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El racionalismo.
Descartes es el primer pensador claramente racionalista; el término
racionalista se aplica a una serie de filósofos continentales del siglo
XVII entre los que destacan, Descartes, Malebranche, Leibniz y Espinosa.
Su antagonista será la escuela empirista que se desarrolla
fundamentalmente en Gran Bretaña.
Ambas escuelas mantienen su preocupación por el origen del
conocimiento. El problema de la época será precisar de dónde provienen
las ideas y principios a partir de los cuales se deducen las demás
proposiciones científicas.
Mientras el racionalismo entiende que el origen de los mismos se
encuentra en la razón, el empirismo afirmará que todos nuestros
conocimientos proceden, de forma directa o indirecta, de la experiencia
sensible.
El ideal del sistema de los conocimientos, denominado ciencia, tiene
para el pensamiento moderno una estructura similar a la que presenta la
matemática. En la matemática existen una serie de teoremas que se
deducen de proposiciones anteriores hasta llegar a las primeras
proposiciones denominadas axiomas que ya no se deducen de otras previas.
Análogamente el filósofo moderno considerará que el conocimiento
denominado ciencia se forma a partir de ciertos principios e ideas; y la
cuestión está en establecer cuál es el origen de esas primeras nociones.
El racionalista considera que proceden de la propia mente, el empirista
dirá que proceden de la experiencia.
Las ideas racionalistas pueden sintetizarse en las tres siguientes:
1. Todo nuestro conocimiento científico puede construirse de forma
deductiva a partir de ciertas ideas y principios que son innatos al
entendimiento, y que, por tanto, se obtienen fuera de toda experiencia
sensible.
Hay que entender que se está hablando de conocimiento científico;
conocimiento universal. La afirmación de que la Tierra tiene una luna no
es una ley universal, sino un dato de experiencia, y no tiene por qué
deducirse desde la propia razón. Pero una vez que la experiencia
suministra el dato concreto de cuántos lunas tiene la Tierra nos queda
por saber cómo son las leyes del movimiento de esas lunas, y es ahí
cuando se plantea la cuestión de si podemos deducir a partir de
principios e ideas que no se basan en la experiencia, sino que se
encuentran en la mente de modo innato, cuáles y cómo sean esas leyes del
movimiento. Por tanto, las leyes universales serían las que se basarían
en nuestras ideas innatas, mientras que para aplicarlas necesitaríamos
la información que suministran los sentidos.
2. Hay una coincidencia entre la capacidad intelectual de la razón y el
ámbito de la realidad, de modo que todo lo que es real es cognoscible
racionalmente, y no hay nada real que se escape a la posibilidad de ser
conocido por la razón.
3. Quien en última instancia garantiza esta correspondencia entre razón
y realidad es Dios.


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Descartes y la búsqueda del
primer principio: el cogito..
De acuerdo con el espíritu de la época, en la que las matemáticas
aplicadas a la ciencia están produciendo una revolución científica,
Descartes va a intentar aplicar el método matemático a todos los campos
del saber, incluida la filosofía.
La cuestión así planteada va a centrarse en encontrar alguna verdad, o
verdades, que siendo indudables sirvan de principio para poder deducir a
partir de ellas todas las demás verdades que el espíritu humano es capaz
de conocer.
La característica esencial de lo buscado es su indudabilidad. Cualquier
conocimiento que tengamos, en tanto que su verdad dependa de otro
conocimiento, o sea conocimiento dudoso, no podrá ser principio del
conocimiento humano.
Si en verdad existen proposiciones primeras que fundamentan todo el
resto del conocimiento humano, éstas tendrán que ser certezas cuya
verdad no dependa de otras proposiciones sino cuya verdad se garantice
por sí misma.
Por ello, y de manera metodológica, comenzará poniendo en duda todos los
supuestos conocimientos mantenidos hasta el momento. A este proceso se
le denomina duda metódica, y su objetivo no es llegar al escepticismo,
al contrario, se trata de llegar a un género de verdades que se
encuentren más allá de toda duda posible, que podamos afirmar, sin
ninguna duda, que son ciertos; y a partir de encontrar esas verdades
primeras deducir desde ellas las demás.
Revisando las distintas clases de conocimiento que usualmente se tienen
se da cuenta que aquellas presuntas verdades que se suponen tales por la
autoridad de los maestros y del saber antiguo son dudosas, es decir
podrían ser falsas, luego de acuerdo al procedimiento de la duda
metódica deben desestimarse.
No se desestiman porque Descartes considere que son falsas, esas
proposiciones podrían ser verdaderas, sino porque no puede demostrar que
lo sean.
Las personas podemos creer en la verdad de lo que nos dice un amigo, un
familiar o un maestro, y además ser cierto que lo creído era verdad.
Pero una cosa es creer y otra saber, y de lo que se trata aquí no es de
en qué cosas que he creído ciertas he acertado en creerlas, sino de qué
sé, con absoluta seguridad, que sea verdad.
También deben descartarse todas las supuestas verdades que tienen su
origen en los órganos sensoriales, y esto por tres motivos. El primero
porque los sentidos a veces engañan, y por tanto podrían engañarme
ahora, cuando percibimos.
Es corriente la experiencia de haber tenido ilusiones perceptivas o
incluso alucinaciones. Cuando tenemos una experiencia de ese tipo, por
ejemplo cuando percibimos un palo semisumerguido y nos parece doblado,
resulta ser contradictorio con nuestra experiencia del palo, que parece
recto, una vez sacado completamente del agua. Luego de ahí se sigue que
nuestro conocimiento, basado en la experiencia, puede ponerse en duda, y
que si salimos de la duda tendrá que ser por algo que no es conocimiento
de experiencia y que nos diga qué experiencia es la buena y cuál la
mala.
El segundo porque durante el sueño nos parece que percibimos cosas, y no
podemos estar completamente seguros, seguros más allá de toda duda, que
cuando creemos estar percibiendo no estemos en realidad soñando.
Descartes no afirma que estemos soñando ahora, y más bien él cree que no
lo estamos haciendo. Pero la cuestión no es, de nuevo, lo que creemos o
dejamos de creer, sino lo que sabemos y dejamos de saber.
¿Sabemos con completa seguridad, no meramente creemos, que no estamos
soñando ahora? Durante la mayoría de los sueños que tenemos creemos
estar despiertos, creemos que las cosas que nos suceden son reales, y
por eso nos dan miedo o alegría…, sin embargo, tras despertarnos, nos
damos cuenta que nuestra creencia de que estábamos despiertos era falsa.
Es decir, que creer que estamos despiertos no es lo mismo que saber que
estamos despiertos; y por tanto ¿sabemos ahora, y no sólo creemos, que
estamos despiertos? Descartes considera que no, aunque personalmente
pueda creer –no saber- que está despierto.
En el tercer argumento Descartes habla de la posibilidad de imaginar que
exista un Genio Maligno, con un poder semejante al de Dios, que
utilizara su poder para engañarme y hacerme creer que son ciertas cosas
que no lo son.
"Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios, -que es fuente
suprema de verdad-, sino cierto genio maligno, no menos artero y
engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para
engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las
figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones
y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me
consideraré a mi mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre,
sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso."
(Descartes. Meditaciones Metafísicas.
Descartes no afirma que tal Genio exista realmente. Lo que Descartes
sugiere es que, mientras no seamos capaces de demostrar que tal Genio no
existe, entonces es que su existencia es posible –aunque sea todo lo
improbable que se quiera- y si su existencia es posible entonces no
sabemos que lo que nos parece estar percibiendo no sea más que una
ilusión formada por el Genio, aunque creamos firmemente que no es así;
pero de nuevo, una cosa es creer y otra saber; y de lo que aquí se trata
es de si sabemos que lo que la experiencia nos muestra es real.
La hipótesis del Genio Maligno no sólo alcanza en su duda a aquellas
proposiciones cuya verdad se funda en la experiencia, sino que extiende
su validez a aquellas proposiciones de la matemática que se establecen
cuando operamos, y también a aquellas otras verdades de la lógica que
establecemos tras un proceso deductivo.
Cuando realizamos una suma matemática, por ejemplo la de 26+15, operamos
por etapas, en la primera sumamos 6+5, obtenemos 11, escribimos un 1 y
recordamos que nos llevamos una unidad; a continuación sumamos el 2 y el
1, obtenemos 3, y recordamos que nos llevábamos una de la suma anterior,
y la añadimos, dando como resultado 4. Ahora bien ¿no podría el Genio
Maligno engañar nuestra memoria para que cuando nos parece que nos había
llevado 1 fueran realmente 2?, o ¿no podría el Genio Maligno cambiar lo
escrito en la primera operación –el 1- por otro número distinto para
engañarnos en el resultado final de 41? Es decir, siempre que el proceso
de conocimiento siga una serie de pasos, como cuando sumamos o cuando
deducimos en lógica, es posible que el Genio Maligno altere nuestra
memoria, o altere la información escrita, de manera que nunca tenemos la
completa seguridad de que nuestras operaciones sean ciertas, al menos
mientras exista la posibilidad de que un Genio tal nos engañe. Y de
hecho, y sin tener que recurrir al Genio Maligno, Descartes señala que
en ocasiones nos equivocamos al deducir o al sumar, luego la verdad de
esas operaciones no está sujeta a infabilidad.
Pues bien, en ese estado de duda, que ya no sólo afecta a nuestro
conocimiento de la experiencia, sino que alcanza a la matemática y a la
lógica, es cuando Descartes descubre su primera verdad.
Descartes se encuentra dudando de todo, ahora bien, para dudar o incluso
para poder ser engañado por el Genio Maligno es necesario que el sujeto
que va a ser engañado exista; será necesario que el propio Descartes
exista.
Lo que Descartes está indicando es que si él no existe no puede ser
engañado por el Genio Maligno, luego tiene que existir. Supongamos que
el Genio Maligno quiere engañar a Descartes para que él piense que
existe; no podría, porque para poder engañarle tiene, previamente, que
existir Descartes; luego sólo si Descartes existe puede ser engañado,
luego Descartes existe.
O también, no es posible que Descartes dude de su existencia si él mismo
no existe. Porque para dudar hace falta que alguien dude, y si Descartes
duda de que existe, es que Descartes necesariamente existe, ya que duda
y para dudar es necesario previamente ser.
Para expresar esa primera verdad que ha hallado, Descartes, que está
escribiendo en latín, afirma “cogito ergo sum”, que en general se
traduce por “pienso luego existo”. Sin embargo, la palabra “cogito” no
tiene una buena traducción al castellano. “Cogito”, no sólo hace
referencia al pensamiento en sentido estricto, sino a cualquiera de los
distintos actos psíquicos que puede realizar el sujeto, como amar,
creer, imaginar, odiar…
"Con el nombre de pensamiento, comprendo todo lo que está en nosotros de
modo tal, que somos inmediatamente conscientes de ello. Así, son
pensamientos todas las operaciones de la voluntad, del entendimiento, de
la imaginación y de los sentidos. Mas he añadido inmediatamente, a fin
de excluir las cosas que dependen y son consecuencias de nuestros
pensamientos: por ejemplo, el movimiento voluntario cuenta con la
voluntad, desde luego, como principio suyo, pero él mismo no es un
pensamiento". Descartes, Meditaciones metafísicas. (Madrid, Alfaguara,
1978).
Por tanto, la forma de “cogito ergo sum”, lo que afirma es que si hay un
acto de conciencia –lo que Descartes denomina “pensamiento”- entonces el
sujeto existe, ya que el acto de pensar exige un pensador que lo
realice, o donde el pensamiento se dé.
De igual manera que Aristóteles consideraba que los accidentes no podían
existir por sí mismos, sino que necesitaban una sustancia física en la
que darse, Descartes considera que los distintos actos de conciencia no
pueden existir por sí mismos, y exigen la existencia de un yo –una
especie de sustancia mental- en la que darse.
Pues bien, la existencia del alma es tomada por Descartes como la
primera verdad indubitable de su edificio[1].
Su originalidad no está en enunciar el cogito[2],
sino en tomarlo como primer principio para deducir a partir de él el
resto del conocimiento.
Lo que Descartes ha demostrado que existe no es el cuerpo de la persona,
ni nada semejante, es el sujeto pensante, luego ese "yo" del cogito
queda reconocido como sustancia pensante independiente de cualquier cosa
material, ya que para afirmarla no necesita, ni además podría afirmar,
la existencia de algo material. Ese sujeto que existe —el alma— es
distinto del cuerpo y autónomo respecto a él.
[1] Un juicio,
incluido el cogito, sólo puede ser cierto admitido previamente
el Principio de No Contradicción, porque en otro caso también
deduciría que no existe. Descartes consideraría que ese
principio es evidente. En esta ocasión lo está utilizando, sin
darse cuenta, antes de establecer su verdad; luego su primera
verdad hubiera debido se esa, la que afirma el Principio de No
Contradicción, y no la del cogito.
[2] De hecho ya había
sido formulado por San Agustín y otros autores.


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El criterio de verdad.
Una vez que Descartes ha establecido su primera verdad decide analizarla
para ver que es lo que tiene de especial que la hace estar fuera de toda
posible duda.
Lo primero que observa es que su verdad no procede de una deducción,
sino que más bien ocurre que él la ve, con la inteligencia, en una
especie de intuición racional o mental, que él denomina intuición[1]
a secas.
Esa intuición es directa, inmediata y simultánea, en el sentido de que
él ve de modo simultáneo que piensa y que existe; y es esa visión la que
excluye toda posibilidad de duda y error; es decir, lo que ve lo ve con
evidencia.
Verlo con evidencia es verlo de una forma clara y distinta. Entenderá
por claridad la presencia de una idea a un espíritu atento, y distinción
será cuando esa presencia de la idea sea tal que sea imposible que pueda
ser confundida con otra.
Pues bien, cualquier cosa que se presente al espíritu con claridad y
distinción será tomada por evidente, como ocurre con el cogito. Y por
tanto, la evidencia se constituye en el criterio de verdad mediante el
cuál reconocer si se está ante una verdad, o si se está ante algo
dudoso.
La cuestión es ¿y no podría el Genio Maligno engañarle y hacerle ver
como evidente cosas que no lo son? Descartes considera que no. Lo que
Descartes está intentando establecer con su criterio de verdad es un
procedimiento para asegurarse de que algo es verdadero más allá de toda
duda. ¿Por qué la proposición que enuncia el cogito le parece una verdad
más allá de toda duda? No es porque sea una deducción, ni es algo que se
base en otra proposición; es porque al fijarse en ella la “ve” evidente;
clara y distinta. Ese “ver” claro y distinto es la manera de justificar
la verdad de los principios del conocimiento, las demás proposiciones
verdaderas de las ciencias que no son principios, lo serán por deducirse
de estos. Es decir, Descartes, como el pensamiento moderno en general,
es fundacionalista. Las verdades se basan unas en otras ocurriendo que
las primeras, las que no se basan en otras, se saben verdaderas por
intuición racional; por claridad y distinción.
Es a través de la intuición como se obtendrán los principios verdaderos
del conocimiento.
Y así, con esa regla que es la evidencia para conocer qué es o no
conocimiento, Descartes se da cuenta de que puede saber más cosas;
algunas verdades de la matemática o de la lógica le parecen evidentes.
Por ejemplo que 1+1=2, la explicación está en que la persona puede
representarse en la mente la operación de forma completa, verla entera
de modo simultáneo, y al hacerlo, darse cuenta, que lo ve de modo claro
y distinto. Sin embargo, una operación matemática que tenga pasos, como
la suma de 234+27=361, no la puede ver evidente.
La evidencia es un procedimiento para conocer verdades, pero es
insuficiente para establecer el conocimiento científico, aún le hace
falta justificar la deducción.
Es decir, aunque podamos saber que una serie escasa de
proposiciones —principios— son verdaderos por intuición, aún
necesitaríamos justificar la deducción para así poder, a partir de
ellos, obtener otras proposiciones verdaderas. Sin embargo la hipótesis
del Genio Maligno impide justificar como válida la deducción, ya que la
deducción requiere pasos, y cuando atendemos a uno de ellos el Genio
Maligno podría habernos cambiado el resultado del anterior.


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El problema de justificar la
deducción y la ciencia.
La deducción es un procedimiento que, a partir de las verdades intuidas,
obtiene otras de forma necesaria. Se basa, pues en la intuición, y por
ello no es un procedimiento directo, sino indirecto, de obtener
conocimiento.
Consiste en un movimiento continuo e ininterrumpido del pensamiento, que
intuye con evidencia cada cosa pero separadamente, una por una.
La deducción es una intuición sucesiva por la cual se pasa, paso a paso,
de un término a otro, por eso su operación no es inmediata sino mediata.
En la deducción, además de la inteligencia, interviene la memoria. Que
intervenga la memoria hace que el Genio Maligno pueda alterar sus
resultados, y por tanto la hace inútil como instrumento para obtener
ciencia mientras previamente no se demuestre la inexistencia de un tal
Genio Maligno.
Por ejemplo, cuando multiplicamos 54 por 27, comenzamos operando 4 por
7, y al obtener 28 ponemos un 8 y decimos que nos llevamos 2. El genio
maligno podría alterar la memoria y hacernos creer, al seguir
multiplicando, en este caso 5 por 7, que nos habíamos llevado no dos
sino tres, con lo que nunca podríamos estar seguros de que el resultado
final fuera correcto.
Pues bien, el proyecto de Descartes consistirá en demostrar la
inexistencia del Genio Maligno para poder así justificar el uso de la
deducción. Para ello Descartes deberá hacer varias cosas. Primero
analizará las ideas que tiene, mostrando que existen ideas innatas. Tras
esto demostrará la existencia de Dios, y es entonces cuando se
encontrará en condiciones de demostrar que el Genio Maligno no existe,
que la deducción es legítima, y que nuestro conocimiento se basa, y
parte, de ideas innatas que han sido puestas por Dios, que es quien
garantiza su verdad.


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Clases de ideas.
Hasta ahora Descartes ha mostrado que existe el yo, y también que
existen representaciones mentales o pensamientos. Lo siguiente será
analizar cómo son esas representaciones.
Los pensamientos pueden ser ideas, deseos, emociones y juicios, son
estos últimos los que, estando formados por ideas, pueden ser verdaderos
o falsos.
Por ejemplo el juicio "El mundo existe" está formado por las ideas de
"mundo" y de "existencia".
Analizando las distintas clases de ideas que forman los juicios
encuentra que se pueden clasificar en tres tipos distintos.
Por un lado estarían las ideas adventicias o adquiridas, que son
aquellas que parecen provenir de nuestra experiencia externa.
Por ejemplo la idea de mesa, montaña, agua, gato…
También se encuentran las ideas facticias o artificiales, que son las
que se construyen en la mente a partir de otras ideas.
Por ejemplo la quimera, que sería un ser con cuerpo de cabra y cabeza de
león.
Y por último están las ideas innatas o naturales.
Descartes llega a la conclusión de que hay ideas innatas ya que
encuentra que dispone de algunas ideas que no parecen ni procedentes de
la experiencia –adventicias- ni construidas por la unión de otras ideas
-facticias.
Ejemplo de estas ideas son las de “pensamiento”, “verdadero”, o “falso”.
Ahora bien, si no proceden de fuera de su mente, ni las ha construido su
mente a partir de lo que procede de fuera, entonces es que su origen
sólo puede estar en la propia mente; es decir, sin innatas y son
producto de la propia mente al operar de una forma natural y espontánea.


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La existencia de Dios.
El siguiente paso de Descartes,
en su intento de justificar la deducción, será demostrar la
existencia de Dios.
Para ello se vale de tres
pruebas, la primera de ellas es una prueba a priori muy
semejante al argumento ontológico[1].
Dice que por la sola consideración de la idea de Dios se conoce
claro y distinto que Dios existe, ya que en el concepto de Dios
está que es un ser necesario, luego si es necesario tiene que
existir.
Descartes no acaba de explicar
suficientemente su prueba. Parece, sin embargo, que considerando
el concepto de Dios, y siendo éste concepto el de un ser de
existencia necesaria, es necesario que exista.
La segunda y tercera pruebas se
refieren a los efectos que Dios ha producido, pero en vez de en
la naturaleza externa, como hizo Santo Tomás, en el propio
sujeto cognoscente.
La segunda dice que aunque todas
las ideas son iguales en tanto que son ideas, no son iguales en
tanto que representan distintos grados de ser o perfección, de
manera que quién produce una idea debe tener en sí el mismo
grado de perfección que presenta la idea, ya lo tenga en acto,
ya sea de manera eminente, que es cuando su naturaleza es tan
excelente que la puede producir.
Si tenemos la idea del calor es
porque algo caliente en acto nos ha comunicado su grado de ser,
de calor. Es decir, para poder tener una idea de calor, algo que
previamente tiene ese grado de ser, por ejemplo una hoguera
caliente en acto, nos lo tiene que haber comunicado,
transmitido, porque en otro caso no podríamos hacernos una idea
de ella. Si no hubiéramos recibido de algo azul el grado de ser
azul no podríamos tener una idea del azul; y así, un ciego de
nacimiento, no la tiene.
Otro ejemplo, aunque sólo
aproximado, sería si vamos a una tribu bantú tecnológicamente
atrasada, y allí alguien nos enseña los planos de un misil. En
esa circunstancia pensaríamos que esa idea no se le ha podido
ocurrir al bantú por sí solo, ya que su cultura no ha
desarrollado la tecnología necesaria como para pensar esos
planos. Supondríamos que si tiene esa idea es porque alguien, de
cultura occidental, se la ha comunicado. Por tanto el grado de
realidad o perfección de esa idea tiene que ser producida por
algo o alguien que tenga ese mismo grado de realidad, bien de
forma actual, porque lo tiene en acto, o bien de forma eminente,
en potencia pero desde su propia naturaleza; como por ejemplo en
ingeniero balístico, aunque él no es misil, tiene de manera
eminente la posibilidad de idearlo. Con todo, este ejemplo es
sólo aproximado, porque puede discutirse si el bantú también
tendría de forma eminente la idea de misil, en el sentido de que
pudiera desarrollarla por sí mismo, con el tiempo y esfuerzo
necesario. Por tanto, que tenga la idea de un misil no
demostraría necesariamente que alguien le hubiera tenido que
enseñar, aunque sí lo haría verosímil.
Pues bien, Descartes dice que
encuentra en su mente la idea de Dios; es decir, la idea de de
un ente perfecto, infinito, etc. Ahora bien, esa idea no puede
proceder de la nada, ya que de la nada, nada; tampoco puede ser
adventicia, es decir no puede venir de fuera ya que no vemos a
Dios; tampoco es facticia, porque el mismo Descartes no puede
haberla creado, porque Descartes no tiene el grado de perfección
que tiene la idea, ni de forma actual -ya que él es imperfecto,
débil, lleno de duda e ignorancia- ni de forma eminente –porque
aunque se suponga que quizá podría llegar a ser como un Dios,
esa idea habla de un ser que es perfecto en acto, y como mucho
Descartes lo sería en potencia. La idea de Dios tiene que haber
sido puesta por algún ser que alcance toda la perfección de esa
idea, es decir por Dios mismo, luego Dios existe.
“Así, pues, sólo queda la idea de
Dios, en la que hay que considerar si hay algo que no haya
podido proceder de mi mismo. Con el nombre de Dios entiendo una
substancia infinita, independiente, sumamente inteligente,
sumamente poderosa, que me ha creado a mi y a cualquier otra
cosa que exista, si existe [alguna cosa]. Pero todas estas cosas
que he dicho de Dios son tales que cuanto más atentamente las
considero, tanto más me parece que no pueden haber sido
producidas por mi sólo. Y por ello hay que concluir, a partir de
las cosas antedichas, que Dios existe necesariamente. Pues
aunque yo tenga la idea de substancia por ser yo una substancia,
no tendría la de substancia infinita, siendo yo finito, a no ser
que ésta proceda de una substancia verdaderamente infinita.”
Descartes. Meditaciones Metafísicas. Edición de Gredos, página
41.
La manera de proceder de
Descartes para demostrar aquí a Dios es eliminativa. Él tiene la
idea de un ser perfecto ¿de dónde le viene? No procede de fuera
de sí, porque Dios no es visible. Tampoco puede proceder de él,
puesto que es imperfecto y, aunque mejorable, nunca llegaría a
ser perfecto en acto, ya que como mucho lo es en potencia. Luego
si para tener la idea de algo se requiere que quien tenga esa
perfección la comunique, alguien que tiene la absoluta
perfección correspondiente a la idea de Dios –Dios mismo- debe
habérsela comunicado.
La tercera demostración dice que
él mismo, Descartes, es un ser imperfecto, ya que por ejemplo
duda, pero no absolutamente imperfecto, ya que por ejemplo
existe; por tanto, debe explicarse de donde procede lo poco o
mucho que tiene de perfecto. Él mismo no puede habérselo
proporcionado, porque en ese caso se hubiera dado todo lo que le
falta para ser máximamente perfecto, luego debe existir otro ser
que sea quien le ha suministrado su mayor, o menor, grado de
perfección, y a ese ser, si no es máximamente perfecto, uno más
perfecto debe haberle comunicado su grado de perfección, luego
al final debe estar Dios, como ser máximamente perfecto,
dispensando perfecciones.
Para entender la prueba hay que
considerar que Descartes piensa que, en nuestra mente, primero
es la idea de Dios y después, por limitación de esta, la de
menor perfección. Es decir, no ocurre, según Descartes, que
podamos construir la idea de algo perfecto partiendo de algo
imperfecto. Más bien es al revés, partimos de la idea de algo
absolutamente perfecto y de ahí podemos derivar la idea de algo
que sea menos perfecto.
Tras estas demostraciones
Descartes piensa que cuenta con la existencia de un ser
máximamente perfecto que, además, ha incluido en su mente
ciertas nociones innatas.
Las ideas innatas no están
incluidas en el hombre como cosas en un cajón. Más bien ocurre
que Dios es quien suministra la razón al ser humano, y ésta, al
operar de modo natural y espontáneo, las produce.
La cuestión es que al ser por
definición perfecto tiene que ser bueno y veraz. Siendo veraz no
engaña, y como de él procede la razón que hace que se den las
ideas innatas que tenemos, todas ellas quedan automáticamente
garantizadas.
Lo que Dios garantiza es la
realidad, la verdad, de aquellas ideas innatas que tenemos. Como
una de esas ideas es la idea de extensión, eso significa que,
necesariamente, existe un mundo extenso. Es decir, la existencia
de una idea como innata garantiza que esa idea no puede ser
falsa, y por tanto, habiendo sido puesta por Dios, y no
pudiendo él mentir, tiene que corresponder con algo real.
Sin embargo, la idea de azul, o
verde –por ejemplo- no son ideas innatas. Y así, bien pudiera
ocurrir, como además Descartes pensará, que el mundo extenso no
sea en realidad ni azul ni verde, ya que las ideas de los
colores no son innatas, y no están por tanto garantizadas por
Dios.
Además, de esto, el modo
bondadoso de ser de Dios, garantiza que no existe un Genio
Maligno que pueda estar continuamente engañándome cuando realizo
deducciones.
Y así, no son ni Dios ni las
ideas innatas los responsables de mis equivocaciones. Más bien
estos se producen cuando me precipito al deducir introduciendo
en la deducción pasos que no son legítimos, o cuando confío en
la experiencia y tomo como conocimiento legítimo lo que procede
de ella.


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El método y la unidad de la ciencia.
La razón, como luz natural del hombre,
obraría por sí misma con absoluta seguridad y fiabilidad, sin embargo,
el hábito de obrar sin método ha producido en ella cierta ceguera que
hace necesario que el hombre sea precavido en sus investigaciones. Para
ello, y para recuperar esa luz natural de la razón, es necesario pensar
con método, hasta el punto de que es preferible renunciar a la búsqueda
de la verdad que buscarla sin método
"Entiendo por método, reglas ciertas y
fáciles, mediante las cuales el que las observe exactamente, no tomará
nunca nada falso por verdadero, y no empleando inútilmente ningún
esfuerzo de la mente, sino aumentando siempre gradualmente su ciencia,
llegará al conocimiento verdadero de todo aquello de que es capaz"
Descartes, Reglas para la dirección del espíritu, (regla IV, 371-2),
Alianza, pág 79.
El método además de prevenir del error,
entrena a la mente en el uso natural de la intuición.
Consiste en cuatro pasos; el primero
referido a la intuición, el resto a la deducción:
Regla de la intuición. Sólo se aceptará
como verdadero aquello que se me represente como evidente; es decir, con
claridad y distinción. Claridad es la presencia de una idea a un
espíritu atento. Distinción se refiere a un conocimiento tal del
contenido de una idea, que haga imposible que pueda ser confundida con
otra.
Regla de análisis. El problema a estudiar
se analizará hasta llegar a los elementos simples, es decir a las ideas
innatas, que lo componen.
Regla de la síntesis. Consiste en lo
contrario de lo anterior, una vez que se tiene lo simple y fácil de
conocer se subirá poco a poco y por pasos hasta el conocimiento de lo
más complejo. El modelo es geométrico, se parte de ideas simples
(puntos, rectas...) y se pasa a formular teoremas.
Regla de la enumeración. Se tratará aquí
de revisar todo el proceso para asegurarse de que no se ha cometido
error. En la medida de lo posible hay que establecer una cierta visión
intuitiva del todo basándonos en la intuición precisa de las partes.
Hasta Descartes se pensaba que había
diversidad de ciencias que venían impuestas por la diversidad de
objetos, cada objeto científico definiría un campo específico y la
observación de ese objeto proporcionaría las leyes de ese campo en
concreto.
Pero, considera Descartes, que las
ciencias no se originan por estudiar diferentes clases de objetos de
experiencia, sino porque una y la misma razón encuentra en ella las
ideas innatas; sólo hay una ciencia porque sólo hay una razón, y toda
ciencia posible lo será por la aplicación de esa razón sobre sí misma.
Y así, no es necesario acudir al mundo
para conocer las leyes que lo rigen, mirándose la mente a sí misma podrá
conocer las leyes del mundo. Luego no hay varias ciencias que se
distingan por su objeto empírico, sino sólo una, la que se produce por
el análisis riguroso de la propia mente sobre sus distintas ideas.
La experiencia sólo nos informa de casos
concretos, pero la ciencia consiste en proposiciones universales. La
ciencia se obtiene a partir de las ideas innatas, y luego se aplica a
las condiciones empíricas y concretas de las que nos informamos por la
experiencia.
Es decir, una cosa son las leyes
generales, por ejemplo del movimiento, y otra distinta son las
condiciones empíricas de aplicación. Por la experiencia uno puede darse
cuenta de que alguien ha tirado una piedra de un balcón, pero eso es
distinto del cómo se averigua la ley de la gravedad. Descartes considera
que las leyes no salen de la experiencia, salen de la propia mente, y
luego se aplican a la experiencia.


- La estructura de la realidad.
Descartes distinguirá tres tipos de
sustancias a cada una de las cuales les corresponde una idea innata.
Por
sustancia
entenderá aquello que existe por sí mismo. En realidad, piensa
Descartes, sólo habría una, que es la sustancia divina, ya que sólo ella
existe por sí misma; las demás han sido creadas. Pero por analogía con
ella, y en tanto que exceptuando su creación por parte de Dios,
establece la existencia de dos sustancias opuestas entre sí; la
sustancia extensa, que corresponde al mundo de los cuerpos
caracterizados por ser extensos, y la sustancia pensante; que
corresponde al alma y caracteriza a los seres cogitantes y sus
actividades mentales.
Descartes piensa que tenemos la idea de
extensión de un modo innato, y con ella la de los tres atributos que
acompañan a toda extensión, longitud, anchura y profundidad. De hecho
toda la geometría se basa en tales ideas. Esas ideas de lo medible,
propias de las cosas extensas, se encuentran garantizadas, y constituyen
las denominadas cualidades primarias. A partir de ellas Descartes
intentará deducir toda la física.
Sin embargo las ideas no cuantificables o
medibles, llamadas cualidades secundarias, como el color, sabor, u olor,
al no basarse en idea innata alguna, no tienen garantizada su existencia
en el mundo externo, y de hecho Descartes dirá de ellas que no existen,
sino que son producidas por nuestra subjetividad al percibir.
La ciencia cartesiana impone una
concepción mecanicista y determinista del mundo material, todo lo
material, incluidos los animales, serán máquinas de carne y hueso sin
alma.
Sin embargo, como el alma no es sustancia
extensa sino pensante, el determinismo que les corresponde a los cuerpos
extensos no le afecta, y puede ser libre para formar la moral y la
religión.
El problema que surgirá de esta dicotomía
entre la sustancia extensa y la pensante es el de cómo se relacionan; es
decir, cómo se produce la aparente comunicación entre ambas sustancias
que nos parece observar que ocurre en la experiencia, si ambas tienen
propiedades tan diferentes y contrapuestas.


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