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Sócrates

 

 

1.     Biografía intelectual.

2.     Filosofía.

3.     Escuelas socráticas menores

 

 

 

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1.      Biografía intelectual.

Sócrates fue hijo de un escultor y de una comadrona.

Querofonte, conocido y después discípulo de Sócrates, se había dirigido al oráculo de Delfos preguntando quién era el hombre más sabio de Grecia, justamente para ir y aprender de él. A esto el oráculo responde que nadie era más sabio que Sócrates. Éste, que piensa que eso no es cierto, intenta demos­trar y demostrarse lo contrario lanzándose a preguntar a aquellos que pasan por ser sabios -sofistas y políticos- lo que él no sabe. Para su sorpresa resulta que estos presuntos sabios no sólo no saben lo que pretenden saber sino que además ignoran que no lo saben. Y de esa forma, paradóji­camente, el oráculo se encuentra en lo cierto; el más sabio entre todos es Sócrates, ya que éste sabe que no sabe, mientras que los demás ignoran que no saben. 

Ni el sabio, ni el ignorante ni el escéptico buscan la sabiduría. El sabio porque ya la tiene, y no se busca lo que ya se tiene. El ignorante porque cree erróneamente que ya la tiene, y tampoco se busca lo que se cree que ya se tiene. Y el escéptico porque piensa que no existe, y carece de sentido buscar aquello que se piensa que no existe. Sólo el filósofo busca la sabiduría, porque el filósofo sabe que no la tiene, y no renuncia a conseguirla.

A partir de ese suceso Sócrates se toma como tarea mandada por el dios hacer a sus conciudadanos tan sabios como él mismo, mostrándoles que en realidad, y pese a lo que creen, no saben. Al hacerlo inventa un método de enseñanza, denominado mayéutica, que significa “dar a luz”, y que se realiza a través del diálogo.

Sócrates gustaba de afirmar que había heredado el oficio de su madre, que era partera, aunque lo que Sócrates intenta alumbrar es el conocimiento del interlocutor que consiste en hacerle comprender que no sabe lo que creía saber.

Pero no porque Sócrates piense que toda la sabiduría humana se reduce a saber que no se sabe. Más bien ocurre que tras el diálogo en el que se demuestra que el interlocutor de Sócrates no sabe lo que creía saber, se inicia un intento de buscar, entre ambos, la verdad sobre el asunto que trataban.

Y así se lanza a preguntar a cualquiera que pasa por la calle qué cosas son el valor, la justicia, la piedad, la amistad… El tema de sus preguntas no son, como en los presocráticos, la naturaleza y el cambio. Lo que a Sócrates le interesan son aquellos temas que se centran en el ser humano.

Porque, desde el punto de vista socrático, una vida humana que no se examina a sí misma no merece la pena ser vivida. Sócrates reivindicará el viejo adagio griego del “conócete a ti mismo”.

En su preguntar Sócrates muestra la denominada ironía socrática, ya que aunque él se presenta como ignorante en la materia que se trata, y dispuesto a aprender, frente a su interlocutor, termina poniéndose de manifiesto que es al revés, que el supuesto sabio no sabe, y que es el aprendiz el que sabe más sobre ese asunto; sabe que no sabe. Con lo que, al final, resulta que es el aprendiz el que enseña al maestro.

Pues bien, al mostrar públicamente que aquellos que creen saber, y dicen saber, en realidad no saben, contrae enemigos.

Y no sólo entre aquellos que fundan su prestigio en su presunto saber; sofistas y políticos, sino también entre aquellos otros que no distinguen a Sócrates de otro cualquier sofista, y creen que cuando Sócrates demuestra a interlocutor que se equivoca, no hace otra cosa que lo que hacen los sofistas, retorcer la verdad y confundir a las personas a través de la retórica, mostrándoles lo correcto como incorrecto, lo falso como verdadero. Y todo este modo de proceder lo juzgan como malo para la polis, para Atenas, ya que son los ciudadanos quienes se administran a sí mismo, y no pueden hacerlo bien si confunden lo que es bueno con lo malo, lo que justo con lo injusto.

Además, en el caso de Sócrates, ocurre que buena parte de la juventud ateniense le admira y comienza a imitarle en su actividad; con lo que los supuestos perjuicios que causa la actividad socrática se amplían.

Todo esto producirá que Sócrates sea acusado ante la justicia ateniense. Se le acusará de no reconocer a los dioses de la ciudad, de introducir otros nuevos —ya que Sócrates afirmaba que dentro de él había un demiurgo (daímwn) que le avisaba para que no hiciese ciertas cosas de las que tendría que arrepentirse—  y de corromper a la juventud.

En el proceso se condena a Sócrates a beber la cicuta; lo cual hace aun cuando podría haber escapado. Se negó a huir alegando que no hay que desobedecer las leyes de la ciudad cuando éstas no son adversas; hay que obedecerlas en todo caso.

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2.      Filosofía.

En la Atenas de los sofistas el concepto de la verdad se había devaluado. Para estos la verdad no era más que lo que una mejor retórica era capaz de hacer pasar por tal; un asunto de persuasión, de apariencia de verdad.

Sócrates resulta ser un revulsivo ante esa situación. Porque su intención no termina en demostrar a su interlocutor que se equivoca en lo que cree saber, sino que tras hacer esto intenta buscar, con él, cuál sea la verdad en ese asunto.

Y es esa actitud de intentar encontrar la verdad, y no su mera apariencia, lo que Sócrates trasmitirá a la filosofía, y lo que la permitirá salir del estupor en el que el uso de la retórica, por parte de los sofistas, la había introducido.

Algo que llevarán a cabo los discípulos de Sócrates; especial y concretamente Platón.

La manera en que Sócrates busca la verdad es a través de dos técnicas intelectuales que utiliza una y otra vez en sus diálogos.

La primera es la definición universal, que es la utilizada para iniciar sus diálogos. Y que viene a consistir en pedir que se proporcione la definición del término que se pregunta; es decir, en preguntar por su esencia.

Y así, Sócrates pregunta a su interlocutor ¿qué es el valor?, ¿qué es la piedad?, ¿qué es la justicia?... No pide que se le de una lista de, por ejemplo, actos justos. Lo que pide es que se le diga que tienen en común todos los actos justos para poder decir de ellos que son justos; es decir, aquello en lo que consiste la justicia; su esencia.

Y la segunda técnica intelectual es el razonamiento inductivo, que consiste en generalizar una propiedad, a partir de haber comprobado su presencia en varios casos singulares.

A la hora de hacer ver a su interlocutor que se equivoca en sus definiciones universales, o incluso a la hora de darlas, Sócrates suele razonar de modo inductivo. Así cuando el interlocutor le da una característica universal del término que se investiga, por ejemplo le dice que la persona buena siempre ayuda a sus amigos en lo que éstos quieren, Sócrates le pone un caso en contra, es decir, un caso que contradice esa característica que integraría la definición universal; por ejemplo, le pone el caso de que un amigo enloquecido nos pida un arma; si el bueno siempre ayuda a sus amigos en lo que éstos quieren, y el amigo enloquecido le pide un arma al bueno, éste debería dársela, pero intuitivamente nos parece que no es así, luego esa característica universal del término bueno —la de ayudar siempre a los amigos en lo que éstos quieren— debe rechazarse.

El modo inductivo de razonar también es utilizado para intentar encontrar aquello que de común tiene el término buscado; es decir, se piensa una lista de actos buenos y se intenta encontrar el rasgo común de todos estos actos y que es el que hace que a todos ellos les llamemos buenos.

La verdad que busca Sócrates no es acerca de cualesquiera temas. Sócrates, en contraposición a los filósofos anteriores, se centra exclusivamente en temas de matiz humano, especialmente moral: la virtud, el valor, la piedad, la amistad…

Es respecto al mundo moral que Sócrates mantendrá un modo especial de entender la relación entre conocimiento y moral; un modo que se denomina intelectualismo moral.

Lo que éste afirma es que ser bueno es conocer qué es el bien, y que el mal consiste en la ignorancia de qué sea el bien; así el hombre malo lo sería por ignorancia.

La razón que le lleva a pensar así es que siendo el ser malo un mal, como nadie se haría a sí mismo un mal a sabiendas de que se hace un mal, sólo puede ocurrir que uno se haga a sí mismo un mal considerando que eso que se hace es un bien; es decir, confundiendo lo que a uno le conviene –el bien- con el mal; y por tanto uno se haría malvado por ignorancia de que eso que uno hace, y se hace, es un mal. Por el contrario el bueno es aquel que sabiendo lo que le conviene –el bien- se lo aplica; es decir, bueno es el que sabe qué es el bien.

Por ejemplo, una persona puede considerar que robar es bueno para ella, porque le hace conseguir los bienes robados. Sin embargo pudiera ocurrir que conseguir bienes robados fuera realmente un mal, porque, además de que le pudieran coger, ocurre que se le pudiera estropear el carácter convirtiéndose en el carácter de un ladrón, y podría ocurrir que no fuera posible, con ese carácter, ser feliz. En ese caso tendríamos que una persona, queriendo hacerse un bien se habría hecho un mal; es decir, es la ignorancia de lo que realmente le conviene lo que hace que esa persona sea mala.

Sócrates no dejó nada escrito, sin embargo algunos discípulos suyos como Jenofonte, y sobre todo Platón, escribieron sobre su persona.

Platón utiliza el diálogo como estilo de escritura, y en casi todos sus diálogos el interlocutor  principal es Sócrates.

Los diálogos platónicos iniciales ponen en boca de Sócrates la que suponemos que fue su filosofía real. Pero, poco a poco, Platón va cambiando su pensamiento, aunque mantiene como personaje que lo expone al mismo Sócrates. De ahí que éste empiece a manifestar en los diálogos platónicos pensamientos que el Sócrates histórico no mantenía. Por eso, ha sido tema de discusión, distinguir con exactitud el pensamiento socrático del platónico.

En esa labor ha ayudado que, además de los textos de Platón, haya escritos sobre Sócrates hechos por personas distintas a Platón. Entre estos destacan los escritos, favorables a la figura de Sócrates, de Jenofonte, pero también los desfavorables como el realizado por el cómico Aristófanes en Las Nubes, donde lo ridiculiza presentándole como un sofista más.

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3.      Escuelas socráticas menores.

Sócrates, sin pretenderlo, será el iniciador del periodo más importante de la filosofía griega. Su influencia se dejará sentir en sus discípulos, que formarán escuelas de filosofía en las que explican su propio pensamiento que, aunque opuesto entre sí, se remite de uno u otro modo a la influencia socrática.

Entre estos discípulos de Sócrates hay que separar por su importancia y repercusión a Platón.

Los demás formarán unas escuelas que se han denominado, por el contraste con el genio de Platón, escuelas socráticas menores.

Y así se cuentan la escuela de Elis, fundada por Fedón y continuada por Menedemo. La escuela de Megara, fundada por Euclides (h. 450 – 340), la escuela cirenaica de Aristipo (h. 435 – 360), y la escuela cínica de Antístenes (h. 444 – 365/370).

De la escuela de Elis apenas se sabe nada, parece que daba gran importancia al poder reformador de la educación y la virtud, poniendo a Sócrates como ejemplo.

La escuela megárica intentó fusionar el “bien” de Sócrates con el “Ser” de Parménides; y así el movimiento sería lo contrario al bien, que es lo inmutable. Además de esto, los megáricos, fueron muy aficionados a la disputa, y con ello destacaron en el estudio del aspecto lógico del discurso.

Mayor importancia tuvo la escuela cínica de Antístenes que, al enseñar en un gimnasio denominado Kynosargés, es decir, “sepulcro del perro”, hizo que se les adjudicase el nombre de “cínicos”, es decir, “perros” (kúneV).

Donde la escuela cínica destacó fue en su concepción ética. Su objetivo era conseguir la felicidad, que consistía en la vida tranquila conseguida a través de la virtud. La virtud conllevaba el dominio de sí mismo, la autosuficiencia y la independencia; por eso, el sabio, no debe dejarse llevar por las pasiones o el atractivo de las riquezas.

“Los hombres tienen su riqueza y su pobreza, no en las cosas, sino en el alma”

“Prefiero volverme loco antes que ser presa del placer”

“Si tuviera a Afrodita en mi poder la acribillaría a saetazos”:

Con todo, es a través de Diógenes (413 – 324?) cuando el pensamiento cínico alcanza sus características peculiares. Diógenes considera que hay que vivir de acuerdo a la naturaleza, y esto conlleva dar de lado todo lo artificial y convencional, incluidas las leyes de la ciudad, adoptando una vida similar a la de los animales para, así, endurecer el ánimo y hacerlo indiferente a las cosas consiguiendo la libertad completa

Andaba sucio y pobre, con un manto doble, un palo y un zurrón de mendigo, indumentaria que llegó a ser una especie de uniforme del filósofo. Tenía un tonel por casa, despreciaba la vergüenza, y hacía públicamente sus necesidades. Viendo como un niño bebía haciendo cubilete con su mano rompió el vaso que llevaba al tomarlo como innecesario.

Para los cínicos no hay ni amos ni esclavos, todos los hombres son iguales. El sabio no tiene familia, ya que la institución familiar no es más que una convención artificial, y de hecho considerará a las mujeres y a los niños comunes. Tampoco tiene más patria que el mundo; es decir, el sabio es cosmopolita, ciudadano del mundo.

La última escuela socrática, la de Aristipo de Cirene, es la opuesta de la anterior y se denomina escuela cirenaica. Aristipo defiende un hedonismo puro. El bien supremo es el placer presente, y como el placer corporal es el más intenso debe preferirse a todos los demás. No importa de dónde proceda o cómo se obtenga este placer, ya que todas las leyes que lo limitan o prohíben no son más que convenciones a las que el bien natural del placer es sumamente superior. Y así, la sabiduría consiste en buscar y encontrar, a través de la razón, los medios que aseguren la mayor provisión de placer intenso; es decir, sin mezcla de dolor, como sea posible.

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Esta página se actualizó por última vez el 14/12/2008