













 |
1.
Tránsito
del Mitos al Logos.
Por “mito”
deben entenderse narraciones tradicionales registradas y realizadas por poetas,
como La Teogonía de Hesiodo, la Iliada y la Odisea de
Homero, a partir de las cuales se da una respuesta al problema del origen de
ciertos seres y acontecimientos de importancia para el ser humano; como puedan
ser el universo, la técnica, la rotación de las estaciones, etc.
Las explicaciones míticas se distinguen de las explicaciones
racionales primero por acudir a voluntades sobrenaturales como agentes
explicativos, y como consecuencia de eso por dar explicaciones arbitrarias que
ni fundamentan racionalmente ni podrían dar razón de sí mismas.
En cambio, y como alternativa, va a aparecer en Grecia, sobre el siglo
VII a. de C., un tipo de explicaciones que ofrecen la características de poder
dar razón de su admisión; es decir, que incluyen la posibilidad de justificar
su validez; a este modo de explicar se le denomina racional, y va a tener dos
estrategias distintas; una de ellas explicará a través de elementos naturales,
y éstas van a ser las explicaciones físicas; pero otras intentarán
explicar racionalmente pero acudiendo a elementos –que no voluntades- no naturales;
y estas van a ser las explicaciones metafísicas.


2.
La
naturaleza como problema
La
denominación de “presocráticos” no tiene una estricta referencia a los
filósofos anteriores a Sócrates, ya que algunos fueron contemporáneos suyos,
sino que se incorporan a esta denominación por el tema de su especulación, que
no es otro que la “fisis” o naturaleza.
Por
naturaleza se entiende el conjunto de los seres naturales, y el problema que
con tales seres se plantea es el cambio.
Lo que el
cambio produce es que las cosas dejen de ser lo que son, y en su caso, pasen a
ser otra cosa. Pero ¿por qué esto es un
problema? La cuestión está en que si, por ejemplo, una cosa enteramente verde
pasa a ser enteramente amarilla, ¿cómo es, verde o amarilla? ¿Se puede ser
verde y amarilla a la vez?
Que exista
un cambio natural hace que los filósofos presocráticos se pregunten qué son las
cosas en realidad, más allá de la mera apariencia que en un momento determinado
muestran. En palabras de Aristóteles:
“De los que primero filosofaron,
la mayoría pensaron que los únicos principios de todas las cosas son de
naturaleza material: y es que aquello de lo cual están constituidas
todas las cosas que son, y a partir de lo cual primeramente se generan y
en lo cual últimamente se descomponen, permaneciendo la entidad por más
que ésta cambie en sus cualidades, eso dicen que es el elemento, y eso
el principio de las cosas que son, y de ahí que piensen que nada se
genera ni se destruye, puesto que tal naturaleza se conserva siempre, al
igual que tampoco decimos que Sócrates “se hace” en sentido absoluto
cuando se hace hermoso o músico, ni que “se destruye” cuando pierde
tales disposiciones, ya que el sujeto, el mismo Sócrates, permanece: del
mismo modo tampoco podrá <decirse respecto de> ninguna otra cosa, pues
siempre hay alguna naturaleza, sea una o más de una, a partir de la cual
se genera lo demás, conservándose aquélla.”[1]
Pues bien, el proyecto común de los
presocrático es el intento de explicar racionalmente el cambio natural a través
de unificar y la infinita variabilidad y multiplicidad de los seres, que se
observa en la experiencia, por medio de la permanencia de algún o algunos seres
que, inmutables ellos mismos, sean la fuente y el soporte del cambio.
A ese ser
inmutable que no se genera ni se corrompe, sino que es principio de todo lo que
se genera y corrompe se le denominará “arjé”. Y dependiendo de si la
explicación racional ofrecida es de tipo “física” o “metafísica”, tendremos un
tipo u otro de filósofos.
Y así, por
ejemplo, las explicaciones físicas entenderán que las cosas en general parecen
consistir en ser agregados de otras cosas más simples. Por ejemplo, una casa
puede estar hecha de piedras, es decir la casa está hecha de otros elementos, y
en ese sentido su existencia depende, se deriva, de otra cosa que no es ella.
Lo que las explicaciones físicas buscarán será aquel elemento físico que existe
en sí y por sí mismo, aquello de lo que todo está hecho y que, por lo tanto, no
cambia sino que él mismo es el soporte del cambio. En cambio las explicaciones
de vocación metafísica intentarán explicar el cambio a través de un ser, o
seres que, no siendo seres del mundo físico, no sufran ese cambio físico.
Naturalmente
que la cultura griega, como todas las culturas, disponía de respuestas míticas
y religiosas a esa clase de problemas. La originalidad de los filósofos
presocráticos está en que se acercan al problema en la creencia de que el
universo debe tener un sentido racional que dé razón del devenir y
multiplicidad de las cosas, y que por tanto la explicación debe ser racional.


3.
La escuela
jónica
La primera
respuesta filosófica se realiza sobre finales del S. VII a. d. C., de la mano
de
Tales de Mileto (finales del VII-
mediados del VI) que inaugura la escuela
jónica, y que ofrecerá una
primera explicación física.
Esta escuela
se distinguirá por caracterizar al arjé como una entidad material que
además es única.
Así Tales
piensa que es el agua, y por tanto todas las demás cosas son derivadas del
agua; y si se preguntase en qué consiste ser agua habría que decir que el
principio de todo lo demás no consiste en ser otra cosa de lo que ella es, ya
que si consistiera en algo distinto no tendría una existencia genuina sino
derivada y no podría ser arjé.
El siguiente
integrante de la escuela,
Anaxímenes de Mileto[2] (588-524), pensará que es el aire.
Por último
Anaximandro
de Mileto[3] (610-547), dirá que el arjé, aun siendo
material, no es un algo determinado que se pueda señalar a la vista como el
agua o el aire, sino un ser indefinido, al que denomina “to apeiron”, es decir
“lo indeterminado”.


4.
Los pluralistas.
Otros filósofos consideraron que no era posible que seres tan
distintos unos de otros, como los que componen la naturaleza, procedan todos de
un único arjé.
De acuerdo a
esta idea intentarán ofrecer una explicación -también física- de la diversidad
de los seres naturales, señalando que no hay un único arjé sino varios,
aunque todos ellos materiales; a estos filósofos se les denominará
pluralistas.
Y así, Empédocles de Agrigento (490-430)
dirá que el arjé está formado por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego.
Estos elementos se combinan entre sí, en proporciones distintas, dando lugar a
todas las cosas.
Además
Empédocles señala que existirían dos fuerzas cósmicas, el amor y el odio,
que hacen que esos elementos se unan
entre sí o se separen, según predomina una u otra de lasa fuerzas cósmicas; y
eso es lo que produce el cambio y movimiento que podemos observar en la
naturaleza.
Para
Anaxágoras de Clazomene (500-428) los seres naturales están
hechos de unas sustancias infinitas en número, e infinitamente divisibles, a
las que denomina homeomerías. Y que son distintas entre sí por tener
cualidades distintas.
Todos los
seres están compuestos de estas homeomerías y sólo ellas los componen. Y así,
en un objeto cualquiera habrá homeomerías de todas las clases de homeomerías
que existen, aunque sea en cantidades pequeñas.
Parece que
de esta manera Anaxágoras quería explicar hechos observables como que, al comer
una manzana, esta sustancia –manzana- pareciera “transformarse” en carne. Si
esto ocurría era porque en la manzana estaban incluidas homeomerías de carne,
de hecho, y según su teoría, estaban incluidas homeomerías de todas las cosas,
ya que éstas son infinitas en número e infinitamente pequeñas, pero al comer la
manzana, e incorporarla a nuestro organismo, serían las homeomerías de “carne”
las que adoptarían “visibilidad” ocultándose la “visibilidad” de las demás
clases de homeomerías.
Por último,
y dentro de los pluralistas, se sitúan los atomistas, entre los que destacan
Leucipo
y sobre todo
Demócrito de Abdera (460-370), contemporáneo de Sócrates.
Para los
atomistas todo se reduce a unas pequeñas partículas –invisibles- denominadas átomos
que se mueven por el espacio vacío.
“Á-tomo” significa en griego “no-divisible”.
Los átomos
son partículas pequeñísimas e indivisibles, cualitativamente iguales, que sólo
varían en tamaño, figura, peso y sutileza.
A pesar de
ser todas de la misma clase, el distinto tamaño, peso y sutiliza de los átomos,
explicaba las diferentes propiedades de la materia que podemos observar en los
cuerpos de los seres naturales que componen. Y así, por ejemplo, los átomos
esféricos formarían los líquidos, mientras que se explicaba la existencia de
cuerpos sólidos suponiendo que había átomos, con ganchos, que se engarzan
fuertemente entre sí.


5.
La escuela itálica
Una forma
muy distinta de entender el arjé es la propuesta por la
escuela itálica, y que se mueve a caballo entre las explicaciones
físicas y las metafísicas.
Su fundador
fue Pitágoras de Samos (finales del S.VI).
La
originalidad de Pitágoras está en señalar que el ser en sí, lo que existe de
verdad y de donde todas las cosas se derivan, no es material. Para
Pitágoras la esencia de los seres que percibimos por los sentidos es el número;
las cosas esconden en sí números, y si las cosas son distintas entre sí lo son
por una relación numérica.
El número
sería aquello que explica la naturaleza de las cosas que observamos, sus
propiedades. El número, por su parte, estaría en correspondencia con otros
números formando con ellos relaciones especiales que darían cuenta del
comportamiento relacional de los seres del mundo.


6.
Heráclito de Éfeso.
Otro
presocrático, Heráclito
de Efeso (S. VI y V), se
ocupará del problema de un modo distinto, a través de la especulación
metafísica.
Heráclito
señalará el constante devenir, el cambio, como la característica
esencial del mundo sensorial.
Para
Heráclito todo fluye, todo cambia continuamente, y para representar este
carácter fluyente de la realidad sensorial Heráclito apela al fuego, y
lo señala como sustancia primordial.
Sin embargo,
no hay que entender al fuego como un arjé físico, sino como la representación
física del devenir que es consustancial al mundo sensorial.
Con todo,
Heráclito, parece pensar que por detrás del cambio aparente existe una realidad
responsable y directora que no cambia; aunque, en los fragmentos conservados,
no acaba de caracterizarla.


7.
Parménides de Elea.
El segundo gran representante del pensamiento metafísico entre los
presocráticos es Parménides de Elea (finales
del S. VI - primera mitad del S. V).
Parménides es el fundador de la
escuela
eleática y el más importante de todos los filósofos presocráticos.
Él parte de lo que posteriormente se ha denominado “Principio de Identidad”. En la formulación de Parménides
éste viene a decir que “El ser es; el no ser no es” , pues bien, a partir de
este simple principio, tan sencillo y evidente, Parménides deriva una serie de postulados
que tiene que cumplir el Ser, es decir, el conjunto de lo que es.
Entre esos postulados se encuentra que el Ser tiene que ser uno. Parménides
está caracterizando al Ser con una única característica, la de existir. Por
tanto, si algo existe es parte del Ser. No puede haber otro Ser distinto porque
si fuera existiría, y como se ha definido al Ser como aquello que existe, si el
otro Ser existiera sería parte del Ser; luego sólo hay un único Ser. De otra
manera, si el Ser no fuera uno entonces tendría que haber un Ser con otra
característica distinta de la de existir; pero la única característica distinta
de la de ser es la de no-ser, pero el no-ser, por el principio de identidad, no
es; y por tanto ese otro ser no existiría. Además de ser uno, el Ser es lleno,
sin vacíos, porque si tuviera un vacío ese vacío sería, y como tendría la
característica de ser, sería parte del Ser.
Además el
Ser es eterno; es decir, existe desde siempre y siempre existirá. Si el
Ser no existiese desde siempre sería porque en un tiempo pasado no existía el
Ser; y si no existía el Ser lo que tendría que haber era el no-ser; pero el
no-ser no puede existir, ni ahora ni antes, ya que no-ser no es, según dice el
Principio de Identidad, luego siempre ha existido el Ser. Y seguirá existiendo
en el futuro por la misma razón, porque si en el futuro el Ser dejara de ser
sería porque existiría el no-ser, pero el no-ser no es, luego siempre existirá
el Ser y éste es eterno.
También es ilimitado; es
decir, no tiene límites que lo circunscriban. Ya que si tuviera un límite se
diría de ese límite, es decir si existiera algo que lo limitara, “una pared” que
contuviera al Ser y de la que se pudiera decir que no es parte del Ser, se
seguiría que ese límite, o “pared” existe, y por tanto, si existe, sería parte
del Ser. Por otro lado, si se dijese que ese límite no es parte del Ser
entonces no tendría la propiedad de ser, sino la de no-ser, y como el no-ser no
es –según el Principio de Identidad- ese límite no existiría.
Pero sobre todo el Ser tiene la
propiedad de ser inmutable; y con eso se quiere indicar que nada que sea puede
cambiar; cambiar en cualquier sentido, ya sea interno o físico; y por tanto, al
decir que es inmutable también se dice de él que es inmóvil. El Ser no puede cambiar
porque todo cambio del ser implica que el Ser, en tanto que cambia, deje de ser
lo que es; y que el no-ser, en tanto que no existía antes del cambio, sea. Al
cambiar hay al menos una propiedad que no era y que ahora existe; pero lo que
no-es no es, por el Principio de Identidad, luego no puede ser. Y viceversa, si
el ser cambia hay una propiedad que es y que pasaría a no ser; pero lo que es
es, por el Principio de Identidad, luego no puede pasar a no ser y no hay
cambio. La inmovilidad física del ser aún puede explicar de forma más sencilla
indicando que si el ser se moviera indicaría que está en un lugar para pasar a
otro, pero si el lugar al que se dirige existe es que sería parte del Ser,
luego no podría moverse adonde ya está; y si ese lugar no existe entonces no podría moverse, ya que no puede moverse
por ningún lugar y hacia ningún lugar.
Parménides
ha caracterizado al Ser como uno, eterno, ilimitado e inmutable; sin embargo
las cosas, tal y como las vemos a través de los sentidos, se nos presentan de
modo radicalmente distintas; parecen múltiples, efímeras, limitadas y
variables.
Esto hace
que Parménides establezca una doble vía. La primera es la vía de la verdad, que
es la vía de lo que es y no puede no ser; el instrumento para adentrarse en esa
vía es la razón, y es la única que proporciona verdadero conocimiento. La
segunda es la vía de la opinión (doxa), la vía de lo que puede ser y puede no
ser; en esta vía no existe conocimiento –ya que conocer algo es decir de un
sujeto que consiste en ser algo determinado, pero no puede haber conocimiento
si se dice que consiste en ser algo determinado y en no serlo- sólo mera y
mudable opinión; y el instrumento para adentrarse en ella son los sentidos.
Parménides
distinguirá por vez primera en la filosofía dos ámbitos. El ámbito del mundo
sensible, que es el de los seres que se pueden ver y tocar pero que, al
tropezar continuamente con el Principio de Identidad, se hacen impensables,
absurdos, y por ello mismo se les considera entidades irreales que sólo consisten
en ser mera apariencia. El segundo ámbito es el de la razón, que es aquel que
es pensable sin contradicción, es un mundo que no se ve a través de los
sentidos, pero que en tanto inteligible se revela como el único mundo que puede
ser real.
Los planteamientos
de Parménides tendrán una enorme repercusión en el mundo intelectual griego; no
sólo en tanto que formará una escuela -la escuela eleática en la que destacará
Meliso de Samos, pero sobre todo Zenón de Elea- sino en tanto que, con
Heráclito de Éfeso, conformará un dilema intelectual que estará gravitando a lo
largo de todo el pensamiento griego.
Y así, a
partir de Parménides, el intento filosófico va a estar en dar razón, en
reconciliar, ambos dos mundos, el de la apariencia sensorial y el de la realidad
racional.


|