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Sociedades y modelos
educativos.
Tras la civilización micénica, que coincide con el
final de la Edad del Bronce (siglos XIII y XII a. de C.) se forman en
Grecia pequeñas
comunidades
que
en
su desarrollo terminarán por dar lugar, en el periodo arcaico (siglos
VIII-V a. de C), a unas
entidades
políticas denominadas polis.
Las
polis eran pequeñas ciudades estado, independientes y autónomas unas de
otras,.
El
gobierno de las polis fue ejercido inicialmente por reyes, tiranos y
oligarcas. Todos estos sistemas de gobierno proponían a sus súbditos un
modelo de vida fundado en el guerrero y en las virtudes asociadas a
éste.
Este modelo culminaba en la ideal del héroe homérico encarnado por
Aquiles, y que fue difundido por los rapsodas —poetas ambulantes
griegos— que al difundir los poemas homéricos entre las distintas polis
ejercían el papel de educadores de esta sociedad tradicional griega.
Pues bien, paulatinamente va surgiendo un nuevo sistema de gobierno para
la polis, la democracia, que termina por consolidarse en Atenas durante
la segunda mitad del s. V a. d. C.
El
sistema democrático de gobierno incluye una serie de funciones sociales
nuevas para las apenas sirven las virtudes asociadas al guerrero y al
héroe homérico.
Entre las nuevas funciones sociales que los integrantes de las
democracias griegas deben de desarrollar se encontraban la
administración de los bienes públicos, lo que se realiza sorteando de
modo rotatorio a los responsables que desempeñarían el cargo de forma
temporal. Además tenían que asumir la propia defensa ante los tribunales
de justicia, formados por vecinos suyos. Y también debían de tener los
suficientes conocimientos de “política exterior”, ya que debían votar en
asuntos tales como las declaraciones de guerra, o formación de alianzas,
con otras polis.
Es
por tanto, con la llegada de la democracia, que el modelo del guerrero
entra en crisis y es sustituido por el del ciudadano. Y como sólo el
ciudadano que adquiere los necesarios conocimientos puede tomar las
decisiones acertadas sobre su vida, y señalar y convencer a sus
conciudadanos acerca del bien común, el ideal del excelente ciudadano
termina siendo el del sabio.
Pues bien, el sofista será la figura que, en las democracias griegas, se
encargará de formar ciudadanos en el ideal de hacerlos sabios.
Una
lista de los más importantes sofistas es: Protágoras de Abdera, Gorgias
de Leontino, Hipias de Elis, Pródico de Keos, Trasímaco de Calcedon y
Critias de Atenas.
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Sistema político |
Modelo de vida |
Ideal de vida |
Educador |
|
Monarquía, tiranía, oligarquía. |
Guerrero |
Héroe homérico |
Rapsoda |
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Democracia |
Ciudadano |
Sabio |
Sofista |


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Las enseñanzas del
sofista.
Los
sofistas eran profesores ambulantes que viajaban de ciudad en ciudad
ofreciendo enseñar a cambio de dinero.
Enseñar por dinero era algo nuevo en Grecia y que asombró no poco.
Lo
que el sofista pretendía enseñar terminaron siendo aquellas habilidades
necesarias para que los ciudadanos de la democracia griega pudieran
realizar perfectamente sus funciones públicas y privadas.
Entre las disciplinas que el sofista enseñaba destacaba la retórica, o
arte de la persuasión por la palabra, que le era especialmente necesario
para convencer a los demás en las asambleas y defenderse públicamente
ante los jueces, y la política, o arte de gobernar, en la que se
incluiría la moral y el derecho, y que le importaba para poder decidir
cómo organizar mejor la polis, y cómo votar en los asuntos de política
exterior[1].
Respecto a la retórica hay que señalar que a través de su práctica
desarrollaron una tal habilidad que les llevó a anunciar el compromiso
de ser capaces de demostrar cualquier tesis, y enseñar a hacerlo a
cualquiera, aunque aparentemente fuera una tesis falsa.
Respecto al tópico de hacer pasar la tesis más
débil por la más fuerte, se encuentra la anécdota de Protágoras y Evatlo
que pone de manifiesto ese modo de argumentar retórico tan típico de los
sofistas. Protágoras enseña a Evatlo el arte de la retórica para que
éste pueda vencer en los juicios. Evatlo le dice a Protágoras que le
pagará sus enseñanzas cuando gane su primer juicio, pero evita entrar en
juicios y así evita pagarle; entonces Protágoras le pone un juicio a
Evatlo para que le pague los honorarios. La forma que tiene Protágoras
de defender su caso ante los jueces es la siguiente: “Pido que se
condene a Evatlo a pagarme las enseñanzas, y pienso que los jueces
tendrán que condenar a Evatlo porque si los
jueces juzgan a mi favor, pensando
que ha habido engaño por parte de Evatlo, entonces éste tendría que
pagarme por perder el juicio, pero si pensasen que Evatlo no me engañó y
así éste ganase el juicio, entonces ya habría ganado un juicio, y por
tanto, como esa era la condición para que me pagase, también tendrá que
pagarme”. Así las cosas, Evatlo, que había aprendido bien de Protágoras,
se defiende dando la vuelta al argumento: “Señores jueces si pensaseis
que yo tengo razón, entonces no tendría que pagar nada a Protágoras,
pero si juzgaseis que Protágoras tiene razón, entonces yo habría perdido
el juicio, y por tanto como sigo sin ganar ningún juicio tampoco tendría
que pagarle”.
Ahora bien, si el sofista, a través de la retórica, se veía capaz de
demostrar cualquier proposición eso era debido a que, o bien todas las
opiniones humanas estaban igualmente fundadas, y entonces es que todas
las opiniones, aunque se trate de opiniones
contradictorias, son verdaderas, y ésta es la tesis
relativista; o bien ninguna opinión humanas está realmente fundada
porque la verdad no existe, y esta tesis es la tesis escéptica; y
así, en ausencia de cualquier clase de fundamento racional, todas las
opiniones humanas tendrían el mismo valor aunque fueran contradictorias
entre sí.
Respecto a la política hay que señalar que como el político era el
encargado de indicar y persuadir de qué es aquello que conviene al bien
común, al bien de toda la polis, se les hizo necesario
presentarse a sí mismos como maestros de virtud, capaces de conocer y
enseñar a los demás donde se encuentra el bien y, por tanto, de
establecer cuales serían las mejores leyes de comportamiento político y
moral.
El modo tradicional de pensar, basado en los mitos y la religión, ponía
el origen y valor de las leyes políticas y éticas en la voluntad de los
dioses. Pero puesto en duda el pensamiento mítico por la
actitud racional, ese modo de pensar entra en crisis y se inicia el
problema de cómo justificar el valor de las leyes morales y políticas
que el ser humano adopte.
Desde un punto de vista racional las alternativas eran dos. O bien las
leyes éticas y políticas se fundamentaban en la naturaleza
humana, o bien las leyes eran absolutamente
convencionales, significando con ello que no tenían otro origen y
fundamento que un acuerdo arbitrario hecho por algunos humanos.
Para ejemplificar la disyuntiva se utilizó el
término“physis” para significar su origen natural, y el término “nomos”
para significar el
origen
convencional
de la ley humana. Y así la cuestión quedó como una controversia entre
“physis y nomos”; es decir, entre lo natural y lo convencional.
Entre esas opciones los primeros sofistas
consideraron que el origen de las leyes
humanas era completamente convencional; de modo que esas leyes
eran una
convención
arbitraria sin más valor que el que sus usuarios les daban.
Para apoyar su opinión señalaban la enorme disparidad de normas morales
y políticas que los viajeros griegos relataban que eran mantenidas por
los
distintos pueblos
bárbaros que rodeaban Grecia. E incluso, sin ir tan lejos, podía
observarse que dentro de una misma polis no todos pensaban igual acerca
de lo que era justo y bueno.
Según avanzaba el debate algunos
sofistas de segunda
generación, entre los que se conoce a Calicles y Trasímaco, cambiaron de
opinión.
Consideraron que los seres humanos tenemos una
naturaleza inmutable y común, que es independiente de las influencias
culturales. Para deslindar los contenidos que al cultura aporta al ser
humano de aquellos que son naturales en éste debemos de fijarnos
en aquellos comportamientos que son
comunes en todos los seres humanos, pero, sobre todo, en el modo en que
los niños y los animal interactúan entre sí, ya que éstos o apenas
muestran influencias sociales o no las tienen en absoluto.
Pues bien, dentro de esa naturaleza inmutable
está la búsqueda de placer y el dominio del más fuerte. Y así, es a
partir de esos dos únicos hechos, desde donde cabe establecer las leyes
morales y políticas que pueden ser fundamentadas
por la naturaleza humana.
Desde esta perspectiva las normas de las ciudades
son normas antinaturales que los débiles establecen por convención para
defenderse del poder de los fuertes y de su
derecho natural a imponer su voluntad. Es por eso que esas convenciones
sancionan siempre derechos para los débiles y deberes para los fuertes;
pero en tanto que contrarían las leyes naturales se convierten en leyes
inmorales, que no deben ser obedecidas.
Una exposición de esta postura, recogida
por Platón de un discurso de Calicles, dice:
“CALICLES.- Precisamente eso es lo que dices
Sócrates. Pues ¿Cómo podría ser feliz un hombre si es esclavo de algo?
Al contrario, lo bello y lo justo por naturaleza es lo que yo te voy a
decir con sinceridad, a saber: el que quiera vivir rectamente debe dejar
que sus deseos se hagan tan grandes como sea posible, y no reprimirlos,
sino, que, siendo los mayores que sea posible, debe ser capaz de
satisfacerlos con decisión e inteligencia y saciarlos con lo que en cada
ocasión sea objeto de deseo. Pero creo yo que esto no es posible para la
multitud; de ahí que, por vergüenza, censuren a tales hombres, ocultando
de este modo su propia impotencia; afirman que la intemperancia es
deshonrosa, como yo dije antes, y
esclavizan
a los hombres más capaces por naturaleza y, como ellos mismos no pueden
procurarse la plena satisfacción de sus deseos, alaban la moderación y
la justicia a causa de su propia debilidad. Porque es para cuantos desde
el nacimiento son hijos de reyes o para los que, por su propia
naturaleza, son capaces de adquirir un poder, tiranía o principado, ¿qué
habría, en verdad, más vergonzoso y perjudicial que la moderación y la
justicia, si pudiendo disfrutar de sus bienes, sin que nadie se lo
impida, llamaran para que fueran sus dueños a la ley, los discursos y
las censuras de la multitud? ¿Cómo no se habrían hecho desgraciados por
la bella apariencia de la justicia y de la moderación, al no dar más a
sus amigos que a sus enemigos, a pesar de gobernar en su propia ciudad?
Pero Sócrates, esta verdad que tú dices buscar es así: la molicie, la
intemperancia y el libertinaje, cuando se les alimenta, constituyen la
virtud y la felicidad; todas esas otras fantasías y convenciones de los
hombres contrarias a la naturaleza son necedades y cosas sin valor”.


[2]
Platón. Gorgias (491e-492e).
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