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La estructura física –estática– del mundo. La teoría hilemórfica.
"Hyle" significa materia y "Morfe" forma, de manera que la teoría
hilemórfica es una teoría sobre la materia y la forma. Y estas son las
dos categorías con las que Aristóteles explica cual es la estructura
física del mundo.
Cualquier realidad física concreta será un compuesto de materia y forma,
a ese compuesto individual lo llama sustancia primera, o simplemente
sustancia. Ni la materia ni la forma pueden existir por separado; sólo
existe el compuesto de ambas; es decir, la sustancia primera.
La materia es de lo que algo está hecho, y en tanto que dos objetos
están hechos de lo mismo, tienen una misma clase de materia, aunque cada
uno tiene su propia porción.
La forma es la manera en que esa materia se organiza para dar lugar a
una clase de seres en vez de a otra.
Por ejemplo la llave de una casa en concreto sería una sustancia
primera, ya que es una realidad física concreta e individual que se
puede percibir. Por ser una tal realidad será un compuesto de materia y
forma. La materia es de lo que está hecha la llave, en este caso
supongamos que de hierro, luego la materia será hierro. Pero esa materia
está organizada de tal modo que no da lugar a, por ejemplo, un
pendiente, sino que conforma una llave, pues eso es precisamente la
forma, aquel principio de organización que hace que una materia se
estructure y de lugar a una sustancia primera, en este caso a una llave.
Es muy importante darse cuenta que la forma no es la figura de la
sustancia primera.
Por ejemplo, existen miles de papeleras, con diseños y materiales muy
diversos. Eso que tienen de común todas las papeleras, por lo cual las
llamamos papeleras, aunque tengan figuras y diseños muy diversos, eso es
la forma.
La forma en Aristóteles es muy semejante a la Idea platónica, la
diferencia es que para Aristóteles la forma está incorporada en la
materia que informa, dando lugar a la sustancia primera y, para Platón,
la Idea estaba en otro mundo distinto del sensible.
Esa forma presente en los seres naturales, tiene como efecto el producir
el movimiento natural, que hace que la materia cambie en la
dirección que impone la forma tratando de producir un individuo
excelente de la especie a la que la forma pertenece.
Así, la forma que se incluye en la bellota de un roble hace que el
crecimiento natural de esa bellota —es decir, el cambio natural— acabe
en un roble. Ella es la responsable de dirigir ese cambio natural en la
dirección adecuada, y por ella se produce.
Por su parte, la propia forma no cambia; ninguna forma pasa a ser otra.
Cada individuo tiene la suya, aunque haya formas de la misma clase[i].
Y así, todos los seres humanos tenemos formas humanas, formas de una
misma clase, aunque cada cuál tenga la suya.
Además de las formas descritas existen otras
formas que se denominan formas accidentales, o accidentes.
Una forma accidental es un accidente que incorpora un individuo
concreto; es decir, una sustancia primera.
Los accidentes pueden aparecer o no en el sujeto sin que éste deje de
ser la clase de objeto que es; es decir, su presencia o ausencia no
produce un cambio en la sustancia primera.
Por ejemplo, supongamos que tenemos una sustancia primera que podría ser
Fraga. A Fraga lo componen varias materias: carne, huesos, etc., que
organizadas por la forma humana da lugar al señor Fraga. Si esas
materias fueran organizadas por una forma segunda distinta, por ejemplo
la del delfín, lo que tendríamos sería un delfín, y no un ser humano.
Una vez que tenemos al ser humano Fraga, le puede ocurrir que crezca,
pero no por crecer deja de ser Fraga, y sin embargo ha cambiado. Lo que
dice Aristóteles es que cambian sus accidentes, pero el sujeto, es decir
la sustancia primera no cambia. Si el señor Fraga se hace un arañazo en
la cara significa que incorpora un forma accidental, y sufre un cambio
accidental, pero no varía su forma humana y por eso sigue siendo el ser
humano Fraga.
Lo que distingue a los accidentes de la sustancia es que éstos no pueden
existir por sí mismos, sino que tienen que apoyarse en una sustancia
primera para poder existir.
El color, un arañazo, ser alto o bajo, ser músico o
soldado, no existen por sí mismos, sólo existen en una sustancia
primera que es la coloreada, la arañada, la que es alta o baja, músico o
soldado.
La aparición, o desaparición, de los accidentes no hace que el sujeto
en el que se dan, o dejan de dar, deje de ser el que es; esto sólo
ocurre cuando cambia la forma o la materia de la que está hecho; es
decir, cuando cambia algún integrante del compuesto hilemórfico.
Por ejemplo, cuando las personas mueren ocurre que la forma humana –o
alma- se separa de su materia –cuerpo- y por tanto el compuesto
sustancial se rompe, dejando de existir el ser humano. Eso que queda, el
cadáver, ya no es un ser humano. Para que hubiera un ser humano deberían
de seguir existiendo las funciones vitales propias del ser humano, y
esas dejan de existir con la separación hilemórfica.
Análogamente, una mano cortada no es ya una mano propiamente; para serlo
debería de poder seguir realizando las funciones que una mano “animada”
realiza, pero esto ya no lo hace, carece de ese movimiento natural con
el que poder realizar su función de mano, y esto ocurre porque ya no es
una mano, aunque tenga su figura
Además de lo anterior cabe incorporar una división dentro de la materia,
distinguiendo entre materia segunda y materia prima.
Lo que esa distinción explica es cómo es posible que los seres naturales
puedan morir, pudrirse, y salir de ahí otros seres naturales distintos.
Por ejemplo, cuando alguien come una manzana incorpora parte de esa
materia a su cuerpo, transforma la materia de la manzana en materia
carne; o cuando la manzana se pudre puede abonar una tomatera y, su
materia, transformarse de alguna manera en tomate. Para que estos
cambios de materia puedan producirse tiene que ocurrir que todas las
materias físicas, ya sean tomate, manzana, carne, madera, hierro, o lo
que sea, estén hechas de lo mismo; y eso que las compone a todas es la
materia prima.
Para explicar cómo una materia es capaz de convertirse en otra,
Aristóteles, supone la existencia de una materia primera o prima,
imperceptible, que es la que en potencia puede dar lugar a cualquier
otra materia segunda, ésta ya perceptible, como madera, hierro, carne,
etc.
Esa materia prima no existe como tal en la naturaleza, siempre incorpora
una forma, y por tanto, siempre aparece bajo la apariencia de alguna
materia segunda en concreto; hueso, carne, hierro, agua, fuego, etc.
Cuando una materia segunda pierde la forma que tiene incorpora
automáticamente otra forma segunda distinta, con lo que tenemos que una
materia segunda puede pasar a convertirse en otra materia segunda
distinta. Lo que nunca cambia es la materia prima, que siempre es la
misma y que está “debajo” de ese cambio de materias.
Por ejemplo, una manzana está hecha de una materia segunda en concreto.
Si incineramos esa manzana pasa a ser ceniza y, por tanto, tenemos una
forma sustancial distinta; si abonamos con esa ceniza un tomate parte de
esa ceniza se incorporará a la materia de la que está hecho el tomate.
En todos esos cambios que sufre esa materia: de manzana pasa a ceniza y
de ceniza pasa a tomate, la materia prima es la misma.
En la materia prima se haya, como potencia, la posibilidad de
convertirse en cualquier materia o ser posible.
Dentro de las materias segundas hay cuatro que son elementales, es
decir, que son de lo que todo en la tierra está hecho.
Corresponden a los cuatro elementos de Empédocles: aire, fuego, tierra y
agua[ii].
De la unión de los elementos entre sí, en distintas proporciones,
resultará un número indeterminado de mixtos, que vienen a ser las
distintas sustancias primeras, que son el resultado de la mezcla de los
elementos.
Los elementos no pueden descomponerse en otros elementos, pues sólo
constan de materia y forma, pero van paulatinamente transformándose unos
en otros según un circuito que hace que el agua pueda pasar a ser aire,
el aire a ser fuego, el fuego a ser tierra y la tierra a agua.


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La estructura dinámica del mundo.
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El movimiento como paso de la potencia al acto.
Un ente es en acto, y entonces de él se dice lo que él es en el
presente, pero también es en potencia, y por serlo de él se dice que es
en potencia aquello que puede llegar a ser.
Y así, un niño en acto niño, pero potencialmente es un hombre, y una
semilla de castaño es en acto una semilla de castaño, potencialmente es
un castaño.
Aquello que se es en potencia depende de aquello que se es en acto.
Y así, la semilla de encina tiene potencia para ser encina pero no para
ser caballo. Es decir, la potencia de ser encina está ya en la bellota
en acto.
Por ejemplo, un niño que en acto no ha estado nunca en un colegio tiene
como potencias las posibilidades de acudir, supongamos, al colegio A y
al colegio B. Esas dos potencias las tiene ahora en acto, pero cuando,
por ejemplo, acuda al colegio A habrá dejado de tener la potencia de
acudir como primer colegio al colegio B. Los seres, por el acto en el
que están, disponen de una serie de potencias, según el ser actualiza
una u otra esa lista de potencias cambia, va disminuyendo.
Aristóteles entiende que el ser queda realmente caracterizado no sólo
por lo que es en acto, sino por lo que es en potencia.
Es como si los seres no sólo fueran lo que aparentan en acto, sino que
incorporarán “detrás”, una especie de “mochila metafísica” con todas sus
posibilidades. Lo que realmente es el ser es el conjunto de lo que es en
acto y de sus posibilidades. Y entenderlo así es lo
que le permitirá responder al problema del cambio que planteara
Parménides.
Aristóteles define el movimiento, o cambio, como el acto de lo que está
en potencia, ya que moverse es hacer actual una de las potencias del
objeto.
Cuando un niño crece se produce un cambio o movimiento, que consiste en
actualizar –hacer real- una de las potencias que tiene el niño. Cambiar
de lugar es, de nuevo, actualizar una de las potencias que se tienen.
Cuando se produce cualquier cambio o movimiento se hace real una de las
posibilidades que tiene ese ser; por tanto moverse es hacer real -el
acto- de aquello para lo que se tiene potencia –de lo que está en
potencia.
Parménides planteaba el movimiento como un paso del no_ser al ser o
viceversa, y eso le hace imposible entender que tal cosa puede pasar, ya
que de la nada nada sale, y lo que es, siempre es. Pero Aristóteles no
entiende así el movimiento. Para Aristóteles moverse es pasar de un modo
de ser –lo que se es en acto- a otro modo de ser –que ya se es, pero en
potencia- y en el paso de uno a otro el ser permanece, aunque cambie el
modo en que el objeto es.
Es decir, en el cambio, según lo entiende
Aristóteles, no hay algo que de la nada venga al ser, sólo ocurre que
algo que ya se es en potencia se actualice.
Por ejemplo, un huevo de gallina que eclosiona en
pollo pasa de un modo de ser en acto a otro modo de ser que ya tenía en
potencia. Es decir, el huevo de gallina es ya, en potencia, un pollo,
luego no hay un paso de un ser –el huevo- al no ser y la llegada
de un ser –el pollo- que previamente no
fuese; sino que el ser huevo incorpora ya, por ser huevo, la posibilidad
de ser pollo. No se pasa del no ser al ser al aparecer el pollo, sino de
un modo de ser a otro; y en todo este proceso el ser permanece[iii].


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Tipos de movimientos o cambios.
En general para la mente griega, y en particular para Aristóteles, el
movimiento se entiende en un sentido amplio.
Existe movimiento cuando se cambian accidentes —movimiento accidental— o
cuando se cambian propiedades sustanciales —movimiento sustancial.
Dentro de los movimientos accidentales los hay de tres clases,
dependiendo de qué accidente varíe. Y así existe el movimiento local,
que ocurriría cuando la sustancia cambia de un lugar espacial a otro.
También está el movimiento cualitativo, y aquí la sustancia cambia en
alguna cualidad.
Por ejemplo, el paso de color verde de una hoja de árbol al amarillo.
Un último movimiento accidental es el movimiento cuantitativo, que
ocurre cuando la sustancia cambia de cantidad.
Por ejemplo cuando una persona crece, o engorda.
En todos estos movimientos, aunque cambian accidentes, el sujeto no
deja de ser lo que era.
Por ejemplo: Carlos puede cambiar de color, por padecer ictericia, y que
su piel adquiera un tono amarillo, puede cambiar de lugar, y puede
crecer, pero en todos los casos seguirá siendo Carlos.
Sin embargo, en el movimiento sustancial, el propio sujeto deja de ser
lo que era; a esa clase de movimiento lo denomina Aristóteles movimiento
de generación y corrupción. En ese movimiento lo que cambia es la
materia o la forma de la sustancia primera que se trate, y no únicamente
alguno de sus accidentes.
Por ejemplo cuando Carlos deja de ser Carlos al morir. También cuando un
papel es quemado.


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Las cuatro causas.
Las causas son los principios que explican el cambio o movimiento[iv].
Si coloreo un papel se puede explicar ese cambio diciendo que yo soy el
causante del cambio. Yo, sería un principio explicativo de por qué ha
cambiado el papel. Pero además, si he coloreado el papel, lo habré hecho
por algún motivo, buscando alguna finalidad, quizá para entretenerme.
Pues bien, tanto el que produce el cambio –yo-, como la finalidad por la
que lo hago –entretenerme- constituyen dos causas del cambio para
Aristóteles; en este caso dos causas extrínsecas.
Las causas extrínsecas son aquellas que colaboran, desde fuera de la
cosa, en que el cambio ocurra.
Pero para Aristóteles, para explicar el cambio, además he de reflejar
qué es lo que ha cambiado en la cosa; porque no es lo mismo colorear un
papel que quemarlo, un papel coloreado sigue siendo un papel, pero un
papel quemado son cenizas, no es ya papel.
Para poder explicar qué es lo que cambia se remite a las causas
intrínsecas que son la causa material y la causa formal, y son las que
dan cuenta del cambio desde dentro de la cosa que cambia
Si el cambio es sustancial cambiará el sujeto o sustancia primera,
generalmente porque incorpora otra forma no accidental distinta. Si el
cambio es accidental lo que incorpora o abandona es un accidente, y la
sustancia primera permanece.
Las causas extrínsecas, por su parte, son dos: la causa eficiente y la
causa final, y lo que vienen a explicar es a causa de qué cambia el
objeto.
La causa eficiente es el agente productor del cambio. Actúa sobre el
sujeto haciendo que actualice una forma distinta de la que tenía en
acto; sería el motor del cambio.
Por ejemplo si un leño se quema sería el fuego, es decir el motor del
cambio. También si el fuego lo ha producido por ejemplo un rayo o una
persona suelen llamarse a la persona o al rayo la causa eficiente del
cambio. Otro ejemplo: de una escultura suele decirse que su causa
eficiente es el escultor, aunque en sentido estricto sería el cincel que
toca la piedra, y de este movimiento sería su causa eficiente el
martillo que empuja al cincel, y de ese movimiento del martillo su causa
eficiente sería el escultor, sin embargo no hay mayores problemas en
simplificar y decir que es el escultor la causa eficiente de la estatua.
Por su parte la causa final es aquello por lo que algo —para lo que
algo— se hace. Sería el motivo o finalidad por el que ocurre el cambio.
Por ejemplo, la causa final de hacer un hoguera puede ser calentarse, o
preparar la comida, y la de hacer una escultura el venderla. También
podemos seguir las líneas de las finalidades y preguntar qué finalidad
sigue el escultor al querer vender la estatua, supongamos que la
respuesta es para conseguir dinero; y aún podemos proseguir la línea y
buscar para qué quiere el dinero. En última instancia, y en el caso de
los seres humanos, la respuesta según Aristóteles es para ser feliz.
La cuestión está en que los seres pueden cambiar por naturaleza, es
decir de un modo natural, como cuando un ser vivo crece, o puede cambiar
porque de una manera violenta el hombre produzca el cambio.
A la hora de producir el cambio, el ser humano, puede hacer cambiar
accidentes, por ejemplo cuando da una patada a una piedra y la hace
cambiar de lugar, o puede producir un cambio sustancial, por ejemplo
cuando cincela la piedra y produce el busto de Sócrates. Esos seres
productos del hombre se denominan seres artificiales, y se contraponen a
los seres naturales. Son seres naturales los que existen por naturaleza;
es decir, los animales y sus partes, incluyendo al hombre, y los cuerpos
simples como la tierra, el fuego, el aire o el agua. En cambio una cama
o una estatua han sido producidas por el hombre, y por ello se los
llama artificiales.
La última causa final de los cambios violentos que el ser humano
introduce es que la persona piensa que hacerlos contribuye a su
felicidad.
Por ejemplo, una persona puede construir una casa para venderla y ganar
dinero, o pintar un cuadro por prestigio, o levantar una piedra por
divertirse, etc. En todos los casos la persona considera que hacer lo
que hace contribuye, en un sentido u otro a su felicidad.
Sin embargo en los seres naturales es distinto.
Estos seres se distinguen de los artificiales en que tienen en sí mismos
un principio interno de movimiento o de reposo
Por ejemplo, los seres vivos crecen de modo natural, el fuego tiende a
ascender de un modo natural, al agua tiene de modo natural a situarse
encima de la tierra, y el aire encima del agua…
Pues bien, ¿qué causa el movimiento natural y hacia dónde dirige? Según
Aristóteles los seres naturales lo son por incorporar una forma natural
—es decir, no impuesta por el hombre—esa forma natural es la que intenta
actualizarse en la materia que informa de una manera excelente y
perfecta. Es decir los seres naturales tienen, por la forma que los
constituye, una tendencia a desarrollarse —cambiar—de un modo
determinado y en una "dirección" preestablecida.
Por ejemplo, el organismo de un insecto en desarrollo que, después de
haber salido de un huevo, toma primero la forma de una larva, luego de
una crisálida, hasta que adquiere su forma perfecta; esto es hasta que
la materia de la que está hecho llega a ser el insecto del que hablamos.
Es el intento que toda forma confiere a la materia en la que está, para
que el individuo en concreto se dirija a convertirse en una
configuración perfecta de la forma que incluye, la que conduce y dirige
ese movimiento natural. Como consecuencia del efecto que la forma
natural tiene en el individuo Aristóteles la llama causa, y como no
precede al proceso sino que constituye su fase final, la denomina causa
final.
Pero todavía cabe preguntar por qué ocurre ese proceso; es decir, por
qué las formas naturales intentan realizarse de modo perfecto en la
materia en la que se encuentran. Y junto a esta pregunta también podemos
preguntar si el mundo entero, concebido como un proceso gigantesco y
extraordinario, posee también su causa final.
Y la respuesta de Aristóteles para ambas cuestiones es la misma.
Lo que hace que cada una de las formas naturales intenta actualizarse de
modo perfecto es la misma cosa en lo que consiste la forma del mundo
entero concebido como una totalidad; Dios.
Dios es forma del universo, y las formas de las cosas concretas intentan
actualizarse de modo perfecto a imitación del propio Dios, que es
perfecto.
Dios es la causa final de todo el movimiento natural. Él mueve el
universo entero sin tocarlo, de hecho sin ni siquiera conocer que lo
mueve.
Aristóteles explica cómo puede moverlo todo sin moverse él, sin impulsar
nada, señalando que Dios es como una especie de objeto de deseo y amor
para el mundo[v], de manera
similar, pues a como alguien, por amor o admiración, se cambia a sí
mismo o hace algo, sin que el amado, o imitado, le haya dicho algo, le
toque, o siquiera se entere que produjo el cambio.
Según Aristóteles Dios es acto puro. Y con eso se indica que no tienen
potencia que actualizar, ya que es perfecto e inmóvil.
Sólo lo que no es perfecto tiene potencia que actualizar, pero lo
perfecto no puede cambiar porque eso le haría salir de su perfección. Lo
perfecto no tiene ser en potencia, es acto puro.
Todo se mueve menos él que lo mueve todo, siendo inmóvil.
Incluso los seres artificiales, que son fabricados por el hombre, tienen
en última instancia a Dios por causa final, porque el hombre hace todo
buscando su felicidad, y esta se encuentra en alcanzar la perfección de
su forma humana, y el deseo de alcanzar esa perfección, y por tanto el
mismo deseo de ser feliz, procede de Dios.
El Dios de Aristóteles no nos conoce. Si Dios es acto puro no puede
conocer algo que tenga potencia, y por tanto movimiento y cambio, ya que
conocería algo que cambia, y en tanto que cambia lo conocido la mente
del conocedor cambia.
Por eso, Dios, que tienen la forma más perfecta de vida, que es la
inteligencia o pensamiento, no puede tener otro objeto de pensamiento
que sí mismo, ya que sólo él mismo es inmóvil, sólo él mismo es acto
puro. Y por eso Dios se piensa a sí mismo, es "pensamiento del
pensamiento".
Dios no es creador del mundo. El mundo, como el propio Dios, es eterno
en el tiempo. La creación y la providencia son ajenas al Dios de
Aristóteles.


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El movimiento natural en
los seres animados: el alma.
Los seres animados son aquellos que tienen vida, entendiendo por tal las
funciones de nutrición, crecimiento y reproducción.
Pues bien, "alma" es el nombre genérico de la forma de aquellos cuerpos
naturales que en potencia tiene vida. Es pues el principio de animación
de los seres vivos.
Desde esta perspectiva no hace falta demostrar que existe el alma, si
hay seres vivos, entendidos como animados, tendrá que estar el alma como
principio explicativo de esa animación.
Como hay tres tipos distintos de seres vivos, habrá tres tipos de alma,
con la característica de que el alma de los seres superiores tiene las
funciones de la de los seres inferiores;
Vegetativa. De los vegetales. Sus funciones características son las de
crecimiento, nutrición y reproducción. Sensitiva, de los animales. Sus
funciones características son la sensibilidad, el movimiento y las
apetencias y deseos. Intelectiva o racional, es la del hombre. Tiene la
capacidad de entender y pensar.
En Aristóteles no está claro si con la muerte, al separarse el alma
humana, ésta deja de existir, ya que no existen formas sin materias,
sólo sustancias, o si la parte del alma encargada de conocer las formas
(las sustancias segundas), llamada entendimiento agente sobrevive.
En el transcurso de su vida el hombre puede adquirir distintas formas
accidentales o perderlas, aunque siempre dentro de las que son para él
potencialmente posibles; así puede hacerse músico pero no puede hacerse
rumiante. Sin embargo la forma natural, en nuestro caso el alma, no
desaparece hasta que muere, y siempre intenta mover en la misma
dirección, intentando actualizar, de forma excelente, en la materia lo
que ella es.


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La ética.
Para Aristóteles todas nuestras acciones o elecciones tienden a un bien,
a un fin ya sea éste una obra o una actividad.
Por ejemplo, los actos realizados con un carpintero que construye una
mesa se realizan tendiendo a la construcción de ese objeto; sin embargo,
el acto de pasear, o mirar, no tiene un fin distinto de la propia
actividad.
Es claro que existen fines que se subordinan a otros más importantes, es
decir que se desean como medio para conseguir otros. Por eso deberá
conocerse cual sea el fin, o fines, supremos y al que los demás fines se
subordinan como medios.
Entre los varios aspirantes a fines supremos se encuentran cosas como el
placer, la virtud, el honor o la inteligencia. Lo que los hace posibles
fines supremos es que son cosas que las personas pueden desear por sí
mismas y no para conseguir otras cosas; pero ocurre que también las
deseamos a causa de la felicidad –eudaimonía- que proporcionan, ya que
pensamos que gracias a ellas seremos felices, en cambio la felicidad no
se busca por esas cosas ni en general por nada distinto de ella misma.
Por eso, para Aristóteles, que la felicidad siempre se escoja por sí
misma y nunca por otra cosa, es lo que la distingue de cualquier otro
bien y la hace un bien perfecto.
Como todos queremos ser felices, conseguir el bien perfecto, será el fin
último del ser humano, y la disciplina intelectual que nos dice cómo
hacerlo es la ética; pero además, como es mejor conseguirlo no sólo para
uno mismo sino para la ciudad entera, resulta que la ética estará
incluida dentro de la política.
Aristóteles piensa que todos deseamos la felicidad como fin último, sólo
que puede haber distintas concepciones de cómo conseguirla o de qué sea
ésta.
Para delimitar con precisión qué sea la felicidad Aristóteles considera
que si el hombre tuviera una función característica su cumplimiento le
proporcionaría la felicidad.
Por ejemplo, un flautista por tocar la flauta ya es flautista, pero le
llamaremos buen flautista si su función característica la realiza bien.
De igual modo el ser humano, si tiene funciones que realiza en tanto que
es un ser humano, cumplirlas es lo que le haría desarrollar su
naturaleza y le proporcionaría la felicidad.
Pues bien, dado que el alma del ser humano tiene tres funciones,
vegetativa, sensitiva e intelectiva, su felicidad se encontrará en
desarrollar de un modo excelente esas tres funciones, pero haciendo que
sea la función intelectiva, que es única en el ser humano y nos
distingue de los animales, sea función principal y a la que se
subordinan las demás.
Sobre la parte vegetativa no tenemos control, ya que no podemos mandar
sobre la digestión o el crecimiento, no depende de nuestra razón; y por
tanto sobre tal parte no habrá normas.
Pero sobre la parte sensitiva si se puede ejercer cierto control por
parte de la función más excelente y humana que es la intelectiva.
A la parte sensitiva corresponden la capacidad de tener las pasiones,
las propias pasiones, y los modos de ser. En la medida que se adquiere
control sobre las pasiones se adquieren las virtudes éticas como
liberalidad, templanza, valor, etc.
Ahora bien, las personas no somos responsables ni de nuestra capacidad
de tener pasiones, ni, al menos inicialmente, de las pasiones que
tenemos. Sobre eso no es posible tener control. Pero lo que sí podemos
controlar son las conductas, y con ellas lo hábitos de conducta, que
adquirimos cuando somos asaltados por las pasiones. Ahí es donde se
inicia el dominio sobre las pasiones por parte del intelecto. Y así, en
la medida en que uno repetidamente controla lo que hace cuando siente la
pasión, uno adquiere un hábito que termina en un modo de ser que es la
virtud.
Por ejemplo, no somos responsables de nuestra capacidad de sentir miedo
o peligro, ni del hecho de sentirlo en un determinado momento. Pero sí
somos responsables de dejarnos llevar por ese miedo. Tanto si nos
acostumbramos a dejarnos llevar por él, y huimos, como si nos resistimos
y encaramos el peligro, adquirimos un hábito, ese hábito es que termina
por producir en nosotros un modo de ser que hace que, en el caso del que
encara el peligro, le convierte en valiente.
Aristóteles distingue entre la persona que adquiere una virtud y el que
está camino de ello. Quien ya adquirió la virtud goza controlando e
imponiendo su dominio sobre la pasión, ésta no consigue inquietarle. En
cambio, quien realiza el acto ético, pero aún no tiene la virtud, debe
de luchar contra ella, y vivirá su acto con esfuerzo.
Por ejemplo, quien tiene la virtud de la valentía, a diferencia del que
aún no la tiene pero se esfuerza en ello, goza controlando esa pasión
que se produce en presencia del peligro, por eso de él se dice que es
valiente. En cambio, quien aún no tiene la virtud pero también aguanta
el peligro, realizará un enorme esfuerzo en controlar la pasión que le
pide huir; por tanto, y aunque haga lo mismo que el anterior, éste no es
valiente, aunque vaya camino de ello.
Para Aristóteles, por tanto, la virtud no se adquiere ni por enseñanza
ni por naturaleza, se adquiere por hábito.
Pero aunque se desee adquirir las virtudes éticas aún hay que conocer
cuál de los posibles actos a realizar, cuando asalta la pasión, es el
correcto.
Esa decisión es tomada por el intelecto, y Aristóteles la define como
una elección, según el justo medio, entre dos extremos.
La noción de justo medio es la noción más compleja de la ética de
Aristóteles. El justo medio lo es respecto a dos extremos de acción o de
emoción.
Por ejemplo la valentía es la virtud entre dos vicios, la cobardía que
lo es por defecto y la temeridad que lo es por exceso, el liberal lo es
frente al despilfarrador y al tacaño; y así sucesivamente.
Una vez que hemos determinado el justo medio entre dos pasiones, o
acciones, se trata de realizarlo no a la mitad, sino al máximo.
Es decir, una vez que sabemos qué hacer para ser liberales hay que serlo
de modo total.
Ahora bien como tenemos una tercera función del alma, y es además la
parte mejor y esencial del hombre, es en ella donde se encontrará la
finalidad más importante y mejor del ser humano.
De igual modo que ocurre con la parte pasional del ser humano, es
posible adquirir la excelencia respecto a la parte intelectiva. Cuando
eso ocurre se adquieren unas virtudes que reciben el nombre de
dianoéticas, y que son la sabiduría, la inteligencia y la prudencia.
Y como la función característica del hombre es la racionalidad, el ideal
de vida para el hombre, y donde se encuentra lo más importante para su
excelencia y felicidad, es la actividad de su alma de acuerdo con esa
virtud; lo que da un ideal de vida contemplativo.
El ser humano tiene varias funciones en el alma, y todas colaboran a su
felicidad, pero en lo que el ser humano más propiamente consiste es en
ser racional, y por ello es la excelencia de esa función, la que
proporcionará la felicidad propiamente humana.
Sin embargo también somos seres sensitivos, y por ello también nos es
necesario el placer sensorial para conseguir una felicidad completa. Sin
embargo, la parte sensitiva debe subordinarse a la parte racional, ya
que en otro caso los fines de la parte sensitiva serían los
fundamentales, y en vez de conseguir la felicidad del ser humano
conseguiríamos, como mucho, la felicidad del animal. La felicidad del
ser humano tiene que recoger de forma principal aquello que distingue al
ser humano del resto de los seres; el intelecto.
Por eso la virtud ética, que es el control de la parte pasional del ser
humano, es necesaria para la felicidad. Sin ella las pasiones nos
gobernarían e impedirían el desarrollo de las virtudes dianoéticas.
Pues bien, el tipo de actividad que realiza el intelecto, y en la cuál
el ser humano es feliz, es la contemplación, la misma actividad que
realiza Dios. Pero, ¿contemplación de qué? Aristóteles no es claro al
respecto, aunque parece que se refiriera a la contemplación de aquello
que no cambia; y por tanto, de la verdad y del propio Dios.


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La política.
La comunidad política no es una entidad artificial establecida mediante
un pacto o convención voluntaria de individuos que se asocian para
conseguir un bien común, como pensaron los sofistas; para Aristóteles la
comunidad política es natural, entendiendo por tal cosa que brota
necesariamente de una inclinación de la propia naturaleza del hombre[vi].
Desde esa perspectiva Aristóteles define al hombre como un animal
político, y con ello se indica que está en su naturaleza su inclinación
a formar y participar de la polis.
Las inclinaciones naturales, la naturaleza en los individuos, está en la
forma sustancial que los caracteriza. La forma siempre intenta conseguir
la perfección del género que ella es en el individuo en que se
encuentra. En el caso de los seres humanos, a lo que la forma lleva de
manera natural, es a conseguir su bien y felicidad; por tanto, si por
naturaleza el hombre es un animal político será porque sólo en la polis
el hombre podrá encontrar su bien y su felicidad, y no podrá conseguirlo
en el estado de aislamiento[vii].
Como prueba de la sociabilidad natural del hombre Aristóteles indica dos
rasgos. El primero es que el hombre dispone de un lenguaje formado que
posibilita el diálogo, muy distinto de la pura emisión de sonidos que
presenta el animal.
El segundo rasgo es la ética; el hombre no sólo distingue entre placer y
dolor, como hace el animal, sino entre el bien y el mal, entre lo justo
y lo injusto lo cuál es imprescindible para organizar de manera adecuada
la polis.
“He aquí lo que se produce cuando se convive y se intercambian palabras
y pensamientos, porque así podría definirse la sociedad humana, y no
como la del ganado, por el hecho de pacer en el mismo prado.”
Existen distintas formas de agrupamiento y por las que pasan las
personas. La unidad social básica es la familia, que comprende el
marido, la esposa, los hijos, los esclavos… y el buey arador. La segunda
unidad social es la aldea, que resulta de la agrupación de varias
familias. La tercera, y última, agrupación social es la polis (o
ciudad), que se produce por el agrupamiento de varias aldeas.
Pues bien, hay una evolución natural desde la familia a la polis que
hace que ésta se constituya genética e históricamente la última; pero,
sin embargo, es la polis la primera por naturaleza, y lo es en el
sentido de que ella es la que tiene prioridad natural, ya que sólo en
ella puede recibir, la necesidad natural, original cumplimiento. Es
decir, la polis es el fin perfecto de esa inclinación natural a la
sociabilidad que presenta el ser humano, y así, sólo en la polis podrá
el ser humano llevar una vida digna y apropiada a él.
Cabe ahora establecer cuál sea el fin que la naturaleza busca al hacer
que el ser humano tienda naturalmente a vivir en la polis.
Aristóteles señala que, por la existencia de la polis, el ser humano
puede conseguir muchos fines secundarios. Por ejemplo satisfacer mejor
las necesidades de todo tipo, o el conseguir riqueza, incluso el simple
placer de vivir en compañía, y también protección contra el enemigo,
pero que ninguno de estos fines es el fin principal de la polis. El fin
principal de la polis es conseguir que el hombre viva en ella una buena
vida, es decir el vivir bien.
Pero vivir bien no significa abundancia de bienes materiales, sino una
vida conforme a la virtud, porque sólo de una vida virtuosa puede
derivar la felicidad.
Por eso la ciudad buena será la que se organice preocupándose de que el
ciudadano que la habite pueda ser virtuoso, y así feliz. El fin de la
polis no es pues la conveniencia material de los ciudadanos, sino hacer
posible la virtud para los ciudadanos, y cabe resaltar lo de los
ciudadanos porque no todos los habitantes de la polis lo son; de hecho
en la polis también convive, junto al ciudadano libre, el esclavos.
El ciudadano, que tiene que poder acceder a la virtud, necesita en buena
parte disponer de tiempo libre para ejercitar las virtudes dianoéticas y
llegar a la vida contemplativa. A tal fin debe liberarse de ciertos
trabajos y ocupaciones que imposibilitarían esa labor. Ese tipo de
labores no intelectuales y claramente orientadas a cubrir las
necesidades primarias de los individuos la realizan los artesanos,
labradores, comerciantes y, sobre todo, los esclavos.
La esclavitud, que era común en la Atenas de Aristóteles, es justificada
por éste. Lo hace no ya por las ventajas que produce su existencia al
ciudadano libre, sino en la propia naturaleza del esclavo. Aristóteles
considera que no todos los hombres nacen con la misma capacidad
racional. Los hay que, aunque presentan suficiente capacidad como para
entender, no la tienen como para gobernarse. Son esos hombres que no
pueden gobernarse a sí mismos los que deben ser gobernados por otros y
los que constituyen la clase de los esclavos[viii].
Una analogía podría ser la de los deficientes mentales. Algunos
deficientes mentales no tienen la capacidad de vivir libremente su vida.
Les conviene que alguien les dirija, que alguien les gobierne.
Análogamente el esclavo, que no tiene la suficiente capacidad racional
para gobernarse, conviene que le gobierne el amo.
Como condiciones para tener una buena polis Aristóteles señala el
disponer de un territorio propio que, como el caso del número de
habitantes, no sea ni escaso ni excesivo. Además es necesaria la
independencia económica y la política; pero sobre todo, lo que hace una
buena polis, es el tipo de régimen político que la administre.
Una vez establecido que el fin de la polis es el vivir bien se trata de
establecer que régimen político contribuye más y mejor a su consecución[ix].
La norma fundamental para discriminar entre buenos y malos regímenes
políticos está en ver si en ellos se administra en vistas al interés
común de la polis, o si lo hacen en vistas al bien particular de alguno,
o algunos, integrantes de la polis. Solamente un régimen que administre
en vistas al bien común de toda la polis puede ser catalogado como bueno
y justo.
Entre los sistemas que Aristóteles clasifica como buenos se encuentra la
monarquía, la aristocracia y la politeía. Cada uno de ellos tiene una
degeneración que es, respectivamente, Tiranía, Oligarquía y Democracia.
Los sistemas de gobierno degenerados coinciden en no poner como
finalidad el interés de la polis; y así la tiranía pone el de uno, la
oligarquía pone el de los ricos —que suelen ser unos pocos— y la
democracia el de los pobres —que suelen ser la mayoría.
Dentro de la monarquía se distinguen cinco tipos[x]:
La lacónica, que consiste en un generalato vitalicio que es hereditario
en Esparta pero también puede ser electivo. La bárbara, que es
hereditaria y legal. Esto último conlleva que es sustentada por los
propios ciudadanos libres y armados. La aisymneta, que es como la
bárbara pero con la diferencia que el gobernante es elegido y no
adquiere el cargo por herencia. La de los tiempos heroicos, que es legal
y hereditaria pero no se ejerce en todos los asuntos sino sólo en
algunos concretos: en el militar, judicial y religioso. Y la absoluta,
en la que el rey lo es en todas las funciones de la polis, al modo en
que un padre de familia lo es con su familia.
Ningún régimen, entre los degenerados, puede estar legitimado en la
naturaleza para gobernar. Entre los regímenes buenos hay que señalar que
no todos los pueblos son por naturaleza iguales, y que depende del
pueblo uno u otro puede ser más idóneo.
En el caso de que todos los ciudadanos sean iguales en virtud, ninguno
debe mandar sobre los demás, sino rotar el mando. Sólo cuando uno
destaque sobre los demás es cuando la monarquía se legitima como el
mejor sistema político, si lo que destacan son unos cuantos se justifica
la aristocracia, y si lo son una multitud se justifica la politeía.


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