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El periodo histórico (desde el 323 hasta el 31 a. d. C.).
Después de Aristóteles se inicia un nuevo periodo histórico denominado
helenismo, al que acompaña un cambio de rumbo en la filosofía.
El helenismo transcurre desde la muerte de
Alejandro, en el 323, hasta la batalla de Leucopetra, en el 146 a. de C.
Pero esta fecha suele extenderse
hasta la batalla de Actium, en el 31, por la que Augusto conquista
Alejandría, pasando Roma a ser la capital política y cultural de
Occidente.
Los acontecimientos políticos que van a producir el nuevo periodo
histórico se inician con las conquistas de Alejandro Magno.
Alejandro conquista toda Grecia y extiende su poder por Egipto y
Oriente. Su propósito es formar un vasto imperio en el que habrían de
estar en igualdad griegos y bárbaros.
Algo que Aristóteles, preceptor de
Alejandro, consideraba absurdo.
A la par de sus conquistas va extendiendo la cultura griega por los
pueblos que somete. Es la expansión de la cultura griega la que, en
contacto con las nuevas culturas asimiladas, produce lo heleno.
Alejandro muere pronto (323) dejando como sucesor “al mejor”. Eso
provocó que sus generales se repartieran el Imperio, y se embarcaran en
campañas militares unos contra otros, que llegarían a implicar incluso a
sus sucesores, los denominados epígonos.
Esta época de continua luchas internas que
sufre Grecia la debilita, hasta el punto de
terminar siendo absorbida en el naciente imperio romano como una
provincia más.
Las repercusiones sociales de estos acontecimientos son varias.
En principio desaparece la polis tradicional, que había inspirado los
ideales políticos de los sofistas, de Platón y de Aristóteles, siendo
sustituida por tiranías, o monarquías, helénicas gobernadas inicialmente
por los generales de Alejandro. Grecia, por su parte, quedará despoblada
y empobrecida a causa de las guerras internas entre estas nuevas
entidades políticas.
Culturalmente aparecen nuevos centros, como Alejandría y Pérgamo,
que van sustituyendo el protagonismo cultural que tuvo Atenas. Incluso
se establece una nueva lengua común, la coiné, que vino a ser una
especie de griego vulgar con el que se entendían los distintos
ciudadanos helenos.
Todos estos cambios y guerras hacen del helenismo un periodo de
inseguridad. El mundo griego tradicional se derrumba, y lo que el heleno
va a pedir a la filosofía es una doctrina ética que le ayude a resistir
los tiempos duros que corren.
Por eso, las especulaciones metafísicas pierden interés por sí mismas,
sólo interesarán como marco donde encajar la vida práctica y moral.
La filosofía pasa a ser entendida como un modo de vida,
como filosofía práctica, y los conocimientos teóricos ocupan un segundo
plano.
El fin principal de la filosofía es encontrar la felicidad en un mundo
en continua agitación, en el que la religiosidad tradicional ha visto
minada su autoridad en el encuentro con las culturas y religiones
bárbaras.
El ideal de hombre es ahora el del sabio práctico. Es decir, el
de aquel hombre que independiente y autosuficiente sabe, incluso en un
mundo agitado, mantener la serenidad y el equilibrio con el que
conseguir vivir una vida feliz.


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La escuela epicúrea.
La escuela epicúrea fue fundada en Atenas por Epicuro, natural de Samos
(341-270) aunque de padres atenienses.
Epicuro funda la escuela en una casa que disponía de un jardín, y que
era el lugar donde se discutía de filosofía. Es por ello que a la
escuela de Epicuro se la denominará la escuela del jardín. Allí
se admitía a toda clase de personas: mujeres, cortesanas, e incluso
esclavos.
La filosofía de Epicuro se encuentra encaminada a proporcionar un marco
para la vida tranquila y feliz. No se propone resolver problemas
especulativos sino suprimir en el hombre el temor al destino, los dioses
y la muerte, que considera los grandes obstáculos para poder obtener la
tranquilidad del alma. El conocimiento es entendido como un medio para
conseguir la tranquilidad del ánimo, sin valor autónomo, y si no se
dirige a esa finalidad entonces no es más que un estorbo que hay que
suprimir.
De hecho, a veces se llegaban a proponer, por parte
de los epicúreos, varias posibles soluciones racionales a un mismo
problema, para que se
escogiera la que se desease, y así se evitasen explicaciones o vacíos
que pudieran alterar la tranquilidad humana. No interesaba tanto acertar
como tranquilizar.
Su doctrina física se basa en el atomismo de Demócrito.
Tres son los elementos que constituyen el universo; la materia,
constituida por infinitos átomos, el vacío, que viene a ser el
espacio, y el movimiento de los átomos.
El universo es infinito y en él residen una infinidad de mundos
esféricos, cónicos, etc. Se encuentra poblado de plantas y animales,
algunos semejantes y otros distintos a los nuestros.
El destino no existe, la razón básica de esto es que no hay en él
ninguna finalidad, y por tanto no hay una predestinación de los
acontecimientos, más bien existe el azar.
Respecto a la muerte
mantiene que el alma, que se compone
de átomos materiales más sutiles que los que forman el cuerpo, no
sobrevive a la muerte, sino que al morir los átomos que la forman se
disgregan juntamente con los del cuerpo. Por tanto no debe inquietar la
muerte ya que, al no haber nada después de la vida, tras ella no nos
acecha ningún mal.
“La muerte, pues, el más horrendo de los males, en
nada nos atañe. Pues mientras nosotros vivimos no ha venido ella, y
cuando ella ha venido ya no vivimos
nosotros, Así la muerte no es contra los vivos ni contra los muertos,
pues en aquéllos todavía no esta y en éstos ya no está”[1]
De los dioses afirma que existen, pues lo atestiguan las
apariciones, los sueños y el consentimiento universal. Dice que viven en
jardines entre los mundos, que su número es incalculable, pero que ni
crearon los mundos, ni los conocen, ni ejercen ninguna providencia en el
curso de los acontecimientos humanos, ya sea para bien o para mal.
Nuestros bienes y nuestros males no dependen de ellos, y siendo así, es
inútil sacrificarles u orarles. Sin embargo, Epicuro señala que debe
dárseles culto por su excelente naturaleza, aunque excluyendo, por lo
dicho, toda posible causa de temor que de ellos pudiera proceder.
Respecto a la ética propiamente dicha Epicuro afirmará que el fin del
hombre, y de hecho lo único importante, es alcanzar la felicidad, que
consiste en vivir evitando el dolor, que es el único mal, y en conseguir
la mayor cantidad posible de placer.
La doctrina que pone al placer como el supremo bien se denomina
hedonismo. Epicuro diferenciará su hedonismo, que pasa a denominarse
epicureismo, de otras formas más groseras propuestas por los cirenaicos.
Según Epicuro somos un compuesto de materia y alma, aunque entiende por
alma una materia más sutil que la del cuerpo. Pues bien, así como hay un
placer para el cuerpo también existe un placer específico y mejor, para
el alma, que Epicuro denomina gozo (cará).
Para conseguir ese gozo hay que refrenar, mediante la prudencia (frónhsiç), los deseos de conseguir un placer corporal
superfluo al que denomina placer positivo. Las necesidades
corporales humanas deben ser satisfechas, ya que lo contrario produce
dolor, pero al hacerlo no se buscar un placer sobreañadido; basta con
calmar la necesidad, y al hacerlo así aparece el denominado placer
negativo que se identifica con la ausencia de dolor y es el que
permite que se de el gozo.
A través del gozo, y a la larga, el alma llega a un estado más o menos
permanente de equilibrio interior e imperturbabilidad -ataraxia-
que es el estado del alma que constituye el ideal de vida del sabio.
Ni todos los dolores son
absolutamente malos, ni todos los placeres buenos. Algunos dolores
pueden, a la larga, proporcionarnos mayor
placer, y algunos placeres, a
la larga, proporcionarnos un gran dolor. Por ello, el sabio epicúreo,
debe calcular la duración,
intensidad y consecuencias de los actos que producen placeres y dolores,
y con esa información decidir su curso de acción.
Pues bien, es justamente la vida
austera, que no busca grandes placeres y que se contenta con los
placeres naturales y necesarios, sin saturarse
de ellos, la que Epicuro recomienda.
El sabio es capaz de abstenerse del
placer positivo sobreponiéndose a sus pasiones, y en ello está su
virtud. Ese dominio sobre ellas hace de él un
ser libre y autosuficiente, que apenas depende del mundo para conseguir
la imperturbabilidad de su paz interior; es decir, la ataraxia.
Consideraba que el sabio no debía participar en política, ya que sólo
era fuente de ambiciones, egoísmos y en nada ayudaba a mantener la
tranquilidad de ánimo.


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La escuela estoica.
El fundador de la escuela fue Zenón de Citium (335-263) que la
estableció en Atenas, en el llamado Pórtico de las pinturas (Stoà
poikíle), y de ahí su nombre.
Su influencia se extiende desde el año 300 a. d. C., hasta el
siglo II d. d. C; y durante ese tiempo se distinguen tres
periodos. El antiguo, representado por el fundador, el medio,
por Panecio de Rodas, y el nuevo, que se desarrolla entre los
romanos, y en el que destacan, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.
Igual que en los filósofos epicúreos, primero se ofrecen ciertas
nociones físicas y metafísicas, y luego, sobre ellas se asienta
la moral.
El supuesto básico de la filosofía estoica es la existencia de
un finalismo o teleología en la naturaleza. Este finalismo
supone una predeterminación de los sucesos a partir de una
Razón Universal o Logos, que con su providencia se encarga de
conducir al universo por un rumbo determinado por su sabiduría.
El universo estoico, desde un punto de vista físico, es un todo
continuo, material, sin vacío, esférico y dinámico, rodeado de
un vacío exterior. Los distintos elementos, como el aire, el
agua o la tierra, son transformaciones de un elemento primero y
divino que es el fuego.
Todo el universo está sometido a ciclos repetidos e iguales de
destrucción y nacimiento, en el que todo vuelve a ser fuego y
todo vuelve a originarse del fuego, a través de un proceso de
rarefacción y condensación. El fuego es identificado con el
Logos, es decir con Dios, éste es la razón del universo, al que
también llaman pneuma.
Desde un punto de vista anímico el universo entero es un
organismo viviente, por tanto con un alma que es material, que
es el pneuma, y que impregna todo. Al unirse el pneuma a la
materia pasiva la vivifica. En esa materia inerte está
depositada, como semillas, las maneras de organizarse al
contacto con el pneuma para constituir, en el momento indicado,
los distintos seres que van apareciendo a lo largo del tiempo.
Todo en el universo es Dios (panteísmo), y todo en él está vivo.
Ese pneuma toma distinto nombre dependiendo de la materia que
anime, si es un objeto inanimado es cohesión, si es un ser
vegetal es la naturaleza vegetativa (fisis), si es animal es el
alma (sique) con percepción, imaginación y movimiento, en el
hombre es la razón. Como todo tiene el soplo de Dios, y Dios es
el Logos, todos los seres naturales obrarán de forma teleológica
obedeciendo la razón del dios.
Ni su recurso al fuego, ni el finalismo son originales
(Heráclito y Platón), lo original está en la coherencia del
sistema ético que sobre tales doctrinas físicas se construye.
Todo se encuentra determinado por esa razón universal, no existe
el azar. Y así el hombre no puede modificar su destino, sólo
puede aceptarlo. Todo lo que ocurre es lo mejor que podría
ocurrir para el conjunto total que es el cosmos, aunque el
hombre no vea la necesidad de lo que ocurre desde la limitada
perspectiva del momento presente, o del punto de vista personal;
sin embargo siendo el hombre, como el dios, un ser racional,
puede intentar comprender el sentido de lo que acontece; no
necesita ser arrastrado por los acontecimientos naturales, puede
someterse a ellos por su propia decisión, sabiendo que en todo
caso ocurre lo mejor, aunque en su perspectiva localista no
acabe de verlo. Es por ello que el sabio estoico acepta todo lo
que suceda. No se trata de inacción, hace lo que puede hacer
para conseguir sus fines, pero una vez hecho esto se desentiende
del resultado, si obtiene éxito bien, y si no también bien,
porque lo que ocurre está determinado por el Dios que hace lo
mejor para el todo, de esto resulta un amor fati, o amor al
destino, ya que pase lo que pase es bueno y amable que pase.
La ética se basa en el principio de vivir conforme a la
naturaleza, y como la naturaleza es la razón, debe vivirse
conforme a la razón, ésta se hace guía de actuación del hombre,
el animal, por naturaleza se dejará llevar por el instinto, el
hombre como ser racional por naturaleza, lo debe hacer por la
razón.
Al vivir conforme a la naturaleza se consigue el bien supremo
del hombre que es la virtud, y entiende por virtud la capacidad
del sabio estoico para controlar deseos y pasiones, dominarlos,
y así conseguir un estado de vida de serena imperturbabilidad
llamado apatía, en la que se da la autarquía o autosuficiencia
del sabio al que ningún acontecimiento exterior le afecta. La
apatía es la ausencia de pasiones, se trata por tanto de
erradicarlas en la medida de lo posible, ya que podrían atentar
contra la serenidad. El estoico está dispuesto a ayudar al
prójimo, no a sufrir por él, ya que considera inútil ese
sufrimiento.
El bien y el mal no radican fuera del sujeto sino en su
albedrío, en su libre voluntad. Todo lo que no depende de la
voluntad es indiferente para el sabio. Sólo hay un bien, asentir
con la voluntad a lo que el Dios decreta que suceda –amor fati-
y mantenerse, siempre, virtuoso, ya que esto es lo único que
depende del hombre, lo demás, sea lo que sea, no afectará al
sabio.
Los estoicos, en contraposición a los epicúreos, participaron en
la política de su tiempo, ellos mantendrán el concepto de
cosmopolitismo. Aristóteles mantenía que el hombre es un animal
político, es decir de la polis; con Alejandro esa concepción es
superada, ahora se trata de ser ciudadano del mundo, no de la
localidad de origen, por tanto la hermandad de los hombres,
todos son racionales e hijos del dios, es explícitamente
afirmada.
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