadera, real, debe de intentar hallar la impresión que la originó. Si lo hace se dará cuenta de que aunque tiene la impresión de caballo y de cuerno, de niño y de alas, no tiene la impresión compuesta de caballo con cuerno o de niño con alas, luego tanto el unicornio, como el ángel, no son más que creaciones de la imaginación sin fundamento real, ya que no hay impresión que sea origen de ellas.

Por tanto sólo podemos tener conocimiento legítimo de aquello que pueda fundamentarse en la experiencia. Y así, las impresiones humanas, son el límite del conocimiento humano, ya que de lo que no hay impresión no habrá legítimamente conocimiento.

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  1. Las críticas a la metafísica.

Pues bien, a partir de los elementos anteriormente definidos Hume inicia una crítica sistemática de los conceptos que conformaban la metafísica tradicional.

El procedimiento de crítica se basa en el criterio empirista de conocimiento, y consiste en tomar la categoría metafísica a criticar y mostrar cómo, en efecto, no existe ninguna impresión, o experiencia, de ella, y que por tanto no es más que una invención de la imaginación humana.

Respecto a la idea de sustancia Hume señala que no tenemos ninguna impresión de ella, luego en realidad es una idea que ha fabricado la imaginación a costa de unir, en una misma idea, las impresiones que vemos en la experiencia que suelen ir juntas.

Por ejemplo, cuando vemos una rosa vemos un conjunto de impresiones, como el color, el olor, etc., que suelen presentarse juntas. Ahora bien no existe una impresión de la sustancia rosa, es decir no hay impresión de algo que sea el soporte de esas impresiones simples, sólo la imaginamos debajo de estos accidentes.

La idea de sustancia no tiene su origen en la experiencia sino en la imaginación. Cuando vemos un objeto, lo que en realidad vemos, es un conjunto de impresiones que unidas forman el objeto. El hecho de verlas continuamente unidas hace que se forme en nuestra mente un hábito, debido a la costumbre que tenemos de verlas juntas, a agrupar en la noción de sustancia esas distintas impresiones percibidas, aunque por supuesto no existe una impresión de la sustancia y por tanto ésta no es real.

La noción de yo, por su parte, es la idea de una sustancia mental, al modo cartesiano, que sería la que tiene las percepciones, y por tanto produce los distintos pensamientos los sentimientos etc.

Ahora bien, la existencia del yo como la de sustrato permanente de nuestros actos psíquicos no parece justificable, porque de estarlo tendríamos que tener una misma impresión, continua y permanente en el sentido de que estemos siempre representándonosla en la conciencia, que acompañara a todas nuestras otras percepciones. Pero no hay una impresión de ese tipo, luego la existencia del yo no está justificada.

Hume señala que lo que se entiende por yo es algo que debería estar en todos y cada uno de nuestros acto psíquicos, ya que se supone que todos son míos. Ahora bien, no existe una impresión que siempre esté acompañando a las demás impresiones. Es posible que en un momento dado alguien piense en sí mismo, pero a continuación deja de hacerlo y piensa, por ejemplo, en una mesa, y al pensar en la mesa deja de pensar en sí mismo, luego el sí mismo el yo, no es una representación que exista siempre como corresponde a nuestra idea habitual del yo, como mucho tendría una existencia intermitente, existiría cuando tengo impresión de ella y sólo en ese momento.

La idea tradicional de yo es otra ficción producida por la imaginación. En realidad no es que no exista el yo, piensa Hume, sino que el yo no es una sustancia, más bien es el conjunto, o haz, de las representaciones, de los distintos actos de conciencia, pero nada más.

Es decir, no existiría el yo como algo que tenga percepciones, sino que el conjunto de percepciones sería el yo. Descartes señalaba que si existe un pensamiento debe existir un pensador, y por eso el yo existía; pienso, luego existo. Pero Hume duda que sea así, ¿por qué el hecho de que exista un pensamiento exige que exista un pensador? ¿Dónde está la contradicción en suponer que hay pensamientos pero no pensadores?

Con la noción de universal ocurre lo mismo. No existe ninguna impresión de los universales. Son una creación de la imaginación que por asociación de semejanza distingue algún rasgo o rasgos concretos de las impresiones, y crea una clase con los elemen­tos que tienen ese rasgo o rasgos concretos; y eso es el universal, una creación por semejanza de la imaginación.

Por su parte, la idea de la existencia de un mundo exterior a nosotros, sufre la misma suerte. Pensamos que tal mundo existe con independencia de que estemos recibiendo,  o no, las impresiones correspondientes. Pero la propia idea de mundo exterior e independiente de nuestras impresiones no puede, por definición, tener una impresión correspondiente, luego no es más que un producto de nuestra imaginación.

No hay más mundo exterior que el que percibimos en impresiones, suponer su existencia más allá de las impresiones recibidas no se puede justificar en ninguna impresión, por tanto es ilegítimo. A la tesis que mantiene que debemos atenernos estrictamente a nuestro mundo de representaciones o fenómenos, sin suponer un mundo ulterior, se denomina fenomenismo.

Hume no afirma que ese mundo no exista. Lo que afirma es que no tenemos derecho a suponer que exista, y que, por tanto, nuestra idea de que existe no es más que un producto de la imaginación.

La idea de Dios es también criticada por Hume. Dios tampoco es objeto de nuestras impresiones, luego su existencia no está justificada.

Podríamos con todo preguntar cuál es el origen de las impresiones que se dan en la conciencia; es decir, de dónde proceden. Pero Hume manifiesta que ni se sabe ni se puede saber, porque nuestras impresiones constituyen el límite de lo que se puede o no se puede saber, y conocer que haya más allá de nuestras impresiones es ir más allá de la posibilidad de nuestro conocimiento.

Y de hecho, ¿por qué tendría que haber algo que produzca las impresiones y no ser ellas productos espontáneos que forman la realidad? Es decir, ¿por qué tiene que haber un origen para nuestras percepciones?

De todas las críticas que Hume realiza a la metafísica, fue aquella que trata sobre la idea de causalidad, la que mayor repercusión e importancia tuvo, sobre todo debido al alcance que tiene respecto a nuestras concepciones de lo que significa conocer el mundo. Esto es debido a que nuestro conocimiento del mundo físico parece asentarse en esa noción; es por ello que conocemos que, dada una causa natural se seguirá el efecto correspondiente, y conocer eso es, justamente, conocer cómo funciona el mundo, y permite realizar predicciones.

Sabemos, apoyados en esa noción, que si la temperatura del agua baja sobre cero grados, se helará; conocemos por ella que si una bola de billar en movimiento choca con otra la pondrá en marcha, que debido a distintas leyes físicas el Sol saldrá mañana, etc.

Podríamos decir que la noción tradicional de causa indica un cierto poder productor del efecto. Pero Hume indica que esta noción de causa no tiene una impresión correspondiente. Lo que en la experiencia podemos ver es que ocurre el primer acontecimiento y a continuación el segundo, pero en modo alguno vemos que el primero produzca el segundo, sólo vemos que el segundo ocurre después de que ocurra el primero. Es decir, no vemos en la experiencia el poder productor del acontecimiento primero o causa, sólo vemos la contigüidad temporal de que cuando ocurre la causa, después, ocurre el efecto.

La causalidad entendida como poder productor es meramente el sentimiento que tenemos de que si ocurre cierto acontecimiento primero ocurrirá un segundo acontecimiento. Ese sentimiento se ha producido en nosotros debido al hábito que tenemos de ver que cuando ocurría el primero le seguía el segundo. Ese hábito producido por la costumbre hace que se produzca en nosotros una asociación de ideas entre el primero y el segundo. Y así, la imaginación, espera anticipadamente el segundo acontecimiento al tener impresión del primero. Por tanto la causalidad en el sentido tradicional no tiene una impresión de sensación asociada, luego no está legitimada.

Lo que si estaría legitimado es la idea de una causalidad distinta que en vez de fundamentarla en el poder productor, únicamente señalase la contigüidad temporal que hasta el presente se da entre el primer hecho, o causa, y el segundo, o efecto.

La repercusión de esto, para el ideal de un conocimiento del mundo, es demoledora. Hasta el momento se consideraba que tener conocimiento era tener certezas sobre el mundo, y que esas certezas sobre el mundo se basaban en la noción de causa como elemento con poder para producir el efecto, pero si causa sólo significa unión temporal, entonces, ¿cómo podemos asegurar que aquellos acontecimientos que han estado unidos en el pasado, relacionados como causa y efecto, lo seguirán estando en el futuro?

Hasta el presente siempre ha ocurrido que cuando se enfriaba el agua por debajo de los cero grados ésta se congelaba, pero si el primer acontecimiento no tiene el poder de producir el segundo, si sólo tenemos que, hasta ahora, nos hemos limitado a observar que han ido juntos en una secuencia temporal, entonces ¿cómo saber que va a seguir ocurriendo en el futuro?

Pasar de lo que ha ocurrido en el pasado a inferir lo que ocurrirá en el futuro es el problema de cómo justificar el valor del razonamiento inductivo.

Sin embargo, y desde que Hume lo planteó, no ha habido una respuesta satisfactoria. Y así, desde Hume, el conocimiento de la naturaleza deja de considerarse conocimiento de certezas para considerase creencias; aunque creencias más o menos racionalmente justificadas.

  1. Tipos de conocimiento.

Hume va a entender como legítimos únicamente dos tipos de conocimientos, al primero lo denomina relaciones de ideas, y se basa en la relación de significado que las ideas tienen entre sí, de manera que podemos establecer con completa seguridad si esa relación es verdadera a través de la deducción.

Por ejemplo, la idea de todo conlleva ser mayor que la de parte. Y así, podemos establecer que la proposición que dice que “el todo es mayor que la parte” es verdadera. Y lo hacemos con independencia de que existan en el mundo “todos” y “partes”, ya que la proposición sólo establece una relación entre el significado de las palabras, con independencia de la existencia de las cosas.

Si alguien afirma que “todo hijo tailandés tiene padre”, no afirma que existan hijos tailandeses, que podrían no existir, sino que de existir un hijo tailandés éste, por definición de hijo, tiene que tener padre.

El campo de las relaciones de ideas son la matemática y la lógica. Entre sus características destacan que por basarse en el Principio de No Contradicción suministra únicamente proposiciones que son necesariamente verdaderas. Sin embargo no sirve para conocer la existencia o inexistencia de ninguna entidad del mundo; ya que lo que existe en el mundo no es contradictorio que no existiera, e igualmente cualquier cosa que no se contradiga en sí misma, como un padre sin hijos, no es contradictorio que exista.

El segundo tipo de conocimientos es el que se refiere a las cuestiones de hecho, y su campo es el conocimiento que se obtiene por experiencia.

Las cuestiones de hecho no son conocimientos necesarios; y por tanto no es contradictorio que lo que de hecho ocurre no ocurriera, o que lo que de hecho no ocurre ocurriese; con todo, la fuente para conocer las cues­tiones de hecho es la experiencia.

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  1. La moral.

La moralidad se basa, según Hume, en impresiones de reflexión, es decir en sentimientos.

La alternativa a esta concepción, que Hume intenta rebatir, sería que la moralidad se basase en la razón. Pero no es la razón la que indica que algo sea bueno o malo. Si fuera así podría señalarse qué cosa fuera moral o inmoral, es decir, qué propiedad física hace inmoral, o moral, el acto. Sin embargo no hay tal propiedad. La moralidad del acto ocurre cuando reflexionamos sobre él y sentimos aprobación o desaprobación.

Imaginemos un asesinato con arma blanca, e imaginemos una descripción exacta del hecho. Podríamos describir todos los actos que ocurrieron, todas las cosas que físicamente sucedieron, pero ¿podríamos señalar qué cosa física es el mal? El mal no sería, piensa Hume, más que la desaprobación que sentimos cuando lo observamos; por tanto, quien nos indica que el acto es malo no es la razón, sino el sentimiento.

En el mundo físico no existe la propiedad moral sino que ésta es un sentimiento, por eso no se pueden deducir cuales sean nuestros deberes a partir de premisas que establezcan sólo hechos físicos. En otras palabras, no es posible deducir de premisas que tienen como cópula el verbo "ser" (hechos del mundo) proposiciones que tengan como cópula la expresión "deber" (deberes morales); cuando tal deducción se realiza se incurre en la llamada falacia naturalista.

Por ejemplo, supongamos que nos dicen que debemos obediencia a nuestros padres, o a Dios, que, supongamos, es el nuestro creador. Hume señalaría que del hecho de que nuestros padres o Dios nos hayan creado no se puede seguir, por cuestiones lógicas, que tengamos el deber moral de obedecerles. Una cosa es el dominio de los hechos, de lo que es y pasa, y otra distinta el dominio del deber ser moral; y de ningún hecho cabe deducir un derecho.

Los fines últimos de las personas no se establecen a través de la razón. Más bien ocurre que una vez que se decide a través del sentimiento cuales son los fines, ya sean estos morales o inmorales, la razón establece los mejores medios para conseguirlos.

El papel de la razón es secundario, y consiste en ser una esclava de las pasiones, ya sean estas morales o inmorales. Sólo sirve para elegir medios, pero los fines son cosa de los sentimientos.

Con todo la pasión puede decirnos que fines intermedios se deben conseguir para obtener el fin último, pero éste último fin son los sentimientos y las pasiones quienes lo ponen.

Una vez establecida la verdadera relación que existe entre la razón y las pasiones en lo que respecta a la moral, se trata de establecer, dentro de los posibles fines que impone el sentimiento, cuáles tienen la etiqueta de fines morales.

Hume considera que etiquetamos como moral una acción, un carácter, una cualidad del carácter, o cualquier otra cosa, cuando ante la percepción de ese objeto se produce en nosotros un determinado sentimiento agradable de aprobación; si el sentimiento que produce es desagradable y de desaprobación entonces se califica al objeto como inmoral.

Para determinar exactamente qué cosas producen el sentimiento de aprobación o el de desaprobación, basta con examinar a qué cosas llamamos buenas o virtuosas y a cuales malas o viciosas.

Tras esa observación Hume constata que denominamos bueno a aquello que tiende a promover el máximo de felicidad para el mayor número de personas.

A partir de ahí establece el principio de utilidad, que justamente afirma que bueno y virtuoso es lo que tiende a promover la mayor felicidad al mayor número de personas. Y así, una acción, un carácter, una persona, etc., será buena si es útil para promover ese fin.

Hay que hacer notar que sentimos que algo es bueno aunque nosotros no seamos los beneficiarios de esa acción, y en ese sentido, dice Hume, las personas somos depositarios de un sentimiento, que él denomina de simpatía universal, que hace que nos alegremos con lo que hace feliz a los demás y nos entristezcamos con lo que les hace desgraciados

Ahora bien, ¿cuál es la razón de que aquello que tiende a promover la felicidad para el mayor número de personas vaya acompañado de ese sentimiento de agrado o desagrado con que calificamos a las cosas de morales o inmorales? Es decir, ¿de dónde procede ese sentimiento de simpatía?

Hume lo explica a partir de las leyes de asociación de ideas. Cuando observamos un acto, una persona, o una situación, que va a producir un beneficio a alguien, asociamos, por la ley asociativa de causa y efecto, la persona, acto o situación, con el beneficio que a través suyo se obtiene. Al asociar ese acto, persona o suceso con el beneficio, basta con que nos lo representemos para que, a continuación, se nos venga a la mente el beneficio que ese ser produce, y eso justamente es lo que nos hace placentero ese ser o suceso, que lo hemos asociado al beneficio y por eso lo llamamos bueno. La simpatía que siento no es más que el efecto de asociar la persona o hecho a sus resultados agradables o desagradables.

Y así, una persona egoísta me es desagradable porque ante ella anticipo, por asociación de ideas, los efectos desagradables que produce su egoísmo. En cambio, una persona generosa, aunque nunca vaya a beneficiarme a mi, porque por ejemplo sea un griego del siglo V, me hace anticipar, por asociación de ideas y de forma automática, los efectos placenteros que ese rasgo de generosidad produce en las personas que le rodean.

La simpatía no sólo se refiere a situaciones que producen sentimientos benéficos. Si veo instrumentos de tortura se produce la asociación de causa y efecto y mi imaginación, al representarse el efecto de esos instrumentos -el dolor- anticipa en mí un sentimiento de desagrado, incluso aunque yo no sienta dolor, ni piense que vaya a ser torturado.

Es ese sentimiento de agrado o sentimiento moral, que se produce por esta característica de asociar hechos a sentimientos, al que propiamente llamamos simpatía y el que me hace juzgar a esa persona y a ese rasgo de carácter como virtuoso.

Además de la simpatía también tenemos una propensión innata a la aparición de sentimientos egoístas. Sin embargo, juzga Hume, a no ser que el carácter humano se pervierta por el miedo y el resentimiento, los sentimientos de benevolencia natural son más poderosos que los egoístas.

Ahora bien, si todos los humanos nacemos con esa capacidad de sentimiento moral de simpatía entonces ¿por qué las normas de justicia no son iguales en las diferentes épocas y naciones?

Hume dirá que la justicia es una virtud artificial de manera que dependiendo de las distintas circunstancias en que se vive, ya sean históricas sociales o geográficas, las normas jurídicas, es decir, lo que hay que hacer para promover esa felicidad en la sociedad, puede variar de una forma radical.

Las normas y acciones morales y de justicia tienen como finalidad producir la felicidad, y este debe ser el criterio para establecerlas, mantenerlas y hacer que se cumplan.

Sin embargo hay dos maneras de entender este criterio. Para el denominado utilitarismo del acto la acción moral sería aquella que produce de modo directo la mayor felicidad al mayor número de personas. Pero para el utilitarismo de la regla la acción moral sería aquella que de deduce de una regla que es la que mayor felicidad produce al mayor número de personas, pudiendo ocurrir que, en circunstancias concretas, el acto que mayor felicidad produciría de modo directo en esa circunstancia concreta no sea el mismo acto que se deduciría de la regla que, si se aplica en esa clase de circunstancias, mayor felicidad produciría al mayor número de personas.

Por ejemplo, un alumno podría manifestar a un profesor que, aunque suspendió el último examen del curso, debería aprobarle bajo la condición de que él será discreto, ya que hacer eso produciría mayor saldo de felicidad para todos que la acción contraria de suspenderle; en esta circunstancia el alumno estaría decantándose por el utilitarismo del acto. Sin embargo, el profesor, podría indicar que, aun siendo cierto lo que dice el alumno, si ese comportamiento se generalizase, se obtendría un perjuicio social, ya que las personas dejarían de confiar en el sistema educativo, luego siendo la regla la que debe ser juzgada como benéfica o perjudicial, y no el acto en concreto, ocurre que el alumno debe ser suspendido. Y en esta circunstancia el profesor estaría expresando su preferencia por el utilitarismo de la regla.

Hume se manifestará partidario del utilitarismo de la regla.

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Esta página se actualizó por última vez el 16/11/2008