1.
Biografía intelectual.
Sócrates fue hijo de un escultor y de una comadrona.
Querofonte, conocido y después discípulo de Sócrates, se había dirigido
al oráculo de Delfos preguntando quién era el hombre más sabio de
Grecia, justamente para ir y aprender de él. A esto el oráculo responde
que nadie era más sabio que Sócrates. Éste, que piensa que eso no es
cierto, intenta demostrar y demostrarse lo contrario lanzándose a
preguntar a aquellos que pasan por ser sabios -sofistas y políticos- lo
que él no sabe. Para su sorpresa resulta que estos presuntos sabios no
sólo no saben lo que pretenden saber sino que además ignoran que no lo
saben. Y de esa forma, paradójicamente, el oráculo se encuentra en lo
cierto; el más sabio entre todos es Sócrates, ya que éste sabe que no
sabe, mientras que los demás ignoran que no saben.
Ni
el sabio, ni el ignorante ni el escéptico buscan la sabiduría. El sabio
porque ya la tiene, y no se busca lo que ya se tiene. El ignorante
porque cree
erróneamente que ya la tiene, y tampoco se busca lo que se cree que ya
se tiene. Y el escéptico porque piensa que no existe, y carece de
sentido buscar aquello que se piensa que no existe. Sólo el filósofo
busca la sabiduría, porque el filósofo sabe que no la tiene, y no
renuncia a conseguirla.
A
partir de ese suceso Sócrates se toma como tarea mandada por el dios
hacer a sus conciudadanos tan sabios como él mismo, mostrándoles que en
realidad, y pese a lo que creen, no saben. Al hacerlo inventa un método
de enseñanza, denominado mayéutica, que significa “dar a luz”, y que se
realiza a través del diálogo.
Sócrates gustaba de afirmar que había heredado el oficio de su madre,
que era partera, aunque lo que Sócrates intenta alumbrar es el
conocimiento del
interlocutor que consiste en hacerle comprender que no sabe lo que creía
saber.
Pero no porque Sócrates piense que toda la sabiduría humana se reduce a
saber que no se sabe. Más bien ocurre que tras el diálogo en el
que se demuestra
que el interlocutor de Sócrates no sabe lo que creía saber, se inicia un
intento de buscar, entre ambos, la verdad sobre el asunto que trataban.
Y
así se lanza a preguntar a cualquiera que pasa por la calle qué cosas
son el valor, la justicia, la piedad, la amistad… El tema de sus
preguntas no son, como en los presocráticos, la naturaleza y el cambio.
Lo que a Sócrates le interesan son aquellos temas que se centran en el
ser humano.
Porque, desde el punto de vista socrático, una vida humana que no se
examina a sí misma no merece la pena ser vivida. Sócrates reivindicará
el viejo adagio griego del
“conócete a ti mismo”.
En
su preguntar Sócrates muestra la denominada ironía socrática, ya que
aunque él se presenta como ignorante en la materia que se trata, y
dispuesto a aprender, frente a su interlocutor, termina poniéndose de
manifiesto que es al revés, que el supuesto sabio no sabe, y que es el
aprendiz el que sabe más sobre ese asunto; sabe que no sabe. Con lo que,
al final, resulta que es el aprendiz el que enseña al maestro.
Pues bien, al mostrar públicamente que aquellos que creen saber, y dicen
saber, en realidad no saben, contrae enemigos.
Y
no sólo entre aquellos que fundan su prestigio en su presunto saber;
sofistas y políticos, sino también entre aquellos otros que no
distinguen a Sócrates de otro cualquier sofista, y creen que cuando
Sócrates demuestra a interlocutor que se equivoca, no hace otra cosa que
lo que hacen los sofistas, retorcer la verdad y confundir a las personas
a través de la retórica, mostrándoles lo correcto como incorrecto, lo
falso como verdadero. Y todo este modo de proceder lo juzgan como malo
para la polis, para Atenas, ya que son los ciudadanos quienes se
administran a sí mismo, y no pueden hacerlo bien si confunden lo que es
bueno con lo malo, lo que justo con lo injusto.
Además, en el caso de Sócrates, ocurre que buena parte de la juventud
ateniense le admira y comienza a imitarle en su actividad; con lo que
los supuestos perjuicios que causa la actividad socrática se amplían.
Todo esto producirá que Sócrates sea acusado ante la justicia ateniense.
Se le acusará de no reconocer a los dioses de la ciudad, de introducir
otros nuevos —ya que Sócrates afirmaba que dentro de él había un
demiurgo (daímwn) que le avisaba para que no hiciese ciertas cosas de
las que tendría que arrepentirse— y de corromper a la juventud.
En
el proceso se condena a Sócrates a beber la cicuta; lo cual hace aun
cuando podría haber escapado. Se negó a huir alegando que no hay que
desobedecer las leyes de la ciudad cuando éstas no son adversas; hay que
obedecerlas en todo caso.


2.
Filosofía.
En
la Atenas de los sofistas el concepto de la verdad se había devaluado.
Para estos la verdad no era más que lo que una mejor retórica era capaz
de hacer pasar por tal; un asunto de persuasión, de apariencia de
verdad.
Sócrates resulta ser un revulsivo ante esa situación. Porque su
intención no termina en demostrar a su interlocutor que se equivoca en
lo que cree saber, sino que tras hacer esto intenta buscar, con él, cuál
sea la verdad en ese asunto.
Y
es esa actitud de intentar encontrar la verdad, y no su mera apariencia,
lo que Sócrates trasmitirá a la filosofía, y lo que la permitirá salir
del estupor en el que el uso de la retórica, por parte de los sofistas,
la había introducido.
Algo que llevarán a
cabo
los discípulos de Sócrates; especial y concretamente Platón.
La manera en que Sócrates busca la verdad es a
través de dos técnicas intelectuales que utiliza una y otra vez en sus
diálogos.
La primera es la definición universal,
que es la utilizada para iniciar sus diálogos. Y que viene a consistir
en pedir que se
proporcione la
definición del término que se pregunta; es decir, en preguntar por su
esencia.
Y así, Sócrates pregunta a su interlocutor ¿qué es
el valor?, ¿qué es la piedad?, ¿qué es la justicia?... No pide que se le
de una lista de, por ejemplo,
actos justos. Lo que pide es que se le diga que tienen en común todos
los actos justos para poder decir de ellos que son justos; es decir,
aquello en lo que consiste la justicia; su esencia.
Y la
segunda técnica
intelectual es el razonamiento inductivo, que consiste en
generalizar una propiedad, a partir de haber comprobado su presencia en
varios casos singulares.
A la hora de hacer ver a su interlocutor que se
equivoca en sus definiciones universales, o incluso a la hora de darlas,
Sócrates suele razonar de modo inductivo. Así cuando el interlocutor le
da una característica universal del término que se investiga, por
ejemplo le dice
que la persona buena siempre ayuda a
sus amigos en lo que éstos quieren, Sócrates le pone un caso en contra,
es decir, un caso que contradice esa característica que integraría la
definición universal; por ejemplo, le pone el caso de que un amigo
enloquecido nos pida un arma; si el bueno siempre ayuda a sus amigos en
lo que éstos quieren, y el amigo enloquecido le pide un arma al bueno,
éste debería dársela, pero intuitivamente nos parece que no es así,
luego esa característica universal del término bueno —la de ayudar
siempre a los amigos en lo que éstos quieren— debe rechazarse.
El modo inductivo de razonar también es utilizado
para intentar encontrar aquello que de común tiene el término buscado;
es decir, se piensa
una
lista de actos buenos y se intenta encontrar el rasgo común de todos
estos actos y que es el que hace que a todos ellos les llamemos buenos.
La verdad que busca Sócrates no es acerca de cualesquiera temas.
Sócrates, en contraposición a los filósofos
anteriores, se centra exclusivamente en temas de matiz
humano, especialmente moral: la virtud, el valor, la piedad, la amistad…
Es respecto al mundo moral que Sócrates mantendrá un modo especial de
entender la relación entre conocimiento y moral;
un
modo que se denomina intelectualismo moral.
Lo que éste afirma es que ser bueno es conocer qué es el bien, y que el
mal consiste en la ignorancia de qué sea el bien; así el
hombre malo lo sería por ignorancia.
La razón que le
lleva a pensar así
es que siendo el ser malo un mal, como nadie se haría a sí mismo un mal
a sabiendas de que se hace un mal, sólo puede ocurrir que uno se haga a
sí mismo un mal considerando que eso que se hace es un bien; es decir,
confundiendo lo que a uno le conviene –el bien- con el mal; y por tanto
uno se haría malvado por ignorancia de que eso que uno hace, y se hace,
es un mal. Por el contrario el bueno es aquel que sabiendo lo que le
conviene –el bien- se lo aplica; es decir, bueno es el que sabe qué es
el bien.
Por ejemplo, una persona puede considerar que robar
es bueno para ella, porque le hace conseguir los bienes robados. Sin
embargo pudiera ocurrir que conseguir bienes robados fuera realmente un
mal, porque, además de que le pudieran coger, ocurre que se le pudiera
estropear el carácter convirtiéndose en el carácter de un ladrón, y
podría ocurrir que no fuera posible, con ese carácter, ser
feliz.
En ese caso tendríamos que una persona, queriendo hacerse un bien se
habría hecho un mal; es decir, es la ignorancia de lo que realmente le
conviene lo que hace que esa persona sea mala.
Sócrates no dejó nada escrito, sin embargo algunos discípulos suyos como
Jenofonte, y sobre todo Platón, escribieron
sobre su persona.
Platón utiliza el
diálogo como estilo
de escritura, y en casi todos sus diálogos el interlocutor principal es
Sócrates.
Los diálogos platónicos iniciales ponen en boca de Sócrates la que
suponemos que fue su filosofía real. Pero, poco a poco, Platón va
cambiando su pensamiento, aunque mantiene como personaje que lo expone
al mismo Sócrates. De ahí que éste
empiece a manifestar
en los diálogos platónicos pensamientos que el Sócrates histórico no
mantenía. Por eso, ha sido tema de discusión, distinguir con exactitud
el pensamiento socrático del platónico.
En esa labor ha ayudado que, además de los textos
de Platón, haya escritos sobre Sócrates hechos por personas distintas a
Platón.
Entre estos destacan los escritos,
favorables a la figura de Sócrates, de Jenofonte, pero también los
desfavorables como el realizado por el cómico Aristófanes en Las
Nubes, donde lo ridiculiza presentándole como un sofista más.


3.
Escuelas socráticas menores.
Sócrates, sin
pretenderlo, será el
iniciador del periodo más importante de la filosofía griega. Su
influencia se dejará sentir en sus discípulos, que formarán escuelas de
filosofía en las que explican su propio pensamiento que, aunque opuesto
entre sí, se remite de uno u otro modo a la influencia socrática.
Entre estos discípulos
de Sócrates hay que separar por su importancia y
repercusión a Platón.
Los demás formarán unas escuelas que se han denominado, por el contraste
con el genio de Platón, escuelas socráticas
menores.
Y así se cuentan la escuela de Elis, fundada por Fedón y continuada por
Menedemo. La escuela de Megara, fundada
por Euclides (h. 450
– 340), la escuela cirenaica de Aristipo (h. 435 – 360), y la escuela
cínica de Antístenes (h. 444 – 365/370).
De la
escuela de Elis
apenas se sabe nada, parece que daba gran importancia al poder
reformador de la educación y la virtud, poniendo a Sócrates como
ejemplo.
La escuela megárica intentó fusionar el “bien” de Sócrates con el “Ser”
de Parménides; y así el movimiento sería lo contrario al bien,
que es lo inmutable. Además de esto, los megáricos, fueron muy
aficionados a la disputa, y con ello destacaron en el estudio del
aspecto lógico del discurso.
Mayor importancia tuvo la escuela cínica de Antístenes que, al enseñar
en un gimnasio denominado Kynosargés, es decir, “sepulcro del perro”,
hizo que se les adjudicase el nombre de “cínicos”, es
decir, “perros” (kúneV).
Donde la escuela cínica destacó fue en su concepción ética. Su objetivo
era conseguir la felicidad, que consistía en la vida tranquila
conseguida a través de la
virtud. La virtud conllevaba el dominio de sí mismo, la
autosuficiencia y la independencia; por eso, el sabio, no debe dejarse
llevar por las pasiones o el atractivo de las riquezas.
“Los hombres tienen su riqueza y su pobreza,
no en las cosas, sino en el alma”
“Prefiero volverme loco antes que ser presa
del placer”
“Si tuviera a Afrodita en mi poder la acribillaría
a saetazos”:
Con todo, es a través de Diógenes (413 – 324?) cuando el pensamiento
cínico alcanza sus características peculiares. Diógenes
considera que hay que vivir de acuerdo a la naturaleza, y
esto conlleva dar de lado todo lo artificial y convencional, incluidas
las leyes de la ciudad, adoptando una vida similar a la de los animales
para, así, endurecer el ánimo y hacerlo indiferente a las cosas
consiguiendo la libertad completa
Andaba sucio y pobre, con un manto doble, un palo y
un zurrón de mendigo, indumentaria que llegó a ser una especie de
uniforme del filósofo. Tenía un tonel
por casa, despreciaba la vergüenza, y hacía públicamente sus
necesidades. Viendo como un niño bebía haciendo cubilete con su mano
rompió el vaso que llevaba al tomarlo como innecesario.
Para los cínicos no hay ni amos ni esclavos, todos los hombres son
iguales. El sabio no tiene familia, ya que la institución familiar no es
más
que una convención artificial, y de hecho considerará a las mujeres y a
los niños comunes. Tampoco tiene más patria que el mundo; es decir, el
sabio es cosmopolita, ciudadano del mundo.
La última escuela socrática, la de Aristipo de Cirene, es la opuesta de
la anterior y se denomina escuela cirenaica. Aristipo defiende un
hedonismo puro. El bien supremo es el placer presente, y como el placer
corporal es el más intenso debe preferirse a todos los
demás. No importa de dónde proceda o cómo se obtenga este
placer, ya que todas las leyes que lo limitan o prohíben no son más que
convenciones a las que el bien natural del placer es sumamente superior.
Y así, la sabiduría consiste en buscar y encontrar, a través de la
razón, los medios que aseguren la mayor provisión de placer intenso; es
decir, sin mezcla de dolor, como sea posible.

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