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Filosofía helenística

 

 

1.     El periodo histórico (desde el 323 hasta el 31 a. d. C.).

2.     La estructura dinámica del mundo.

3.     La escuela estoica.

Presocráticos
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Sofistas
Sócrates
Platón
Aristóteles
Filosofía helenística
Filosofía cristiana
Tomás de Aquino
Guillermo de Ockam
Descartes
Hume
Kant
Marx
Nietzsche
  1. El periodo histórico (desde el 323 hasta el 31 a. d. C.).

Después de Aristóteles se inicia un nuevo periodo histórico denominado helenismo, al que acompaña un cambio de rumbo en la filosofía.

El helenismo transcurre desde la muerte de Alejandro, en el 323, hasta la batalla de Leucopetra, en el 146 a. de C. Pero esta fecha suele extenderse hasta la batalla de Actium, en el 31, por la que Augusto conquista Alejandría, pasando Roma a ser la capital política y cultural de Occidente.

Los acontecimientos políticos que van a producir el nuevo periodo histórico se inician con las conquistas de Alejandro Magno.

Alejandro conquista toda Grecia y extiende su poder por Egipto y Oriente. Su propósito es formar un vasto imperio en el que habrían de estar en igualdad griegos y bárbaros.

Algo que Aristóteles, preceptor de Alejandro, consideraba absurdo.

A la par de sus conquistas va extendiendo la cultura griega por los pueblos que somete. Es la expansión de la cultura griega la que, en contacto con las nuevas culturas asimiladas, produce lo heleno.

Alejandro muere pronto (323) dejando como sucesor “al mejor”. Eso provocó que sus generales se repartieran el Imperio, y se embarcaran en campañas militares unos contra otros, que llegarían a implicar incluso a sus sucesores, los denominados epígonos.

Esta época de continua luchas internas que sufre Grecia la debilita, hasta el punto de terminar siendo absorbida en el naciente imperio romano como una provincia más.

Las repercusiones sociales de estos acontecimientos son varias. En principio desaparece la polis tradicional, que había inspirado los ideales políticos de los sofistas, de Platón y de Aristóteles, siendo sustituida por tiranías, o monarquías, helénicas gobernadas inicialmente por los generales de Alejandro. Grecia, por su parte, quedará despoblada y empobrecida a causa de las guerras internas entre estas nuevas entidades políticas.

Culturalmente aparecen nuevos centros, como Alejandría y Pérgamo, que van sustituyendo el protagonismo cultural que tuvo Atenas. Incluso se establece una nueva lengua común, la coiné, que vino a ser una especie de griego vulgar con el que se entendían los distintos ciudadanos helenos.

Todos estos cambios y guerras hacen del helenismo un periodo de inseguridad. El mundo griego tradicional se derrumba, y lo que el heleno va a pedir a la filosofía es una doctrina ética que le ayude a resistir los tiempos duros que corren.

Por eso, las especulaciones metafísicas pierden interés por sí mismas, sólo interesarán como marco donde encajar la vida práctica y moral.

La filosofía pasa a ser entendida como un modo de vida, como filosofía práctica,  y los conocimientos teóricos ocupan un segundo plano.

El fin principal de la filosofía es encontrar la felicidad en un mundo en continua agitación, en el que la religiosidad tradicional ha visto minada su autoridad en el encuentro con las culturas y religiones bárbaras.

El ideal de hombre es ahora el del sabio práctico. Es decir, el de aquel hombre que independiente y autosuficiente sabe, incluso en un mundo agitado, mantener la serenidad y el equilibrio con el que conseguir vivir una vida feliz.

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  1. La escuela epicúrea.

La escuela epicúrea fue fundada en Atenas por Epicuro, natural de Samos (341-270) aunque de padres atenienses.

Epicuro funda la escuela en una casa que disponía de un jardín, y que era el lugar donde se discutía de filosofía. Es por ello que a la escuela de Epicuro se la denominará la escuela del jardín. Allí se admitía a toda clase de personas: mujeres, cortesanas, e incluso esclavos.

La filosofía de Epicuro se encuentra encaminada a proporcionar un marco para la vida tranquila y feliz. No se propone resolver problemas especulativos sino suprimir en el hombre el temor al destino, los dioses y la muerte, que considera los grandes obstáculos para poder obtener la tranquilidad del alma. El conocimiento es entendido  como un medio para conseguir la tranquilidad del ánimo, sin valor autónomo, y si no se dirige a esa finalidad entonces no es más que un estorbo que hay que suprimir.

De hecho, a veces se llegaban a proponer, por parte de los epicúreos, varias posibles soluciones racionales a un mismo problema, para que se escogiera la que se desease, y así se evitasen explicaciones o vacíos que pudieran alterar la tranquilidad humana. No interesaba tanto acertar como tranquilizar.

Su doctrina física se basa en el atomismo de Demócrito.

Tres son los elementos que constituyen el universo; la materia, constituida por infinitos átomos, el vacío, que viene a ser el espacio, y el movimiento de los átomos.

El universo es infinito y en él residen una infinidad de mundos esféricos, cónicos, etc. Se encuentra poblado de plantas y animales, algunos semejantes y otros distintos a los nuestros.

El destino no existe, la razón básica de esto es que no hay en él ninguna finalidad, y por tanto no hay una predestinación de los acontecimientos, más bien existe el azar.

Respecto a la muerte mantiene que el alma, que se compone de átomos materiales más sutiles que los que forman el cuerpo, no sobrevive a la muerte, sino que al morir los átomos que la forman se disgregan juntamente con los del cuerpo. Por tanto no debe inquietar la muerte ya que, al no haber nada después de la vida, tras ella no nos acecha ningún mal.

“La muerte, pues, el más horrendo de los males, en nada nos atañe. Pues mientras nosotros vivimos no ha venido ella, y cuando ella ha venido ya no vivimos nosotros, Así la muerte no es contra los vivos ni contra los muertos, pues en aquéllos todavía no esta y en éstos ya no está”[1]

De los dioses afirma que existen, pues lo atestiguan las apariciones, los sueños y el consentimiento universal. Dice que viven en jardines entre los mundos, que su número es incalculable, pero que ni crearon los mundos, ni los conocen, ni ejercen ninguna providencia en el curso de los acontecimientos humanos, ya sea para bien o para mal. Nuestros bienes y nuestros males no dependen de ellos, y siendo así, es inútil sacrificarles u orarles. Sin embargo, Epicuro señala que debe dárseles culto por su excelente naturaleza, aunque excluyendo, por lo dicho, toda posible causa de temor que de ellos pudiera proceder.

Respecto a la ética propiamente dicha Epicuro afirmará que el fin del hombre, y de hecho lo único importante, es alcanzar la felicidad, que consiste en vivir evitando el dolor, que es el único mal, y en conseguir la mayor cantidad posible de placer.

La doctrina que pone al placer como el supremo bien se denomina hedonismo. Epicuro diferenciará su hedonismo, que pasa a denominarse epicureismo, de otras formas más groseras propuestas por los cirenaicos.

Según Epicuro somos un compuesto de materia y alma, aunque entiende por alma una materia más sutil que la del cuerpo. Pues bien, así como hay un placer para el cuerpo también existe un placer específico y mejor, para el alma, que Epicuro denomina gozo (cará). Para conseguir ese gozo hay que refrenar, mediante la prudencia (frónhsiç), los deseos de conseguir un placer corporal superfluo al que denomina placer positivo. Las necesidades corporales humanas deben ser satisfechas, ya que lo contrario produce dolor, pero al hacerlo no se buscar un placer sobreañadido; basta con calmar la necesidad, y al hacerlo así aparece el denominado placer negativo que se identifica con la ausencia de dolor y es el que permite que se de el gozo.

A través del gozo, y a la larga, el alma llega a un estado más o menos permanente de equilibrio interior e imperturbabilidad -ataraxia- que es el estado del alma que constituye el ideal de vida del sabio.

 Ni todos los dolores son absolutamente malos, ni todos los placeres buenos. Algunos dolores pueden, a la larga, proporcionarnos mayor placer, y algunos placeres, a la larga, proporcionarnos un gran dolor. Por ello, el sabio epicúreo, debe calcular la duración, intensidad y consecuencias de los actos que producen placeres y dolores, y con esa información decidir su curso de acción.

Pues bien, es justamente la vida austera, que no busca grandes placeres y que se contenta con los placeres naturales y necesarios, sin saturarse de ellos, la que Epicuro recomienda.

El sabio es capaz de abstenerse del placer positivo sobreponiéndose a sus pasiones, y en ello está su virtud. Ese dominio sobre ellas hace de él un ser libre y autosuficiente, que apenas depende del mundo para conseguir la imperturbabilidad de su paz interior; es decir, la ataraxia.

Consideraba que el sabio no debía participar en política, ya que sólo era fuente de ambiciones, egoísmos y en nada ayudaba a mantener la tranquilidad de ánimo.


[1] Epístola a Meneceo: Diógenes Laercio., X 125-139

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  1.  La escuela estoica.

El fundador de la escuela fue Zenón de Citium (335-263) que la estableció en Atenas, en el llamado Pórtico de las pinturas (Stoà poikíle), y de ahí su nombre.

Su influencia se extiende desde el año 300 a. d. C., hasta el siglo II d. d. C; y durante ese tiempo se distinguen tres periodos. El antiguo, representado por el fundador, el medio, por Panecio de Rodas, y el nuevo, que se desarrolla entre los romanos, y en el que destacan, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

Igual que en los filósofos epicúreos, primero se ofrecen ciertas nociones físicas y metafísicas, y luego,  sobre ellas se asienta la moral.

El supuesto básico de la filosofía estoica es la existencia de un finalismo o teleología en  la naturaleza. Este finalismo supone una predeterminación de los sucesos a partir de una  Razón Universal o Logos, que con su providencia se encarga de conducir al universo por un rumbo determinado por su sabiduría.

El universo estoico, desde un punto de vista físico, es un todo continuo, material, sin vacío, esférico y dinámico, rodeado de un vacío exterior. Los distintos elementos, como el aire, el agua o la tierra, son transformaciones  de un elemento primero y divino que es el fuego.

Todo el universo está sometido a ciclos repetidos e iguales de destrucción y nacimiento, en el que todo vuelve a ser fuego y todo vuelve a originarse del fuego, a través de un proceso de rarefacción y condensación. El fuego es identificado con el Logos, es decir con Dios, éste es la razón del universo, al que también llaman pneuma.

Desde un punto de vista anímico el universo entero es un organismo viviente, por tanto con un alma que es material, que es el pneuma, y que impregna todo. Al unirse el pneuma a la materia pasiva la vivifica. En esa materia inerte está depositada, como semillas, las maneras de organizarse al contacto con el pneuma para constituir, en el momento indicado, los distintos seres que van apareciendo a lo largo del tiempo.

Todo en el universo es Dios (panteísmo), y todo en él está vivo. Ese pneuma toma distinto nombre dependiendo de la materia que anime, si es un objeto inanimado es cohesión, si es un ser vegetal es la naturaleza vegetativa (fisis), si es animal es el alma (sique) con percepción, imaginación y movimiento, en el hombre es la razón. Como todo tiene el soplo de Dios, y Dios es el Logos, todos los seres naturales obrarán de forma teleológica obedeciendo la razón del dios.

Ni su recurso al fuego, ni el finalismo son originales (Heráclito y Platón), lo original está en la coherencia del sistema ético que sobre tales doctrinas físicas se construye.

Todo se encuentra determinado por esa razón universal, no existe el azar. Y así el hombre no puede modificar su destino, sólo puede aceptarlo. Todo lo que ocurre es lo mejor que podría ocurrir para el conjunto total que es el cosmos, aunque el hombre no vea la necesidad de lo que ocurre desde la limitada perspectiva del momento presente, o del punto de vista personal; sin embargo siendo el hombre, como el dios, un ser racional, puede intentar comprender el sentido de lo que acontece; no necesita ser arrastrado por los acontecimientos naturales, puede someterse a ellos por su propia decisión, sabiendo que en todo caso ocurre lo mejor, aunque en su perspectiva localista no acabe de verlo. Es por ello que el sabio estoico acepta todo lo que suceda. No se trata de inacción, hace lo que puede hacer para conseguir sus fines, pero una vez hecho esto se desentiende del resultado, si obtiene éxito bien, y si no también bien, porque lo que ocurre está determinado por el Dios que hace lo mejor para el todo, de esto resulta un amor fati, o amor al destino, ya que pase lo que pase es bueno y amable que pase.

La ética se basa en el principio de vivir conforme a la naturaleza, y como la naturaleza es la razón, debe vivirse conforme a la razón, ésta se hace guía de actuación del hombre, el animal, por naturaleza se dejará llevar por el instinto, el hombre como ser racional por naturaleza, lo debe hacer por la razón.

Al vivir conforme a la naturaleza se consigue el bien supremo del hombre que es la virtud, y entiende por virtud la capacidad del sabio estoico para controlar deseos y pasiones, dominarlos, y así conseguir un estado de vida de serena imperturbabilidad llamado apatía, en la que se da la autarquía o autosuficiencia del sabio al que ningún acontecimiento exterior le afecta. La apatía es la ausencia de pasiones, se trata por tanto de erradicarlas en la medida de lo posible, ya que podrían atentar contra la serenidad. El estoico está dispuesto a ayudar al prójimo, no a sufrir por él, ya que considera inútil ese sufrimiento.

El bien y el mal no radican fuera del sujeto sino en su albedrío, en su libre voluntad. Todo lo que no depende de la voluntad es indiferente para el sabio. Sólo hay un bien, asentir con la voluntad a lo que el Dios decreta que suceda –amor fati- y mantenerse, siempre, virtuoso, ya que esto es lo único que depende del hombre, lo demás, sea lo que sea, no afectará al sabio.

Los estoicos, en contraposición a los epicúreos, participaron en la política de su tiempo, ellos mantendrán el concepto de cosmopolitismo. Aristóteles mantenía que el hombre es un animal político, es decir de la polis; con Alejandro esa concepción es superada, ahora se trata de ser ciudadano del mundo, no de la localidad de origen, por tanto la hermandad de los hombres, todos son racionales e hijos del dios, es explícitamente afirmada.

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Esta página se actualizó por última vez el 14/12/2008