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El encuentro entre Atenas y Jesuralén.
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La racionalización en la religión mítica griega: el Dios de
los filósofos.
La religión griega era expresada
tradicionalmente a través de los mitos. La aparición de la filosofía
inició un proceso de racionalización que tuvo como consecuencia la
sustitución de aquellas características antropomórficas que los mitos
adjudicaban a la divinidad: deseos, pasiones, personalidad humana- por
aquellas otras que resultaran útiles para dar una explicación filosófica
completa de la realidad, incluyendo el orden político y moral, y que
fundamentalmente son las de: inmutabilidad, impasibilidad, unidad,
inmaterialidad, autosuficiencia, felicidad, sabiduría, etc.
Y así el Dios de Aristóteles ya no se comporta como lo podría haber
hecho el Zeus olímpico de la mitología; está liberado de las pasiones
humanas. Sus propiedades ya no son
mitológicas, ahora es inmutable, autosuficiente…, y son esas propiedades
las que le permiten ser el principio que justifica el cambio y
movimiento natural, el orden moral y el político.
Pero justamente, por haber ganado esas propiedades, el Dios de los
filósofos griegos se hace un Dios lejano para el hombre religioso común;
no parece que tenga sentido rezar u orar a un Dios que ni siquiera nos
oye o conoce.
Es decir, el Dios de los filósofos es útil para explicar el mundo, pero
no sirve para suplir las funciones que tradicionalmente la religión y la
mitología proporcionaban a sus seguidores; no consigue conectar con el
creyente.
Por eso el Dios de los filósofos no es un Dios con difusión popular,
aunque sí lo sea entre los intelectuales.
A diferencia de los dioses mitológicos, el Dios de los filósofos es
capaz de justificar su existencia a través de la razón, y no en una mera
creencia[1].
Entre la intelectualidad griega no existía una valoración positiva de la
noción cognoscitiva de creencia (doxa). La creencia era vista como una
deficiencia que se contrapone a la noción de ciencia (episteme), que es
una noción que asegura la verdad de sus contenidos al ser capaz de
proporcionar el fundamento intelectual de sus afirmaciones.
Sólo en el ámbito de la amistad, entendida como una relación de
“confianza” entre dos personas, la creencia motivada por la confianza en
el amigo es alabada.
Por eso, y entre los intelectuales griegos, no se dará un enfrentamiento
entre la razón y fe; es decir, entre el Dios de los filósofos y el de
los mitólogos, ya que sólo la razón tiene validez e importancia
cognoscitiva.
En cambio, en el mundo cristiano, la noción de "fe", incluirá tanto el
aspecto de epistemológico como el aspecto de “confianza”.
El creyente confía en Dios y confía en su palabra. Como la Biblia es
expresión de Dios, lo dicho allí tiene que ser cierto, incluso aunque no
se pueda demostrar racionalmente o ni siquiera pueda entenderse con
claridad qué se dice; lo importante es que se dice, y que lo dice Dios.
Para el creyente la imposibilidad de entender o demostrar el mensaje
bíblico no significa la imposibilidad de aceptarlo como cierto, eso
puede hacerlo a través de la fe. Y justamente, que la fe aparezca cuando
no caben demostraciones racionales, demuestra la confianza que el
creyente pone en Dios. Por eso la fe terminará siendo una virtud
positiva, virtud que incluso podrá entrar en colisión con lo que la
razón le dice al hombre.


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La noción del Dios
judío-cristiano: el Dios del creyente.
Cuando la noción de Dios procedente de la filosofía
griega entra en contacto con la procedente de la tradición judía se
produce una
colisión.
Y así Pablo señala: “Mirad que nadie os
engañe con filosofías falaces y vanas fundadas en tradiciones humanas,
en los elementos del mundo y no en Cristo”.[1]
Yavé, que es el Dios judeo-cristiano, presenta en
la Biblia una personalidad de tintes antropomórficos, muy
parecida a la que tenían los
dioses de la mitología griega.
Y así, en la Biblia
Dios
habla al
hombre de tú a tú, pacta con él, se enfada, se complace…, es un Dios que
se interesa por los seres humanos, hasta el punto de que interviene
directamente en el curso de los acontecimientos.
Pero aunque el filósofo griego ya conocía la noción de un Dios
antropomórfico, que se interesa e interviene en los asuntos humanos, sin
embargo, las nociones teológicas del Dios cristiano, incluyen una serie
de propiedades muy difíciles de asimilar
por la mentalidad griega; especialmente la noción de un Dios que se hace
humano, se deja azotar, crucificar, y finalmente resucita.
Un Dios que se deja insultar, azotar, traicionar y
crucificar por los humanos no era, precisamente, lo que la mentalidad
griega podía esperar que le ocurriera a un
Dios. Ni para
la religión mítica de los griegos, ni para el Dios racionalizado de los
filósofos, ese
tipo de sucesos podía estar justificado; para el primero porque los
dioses hacían su voluntad, para los segundos porque era absurdo
considerar un Dios que se hacía humano.
Sin embargo, y a pesar de las marcadas diferencias
entre el Dios de la tradición judeo-cristiana
y el Dios ideado por los filósofos griegos, existen dos propiedades de
gran importancia que los asemejan, el monoteísmo y la inmaterialidad,
y será a través de esas dos propiedades que se producirá el intento
medieval de intentar unir ambas nociones de Dios en una.
Los primeros griegos que ya en el siglo III a. d.
C., a partir de las campañas de Alejandro, entran en contacto con los
judíos los denominaron la raza
filosófica.
Y la razón estaba en que los judíos habían dotado tradicionalmente a
Yavé de algunas propiedades que los últimos y mejores filósofos griegos
-Aristóteles- estaban empezando a adjudicar a la divinidad.
Posteriormente, y ya en el cristianismo, el uso de
conceptos de la filosofía griega, especialmente en el evangelio de Juan,
que llega a comenzar diciendo”En
el principio era el Logos, y el Logos estaba
en Dios, el Logos era Dios”, hace que los primeros cristianos, con
las
prevenciones necesarias a las que apunta Pablo, opten por buscar
propiedades racionales en vez de míticas a ese Dios.
Y de hecho, cuando eran preguntados “¿A qué Dios se
parecía el suyo?”, no señalaban a Zeus, Hermes o Dionisio, sino al “Dios
desconocido” del que hablaban
los filósofos atenienses.[2]
Ese “Dios desconocido” era al que se refiere el
siguiente texto que narra lo ocurrido cuando Pablo visita Atenas:
“Ciertos filósofos, tanto epicúreos como estoicos, conferenciaban con
él, y unos decían: ¿Qué es lo que propala este charlatán? Otros
contestaban: Parece ser predicador de divinidades extranjeras; porque
anunciaba a Jesús y la resurrección. Y tomándole, le llevaron al
Areópago, diciendo:
¿Podemos saber qué nueva doctrina es esta que enseñas? Pues eso es muy
extraño a
nuestros oídos; queremos saber qué quieres decir
con esas cosas. Todos los atenienses y los forasteros allí domiciliados
no se ocupan de otra cosa que en decir y oír novedades. Puesto en pie
Pablo en medio del Areópago, dijo: “Atenienses, veo que sois sobremanera
religiosos; porque la pasar y contemplar los objetos de vuestro culto,
he hallado un altar en el cual está escrito: “Al dios desconocido”. Pues
ése que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio.”[3]


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La armonización de
la filosofía griega y la religión judeo-cristiana.
Inicialmente los cristianos fueron considerados otra escuela más de
pensamiento griego que, como los estoicos, epicúreos, órficos, o
pitagóricos, actuaban y hacían prosélitos en el mundo helénico.
La primera razón de esta identificación está en que el mensaje
cristiano se daba en griego y se dirigía al mismo público al
que lo hacían las escuelas citadas.
Los primeros conversos al cristianismo
son principalmente de cultura helénica. Primero los judíos helenizados
que, como los primeros diáconos, tienen todos nombres griegos; y más
tarde el mundo helénico en general.
Pero además el cristianismo, en el desarrollo y propagación de sus
ideas, así como en su defensa frente a otros pensadores helénicos no
cristianos[1], recurría tanto a la
retórica tradicional griega, como al vocabulario que los
filósofos griegos habían ya acuñado.
En principio, y por tanto, les era necesario un
lenguaje preciso para poder entender y explicar, a ellos mismos y a los
demás, las nociones de su fe. A esto se
añade que en seguida les va a ser necesario producir apologías de su fe,
en las que se defienden de los ataques recibidos, algunos debido a la
mala inteligencia del mensaje; como cuando se les acusa de
caníbales por hablar de comer carne en la comunión.
Pues bien, en defensa de su fe, el cristiano se ve en la necesidad de
interpretar numerosas narraciones de la Biblia que presentan
dificultadas de intelección.
Por ejemplo, ¿creó literalmente Dios el mundo en
seis días?, ¿fue el Paraíso un lugar físico y real? ¿Puede una ballena
tragarse a un ser vivo y devolverlo después
como se narra que ocurrió con Jonás? ¿Mató realmente el ángel de Dios a
los primogénitos de los egipcios para que
éstos permitieran a los judíos abandonar Egipto? ¿Existió realmente un
Diluvio Universal? ¿Hubo una Torre de Babel?
Pronto se dieron cuenta que en Grecia, y ante esa clase de problemas,
los filósofos griegos habían respondido racionalizando los mitos a
través del uso de la analogía.
Entender analógicamente los mitos permite afirmar que la narración no es
literalmente verdadera, sino que ella es un recurso literario para
expresar una enseñanza moral, o simbolizar una realidad distinta a la
literalmente escrita.
Algo similar podía hacerse con los textos bíblicos; y de hecho así se
hizo, pero sin producir con ello la total racionalización del
cristianismo, que fue lo que ocurrió con los mitos griegos.
La razón de que el cristianismo no quedara completamente racionalizado
es doble. Por un lado la religión cristiana, a diferencia de la
mitología griega, presentaba una visión positiva de la fe, que hace que
el creyente no necesite que todos sus contenidos sean demostrados o
racionalizados, si no son contradictorios aún pueden ser creídos. Pero
además, y sobre todo, incorporaba elementos esenciales, como la
encarnación de Dios en Cristo, su dolor y muerte, o la resurrección de
la carne, que no eran posible racionalizar a través de la analogía sin
que la narración perdiera todo sentido e interés para el creyente
cristiano.
Es decir, no es posible racionalizar el significado
de Cristo -convirtiéndolo, por ejemplo, en un maestro de virtud- sin que
automáticamente el hecho esencial que
funda el cristianismo como religión desaparezca;
“Si Cristo no resucitó nuestra fe es vana”, llega a decir san Pablo.
Y así, la religión cristiana va a encontrarse con un remanente de
contenidos religiosos, mayor o menor dependiendo de las épocas, que se
resiste a ser completamente racionalizado.
Desde esa condición el trabajo a realizar por los pensadores cristianos
consistirá, por un lado, en ir estableciendo qué partes, al ser
esenciales e irrenunciables en la religión cristiana, deben ser
entendidas literalmente, y cuáles, no siendo tan esenciales, pueden ser
entendidas analógicamente. Y, por otro, tratarán de realizar las
interpretaciones racionales y analógicas de las partes no esenciales de
la doctrina, buscando intentar hacer compatibles las interpretaciones
analógicas con las literales. En esta labor se ayudarán de los conceptos
que ya habían sido utilizados por los filósofos griegos en su
tratamiento racional de Dios.
Se trata, por tanto, de que hay afirmaciones realizadas desde la fe
–teología revelada- que son independientes de aquellas que se puede
realizar a través de mero uso de la razón sobre Dios –teología natural-
y de lo que se trataba era de hacer compatibles unas con las otras.
Además, y, del mismo modo que los filósofos
griegos, tratarán de utilizar el concepto de Dios como aquel sobre el
que pivoten las explicaciones racionales sobre el universo, así como la
legitimidad del orden moral y político.
Por tanto, el intento de los filósofos cristianos
será unir en un único Dios al Dios de los creyentes y al Dios de los
filósofos griegos. Los distintos intentos de hacer esto
se constituirán los hitos de pensamiento cristiano.
Se trata de integrar en un mismo Dios las
propiedades del Dios del creyente, descritas
en la Biblia: padre, que se hace hombre y es crucificado…-
con las propiedades del Dios de los filósofos griegos, y que se
mostraban tan útiles para explicar los porqués del mundo: motor inmóvil,
acto puro, inmutable…


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Panorama histórico de la
filosofía cristiana.
La religión cristiana entra en contacto con la filosofía griega en el
siglo II de nuestra era; en cuanto hubo conversos cristianos de cultura
griega. Ese contacto produjo la necesidad de explicar y defender su
doctrina; por lo que comienzan a incorporar y manejar conceptos
puramente filosóficos.
El resultado de esa asimilación de nociones y conceptos filosóficos es
la denominada Patrística, que viene a ser el pensamiento
realizado por los denominados “Padres de la Iglesia”, y que se nutrirá
de los conceptos filosóficos procedentes sobre todo del platonismo medio
y del estoicismo romano.
Existirán dos clases de Patrística, la realizada por los Padres griegos
y, a continuación, la realizada por los Padres latinos. La Patrística en
su conjunto se desenvuelve desde el siglo II hasta la muerte de s.
Agustín de Hipona, en el siglo V.
Debido a la caída del Imperio Romano en Occidente por las invasiones
bárbaras, la cultura clásica desaparece y el tiempo que dista desde el
s. V al IX no presentará novedades filosóficas de importancia. Se trata
de una época de recapitulación y conservación de la antigüedad en la
que se intentan rescatar y conservar los elementos clásicos
desaparecidos. En esta labor cabe destacar a Boecio (525 †) y sobre todo
a San Isidoro de Sevilla (aprox. 570-646). Finalmente a partir del s.
IX, y como consecuencia del renacimiento carolingio, se inicia la
escolástica.
La escolástica es un saber de escuelas, y consiste en un cuerpo
unitario de doctrina que es considerado común, y que se forma por las
aportaciones de distintos pensadores individuales que aseguran una
especie de continuidad al pensamiento de la escuela.
La orientación del pensamiento escolástico está marcada por la
influencia del pensamiento de s. Agustín, y por las aportaciones
estoicas y neoplatónicas. Sin embargo, esta orientación, va a sufrir un
cambio hacia el siglo XIII.
La sustancial novedad que presentará el siglo XIII en la filosofía
cristiana procede de la llegada del pensamiento aristotélico a
Occidente, lo que dará lugar al aristotelismo medieval.
Aristóteles llega plenamente a Occidente en el s. XIII a través de las
interpretación de Averroes.
La primera interpretación
de Aristóteles que se extendió procedía de Avicena, y llegó a Europa a
través de las traducciones toledanas. Pero
hacia 1230 esta interpretación de Aristóteles declina, y es sustituida
por la que proporciona Averroes.
El ascendiente del pensamiento aristotélico
se extiende, y en su versión averroísta conseguirá desarrollarse por el
mundo cristiano dando lugar a un movimiento denominado averroísmo
latino que tendrá su centro en la Universidad de París; entre sus
maestros destacará Siger de Brabante.
Pero el averroísmo latino no fue la única forma cristiana de entender a
Aristóteles. Una manera alternativa, y de posterior éxito, será la
proporcionada por Tomás de Aquino, que dará lugar a una nueva
escolástica, en este caso tomista.
La llegada del averroísmo latino producirá una reacción de rechazo desde
el jerarquía cristiana. Las razones de esto se hallan en que esa
interpretación no sólo ponía en duda el pensamiento tradicional, basado
en San Anselmo y San Agustín, sino que algunas tesis averroístas
sobrepasaba claramente la ortodoxia católica
[1]. Y así, ese rechazo,
llevó a las condenas formales del averroísmo latino que se produjeron en
1270 y 1277.
El rechazo inicial por parte de la jerarquía católica a las
interpretaciones de Aristóteles se generalizó. Hasta el punto de que
incluso algunas tesis tomistas, de inspiración aristotélicas, fueron
inicialmente condenadas en 1277, aunque poco
después la ortodoxia del pensamiento tomista
fuera rehabilitada, defendida, e incluso extendida.
La última gran novedad filosófica y teológica, ya en el s. XIV, es el
nominalismo
de Ockham, que propondrá la separación entre el ámbito religioso y el de
la razón.
Para Ockham la voluntad de Dios transciende las posibilidades racionales
en un nivel que hace inútil utilizarla para entenderle.
Y así, la razón, separada de la influencia religiosa, podrá adoptar al
hombre y a la naturaleza como centro de su especulación, lo que dará
como resultado el Renacimiento.
Se inicia así un proceso que terminará mostrando
que de las tres funciones que se le había asignado a la religión:
explicar el mundo, fundamentar la moral y producir la salvación, las dos
primeras pueden intentarse realizar a través de la razón y prescindiendo
de la religión. La conciencia de tal hecho
se dará en los albores de la Ilustración. Lo que producirá en la
religión una crisis de razón, que la pondrá
en la necesidad de sobrevivir por sus propios medios, separado de la
razón como pilar que fundamentaba su necesidad.
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Los problemas centrales de la
filosofía cristiana.
Los problemas a los que se enfrenta la filosofía cristiana son ante
todo problemas teológicos que suscitan un amplio abanico de cuestiones
filosóficas, las cuales cabe reunir en tres grandes problemas capitales:
la creación, los universales y la relación entre la fe y la razón, y que
serán los temas que centrarán el debate de la filosofía en la Edad
Media.
La manera de tratar esos problemas seguirá un modelo histórico común,
que inicialmente presenta a la realidad creada, desde cualquier aspecto,
completamente dependiente de Dios. Pero que poco a poco irá considerando
que esa realidad, ya sea entendida como la creación en su totalidad,
como los seres naturales, o como el mismo hombre y sus capacidades
cognoscitivas, tiene un grado de autonomía que se considerará cada vez
mayor, hasta que terminen por ser considerados objetos autónomos al
propio Dios que pueden ser estudiados con independencia de éste.
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La creación.
La creación es el primer problema filosófico, tanto en importancia como
en ordenación, de la Edad Media; de él se derivan, en suma, los demás.
La creación en sentido cristiano es creación desde la nada.
La creación no debe confundirse con lo que los
griegos llamaban génesis o generación que no es más que un modo
de movimiento sustancial según el cual, por
ejemplo de la madera se da la mesa, esta concepción entendida como
creación da como resultado el panteísmo, el cuál afirmaría que todo está
hecho de Dios.
Según Parménides “el ser es y el no-ser no
es”, desde ese principio, aceptado en la Edad Media, no es posible que
desde la nada, o no-ser, pueda salir el ser, ya que no hay un “algo”
desde el que sacar el ser, sólo hay ausencia de ser
[1]. Pero los medievales entenderán
que la intervención de Dios es capaz de traer desde la nada los seres
que conocemos y constituyen la creación.
Desde esa perspectiva el mundo se muestra como contingente; es
decir, es una realidad que no tiene en sí el fundamento de su
existencia, ya que recibe su ser de otro, su existencia depende de Dios.
Pero Dios, en contraste con el mundo, no depende para existir de ningún
otro ser, existe por sí mismo y lleva en sí la razón de su existencia;
es decir, es un ser necesario.
Este planteamiento inicial da dos modos de ser tal vez
irreconciliables, creador y creación. Su reconciliación es el proyecto
metafísico por excelencia del cristianismo, especialmente en la Edad
Media.
La relación de dependencia entre el mundo creado y el creador variará a
lo largo del período.
En principio el mundo, tras ser creado, no se basta a sí mismo para
continuar en la existencia, necesita del concurso continuo de Dios, ya
que por sí mismo se disolvería en la nada. Y así, Dios, adquiere un
papel de creador continuo; a cada momento Dios recrea el mundo
evitando su caída en la nada de la que salió; la supeditación ontológica
del mundo a Dios es completa.
Pero esa concepción va debilitándose gradualmente en el posterior
desarrollo de la escolástica hasta que al final de la Edad Media, ya en
los siglos XIV y XV vacila.
Se entenderá entonces que ya no es necesaria esa creación continuada. El
mundo ya no necesita ser conservado; sigue siendo un ser dependiente del
creador, pero el ser que Dios le da en la creación le permite seguir
existiendo por sí solo. Dios deja de cooperar en la conservación del
mundo limitándose a dejarle ser. El mundo adquirirá autonomía, como
criatura abandonada, a sus propias leyes.
La consecuencia de esto será la posibilidad de entender el mundo como un
mecanismo autónomo de Dios, una especie de reloj al que Dios dio cuerda
y que ahora funciona con independencia; es decir, la naturaleza se hace
objeto autónomo de conocimiento.
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Los universales.
Los universales son los géneros y las especies, los cuales se
oponen a los individuos. La cuestión es saber que tipo de realidad
corresponde a esos universales. De la solución que se de a esa
cuestión dependerá que idea se tenga del ser y del conocimiento de las
cosas. Al mismo tiempo, vinculados a esta cuestión, se sitúan toda una
multitud de problemas metafísicos y teológicos.
La Edad Media parte de una postura extrema, el realismo, para
desembocar, al final de la Edad Media, en otra posición extrema y
opuesta: el nominalismo.
El realismo considera a los universales como seres que se
encuentran en Dios como Ideas suyas, son por tanto anteriores a las
cosas individuales por él creadas.
En el realismo depende de modo directo de Dios, de sus Ideas, tanto la
organización de la realidad que se hace a través de los universales,
como nuestro conocimiento de la realidad, que se resume en conocimiento
de universales.
El realismo es una posición
filosófica afín al platonismo. Su novedad es
hacer a las Ideas, ideas de Dios.
Además de su sencillez, la solución realista se
presta a la interpretación de varios dogmas, como el del pecado
original, que no habría sido realizado por
un individuo particular sino que, en esencia, sería la Idea de
humanidad, representada en Adán, quien lo habría
realizado.
Poco a poco las tesis realistas van
pasando de poner el acento e importancia en la especie a transferirlo al
individuo, como ocurre ya con Tomás
de Aquino en el s. XIII.
Con Tomás de Aquino los individuos singulares se
entenderán como miembros de una especie, no como simple ejemplos de
esta. Es decir, queda reivindicada la
singularidad frente a la universalidad. El universal deja de existir
separado de las cosas y vuelve a entenderse, al modo aristotélico,
informando las cosas.
El nominalismo, iniciado por Escoto y desarrollado por Ockham,
niega la existencia de los universales en la naturaleza,
considerándolos como creaciones mentales del individuo.
Al hacerse esto, cabe entender a los universales como simples símbolos
de las cosas.
Es decir, el universal
mesa, por ejemplo, no sería más que algo que
simboliza todas y cada de las cosas concretas que llamamos mesas.
Y como el conocimiento lo es de los universales, ocurrirá, que ahora el
conocimiento deja de ser algo que expresa el ser real de las cosas para
transformarse en un símbolo de las cosas.
Al ser el universal algo construido por la persona
que conoce, no puede pasar que nuestro conocimiento, que lo es de los
universales, sea
un conocimiento de cómo sea realmente el mundo, ya que los universales
no están en el mundo, los ponemos nosotros, luego nuestro conocimiento
pasa a ser una construcción simbólica de la naturaleza.
Entender que es posible un conocimiento simbólico
de la realidad permitirá más tarde, en el siglo XVI, utilizar el símbolo
matemático como
expresión de la realidad. Y de esta manera utilizado por Galileo dará
lugar a una revolución científica en la física.


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La relación fe-razón.
El tercero de los temas es la razón. El Logos, o razón, es una
noción que aparece en los primeros textos cristianos[1]
identificándose a Dios; es decir, que Dios es palabra y razón.
Dios, que es el Logos, proporciona un mensaje al hombre, y eso es lo que
hace del cristianismo una religión revelada.
La fe en el dogma no necesita razonamiento, ni la verdad que ella
enuncia demostración. Pero los dogmas son proposiciones no siempre
conectadas, que para ser comprendidas necesitan una interpretación
que no proporciona la fe por sí misma, sino la razón.
Bajo esta consideración la filosofía podrá utilizarse como instrumento
aclaratorio de los dogmas de que consta la revelación; como una
disciplina auxiliar de la teología. Pero con ese uso benéfico de la
filosofía convive el peligro de que la razón desee anteponer lo que ella
descubre por sí misma al dogma, e incluso llegue a declararle que éste
es inválido.
Por eso las posturas cristianas serán ambivalentes respecto al valor de
la filosofía. Por un lado parece un instrumento valioso para la teología
—la filosofía sierva de la teología— pero por otro presenta el peligro
de reclamarse autónoma y contradecir la revelación.
Las distintas formas de entender la relación entre la fe y la razón van
a bascular, de un comienzo ambivalente, donde los Padres de la
Iglesia se dividen en su aceptación y rechazo, a una integración cada
vez mayor en los edificios teológicos.
Y así, la teología se termina dividiendo entre teología natural,
que es todos aquello que sobre Dios podemos saber a través de la razón
natural, y teología revelada, que es el dogma revelado a través
de la Biblia.
Ya al final de la Edad Media el nominalismo entenderá que la teología
natural está, en realidad, vacía.
No hay nada que podamos saber de Dios a través de la razón, porque Dios,
o bien es insoldable a la razón, o incluso es capaz de contradecir sus
intuiciones, al menos en el campo de la moral.
Como consecuencia de esto, al final de la Edad Media, se acaba volviendo
a separar los campos de la razón y de la fe, dejando establecida que la
fe tiene un ámbito exclusivo en la revelación, de modo que la razón, no
pudiendo ocuparse de Dios, queda libre para hacerlo de la naturaleza y
del propio hombre; es decir, queda libre para inventar el Renacimiento.
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