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Sofistas

 

 

Protágoras

1.     Sociedades y modelos educativos.

2.     Las enseñanzas del sofista.

 

 

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  1. Sociedades y modelos educativos.

Tras la civilización micénica, que coincide con el final de la Edad del Bronce (siglos XIII y XII a. de C.) se forman en Grecia pequeñas comunidades que en su desarrollo terminarán por dar lugar, en el periodo arcaico (siglos VIII-V a. de C), a unas entidades políticas denominadas polis.

Las polis eran pequeñas ciudades estado, independientes y autónomas unas de otras,.

El gobierno de las polis fue ejercido inicialmente por reyes, tiranos y oligarcas. Todos estos sistemas de gobierno proponían a sus súbditos un modelo de vida fundado en el guerrero y en las virtudes asociadas a éste.

Este modelo culminaba en la ideal del héroe homérico encarnado por Aquiles, y que fue difundido por los rapsodas —poetas ambulantes griegos— que al difundir los poemas homéricos entre las distintas polis ejercían el papel de educadores de esta sociedad tradicional griega.

Pues bien, paulatinamente va surgiendo un nuevo sistema de gobierno para la polis, la democracia, que termina por consolidarse en Atenas durante la segunda mitad del s. V a. d. C.

El sistema democrático de gobierno incluye una serie de funciones sociales nuevas para las apenas sirven las virtudes asociadas al guerrero y al héroe homérico.

Entre las nuevas funciones sociales que los integrantes de las democracias griegas deben de desarrollar se encontraban la administración de los bienes públicos, lo que se realiza sorteando de modo rotatorio a los responsables que desempeñarían el cargo de forma temporal. Además tenían que asumir la propia defensa ante los tribunales de justicia, formados por vecinos suyos. Y también debían de tener los suficientes conocimientos de “política exterior”, ya que debían votar en asuntos tales como las declaraciones de guerra, o formación de alianzas, con otras polis.

Es por tanto, con la llegada de la democracia, que el modelo del guerrero entra en crisis y es sustituido por el del ciudadano. Y como sólo el ciudadano que adquiere los necesarios conocimientos puede tomar las decisiones acertadas sobre su vida, y señalar y convencer a sus conciudadanos acerca del bien común, el ideal del excelente ciudadano termina siendo el del sabio.

Pues bien, el sofista será la figura que, en las democracias griegas, se encargará de formar ciudadanos en el ideal de hacerlos sabios.

Una lista de los más importantes sofistas es: Protágoras de Abdera, Gorgias de Leontino, Hipias de Elis, Pródico de Keos, Trasímaco de Calcedon y Critias de Atenas.

Sistema político

Modelo de vida

Ideal de vida

Educador

Monarquía, tiranía, oligarquía.

Guerrero

Héroe homérico

Rapsoda

Democracia

Ciudadano

Sabio

Sofista

 

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  1. Las enseñanzas del sofista.

Los sofistas eran profesores ambulantes que viajaban de ciudad en ciudad ofreciendo enseñar a cambio de dinero.

Enseñar por dinero era algo nuevo en Grecia y que asombró no poco.

Lo que el sofista pretendía enseñar terminaron siendo aquellas habilidades necesarias para que los ciudadanos de la democracia griega pudieran realizar perfectamente sus funciones públicas y privadas.

Entre las disciplinas que el sofista enseñaba destacaba la retórica, o arte de la persuasión por la palabra, que le era especialmente necesario para convencer a los demás en las asambleas y defenderse públicamente ante los jueces, y la política, o arte de gobernar, en la que se incluiría la moral y el derecho, y que le importaba para poder decidir cómo organizar mejor la polis, y cómo votar en los asuntos de política exterior[1].

Respecto a la retórica hay que señalar que a través de su práctica desarrollaron una tal habilidad que les llevó a anunciar el compromiso de ser capaces de demostrar cualquier tesis, y enseñar a hacerlo a cualquiera, aunque aparentemente fuera una tesis falsa.

Respecto al tópico de hacer pasar la tesis más débil por la más fuerte, se encuentra la anécdota de Protágoras y Evatlo que pone de manifiesto ese modo de argumentar retórico tan típico de los sofistas. Protágoras enseña a Evatlo el arte de la retórica para que éste pueda vencer en los juicios. Evatlo  le dice a Protágoras que le pagará sus enseñanzas cuando gane su primer juicio, pero evita entrar en juicios y así evita pagarle; entonces Protágoras le pone un juicio a Evatlo para que le pague los honorarios. La forma que tiene Protágoras de defender su caso ante los jueces es la siguiente: “Pido que se condene a Evatlo a pagarme las enseñanzas, y pienso que los jueces tendrán que condenar a Evatlo porque si los jueces juzgan a mi favor, pensando que ha habido engaño por parte de Evatlo, entonces éste tendría que pagarme por perder el juicio, pero si pensasen que Evatlo no me engañó y así éste ganase el juicio, entonces ya habría ganado un juicio, y por tanto, como esa era la condición para que me pagase, también tendrá que pagarme”. Así las cosas, Evatlo, que había aprendido bien de Protágoras, se defiende dando la vuelta al argumento: “Señores jueces si pensaseis que yo tengo razón, entonces no tendría que pagar nada a Protágoras, pero si juzgaseis que Protágoras tiene razón, entonces yo habría perdido el juicio, y por tanto como sigo sin ganar ningún juicio tampoco tendría que pagarle”.

Ahora bien, si el sofista, a través de la retórica, se veía capaz de demostrar cualquier proposición eso era debido a que, o bien todas las opiniones humanas estaban igualmente fundadas, y entonces es que todas las opiniones, aunque se trate de opiniones contradictorias, son verdaderas, y ésta es la tesis relativista; o bien ninguna opinión humanas está realmente fundada porque la verdad no existe, y esta tesis es la tesis escéptica; y así, en ausencia de cualquier clase de fundamento racional, todas las opiniones humanas tendrían el mismo valor aunque fueran contradictorias entre sí.

Respecto a la política hay que señalar que como el político era el encargado de indicar y persuadir de qué es aquello que conviene al bien común, al bien de toda la polis, se les hizo necesario presentarse a sí mismos como maestros de virtud, capaces de conocer y enseñar a los demás donde se encuentra el bien y, por tanto, de establecer cuales serían las mejores leyes de comportamiento político y moral.

El modo tradicional de pensar, basado en los mitos y la religión, ponía el origen y valor de las leyes políticas y éticas en la voluntad de los dioses. Pero puesto en duda el pensamiento mítico por la actitud racional, ese modo de pensar entra en crisis y se inicia el problema de cómo justificar el valor de las leyes morales y políticas que el ser humano adopte.

Desde un punto de vista racional las alternativas eran dos. O bien las leyes éticas y políticas se fundamentaban en la naturaleza humana, o bien las leyes eran absolutamente convencionales, significando con ello que no tenían otro origen y fundamento que un acuerdo arbitrario hecho por algunos humanos.

Para ejemplificar la disyuntiva se utilizó el término“physis” para significar su origen natural, y el término “nomos” para significar el origen convencional de la ley humana. Y así la cuestión quedó como una controversia entre “physis y nomos”; es decir, entre lo natural y lo convencional.

Entre esas opciones los primeros sofistas consideraron que el origen de las leyes humanas era completamente convencional; de modo que esas leyes eran una convención arbitraria sin más valor que el que sus usuarios les daban.

Para apoyar su opinión señalaban la enorme disparidad de normas morales y políticas que los viajeros griegos relataban que eran mantenidas por los distintos pueblos bárbaros que rodeaban Grecia. E incluso, sin ir tan lejos, podía observarse que  dentro de una misma polis no todos pensaban igual acerca de lo que era justo y bueno.

Según avanzaba el debate algunos sofistas de segunda generación, entre los que se conoce a Calicles y Trasímaco, cambiaron de opinión.

Consideraron que los seres humanos tenemos una naturaleza inmutable y común, que es independiente de las influencias culturales. Para deslindar los contenidos que al cultura aporta al ser humano de aquellos que son naturales en éste debemos de fijarnos en aquellos comportamientos que son comunes en todos los seres humanos, pero, sobre todo, en el modo en que los niños y los animal interactúan entre sí, ya que éstos o apenas muestran influencias sociales o no las tienen en absoluto.

Pues bien, dentro de esa naturaleza inmutable está la búsqueda de placer y el dominio del más fuerte. Y así, es a partir de esos dos únicos hechos, desde donde cabe establecer las leyes morales y políticas que pueden ser fundamentadas por la naturaleza humana.

Desde esta perspectiva las normas de las ciudades son normas antinaturales que los débiles establecen por convención para defenderse del poder de los fuertes y de su derecho natural a imponer su voluntad. Es por eso que esas convenciones sancionan siempre derechos para los débiles y deberes para los fuertes; pero en tanto que contrarían las leyes naturales se convierten en leyes inmorales, que no deben ser obedecidas.

Una exposición de esta postura, recogida por Platón de un discurso de Calicles, dice:

“CALICLES.- Precisamente eso es lo que dices Sócrates. Pues ¿Cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo? Al contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a decir con sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar que sus deseos se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos, sino, que, siendo los mayores que sea posible, debe ser capaz de satisfacerlos con decisión e inteligencia y saciarlos con lo que en cada ocasión sea objeto de deseo. Pero creo yo que esto no es posible para la multitud; de ahí que, por vergüenza, censuren a tales hombres, ocultando de este modo su propia impotencia; afirman que la intemperancia es deshonrosa, como yo dije antes, y esclavizan a los hombres más capaces por naturaleza y, como ellos mismos no pueden procurarse la plena satisfacción de sus deseos, alaban la moderación y la justicia a causa de su propia debilidad. Porque es para cuantos desde el nacimiento son hijos de reyes o para los que, por su propia naturaleza, son capaces de adquirir un poder, tiranía o principado, ¿qué habría, en verdad, más vergonzoso y perjudicial que la moderación y la justicia, si pudiendo disfrutar de sus bienes, sin que nadie se lo impida, llamaran para que fueran sus dueños a la ley, los discursos y las censuras de la multitud? ¿Cómo no se habrían hecho desgraciados por la bella apariencia de la justicia y de la moderación, al no dar más a sus amigos que a sus enemigos, a pesar de gobernar en su propia ciudad? Pero Sócrates, esta verdad que tú dices buscar es así: la molicie, la intemperancia y el libertinaje, cuando se les alimenta, constituyen la virtud y la felicidad; todas esas otras fantasías y convenciones de los hombres contrarias a la naturaleza son necedades y cosas sin valor”[2].

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[1] Algunos sofistas, como Gorgias, consideraron que la moral no podía enseñarse; aunque sí puede enseñar la teoría ética que explica porque la moral no es enseñable.

[2] Platón. Gorgias (491e-492e).

 


Esta página se actualizó por última vez el 14/12/2008